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(IAR-Noticias) 22-Junio-06
“Los funcionarios de la CIA con los que trabajó Yusef le inculcaron
celosamente una norma: nunca utilices las palabras sabotaje o asesinato cuando
hables con un congresista de visita.”
Por Steve Coll - Ghost Wars / ZNet en español
La diplomacia de los cañones fue derrotada por los coches bomba en Líbano, pero
el gobierno Reagan y, por encima de todo, el director de la CIA, William Casey,
estaban sedientos de venganza contra Hizbollah.
“Finalmente, en 1985, según cuenta
Bob Woodward del Washington Post en su libro Veil, sobre la carrera de Casey “él
preparó con los saudíes un plan para utilizar coches bomba para asesinar al
líder de Hizbollah , el jeque Fadlallah, de quien creían que no sólo estaba
detrás del atentado contra los cuarteles de los marines sino que estaba
implicado en el secuestro de los rehenes estadounidenses en Beirut.
Fue el propio Casey el que dijo “Voy
a resolver el problema principal, fundamentalmente, siendo más resistente o
cuando menos igual de resistente que los terroristas por medio de la utilización
de sus armas: los coches bomba.
La CIA por sí misma, no obstante, se sintió incapaz de llevar a cabo los
atentados así que Casey subcontrató las operaciones a agentes libaneses
dirigidos por un ex oficial del SAS británico y financiados por el embajador
saudí, príncipe Bandar. En marzo de 1984, un enrome coche bomba fue detonado a
unas 50 yardas de la casa del jeque Fadlallah en Bir El-Abed, una barriada chií
densamente poblada, en el sur de Beirut.
El jeque no sufrió daños pero 80
vecinos inocentes y peatones fueron asesinados y 200 heridos. Fadlallah
inmediatamente colocó una enorme pancarta en la que se leía: “Hecho por Estados
Unidos”, colgada que atravesaba la destrozada calle, mientras Hizbollah devolvía
el golpe en septiembre cuando un conductor suicida consiguió romper el
supuestamente impenetrable cinturón de seguridad de la nueva embajada
estadounidense en el cristiano Beirut oriental, matando a 23 empleados y
visitantes.
A pesar del fiasco del atentado contra Fadlallah, Casey siguió siendo un
entusiasta de la utilización del terrorismo urbano para conseguir los objetivos
estadounidenses, en particular contra los soviéticos y sus aliados en
Afganistán. Un año después de la masacre de Bir El-Abed, Casey consiguió la
aprobación del presidente Reagan para una secreta directiva (La NSDD-166) que,
según Steve Coll en Ghost Wars, inauguró “ una nueva era de transferencia de
avanzada tecnología militar estadounidense a Afganistán, la intensificación del
entrenamiento de las guerrillas islámica en técnicas de sabotaje y explosivos, y
atentados selectivos contra los militares soviéticos.”
A partir de entonces, especialistas de las Fuerzas Especiales estadounidenses
suministrarían explosivos de alta tecnología y enseñarían las técnica más
actuales de sabotaje, incluida la fabricación de coches bomba ANFO (nitrato de
amonio-fuel oil), a funcionarios del servicio de inteligencia paquistaní (ISI)
bajo las órdenes del brigadier Mohamed Yusaf.
Éstos, a su vez, formaron a miles de
mujahidin afganos y extranjeros, entre ellos a los futuros cuadros de al-Qaeda,
en innumerables campos de entrenamiento financiados por los saudíes. “Bajo la
dirección del ISI”, escribe Coll, “los mujahidin recibieron formación y
explosivos maleables para la preparación de atentados con coches bomba, e
incluso con camellos bomba, en las ciudades ocupadas por los soviéticos,
normalmente dirigidos a matar soldados y jefes soviéticos. Casey los respaldó a
pesar de las náuseas que producían en algunos agentes de la CIA.”
Los terroristas mujahidin, trabajando con grupos de franco tiradores y asesinos
no sólo aterrorizaron a las fuerzas militares soviéticas con una serie de
atentados devastadores en Afganistán sino que masacraron a los intelectuales
izquierdistas de Kabul, la capital del país. “Yusaf y los escuadrones de
terroristas especializados en coches bomba a los que preparó”, continúa Coll,
“consideraban a los profesores universitarios de Kabul presas fáciles” y
“asimismo, a las salas de cine y espectáculos culturales”.
Aunque se sabe que algunos miembros
del Consejo Nacional de Seguridad denunciaron las bombas y los asesinatos como
“terrorismo sin paliativo”, Casey estaba encantado con sus resultados. Mientras
tanto, “a finales de los años 80, el ISI había eliminado por completo a todos
los partidos políticos de izquierda, seculares y monárquicos que se habían
constituido al principio de la huida de los refugiados afganos para escapar del
gobierno comunista.” Como consecuencia, las mayoría de los miles de millones de
dólares que los saudíes introdujeron en Afganistán fueron a parar a las manos de
grupos radicales islámicos patrocinados por el ISI. Fueron, asimismo, los
principales receptores de la enormes cantidades de explosivos que la CIA
suministró y de los miles de detonadores de efecto retardado del avanzado modelo
E-cell.
