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(IAR-Noticias) 13-Junio-06
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Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo
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¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos
creyentes y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales.
Por Eduardo Galeano (*)
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling
se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los
embarrados idiotas que lo juegan".
Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis
Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la
inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba
disputando su primer partido en el Mundial del '78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza
de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece.
Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese
goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la
ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque
castra a las masas y desvía su energía revolucionaria.
Pan y circo, circo sin pan:
hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros
atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de
clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata
nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los
ferrocarriles y en los astilleros de los puertos.
En aquel entonces, algunos
dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la
burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones
sociales.
La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra
imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en
homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un
primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado
en una biblioteca anarquista de Buenos Aires.
En aquellos primeros años del
siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar
de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano
Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire
libre".
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(*) Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra,
Segunda Edición, Siglo Veintiuno Editores, México, 1995. |