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(IAR-Noticias) 29-Junio-06
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El presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad estrecha la mano de Vladimir Putín, presidente de Rusia. |
A fortiori, es improbable que las petroleras
anglosajonas, que controlan a sus respectivos regímenes irredentistas, sean
sacadas del juego gasero global sin inmutarse. Por lo menos, venderán muy cara
su evicción euroasiática
Por Alfredo Jalife Rahme
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La Jornada
En vísperas de la cumbre del G-8 en San Petersburgo, que tiene como prioridad
temática la solución (sic) de la crisis energética mundial, Igor Tomberg devela
que "Rusia e Irán, los dos más importantes productores de gas del mundo,
concluyeron un acuerdo estratégico que defiende sus intereses comunes, así como
los de Pakistán, India, y probablemente también los de Turkmenistán y China"
(Red Voltaire, 23/06/06).
Igor Tomberg pertenece al solvente Centro de Estudios Energéticos de la
Academia de Ciencias de la Federación Rusa, quien hace hincapié en que "por
ahora, el futuro económico de una buena parte de Asia parece estar asegurado,
cuando el de Estados Unidos, y en menor medida el de Europa occidental, se
encuentra amenazado (sic)".
Según Igor Tomberg, el acuerdo binario entre Rusia e Irán se concretó al
margen de la cumbre del Pacto de Shanghai (ver Bajo la Lupa, 18 y 25/06/06),
mejor conocida como la hexapartita Organización de Cooperación de Shanghai
(OCS-6), que subsume un "Yalta gasero en Eurasia", lo cual significa el "reparto
entre los dos principales productores mundiales de gas natural: Rusia abastecerá
a Europa, mientras Irán venderá su gas a India y Pakistán".
Tangencialmente a la cumbre del Pacto de Shanghai, que tomó un vuelo
inusitado, el zar ruso Vladimir Putin anunció que Gazprom, la segunda
trasnacional mundial detrás de la petrolera estadunidense Exxon-Mobil, se haría
cargo de la construcción del gasoducto Irán-Pakistán-India desde el punto de
vista financiero y técnico, lo cual representa una bofetada en pleno rostro al
obstruccionismo del belicoso régimen bushiano, que buscaba su torpedeo mediante
fuertes presiones y chantajes a India y Pakistán, como si estos países deseasen
su propia perdición masoquista.
La jugada magistral de la teocracia chiíta iraní, que posee la segunda
reserva de gas mundial detrás de Rusia, saca de quicio a Estados Unidos mediante
un gasoducto que había planeado hace 10 años para conectarse con Pakistán e
India a lo largo de 2 mil 775 kilómetros (casi la transfrontera entre Estados
Unidos y México), a un costo de 7 mil millones de dólares y que será concluido
en los próximos cuatro años. Los indigentes energéticos India y Pakistán
recibirán primero 35 mil millones de metros cúbicos de gas; esta cifra se
duplicará cinco años más tarde. El proyecto en su totalidad estará bajo la
custodia de Gazprom, que ha comenzado a expandirse a escala planetaria como el
principal brazo armado energético de Rusia.
Con el reparto geopolítico del gas en Eurasia entre Rusia e Irán, podrían
salir beneficiados tanto India como Pakistán, pero también China cuando el
gasoducto estratégico Irán-Pakistán-India sea prolongado a la provincia china de
Yunnan, a juicio de Igor Tomberg, quien aduce que los "riesgos políticos del
proyecto han disminuido sensiblemente (sic)".
Sin duda, constituye una hazaña épica digna del Maharabatha hindú que
un gasoducto ruso-iraní reconcilie los intereses futuros de India y Pakistán,
pero quizá Igor Tomberg peca de candidez extrema cuando desestima la capacidad
de daño letal de la pérfida dupla anglosajona Bush-Blair, que puede descarrilar
el proyecto en cualquier momento.