Fue la mayor transferencia de tecnología terrorista de la historia. No fue
necesario que los indignados islamistas tomaran cursos a distancia de Hizbollah
cuando podían matricularse en una programa de doctorado de la CIA dedicado al
sabotaje urbano en las provincias fronterizas de Pakistán . “Diez años después”,
analiza Coll, “la extensa infraestructura de entrenamientos que Yusaf y sus
colegas habían construido con el enorme presupuesto aprobado en la NSDD-166-
campos especializados, manuales de formación para el sabotaje, y detonadores
electrónicos de bombas, etc.- se conocían rutinariamente en Estados Unidos como
“infraestructuras terroristas”. Además, alumnos de los campos de entrenamientos
del ISI como Ramzi Yusef- que planeó el primer atentado contra el World Trade
Center en 1993-, o su tío Khalid Sheik Mohamed, quien supuestamente planificó el
segundo, pronto iban a aplicar sus conocimiento en todos los continentes.
Ciudades asediadas ( los años 1990)
“La hora de la dinamita, del terror sin límite, ha llegado”
§ Gustavo Gorriti, periodista peruano, 1992
Una mirada retrospectiva desde el siglo XXI deja claro que la derrota de la
intervención estadounidense en Líbano durante 1983-84, seguida por la guerra
sucia de la CIA en Afganistán, tuvo una más amplia y poderosa repercusión
geopolítica que la pérdida de Saigón en 1975. La guerra de Vietnam fue, por
supuesto, una lucha épica cuya impronta en la política interior estadounidense
sigue siendo profunda., pero pertenecía a la época de la rivalidad entre las dos
superpotencia durante la Guerra Fría. La guerra de Hizbollah en Beirut y el sur
de Líbano, por otra parte, prefiguró ( e incluso inspiró) los conflictos
“asimétricos” que han caracterizado el milenio.
Más aún, al contrario que la guerra
de los pueblos del tipo de las sostenidas por el NLF (Frente de Liberación de
Nicaragua, en su acrónimo inglés) y los vietnamitas del norte durante más de una
generación, los coches bomba y los terroristas suicidas son fáciles de exportar
y espantosamente aplicables en multitud de escenarios Si bien las guerrillas
rurales sobreviven en reductos abruptos como Cachemira, el Khiber Pass y los
Andes, el centro de gravedad de la insurgencia mundial se ha trasladado desde el
campo a las ciudades y sus barrios periféricos de chabolas. En este contexto
urbano posterior a la Guerra Fría, el atentado de Hizbollah a los cuarteles de
los marines se convirtió en el ejemplo dorado del terrorismo. Los atentados del
11-S, se puede alegar, fueron sólo una escalada inevitable desde los camiones
bomba suicidas a los aviones.
Sin embargo, Washington, se ha mostrado remiso a reconocer el nuevo carácter
militar que los potentes vehículos bomba ofrecían a sus enemigos o incluso a
aceptar su sorprendente letalidad. Tras los atentados de 1983 en Beirut, el
Sandia National Laboratory de New México comenzó una investigación intensiva
sobre la física de los camiones bomba.
Los investigadores quedaron conmocionados por lo que descubrieron. Además de sus
efectos mortales, los camiones bomba producían inesperados temblores terrestres.
“Las aceleraciones laterales propagadas a través del suelo producidas por un
camión bomba excedían con mucho a las producidas durante el momento de máxima
magnitud de un terremoto”. De hecho, los científicos de Sandia llegaron a la
conclusión de que una deflagración cercana a una central nuclear podría “causar
suficiente daño como para provocar una liberación radioactiva letal o inclusión
una explosión”.
Sin embargo en 1986, la Nuclear
Regulatory Comisión se negó a autorizar la colocación de barreras contra
vehículos para proteger las instalaciones de las centrales nucleares y no hizo
nada para cambiar los obsoletos planes de seguridad previstos para evitar que
unos pocos terroristas se infiltraran andando.
En su lugar, Washington parecía poco dispuesto a aprender ninguna de las obvias
lecciones, ni de su derrota en Beirut ni de sus éxitos secretos en Afganistán.
Los gobiernos de Reagan y Bush parecían considerar los atentados de Hizbollah
como golpes de suerte y no como una pujante nueva amenaza que podría “volverse
contra ellos” rápidamente por sus aventuras y desventuras imperiales contra los
soviéticos. Aunque fuera inevitable que otros grupos insurgentes emularan
enseguida a Hizbollah , los planificadores estadounidenses- responsables en
parte- fracasaron en prever la extraordinaria “globalización” del coche bomba en
los años 90 o la aparición de sofisticadas nuevas estrategias de
desestabilización urbana que suponían.
