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(IAR-Noticias)
20-Junio-06
Las fotos muestran a un indiferente Saddam Hussein sentado en el banquillo
de los acusados. No se le ve abatido, ni altivo. Se le ve fatalista, a fin de
cuentas, como un auténtico musulmán. Allah akbar, al-Rahman, al-Rahim.
Por Roberto Bardini -
Bambú Press
El fiscal del tribunal penal que juzga a Hussein y a siete de sus colaboradores
por la masacre de la aldea de Dujail, en julio de 1982, ha pedido la pena de
muerte para el ex dictador iraquí.
Además, el ex presidente enfrenta
seis cargos más, vinculados con el asesinato de opositores políticos durante 30
años, la muerte de líderes religiosos en 1974, la matanza de miembros de la
tribu kurda barzani en 1983, el gaseamiento de los kurdos en la localidad de
Halabja (norte) en 1988, la invasión a Kuwait en 1990 y el aplastamiento de la
rebelión kurda y chií tras la Guerra del Golfo Pérsico en 1991.
En junio de 2003, dos meses después de la invasión multinacional a Irak, la
Autoridad Provisional de la Coalición suspendió la pena de muerte en el país. En
junio del año siguiente la fuerza ocupante entregó el poder a un gobierno iraquí
provisional.
El nuevo régimen, absolutamente
títere, restauró la pena máxima en agosto de 2004 por delitos como asesinato,
tráfico de drogas y secuestro.
Desde entonces, decenas de personas
fueron condenadas. Las primeras tres ejecuciones se efectuaron el 1 de
septiembre de 2005.
Según Amnistía Internacional, Irak “libre y democrático” va contra la tendencia
global de eliminar la pena de muerte. Más de la mitad de las naciones del mundo
ya abolieron de hecho o en la práctica la aplicación de este castigo. En la
última década, más de tres países por año la han derogado como sanción.
Los hechos son decisivos en la historia, pero las noticias son efímeras. La
mayoría de la gente olvida fácilmente lo que lee, escucha o ve a través de los
medios de comunicación.
¿Cuáles son los hechos en este caso?
A pesar de su brutalidad, la masacre de Dujail en 1982 -donde fueron asesinados
148 civiles chiies, la mayoría adolescentes- no tuvo repercusión internacional.
Pocos corresponsales extranjeros se
encontraban en Irak en ese momento y el interés de la prensa mundial se enfocaba
hacia la guerra en Líbano, donde las tropas israelíes asediaban Beirut. Además,
Estados Unidos consideraba a Hussein como un aliado estratégico en Oriente
Medio.
En febrero de 1982, cinco meses antes de la masacre de Dujail, Estados Unidos
eliminó a Irak de su lista de países patrocinadores del “terrorismo
internacional”, a sólo tres años de haberle incluido.
En noviembre de 1984, Washington
restableció las relaciones diplomáticas interrumpidas con Bagdad en 1967. La
muerte de chiíes no figuraba en las preocupaciones del Departamento de Estado.
Entre ambos hechos y mientras recrudecía la guerra Irán-Irak (1980-1988), el
entonces presidente Ronald Reagan envió a Bagdad en diciembre de 1983 a su
secretario de Defensa, quien se entrevistó con Saddam Hussein en lo que fue la
misión oficial de un funcionario estadounidense de más alto rango en los últimos
seis años.
Se trataba de un graduado en
Princeton, miembro del equipo universitario de lucha libre y ex piloto de la
Fuerza Aérea, llamado Donald Rumsfeld, quien había sido consultor para el banco
inversionista AG Becker y ex representante en la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN).
Gracias a la gestión de Rumsfeld se normalizaron las relaciones e Irak se
convirtió en aliado de Estados Unidos contra el “fundamentalismo” iraní del
ayatola Ruhola Jomeini en la región.
El régimen de Hussein pasó a ser el
principal cliente de empresas estadounidenses fabricantes de armas, además de
beneficiarse con imágenes satelitales de las posiciones del ejército iraní,
helicópteros Blackhawk de combate, sustancias para sintetizar gas sarín y
cultivos bacteriológicos para desarrollar bombas de ántrax y botulismo.
Alemania, Francia y Gran Bretaña también se encargaron de que los arsenales de
Hussein -tanto los convencionales como los de destrucción masiva- se mantuvieran
bien equipados.
Después de la invasión iraquí a Kuwait en agosto de 1990, Hussein dejó de ser
negocio para Estados Unidos y Europa. Ocho años después, Rumsfeld -quien había
cobrado suculentas comisiones por la venta de armamentos a Irak- agregó su firma
a una carta pública dirigida al presidente William Clinton, exhortándolo a
eliminar “la amenaza” representada por el dictador árabe.
El mensaje exhortaba al mandatario a
“salvarnos a nosotros y al mundo del azote de Hussein y las armas de destrucción
masiva a las que se niega a renunciar”. En marzo de 2003, nuevamente como
secretario de Defensa, Rumsfeld fue el artífice de la invasión a Irak... y
seguramente continúa cobrando comisiones por otro conducto.
Después de ocho meses de juicio y mientras espera la sentencia, Hussein
continuará rumiando algo que aprendieron el dictador nicaragüense Anastasio
Somoza en 1979, general panameño Manuel Noriega en 1989 y, en algún momento de
su turbulenta vida, el ex estudiante de Ingeniería y Gestión de Empresas Osama
bin Laden: para Estados Unidos no existen aliados permanentes sino cómplices
circunstanciales.
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