|
(IAR-Noticias) 06-Julio-06
Las interpretaciones desde las izquierdas al símbolo
guevariano han transitado por dos variantes: el congelamiento del mismo en
un tiempo pasado y único -los ‘60-, o su ubicación en un tiempo
inciertamente futuro, tan alejado que ni siquiera se vislumbra. Che es, en
este caso, una suerte de profecía, muy cercana a la condición inhumana,
inalcanzable y por tanto poco útil como referente práctico.
Por Lázaro M. Bacallao Pino
(*) - La Haine
Si queremos ser revolucionarios en el sentido más estricto de la
palabra debemos estudiar las razones y los factores que determinan el
hecho real de que el Che vive en el corazón de América y se expresa de mil
maneras en los anhelos y aspiraciones de los jóvenes más radicales de
diversos continentes. Unos treinta años después de su ascenso a la
inmortalidad en Quebrada del Yuro, su imagen recorre plazas y calles
renovando su grito de “Hasta la victoria siempre”.
Armando Hart.
Sobre ese infinito de banderas, carteles y pancartas que es cada
manifestación de las resistencias en el mundo - desde el norte hasta el sur, del
este al oeste -, la imagen de Che Guevara se eleva, acompañando. Más de una
década después de declarado el Apocalipsis definitivo de toda propuesta distinta
al capitalismo, de haberse dictaminado el fin de la historia y de las ideologías
- el presente extendiéndose hacia delante,, como eternidad en todas partes -, Che
renace, otra vez. Es decir, continúa ese renacer perenne suyo, que lo define
según Eduardo Galeano.
La pregunta sobre los motivos de ese renacimiento - más allá de los tiempos y
lugares, de todas las caídas y crisis -, resulta, en realidad, una vieja
interrogante. Recurrente, una y otra vez, desde que en 1968, los jóvenes
parisinos escribieran paredes con frases suyas, y los estudiantes mexicanos
bautizaran con su nombre aulas del Instituto Politécnico Nacional. ¿Por qué
alguien, en algún sitio lejano y extraño, levanta una bandera con su imagen o
lleva una pancarta con algún pensamiento guevariano?
Las interpretaciones en torno a lo que Che es y representa, han sido
múltiples y diversas, marcadas por las más variadas intenciones, hasta llegar
incluso a la contradicción. Con frecuencia, estas explicaciones - o intentos de
ellas -, se han sustentado en las vivencias o experiencias de determinados
intelectuales, que - complementadas con su propia lectura del legado de Che -
resultan en una visión del asunto, pero sin apoyarse sobre una indagación
empírica. Aunque válidas, estas visiones aparecen marcadas por su condición de
hipótesis, de adelanto o proposición, requeridas de una búsqueda desde los
propios actores que, en sus prácticas, incorporan usos y asociaciones de
sentidos en torno al símbolo de Che.
Las apropiaciones que, desde los sujetos sociales, se han realizado de la
vida y obra de Che a lo largo de las últimas cuatro décadas, abarcan también un
amplio abanico de posibilidades, a partir de las características de los actores
- pertenencias o militancias, ideologías, objetivos, conocimientos de la acción
y el pensamiento guevariano -, así como el contexto en el cual se insertan. La
condición universal del símbolo de Che, acrecienta y complejiza la amplitud de
esas apropiaciones.
Responder a esa interpelación acerca de las razones y emociones que motivan
el simbolismo de Che, adquiere mayores trascendencias para las resistencias
actuales y sus sujetos actores, luego de un período de desarticulación y crisis
de las izquierdas - consecuencia del fracaso del más importante proyecto
liberador del siglo XX, y el develamiento de una serie de graves insuficiencias
en el socialismo real -, durante el cual muchos asumieron como principio el
“borrón y cuenta nueva” en relación con las experiencias de rebeldías y
liberación precedentes.