Pero a mediados de los 90, muchas más
ciudades estaban asediadas por los atentados con bomba que en ninguna otra época
desde el fin de la II Guerra Mundial, y las guerrillas urbanas se servían de
coches y camiones bomba para asestar sus golpes en algunas de las más poderosas
instituciones financieras del mundo. Cada éxito, además, envalentonaba a los
distintos grupos para planear más atentados y para reclutar a más grupos con el
fin de lanzar “sus propias fuerzas aéreas de los pobres.”
A principios de abril de 1992, por ejemplo, los escondidos maoístas de Sendero
Luminoso bajaron del altiplano de Perú para diseminar el terror en las ciudades
de Lima y Callao con coches bomba (N.T. sic en español ) cada vez más potentes.
La revista Caretas destacó que “ en un país minero los suministros de explosivos
al por mayor son asequibles” y los senderistas (en español en el original)
fueron generosos en sus regalos de dinamita para bombardear emisoras de
televisión, embajadas extranjeras y una docena de comisarías de policía y
establecimientos militares. Sorprendentemente, su campaña reprodujo la historia
del coche bomba, ya que fue desde unas modestas detonaciones al potente atentado
contra la embajada estadounidense para terminar con una masacre del tipo del
Viernes Sangriento en la que se utilizaron 16 vehículos al mismo tiempo. El
clímax ( y la principal contribución de Sendero Luminoso) fue el intento de
volar una barriada entera de los “enemigos de clase”: una enorme explosión de
ANFO en el elitista distrito de Miraflores, la tarde del 16 de julio, que mató a
22 personas, hirió a 120 y destruyó o dañó 183 viviendas, 400 negocios y coches
aparcados. La prensa local describió lo ocurrido en Miraflores como “si un
bombardeo aéreo hubiera asolado la zona”.
Si una de las virtudes de una fuerza aérea es su capacidad de recorrer medio
mundo para sorprender a sus enemigos durmiendo, al coche bomba le salieron alas
durante el año 1993 cuando grupos procedentes de Oriente Próximo atacaron
objetivos del hemisferio occidental por vez primera. El atentado contra el World
Trade Center del 26 de febrero fue organizado por el maestro en la fabricación
de bombas de Al-Qaeda, Ramzi Yusef, en colaboración con un ingeniero kuwaití
llamado Nidal Ayyad y unos inmigrantes del grupo egipcio Yama’a al- Islamiya,
dirigidos por el jeque Omar Abdul Arman (cuyo visado, según se ha dicho, fue
tramitado a través de la CIA). Su extraordinaria ambición era matar a miles de
neoyorquinos con una potente explosión lateral que resquebrajara los cimientos
de una de las torres del WTC y la derribara sobre su gemela. El arma de Yusef
fue una furgoneta Ryder aparcada, con un artefacto mejorado de los clásicos
utilizados por el IRA y Hizbollah.
“La bomba en sí misma”, escribe Peter Lange en su historia de los coches bomba
“consistía en cuatro cajas de cartón llenas de una mezcla de nitrato de urea y
gas, con papel de relleno. Las cajas estaban rodeadas por bombonas de cuatro
pies de hidrógeno comprimido que estaban conectadas con cuatro mechas de
combustión lenta de 20 pies de largo, recubiertas de tela. Yusef colocó sobre
ellas cuatro frascos de nitroglicerina”.
Los conspiradores no tuvieron
dificultades para aparcar el coche cerca del muro de carga meridional de la
Torre Norte, pero los explosivos no fueron suficientes ya que sólo produjeron un
cráter de cuatro pisos en los cimientos, matando a 6 personas e hiriendo a otras
1.000 pero sin conseguir derribar la torre. “Nuestros cálculos en aquella
ocasión no fueron precisos”, escribió Ayyad en una carta. “Pero prometemos que
la próxima vez serán (sic) más exactos y el Trade Center será uno de nuestros
objetivos.”
Dos semanas después del atentado contra el WTC, un coche bomba casi de la misma
potencia explotó en el aparcamiento subterráneo de la Bolsa de Bombay dañando
gravemente los 28 pisos del rascacielos y matando a 50 empleados. Otros 12
coches o motos bomba lo hicieron en otros objetivos prestigiosos, matando a
otras 207 personas e hiriendo a 1.400. Los atentados fueron una venganza por los
motines sectarios de unos meses antes en los que los hindúes mataron a
centenares de musulmanes indios.
Los atentados, según se dice, fueron
organizados desde Dubai por el exiliado rey del hampa de Bombay, Dawud Ibrahim,
por encargo de los servicios de inteligencia paquistaníes. De acuerdo con una de
las fuentes, Dawud envió tres barcos desde Dubai a Karachi donde se cargaron con
explosivos militares. Después se sobornó a agentes de aduanas indios para que
hicieran la vista gorda mientras la “sopa negra” pasaba de contrabando a Bombay.