A nuestro entender, la falla del análisis trascendental de Igor Tomberg
radica en que borda la expansión de las redes de Gazprom sin tomar en cuenta el
muy previsible obstruccionismo anglosajón: "la unificación de las redes de
transporte de gas ruso e iraní permitirá que Gazprom participe en la
administración de la casi totalidad el sistema de gasoductos asiáticos", que
integraría el "existente gasoducto entre Turkmenistán e Irán". Su optimismo es
desbordante: "seguirá Asia central, lo cual resultará en un mercado del gas que
reunirá a Turkmenistán, Irán, Pakistán, India y China". ¡Nada más!
Por conveniencia coyuntural, los estrategas rusos desestiman la creación de
una "OPEP del gas" (que sumaría a Libia y Argelia) para no provocar oleajes en
vísperas de la cumbre del G-8 en San Petersburgo. Pero llama la atención que el
tema se encuentre en el aire: "¿Se perfila una nueva OPEP?" (Stephen Boykewich,
The Moscow Times, 22/06/06), y que merece ser elucidado en el futuro.
Dicho sea con humildad de rigor, desde septiembre de 2002 ya habíamos
explorado tal perspectiva, "¿Una OPEP del gas?", en nuestro libro Los 11
frentes antes y después del 11 de septiembre: una guerra multidimensional
(Editorial Cadmo & Europa, 2003): "Es evidente que existe un traslado (shifting)
paulatino de la utilización de petróleo al gas, más barato y menos
contaminante que el anterior, al que muy bien podría sustituir en la próxima
década. Este evento, inocuo en apariencia, está afectando toda la geopolítica
energética desde el golfo Pérsico, pasando por el mar Caspio, hasta Siberia
(...) Las relaciones de Rusia e Irán, respectivamente primera y segunda
potencias gaseras globales, provocan cefaleas a cualquier analista superficial".
En ese momento no se detectaban los alcances de la alianza gasera ruso-iraní
que dejó crecer la dupla anglosajona Bush-Blair debido a sus catastróficos
errores en Irak, y que tampoco los europeos continentales supieron evitar. Hay
que reconocer que, después del irredentismo anglosajón en los Balcanes en 1998,
aquel "triángulo geoestratégico" (entre Rusia, China e India), que había
vislumbrado el dirigente ruso Evgeny Primakov, ha funcionado más de lo previsto
en términos gaseros y ahora ha incorporado a su seno a Irán.
Igor Tomberg sopesa correctamente que Rusia saca ventaja de que un
"competidor potencial" en el ámbito gasero como Irán "dirija sus recursos hacia
el este, lo cual disminuye sensiblemente (sic) la oportunidad para que los
europeos diversifiquen sus fuentes de abastecimiento", y festeja que Rusia
implemente "su propia estrategia de diversificación de crear mercados. Un golpe
magistral geopolítico en vísperas de la cumbre del G-8 de San Petersburgo".
En esta línea de pensamiento, ¿por qué Irán no habría de diversificar a su
vez la venta gasera a Europa, y hasta a Estados Unidos? Una cosa es la
ostpolitik (política hacia el este) de Irán, y otra su westpolitik
(política hacia el oeste), que aún no ejercita, así como Rusia vende
profusamente su gas a Europa y hasta a la dupla anglosajona de Estados Unidos y
Gran Bretaña. Falta ver cómo se acomodarán los intereses energéticos europeos y
estadunidenses con la teocracia iraní.
Lo que sí es relevante es que Irán "no desea competir con Rusia" en el ámbito
gasero, sino más bien "coordinar sus actividades en el mercado mundial, que
incluyen la política de precios y transporte. La alianza gasera ruso-iraní
podría llegar a controlar 43 por ciento de las reservas mundiales probadas y
definir (sic) en el largo plazo los principales parámetros de desarrollo del
mercado euroasiático y mundial", según Igor Tomberg.
A fortiori, es improbable que las petroleras anglosajonas, que
controlan a sus respectivos regímenes irredentistas, sean sacadas del juego
gasero global sin inmutarse. Por lo menos, venderán muy cara su evicción
euroasiática, lo cual, en un descuido, puede llevar a una tercera guerra mundial
en el perímetro del triángulo geoestratégico del mar Negro, mar Caspio y golfo
Pérsico. Es más complicado de lo que destila el cándido optimismo de Igor
Tomberg.
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