En un contexto signado todavía por esas posturas extremas - asumidas tanto
desde la reacción, como desde el territorio liberador -, y dada la particular
dimensión cultural de la dominación capitalista en su versión neoliberal,
deviene cuestión esencial la recuperación, por parte de los actuales actores
sociales, de las prácticas contrahegemónicas precedentes, en toda la riqueza de
su dimensión simbólica y su trascendencia cultural y práctica en la gestación de
los nuevos proyectos de liberación definitiva del ser humano.
Como parte de esa recuperación crítica y creadora, coherente e histórica, que
otorgue la continuidad indispensable al gran proyecto liberador, se insertan los
procesos de reconstitución de un nuevo horizonte simbólico, imprescindible en la
rearticulación de los actores sociales del cambio. La inserción, en ese nuevo
imaginario liberador, de los símbolos de etapas anteriores, aparece atravesada
por las relaciones de continuidad/ruptura que se establecen en este proceso de
acumulación de fuerzas culturales contrahegemónicas.
Unidad,
solidaridad, y latinoamericanismo
Es en el tejido de estas complejidades, que deben comprenderse los presentes
procesos de apropiación en torno al símbolo de Che por parte de los movimientos
sociales - considerados como actores fundamentales de las nuevas acciones de
resistencia y enfrentamiento al orden capitalista.
¿Por qué el Che? ¿Qué se encuentra en su símbolo, que lo hace cruzar
transversalmente la multiplicidad de acciones expresivas realizadas como parte
de las actividades de los movimientos sociales, en una tendencia general, más
allá de las fronteras sectoriales, generacionales, geográficas…?
En el contexto de un movimiento social que tiene entre sus características
más importantes - al punto de que llega a considerarse marca de identidad
imprescindible - su diversidad, en respuesta a las tendencias que pretendieron
la homogeneización de las resistencias bajo un signo clasista que soslayó el
resto de las dimensiones de la dominación, el Che-símbolo canaliza, en primer
lugar, la expresión de la necesidad y el deseo de procesos unitarios.
Esa “unidad en la diversidad”, encuentra argumentos, por ejemplo, en
fragmentos del Mensaje a la Tricontinental de Che: “Y si todos fuéramos capaces
de unirnos, para que nuestros golpes fueran más sólidos y certeros, para que la
ayuda de todo tipo a los pueblos en lucha fuera aún más efectiva, ¡qué grande
sería el futuro, y qué cercano! (…) Es la hora de atemperar nuestras
discrepancias y ponerlo todo al servicio de la lucha”.
El difícil camino de la unidad - del cual Che es símbolo -, aparece
estrechamente ligado a otra cuestión que también encuentra en él su expresión:
la solidaridad. Pero los procesos unitarios y solidarios que Che simboliza - él
mismo ejemplo de ellos - no resultan lastrantes de la riqueza de lo diverso,
sino que lo asumen en toda su inherente complejidad; entendiéndolos en tanto
articulación de las diferencias, con conciencia de todos los retos que aún ello
supone para los movimientos sociales.
Estos procesos no son ni pueden ser “decretados”, sino impulsarse y crearse
desde las naturales contradicciones que existen al interior de las fuerzas de
resistencia; mediante la práctica, a través de actividades, tareas y trabajos
conjuntos, de manera que cada espacio contribuya a crear conciencia y unidad,
para estudiar y discutir, para organizarse y luchar contra toda forma de
explotación y opresión.
En el caso de América Latina, esa asociación Che-unidad y Che-solidaridad,
encuentra un reforzamiento a partir de ser este el escenario - exceptuando la
experiencia de la guerrilla del Congo - de toda su acción revolucionaria, aun
cuando su pensamiento trasciende a una dimensión tercermundista sobre la
liberación y el socialismo. Che es un símbolo latinoamericano por excelencia, al
punto de que la América nuestra, se llega a definir desde su condición de
“pueblo que vio nacer al gran revolucionario, al gran Comandante Ernesto Che
Guevara” .