Se ha rumoreado que funcionarios corruptos también facilitaron el atentado
suicida contra la embajada israelí en Buenos Aires, el 17 de marzo de 1993, que
mató a 30 personas e hirió a 247. Al año siguiente, un segundo “mártir”- más
tarde identificado como un joven militante de Hizbollah de 29 años del sur de
Líbano- arrasó el edificio de siete pisos de la Asociación Israel-Argentina,
matando a 85 personas e hiriendo a más de 300. En ambos casos, se siguió
cuidadosamente el modelo de Beirut; de la misma forma que lo hizo el militante
islamista que estrelló su coche contra los cuarteles generales de la policía en
Argel en enero de 1995, produciendo 42 muertos y más de 280 heridos.
Pero los discípulos aventajados de Hizbollah fueron los Tamil Tigers de Sri
Lanka, el único grupo no islámico que ha llevado a cabo atentados suicidas a
gran escala. De hecho, su líder, Prabhaakaran, “tomó la decisión estratégica de
adoptar los atentados suicidas tras analizar su efectividad letal en los ataques
con camicaces contra los cuarteles estadounidenses y franceses de Beirut en
1983”. Entre su primera operación de ese tipo en 1997 y el año 2000 fueron
responsables del doble de atentados suicidas de todo tipo de los llevados a cabo
por Hizbollah y Hamás conjuntamente.
Aunque incorporaron los coches bombas
a sus tácticas militares habituales (por ejemplo, servirse de camicaces con
camiones para atentados en los campos del ejército) su obsesión y el “más
apreciado teatro de operaciones” en su lucha para la independencia de Tamil, fue
Colombo, capital de Sri Lanka, donde realizaron en 1987 su primer terrible
atentado con coche bomba en la principal terminal de autobuses, que carbonizó a
montones de pasajeros que se encontraban en los atestados autobuses.
En enero de 1996, un Black Tiger- tal como se denomina a la elite de los
terroristas suicidas- estrelló un camión que contenía 440 libras de potentes
explosivos militares contra el edificio del Banco Central, provocando cerca de
1.400 víctimas. Veinte meses después, en octubre de 1997, en una operación más
compleja, los Tigers atentaron contra las torres gemelas del Colombo World Trade
Center.
Consiguieron maniobrar a través de
las barreras de seguridad y situaron un coche bomba al lado del Center, después
atacaron a la policía con granadas y armas automáticas. El mes de marzo
siguiente, un minibús conducido por un suicida, con bombas rellenas de metralla
adosadas en los laterales, fue detonado en el exterior de la principal estación
de tren en medio de un enorme atasco de tráfico. Entre los 38 muertos se
encontraban una docena de niños que viajaban en un autobús escolar.
Los Tigers de Tamil son un movimiento nacionalista de masas con un “territorio
liberado”, un ejército a gran escala e incluso un pequeña armada; además los
20.000 dirigentes de los Tigres recibieron entrenamiento paramilitar secreto en
el Estado indio de Tamil Nadu desde 1983 a 1987 por cortesía de la primera
ministra Indira Ghandi y de la CIA de la India- la RAW (the Research and
Análisis Wing).
Pero ese patrocinio literalmente
explotó en el rostro de la dirección del partido del Congreso cuando el hijo y
sucesor de Indira, Rajiv, fue asesinado por una camicace Tiger en 1993. En
efecto, la vía demasiado frecuente del terrorismo por delegación,
independientemente de que haya sido promovido por la CIA, el RAW o la KGB, ha
significado “una vuelta al redil”, lo que ha sido más notorio en los casos de
los “activos” de la CIA, el jeque ciego Rahman y Osama Bin Laden.
El atentado de Oklahoma en abril de 1995 fue una especie de respuesta diferente
y alarmante, organizada por dos indignados estadounidenses, veteranos de la
Guerra del Golfo en lugar de por grupos iraquíes o islamistas. Aunque los
partidarios de la teoría de la conspiración han resaltado la extraña
coincidencia de que Terry Nichols y Ramzi Yusef estuvieran juntos en 1994 en la
ciudad de Cebú en Filipinas, el diseño del atentado parece inspirado por la
obsesión de Timothy McVeigh con el diabólico libro de cocina, The Turner Diaries.
Escrito en 1978, tras el Viernes Sangriento y antes de los sucesos de Beirut, la
novela del neonazi William Pierce describe con obsceno entusiasmo cómo los
racistas destruyen la sede del FBI en Washington con un coche bomba ANFO,
después estrellan un avión que lleva una bomba nuclear contra el Pentágono.
McVeigh siguió al pie de la letra la sencilla receta de la novela (varias
toneladas de nitrato de amonio en un camión aparcado) en lugar de la fórmula
mucho más complicada del WTC de Yusef, aunque sustituyó el gasóleo mezclado con
nitro por gasóleo para calefacción. A pesar de ello, la explosión que masacró a
168 personas el 19 de abril de 1995 en el Alfred Murrah Federal Building fue
tres veces más potente que cualquiera de las detonaciones de camiones bomba que
el Bureau of Alcohol, Tobacco y Firearms y otras agencias habían analizado en el
campo de pruebas de New Mexico.
