stados Unidos sabía todo acerca de sus atrocidades e incluso
proveyó el gas –junto con los británicos, por supuesto–. Sin embargo, allí
estábamos ayer, calificándolo, en las palabras de la Casa Blanca, de otro “gran
día para Irak”. Colgando a este horrible hombre esperamos parecer mejores que
él, esperamos recordar a los iraquíes que la vida es mejor ahora que cuando
gobernaba Saddam. Pero el desastre que infligimos a Irak es tan horrible que ni
siquiera podemos decir eso. La vida ahora es peor. La muerte visita ahora a más
iraquíes que lo que pudo infligir Saddam a sus chiítas y kurdos y -sí,
justamente en Faluja- a sus sunnitas también.
Entonces no podemos siquiera reclamar superioridad moral. Porque si la
inmoralidad y perversidad de Saddam son el criterio con el que todas nuestras
inequidades deben ser juzgadas, ¿qué dice eso sobre nosotros? Nosotros solamente
abusamos sexualmente de prisioneros y matamos a algunos de ellos, y asesinamos a
algunos sospechosos y cometemos violaciones e invadimos ilegalmente un país que
costó a Irak apenas 600.000 vidas (“más o menos”, como dijo George Bush hijo
cuando afirmó que la cifra era de sólo 30.000). Saddam era mucho peor. Nosotros
no podemos ser juzgados. Nosotros no podemos ser ejecutados.
“Allahu Akbar”, exclamó el horrible hombre –“Alá es más grande”–. No hubo
sorpresa allí. Fue él quien insistió en que estas palabras debían ser inscriptas
en la bandera iraquí, la misma bandera que ahora cuelga en el palacio de
gobierno que lo condenó tras un juicio en el que al ex asesino en masa iraquí se
le prohibió describir su relación con Donald Rumsfeld, el *actual secretario de
Defensa de George W. Bush. ¿Se acuerdan de aquel apretón de manos? Tampoco, por
supuesto, se le permitió hablar acerca del apoyo que recibió de George Bush
padre. No asombra, entonces, que funcionarios iraquíes afirmaran la semana
pasada que los estadounidenses los urgieron a sentenciar a Saddam antes de las
elecciones de mitad de término en Estados Unidos.
Cualquiera que diga que el veredicto fue diseñado para ayudar a los
republicanos, espetó ayer Tony Snow, el vocero de la Casa Blanca, debe estar
“fumando algo”. Bueno, Tony, eso depende de qué se esté fumando. Fue Snow,
después de todo, quien afirmó ayer que el veredicto de Saddam –no el juicio en
sí mismo, por favor ténganlo en cuenta– fue “escrupuloso y justo”. Los jueces
publicarán “todo lo que utilizaron para llegar al veredicto”. No hay dudas.
Porque aquí hay algunas de las cosas que no se le permitieron comentar a Saddam:
la venta de químicos a su régimen de estilo nazi, tan descarado –tan atroz– que
ha sido sentenciado a la horca por una masacre de chiítas en una localidad,
antes que por el gaseo sistemático de kurdos sobre los que George W. Bush y Tony
Blair estaban tan preocupados cuando decidieron deponer a Saddam en 2003 –¿o fue
en 2002? ¿O en 2001?–. Sí, puedo ver claramente por qué a Saddam no se le
permitió hablar de esto. El ministro del Interior británico John Reid dijo que
la ejecución de Saddam “era una decisión soberana de una nación soberana”.
Gracias a Dios que no mencionó los componentes de gas mostaza que exportamos a
Bagdad en 1988 y otra tanda más al año siguiente.
Ahora, en teoría, lo sé, los kurdos tienen la oportunidad de tener su propio
juicio a Saddam, de colgarlo por los miles de kurdos que mató con gas en Halabja.
Esto lo mantendría con vida seguramente más allá del período de revisión de
sentencia de 30 días. ¿Pero se atreverán los norteamericanos y los británicos a
la realización de un juicio en el cual tendríamos que describir no sólo de qué
forma Saddam obtuvo su sucio gas sino también por qué la CIA –inmediatamente
después de los crímenes de guerra iraquíes contra Halabja– pidió a diplomáticos
estadounidenses en Medio Oriente que afirmaran que el gas utilizado sobre los
kurdos fue arrojado por los iraníes en vez de los iraquíes (cuando Saddam
todavía era en el momento nuestro aliado favorito en vez de nuestro criminal de
guerra favorito). Mientras nosotros en Occidente estábamos callados, Saddam
masacraba 180.000 kurdos durante la gran limpieza étnica de 1987 y 1988.
Pero ahora le daremos al pueblo iraquí pan y circo, la ejecución de Saddam,
retorciéndose lentamente en el viento. Hemos ganado. Hemos impartido justicia
sobre el hombre cuyo país invadimos y evisceramos y causamos que se dividiera.
No, no hay compasión hacia este hombre. “El presidente Saddam Hussein no teme
ser ejecutado”, dijo Bouchra Khalil, un abogado libanés de su equipo, hace unos
días en Beirut. “No saldrá de prisión para contar sus días y años en el exilio
en Qatar o cualquier otro lugar. Saldrá de prisión para volver a la presidencia
o para ir a su tumba.” Parece que será la tumba. Lo raro es que Irak ahora está
inundado de asesinos en masa, culpables de violaciones, masacres, degollaciones
y torturas en los años desde nuestra “liberación” de Irak. Muchos de ellos
trabajan para el gobierno iraquí que apoyamos en la actualidad, electo
democráticamente, por supuesto. Y a estos criminales de guerra, en algunos
casos, les pagamos nosotros, a través de los ministerios que se instituyeron
bajo este gobierno democrático. Y no serán juzgados. O ahorcados. Hasta ahí
llega nuestro cinismo. Y nuestra vergüenza. ¿Han sido la justicia y la
hipocresía unidas tan obscenamente alguna vez?