Esta interrelación, encuentra manifestación, asimismo, en una relación de
continuidad entre Bolívar y Che, como puntos de un proyecto latinoamericano, una
y otra vez pospuesto. El Che-símbolo se suele presentar desde una posición de
centralidad, como puente o lugar de encuentro, en el universo de los líderes de
la historia de las luchas del continente. Che es símbolo de la Revolución
Latinoamericana, en una línea que - en el caso de los movimientos de raíces
indígenas - se extiende hasta Túpac Amaru y Túpac Katari.
La manera de saldar la deuda pendiente con los propios errores cometidos por
los revolucionarios latinoamericanos, de “cobrar las derrotas sufridas”, es,
precisamente, logrando lo predicado por el Che, en su pensamiento y acción: la
unidad de los pueblos latinoamericanos, africanos y asiáticos contra el dominio
imperialista y la barbarie del capitalismo.
Rebeldía, radicalidad y
legitimidad
En el actual movimiento social altermundista, convergen una pluralidad de
posiciones ideológicas, en ocasiones incluso manifiestamente contrarias(1), en
correspondencia con un momento de rearticulaciones, sobre el que pesan aún las
derivaciones de un período de crisis - todas sus incertidumbres y descréditos,
muchas veces presentados de forma definitiva.
En medio aún de ciertas confusiones en torno a la “izquierda” y “derecha” -
sus sentidos e implicaciones prácticas -, a la condición “política” y la
“militancia” - cargadas, en una visión reduccionista, de los dogmatismos y
dominaciones en que derivó la experiencia del socialismo real -; cuando una
parte de los actores sociales consideran como horizonte político de su acción el
antineoliberalismo, pero no el anticapitalismo y por tanto tampoco el
socialismo; Che simboliza la radicalidad, en los planteamientos y objetivos, en
la oposición al sistema de dominación capitalista.
Este es, junto a la cuestión unitaria, otro de los ejes más debatidos al
interior de los espacios de encuentro de los movimientos sociales. Llevar al
Che, enarbolarlo, es asumir la necesidad y la posibilidad de la revolución -
palabra higiénicamente apartada de ciertos discursos, más afines al término
“cambio social” -, y expresar - sobre todo a partir de la recuperación, desde el
proceso venezolano, del socialismo, en un escenario completamente nuevo en
relación con la experiencia soviética y este-europea -, la comulgación con una
opción socialista. Un socialismo, claro está, renovado: Che no simboliza el
socialismo pasado, sino el posible - que se abre a la liberación humana de toda
posible dominación.
En correspondencia con la saga de la desarticulación de las fuerzas
progresistas mundiales, una de las mayores necesidades que, como parte de su
reconstitución en tanto sujetos de cambio, tienen los movimientos sociales, es
la de re-legitimación del proyecto liberador. El símbolo de Che resulta, en ese
sentido - y dada la conciencia de su fortaleza simbólica -, un frecuente recurso
legitimador.
Atribuir al Che determinadas frases, que expresen opiniones o posiciones
propias de determinados grupos o sectores, resulta un fenómeno extendido. La
constante reproducción de tales sentencias, en las distintas acciones de
comunicación que realizan los sujetos y movimientos sociales, conduce a la
asunción indudable de su veracidad.
Todo un imaginario poético de la revolución se conforma a partir de estas
frases. Algunas, insisten en la necesidad del autosacrificio - “¿Si no ardemos
quién entonces vencerá la oscuridad?” -, en la trascendencia de la muerte, a
partir de la causa que nos conduce a ella - “Los que mueren por la patria no
pueden llamarse muertos” -, o del ejemplo trasmitido - “Cada vez que derriban un
árbol, el ruido se escucha muy lejos pero silenciosamente la brisa lleva
millares de semillas”.
Esta fraseología - supuestamente guevariana - que alimenta al símbolo, se
teje, particularmente, alrededor de aquellos ejes más universalmente asociados
al mismo: la rebeldía, la solidaridad, el humanismo, la ética, el compromiso
consecuente (y hasta las últimas consecuencias), el valor del ejemplo. “Es
preferible morir de pie que vivir de rodillas”; “Camaradas: si avanzo en el
combate, ¡SEGUIDME!; si me detengo, ¡EMPUJADME!; si retrocedo, ¡MATADME!”; “La
revolución no se lleva en la boca para vivir de ella, sino en el corazón para
morir por ella”; “La solidaridad es la ternura de los pueblos”.