Los expertos quedaron sorprendidos
por la onda destructiva; “Equivalente a 4.100 libras de dinamita, la
deflagración dañó 312 edificios, destrozó cristales a dos millas de distancia y
el 80 por ciento de los heridos se encontraban fuera del edificio hasta a media
milla de distancia”. Sismógrafos lejanos lo registraron como si se hubiera
producido un terremoto de 6 grados en la escala Richter.
Pero la bomba de un muchacho normal como McVeigh, con su diabólica manifestación
de la ingenuidad del bricolaje de las zonas tradicionales estadounidenses, no
fue de ninguna manera la última palabra en potencia destructiva; en efecto,
probablemente era inevitable que los tenebrosos juegos olímpicos de las matanzas
urbanas fueran ganados por un equipo casero de Oriente Próximo. Aunque la lista
de víctimas (20 muertos y 372 heridos) no fuese tan grande como la de Oklahoma,
el enorme camión bomba que, en junio de 1996, supuestos militantes de Hizbollah
colocaron junto a las Torres Khobar de Dahran- una zona residencial de viviendas
para el personal de la Fuerzas Aéreas estadounidenses en Arabia Saudí- superó
todos los récords en materia de explosivos, con un equivalente a 20 bombas de
1.000 libras.
Además, el número de muertos hubiera
sido mucho mayor que las ocasionadas en los cuarteles de los marines en Líbano
en 1993, si un centinela de las Fuerzas Aéreas no hubiera dado la alarma que
posibilitó la evacuación momentos antes de la explosión. Sin embargo la onda
expansiva (provocada por el explosivo plástico militar) produjo un increíble
cráter de 85 pies de ancho y 35 pies de profundidad.
Dos años después, el 7 de agosto de 1998, al-Qaeda reclamó el título de campeón
del asesinato de masas al estrellar coches bomba contra las embajadas
estadounidenses en Nairobi (Kenya) y Dar el-Salam (Tanzania) en una repetición
de los atentados simultáneos de 1993 contra los marines y contra los franceses
en Beirut. La embajada en Nairobi, situada cerca de dos de las calles más
comerciales de la ciudad y sin el adecuado entorno de seguridad, era
especialmente vulnerable, tal como el embajador Prudecence Bushnell había
advertido infructuosamente al Departamento de Estado.
En el suceso, los kenianos de a pie-
quemados vivos en sus vehículos, lacerados por los cristales rotos o enterrados
entre escombros humeantes- fueron las principales víctimas de la terrible
explosión que mató a varios centenares de personas e hirió a más de 5.000. Otra
docena de víctimas murió y casi 100 resultaron heridas en Dar el Salam.
La indiferencia total hacia las masacres colaterales causadas por sus
artefactos, entre ellas las de inocentes musulmanes, es una marca de las
operaciones organizadas por la red de Al-Qaeda. De la misma manera que sus
precursores, Hermann Goering y Curtis LeMay, Osama bin Laden parece regocijarse
ante las terribles estadísticas de los daños producidos por los atentados, en
una carrera competitiva para conseguir explosivos más potentes que produzcan más
muertes.
Una de las más rentables de sus
recientes franquicias (además de las líneas aéreas, los rascacielos y el
transporte público) han sido los atentados contra turistas occidentales en
países musulmanes fundamentalmente, aunque el atentado de Octubre de 2002 contra
una discoteca en Bali (con 202 muertos) y los atentados de julio de 2005 contra
los hoteles de Sharm el Sheik en Egipto (88 muertos) con seguridad mataron casi
a tantos trabajadores locales como a antiguos “cruzados.”
La forma viene después del miedo (los años 90)
“El coche bomba es el arma nuclear de la guerrilla”
- Charles Krauthammer, columnista del Washhington Post
¿Una explosión de mil millones de libras? Lo que equivale, por supuesto, a los
efectos de tres o cuatro bombas atómicas del tamaño de las de Hiroshima (es
decir, sólo una mínima parte de la potencia de una sóla bomba de hidrógeno).
Alternativamente, mil millones de libras esterlinas (1.450 millones de dólares)
fueron los daños que el IRA causó a la City de Londres en abril de 1993 cuando
un volquete azul, que contenía una tonelada de ANFO, explotó en la Bishopsgate
Road enfrente de la torre del NatWest en el corazón del segundo centro
financiero mundial. Aunque sólo una persona resultó muerta y unas 30 heridas por
la enorme explosión, que demolió una iglesia medieval y destrozó la estación de
la calle Liverpool, el coste humano fue irrelevante comparado con el daño
económico que era el verdadero objetivo del atentado. Mientras que las otras
campañas de atentados con camiones bomba de los años 90- Lima, Bombay, Colombo,
etc.- siguieron casi al pie de la letra el manual de Hizbollah, la bomba de
Bishopsgate, que Moloney describe como “ la estrategia de mayor éxito desde el
principio de las hostilidades”, formaba parte de una nueva campaña del IRA al
declarar la guerra a los centros financieros para obtener concesiones británicas
durante las difíciles negociaciones de paz que duraron la mayor parte de los
años 1990.
