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(IAR-Noticias) 27-Junio-06
La
Sociedad de Naciones, creada en 1919 en Suiza con el fin de “promover la
cooperación internacional y conseguir la paz y la seguridad mundial” tras la
Primera Guerra europea, constituye el antecedente directo de la Organización de
Naciones Unidas. Su primer error fue legitimar el brutal Tratado de Versalles
impuesto a la derrotada Alemania; su primer fracaso, no lograr evitar la Segunda
Guerra.
Por Roberto Bardini - (Bambú
Press)
El
escritor alemán Oswald Spengler (1880-1936), autor de La decadencia de
Occidente, tuvo una opinión muy frontal acerca de la Sociedad de Naciones. En su
libro Años decisivos, publicado en 1933, la definió como un “enjambre de
parásitos veraneantes en las orillas del lago de Ginebra”. Más de siete décadas
más tarde, la descripción le calza como anillo al dedo a la ONU.
En junio de 1945, representantes de 51 países firmaron en San Francisco la Carta
de la ONU, con el compromiso de “preservar a las generaciones venideras del
flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la
Humanidad sufrimientos indecibles”, y en octubre de ese mismo año se creó el
organismo mundial. Entre una fecha y otra, en agosto, Estados Unidos –principal
promotor de la Carta de la ONU– borró del mapa a Hiroshima y Nagasaki, dos
ciudades que no representaban objetivos militares.
Desde entonces, la institución internacional vive –para decirlo con palabras de
James Petras en 2002– una “atroz bancarrota como institución por la paz”. Según
el filósofo y profesor universitario estadounidense, “una y otra vez hemos visto
cómo la ONU permanece pasiva ante guerras de agresión, limpieza étnica y
genocidio económico”.
A partir del 26 de junio y hasta el 7 de julio, la ONU será escenario de un
nuevo debate estéril: el control mundial de armas livianas o convencionales.
Durante doce días se reunirán delegados de 191 países y representantes de
organismos no gubernamentales, quienes presentarán un aluvión de datos, cifras y
estadísticas en la elegante sede ubicada en la Primera Avenida y la calle 47, a
orillas del East River de Nueva York.
Los asistentes dirán, por ejemplo, que estas armas han sido las elegidas en 46
de los 49 mayores conflictos bélicos desde 1990 y que causan medio millón de
muertes por año. Pero quizá soslayen que los cinco miembros permanentes del
Consejo de Seguridad –Estados Unidos, el Reino Unido, la Federación Rusa,
Francia y China– son los principales fabricantes y vendedores de este tipo de
armamento.
En 2002 los gastos militares en el mundo ascendieron a más de 800 mil millones
de dólares. Organizaciones como Amnistía Internacional, Unicef y Pax Christi
estiman que se necesitan alrededor de 40 mil millones de dólares al año durante
una década (un total de 400 mil millones de dólares), es decir, menos de la
mitad de lo que se dedica a gastos militares en sólo un año, para disponer de
servicios sociales básicos para todo el planeta.
El arzobispo surafricano y premio Nobel de la Paz 1984, Desmond Tutu, indica que
los cinco integrantes permanentes del Consejo de Seguridad acaparan casi el 90
por ciento del comercio mundial de armas, lo que representa mil millones de
dólares al año.
La reunión sobre control mundial de armas livianas o convencionales posiblemente
sea más de lo mismo, como todo lo impulsado por la ONU. Su secretario general,
Kofi Annan, ha reconocido las limitaciones del encuentro: “Creo que es muy
posible que el documento final no sea tan fuerte como hubiéramos querido, pero
es un paso adelante en la dirección correcta”.
Esto es casi patético, como la mayoría de cuestiones que se ventilan en el
organismo internacional. El programa de acción implementado por la conferencia
no será legalmente obligatorio para los estados miembros de la ONU, y cada uno
decidirá qué aspectos del control de armas cortas adoptará. Y las buenas
intenciones del “enjambre de parásitos” se diluirán –en palabras del último
guerrero de Blade Runner– como lágrimas en la lluvia.
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