Este tipo de recreaciones, se encuentran en sintonía con una relación con el
símbolo que presenta un fuerte componente afectivo y emotivo, y, por tanto, las
considera posibles y en toda la riqueza que ellas suponen. Ellas escapan a los
límites de la objetividad requerida cuando se trata de un análisis de su
pensamiento con un propósito de naturaleza más racional, en tanto búsqueda y
consideración de su ideario en función de las estrategias del proyecto
liberador.
Para muchos, el símbolo de Che es una suerte de “estado de ánimo”, sobre todo
de rebeldía - y un recurso para expresarlo. Levantar el símbolo de Che, crea una
suerte de comunidad de sentidos, aun con todas las variantes de interpretaciones
posibles, tanto desde los propios movimientos como desde las posturas
reaccionarias, pero que, en su esencia, se mantendría.
Ello se corresponde con el momento actual de los movimientos sociales y sus
espacios de encuentro, más cercanos a la protesta que la propuesta. El
acercamiento a Che desde esta segunda etapa, que acuda a él como fuente de
pensamiento en torno a las complejidades de los procesos liberadores, resulta
mayor en determinados espacios - convocados con tales fines desde el ámbito
intelectual, o por movimientos sociales con mayor madurez organizativa.
Pero una relación con el símbolo en la que predomina lo emocional sobre lo
racional, deviene más propicia a interpretaciones distorsionadoras del legado
guevariano, aun cuando en sus propósitos no esté tal efecto. Así, la rebeldía y
la radicalidad, se igualan, en ocasiones, a acciones violentas en el
enfrentamiento - en un rezago de la lectura que ancla, estrechamente, la acción
y el pensamiento de Che en el método de lucha armada. O también, se realizan
comprensiones que los atraen hacia las posiciones o militancias ideológicas
asumidas por los sujetos interpretantes. De esta forma, se teje el símbolo de un
Che trostkista, un Che anarquista…
Estas lecturas resultan, desde una perspectiva temporal de más largo alcance,
una continuidad de las ya tradicionales insuficiencias, olvidos, ambigüedades y
tergiversaciones de que ha sido tradicionalmente objeto - desde la década del
60, del pasado siglo XX - el Che-símbolo, con mucho mayor énfasis desde la
reacción, pero también por parte de sectores que se incluyen entre los
progresistas. De hecho, esa larga y recurrente cronología de distorsiones que,
desde las más diversas perspectivas y propósitos así como en los más variados
contextos, se han tejido alrededor del símbolo de Che, son antecedentes
favorables para nuevas torceduras de sentido.
Ello se refuerza en un contexto en el cual, con frecuencia, los sujetos
tienen - y de hecho lo reconocen - conocimientos fragmentarios y dispersos sobre
la acción y el pensamiento de Che, a partir de fuentes de discutible calidad;
marcado además por sistemáticos empeños, desde posiciones reaccionarias, por
re-actualizar las tergiversaciones en torno a la herencia teórica y práctica de
Che.
Ante ese escenario, una opción resulta tomar el símbolo solo a partir de
aquellas evocaciones que suscita en el imaginario colectivo. No haría falta,
entonces, conocer al Che para sentirse identificado con su imagen; se
consideraría insignificante su acción y su pensamiento, en comparación con lo
que este representa. Tales posiciones apuntan hacia un peligroso proceso de
desanclaje o ruptura (en respuesta a todas las campañas, distorsiones, versiones
diversas y opuestas que se presentan de Che), entre el hombre y el símbolo. Ello
resultaría en una suerte de proceso de anulación del primero por el segundo, si
bien este último aparece cargado de sentidos positivos y liberadores - un
símbolo del hombre nuevo, de la revolución internacional, de Latinoamérica de
pie, del socialismo, de la lucha sin cuartel.