Bischopsgate, de hecho, fue la segunda y la más costosa de las tres explosiones
de gran éxito, llevadas a cabo por la brigada de elite del IRA (más o menos
autónoma) South Armagh bajo la dirección del legendario “Slab” Murphy. Casi un
año antes, pusieron un camión bomba en el Baltic Exchange en el cruce de St.
Mary que provocó una lluvia de cristales y escombros de un millón de libras
sobre las calles aledañas, matando a 3 personas e hiriendo a casi 100.
Los daños, si bien menores de los
producidos en Bishopsgate, fueron también pavorosos: casi 800 millones, que
superan los cerca de 600 millones de libras de pérdidas producidas por el total
daños ocasionados durante los 22 años de atentados en Irlanda del Norte. Más
tarde, en 1996, con las conversaciones de paz interrumpidas y el Consejo del
Ejército del IRA rebelado contra el último alto el fuego, la Brigada South
Armagh pasó de contrabando un tercer coche bomba a Inglaterra y lo colocó en el
garaje subterráneo de uno de los edificios posmodernos cercano a Canary Wharf
Tower, en las aburguesadas zonas portuarias de Londres, matando a dos personas y
causando cerca de 150 millones de dólares de pérdidas- Los daños totales de las
tres explosiones fueron al menos de 3.000 millones de dólares.
Como ha destacado Jon Coaffee en su libro sobre el impacto de las bombas, si el
IRA como los Tigers Tamiles o Al Qaeda, sólo pretendía sembrar el terror y
paralizar la vida en Londres, hubieran planeado las explosiones en hora punta de
un día laborable-por el contrario las “detonaron en el momento en que la City
estaba prácticamente desierta”- y /o hubieran atentado contra el centro de las
infraestructuras de transporte, como hicieron los suicidas islámicos que volaron
vagones del metro y un autobús londinenses en julio de 2005. En cambio, Slab
Murphy y sus camaradas se concentraron en lo que percibían ser un eslabón
financiero débil: la vacilante industria británica y europea de seguros.
Para espanto de sus enemigos,
tuvieron un éxito espectacular. “Los enormes desembolsos de las compañías de
seguros” comentó la BBC inmediatamente después del Bishopsgate, “han contribuido
a la crisis de la industria, incluida la casi quiebra de la líder del mercado
mundial de reaseguros, la Lloyds de Londres”.
Los inversores alemanes y japoneses amenazaron con boicotear la City si no se
mejoraban las medidas de seguridad y el Gobierno aceptó subvencionar los gastos
de los seguros.
A pesar de la larga historia de atentados con bomba en Londres, realizados por
los irlandeses que se remontaban a los Fenians y la época de la Reina Victoria,
ni Downing Street ni la policía de la City londinense previeron la amplitud de
esta escalada de daños dirigida con precisión a objetivos materiales y
financieros. (En efecto, el mismo Slab Murphy se podría haber sorprendido; de la
misma manera que las primeras bombas ANFO, el IRA tuvo un poco de suerte con
estas superbombas).
La respuesta de la City fue una
versión más sofisticada del “anillo de acero” (barreras de hormigón, altas
vallas de hierro, y puertas impenetrables) que se construyó alrededor del centro
de Belfast tras el Viernes Sangriento en 1972. Después del atentado de
Bishopsgate, la prensa financiera fue un clamor en la exigencia de medidas de
protección similares: “La City debería rodearse de una muralla al estilo
medieval para prevenir los atentados terroristas.”
Lo se que llevó a cabo en la City, y más tarde en los Docklands, fue una red de
restricciones del tráfico tecnológicamente más avanzadas y cordones de seguridad
, que incluían “ Cámaras de grabación automática de los números de las
matrículas de los coches durante las veinticuatro horas del día, enlazadas a los
bancos de datos de la policía”, y la intensificación de la vigilancia policial y
privada. “En una década”, escribe Coaffee, “la City de Londres se transformó en
el lugar más vigilado del Reino Unido, y quizás del mundo, con más de 1.500
cámaras de vigilancia, la mayoría de las cuales estaban comunicadas a un sistema
ANPR” (Sistema automático de reconocimiento de matrículas).
Desde el 11 de septiembre de 2001, esta vigilancia anti terrorista se ha
extendido por el centro de Londres, amparada en la benevolente actitud del
alcalde, Ken Livingstone , con sus medidas para acabar con la congestión y
liberar a la ciudad de los atascos. Según uno de los principales periódicos
dominicales británicos.
“The Observer ha descubierto que el M15, la Special Branch y la policía
municipal empezaron en secreto a desarrollar el sistema tras los atentados del
11-S. En efecto, el esquema de los controvertidos cambios iba a poner en marcha
un sistema de defensa preventiva para proteger a una de las ciudades más
importantes del mundo que entrará en funcionamiento de mañana en ocho días.
Se da por supuesto que el sistema
utilizará asimismo un programa informático de reconocimiento facial que
automáticamente identifica a sospechosos o conocidos delincuentes que entren en
la zona de las ocho millas. Se seguirán todos sus movimientos con precisión
desde el lugar de entrada...Sin embargo, veteranos de la lucha por las
libertades civiles en el pasado afirmaron que millones de personas habían sido
engañadas sobre la doble función del sistema, pensado principalmente como medio
de reducir la congestión de tráfico en el centro de Londres.
La incorporación en 2003 de este nuevo sistema de control óptico del tráfico al
ya extensivo sistema de vigilancia por video asegura que cualquier ciudadano sea
“captado por las cámaras de circuitos cerrados de televisión 300 veces al día”.
Lo que facilitará a la policía detener a terroristas no suicidas, pero será poco
útil para proteger a la ciudad de bien planificados atentados con vehículos
bomba convenientemente camuflados. La “tercera vía” de Blair ha constituido una
vía rápida para la adopción de un sistema de vigilancia orwelliana y para la
expoliación de las libertades civiles, pero hasta que aparezca alguna tecnología
milagrosa (y nada parece indicarlo por el momento) que permita a las autoridades
“detectar” a distancia una molécula o dos de explosivos en la hora punta de
tráfico, los coches bomba van a seguir viajando diariamente para hacer su
trabajo.
El “rey” de Iraq ( los años 2000)
“El domingo, los insurgentes detonaron 13 coches bomba en todo el país, ocho de
ellos en Bagdad en un periodo de tres horas.”
- Noticia de Associated Press, 1 de enero de 2006.
Los coches bomba – unos 1.293 entre 2004 y 2005, según los investigadores del
Instituto Brookings- han devastado Iraq como ningún otro país en la historia.
Los más terribles, conducidos o colocados por los jihadistas han tomado como
objetivo a los chiíes iraquíes delante de sus casas, mezquitas, comisarías de
policía y mercados: 125 muertos en Hilla (el 28 de febrero de 2005); 98 en
Mussayib (el 16 de julio); 114 en Bagdad (el 14 de septiembre); 102 en Blad ( el
29 de septiembre); 50 en Abu Sayda (el 19 de noviembre), etc
Algunos de los artefactos fueron enormes, como el camión bomba robado con
gasóleo que devastó Mussayib, pero lo que resulta más extraordinario ha sido su
terrible frecuencia – en un periodo de 48 horas en julio de 2005, al menos 15
coches bomba conducidos por suicidas explotaron en Bagdad o en sus alrededores.
El siniestro personaje que se supone está detrás de las peores de esas masacres
es Abu Musab al-Zarqawi, el astuto terrorista jordano, de quien se ha dicho que
ha criticado a Osama Bin Laden por su falta de celo en atacar a los enemigos
interiores como los “infieles de la Chía”. Al-Zarqawi, se ha afirmado, aspira a
un objetivo esencialmente religioso en lugar de político: el exterminio sin
descanso de todos los enemigos hasta que el planeta sea gobernado por un único y
justo califato.
Para conseguirlo, él- o quienes actúan en su nombre- parecen que tienen un
acceso sin límite al suministro de vehículos bomba (algunos aparentemente
robados en California y Texas, y enviados después a Oriente Próximo), así como
de voluntarios saudíes y de otros países dispuestos para el martirio entre las
llamas y los hierros fundidos, para llevarse por delante a unos pocos niños de
las escuelas chiíes, vendedores de los mercados o “cruzados” extranjeros.
En efecto, el suministro de graduados
de las madrazas dispuestos al suicidio parece exceder en mucho lo que la lógica
de los kamikases (perfeccionada por Hizbollah y los Tamil Tigers ) realmente
exige. Muchas de las explosiones en Iraq podrían haber sido realizadas
fácilmente por control remoto. Pero el coche bomba – al menos en la perspectiva
implacable de Zarqawi- es sin duda un escalón hacia el cielo así como el arma
genocida elegida.
Sin embargo, Al Zarqawi no ha sido el iniciador del coche bomba terrorista en
las orillas del Tigris y el Eúfrates; ese oscuro honor le pertenece a la CIA y a
su hijo favorito, Iyad Allawi. tal como el New York Times revelaba en junio de
2004:
“ Según han afirmado algunos ex funcionarios del servicio de inteligencia, Iyad
Allawi, designado ahora primer ministro de Iraq, dirigió una operación desde el
exilio para derrocar a Saddam Hussein en la que se envió a agentes a Bagdad a
principios de los años 90 para poner bombas y destrozar instalaciones
gubernamentales bajo la dirección de la CIA. El grupo del Dr. Allawi, el Iraqi
National Accord, utilizó coches bomba y otros artefactos explosivos pasados de
contrabando hacia Bagdad desde el norte de Iraq.. Un antiguo oficial de la CIA
en la zona, Robert Baer, recordaba que uno de los atentados de aquella época
hizo volar un autobús escolar y mató a los niños que iban en él.”