Se asume, desde esta perspectiva, que Che deja ser historia - es decir, un
sujeto real y actuante -, para convertirse en un símbolo. Pero este énfasis en
lo simbólico en sí mismo, tiene como riesgo principal su posible agotamiento en
una dimensión puramente expresiva - por ejemplo, el gesto o la expresión
rebelde, sin mayores consecuencias. Ello podría resultar en una apropiación “del
símbolo por el símbolo”, en lugar del símbolo para la acción transformadora,
armónicamente integrado a las prácticas cotidianas de los actores sociales.
Las interpretaciones desacertadas o incompletas, desde las izquierdas, en
torno al símbolo guevariano, han transitado por dos variantes extremas de su
temporalidad: el congelamiento del mismo en un tiempo pasado y único - los ‘60
-, o su ubicación en un tiempo inciertamennte futuro, tan alejado que ni siquiera
se vislumbra - Che es, en este caso, una anticipación, una suerte de profecía,
muy cercana a la condición inhumana, inalcanzable y por tanto poco útil como
referente práctico.
Todo símbolo resulta una convergencia de las temporalidades humanas: ellos
son, a la vez que invocación del pasado con su larga cronología de la
experiencia, parte del presente de la acción cotidiana, y asomo hacia el futuro
abierto a lo infinito. El símbolo articula, en armónica coherencia si los
procesos de apropiación que se tejen a partir suyo resultan felices, la realidad
y la imaginación, en todas sus interrelaciones con el contexto, atravesando y
siendo atravesado a su vez, por la totalidad de las aristas sociales.
En el Che-símbolo, esa confluencia se expresa desde una particular
significación futura. Che se extiende desde el presente - más que desde el
pasado - hacia el porvenir, como puente directo. Es camino - vale decir: ejemplo
- y a la vez, meta. En un mundo sentido deesde la crisis de ideales y de valores,
en el que según algunos pareciera asistirse a la muerte de la utopía, Che y su
emergencia universal, se explica a partir de que él la encarna y resucita.
Las apropiaciones en torno al símbolo de Che, se insertan en una compleja
trama constitutiva de un nuevo (e imprescindible) universo simbólico de las
resistencias: el análisis crítico de las experiencias pasadas, los proyectos y
objetivos que motivan las acciones presentes, el futuro pretendido y soñado. En
ese proceso reconstituyente de los imaginarios contrahegemónicos actuales, Che
simboliza un adelanto de lo posible, un vínculo directo a la futuridad -
lamentablemente muchas veces no problematizado en sus retos teórico-prácticos,
complejidades y contradicciones inherentes -, sobre todo desde su dimensión
utópica. Es la declaración de un compromiso con lo pospuesto, que no fracasado.
En esas dimensiones temporales de las apropiaciones en torno al símbolo de
Che, en sus interrelaciones con las prácticas de los sujetos, no solo se
expresan complejidades específicas, inherentes a todos los procesos simbólicos
que forman parte imprescindible de toda experiencia liberadora. Ellas también,
en parte, explican - desde los usos y asociaciones de sentidos en los cuales
resultan - las complejidades y riquezas de las prácticas contrahegemónicas
verdaderamente alternativas, que encuentran en su símbolo un recurso para la
expresión de sus imaginarios, ideas, valores, proyectos y sueños.
******
(*)Investigador Centro de Estudios Che Guevara.
Nota
(1) En una encuesta realizada durante el Foro 2005, en lo referido a su
identificación con determinadas tendencias políticas, el 60.1% de los
encuestados, se consideró de izquierda; el 19.8%, de centro-izquierda; el 4.5%
de centro; el 0.6%, de centro-derecha; el 1.6%, de derecha, y el 13.4% no opinó
al respecto. Véase: Sargent, Lydia (2006): “The Social Forum of America. FSM
2006”. En Revista Zmag, marzo de 2006. En Internet, URL:
http://www.zmag.org/ZmagSite/Mar2006/sargent_20306.html.
|