Según uno de los informadores del Times, la campaña de atentados, incluidas las
muertes de los escolares, “fue sólo una prueba para demostrar sus
posibilidades.” Esto permitió a la CIA pintar al entonces exiliado Allawi y a su
grupo de sospechosos ex baazistas como una seria oposición a Saddam Hussein y
alternativa al círculo (tan apoyado por los neocons de Washington) de Ahmed
Chalabi. “Nadie tenía problemas entonces con el sabotaje en Bagdad”,
reflexionaba otro veterano de la CIA. “No creo que nadie hubiera podido imaginar
que las cosas iban a evolucionar como lo han hecho.”
Hoy, desde luego, son los coches bomba los que gobiernan en Iraq. En junio de
2005 en un artículo titulado “Por qué el coche bomba es el rey en Iraq,” James
Dunnigan advertía de que estaba sustituyendo a las bombas en las carreteras (
que “se descubren más frecuentemente y se desactivan mediante sistemas de
detección electrónica”) como el arma más efectiva de “los insurgentes sunníes y
de Al Zarqawi, de forma que “los terroristas están fabricando tantos como les es
posible .” El reciente y “enorme crecimiento de propietarios de coche en Iraq-
añadía- hace mucho más fácil el que los coches bomba se camuflen entre el
tráfico.”
En este reino del coche bomba, las fuerzas ocupantes se han encerrado casi por
completo en su ciudad prohibida, la llamada “Zona Verde” y en sus bien
fortificadas y protegidas bases militares. Aquí no se trata de la City de
Londres, protegida con alta tecnología con sensores que ocupan el lugar de los
francotiradores, sino de un enclave totalmente medieval, rodeado por muros de
hormigón y defendido por tanques M1 Abrams, helicópteros y un exótico cuerpo de
mercenarios (Gurkas, comandos de la antigua Rodesia, ex miembros de las SAS
británicas y paramilitares colombianos amnistiados). Lo que en otra época fue el
Xanadu de la clase dirigente baazista, los diez kilómetros cuadrados de la Zona
Verde, tal como la describe el periodista Scott Johnson, se han convertido en la
actualidad en un parque temático de la forma de vida estadounidense:
“Mujeres en pantalón corto y camiseta que corren por las amplias avenidas, y
restaurantes de pizzas de gran éxito se esparcen desde el aparcamiento de la
extraordinariamente fortificada embajada estadounidense.” Cerca del Bazar de la
Zona Verde, los niños iraquíes venden DVD pornográficos a los soldados. El jeque
Fuad Rashid, imán de la mezquita local, nombrado por los estadounidenses, se
viste como una monja, se ha teñido de rubio platino y afirma que la virgen
María, madre de Jesús, se la aparecido en una visión (de ahí el atavío que
lleva). Cualquier noche, quienes residen allí pueden oír karaoke, jugar al
bádminton o frecuentar cualquiera de los varios bares camorristas, entre ellos
un antro clandestino al que sólo se accede por invitación de la CIA”.
Por supuesto, fuera de la Zona Verde se encuentra la “zona roja” donde los
iraquíes de a pie pueden, inesperadamente y al azar, volar en pedazos gracias a
un coche bomba o ser bombardeados por helicópteros estadounidenses. No sorprende
por ello que los iraquíes acaudalados y los miembros del nuevo gobierno estén
pidiendo a voces ser admitidos en la segura Zona Verde, pero los funcionarios
estadounidenses declararon a Newsweek el año pasado que “los planes para sacar a
los estadounidenses de allí son pura fantasía.”
Se han invertido miles de millones en
la Zona Verde y en una docena más de otros enclaves estadounidenses,
oficialmente conocidos como “campos permanentes”, e incluso prominentes iraquíes
se han tenido que buscar su propia seguridad fuera de esas burbujas exclusivas
de Estados Unidos. Una población que ha sufrido a la policía secreta de Saddam,
las sanciones de la ONU y los misiles de crucero estadounidenses, ahora tiene
que defenderse por sí misma para sobrevivir a los coches bomba que merodean por
las barriadas chiíes pobres en busca de un martirio espantoso. Por la cuenta que
nos trae, esperemos que Bagdad no sea una metáfora de nuestro futuro colectivo.
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(Este artículo- un borrador preliminar de
lo que será casi un libro- aparecerá el próximo año en Indefensible Space: The
Architecture of the National Insecurity State (Routledge, 2007), editado por
Michael Sorkin.)
Mike Davis es autor de los recientes: The Monster at Our Door: The Global
Threat of Avian Flu (The New Press ) y Planet of Slums (Verso). Vive en San
Diego.
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