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EUROPA  

 

La guerra del fútbol

 
 

(IAR-Noticias) 12-Junio-06

Fanático de México

Unos 40.000 millones de telespectadores (de audiencia acumulada) se disponen a presenciar la fase final de la Copa del Mundo de fútbol que empezó en Alemania. Ningún otro acontecimiento suscita tanta pasión entre los habitantes de nuestro planeta.

Por Ignacio Ramonet - Le Monde Diplomatique

Para muchos seguidores, el fútbol sigue siendo el mejor exponente de las "virtudes de la nación". El campeonato se vive como una auténtica "guerra mundial ritualizada", y los jugadores encarnan los atributos de la colectividad nacional: coraje, audacia, virilidad, lealtad, fidelidad, sentido del deber, del territorio, pertenencia a una comunidad, espíritu de sacrificio...

"El título de campeón --constata un informe de la UE-- no es solo conquistado por un equipo, sino por la sociedad de la que procede. Así pues, la colectividad se proyecta en el equipo y deposita en este sus esperanzas de conquista, su energía vencedora, pero también sus frustraciones personales y su agresividad", pues el fútbol también favorece las implantaciones míticas, las proyecciones imaginarias y los fanatismos patrióticos. "Ayuda a mantener un nacionalismo residual --escribe el historiador Pierre Milza-- que, en las grandes confrontaciones internacionales, da lugar a bruscos y efímeros accesos de pasión chovinista".

Así, el Mundial adopta toda la apariencia de una guerra ritual que apela a los emblemas nacionales (himnos, banderas, presencia de jefes de Estado) y los comentaristas recurren a metáforas guerreras. El primer régimen que instrumentalizó el fútbol fue el fascismo de Mussolini. Él pensaba que permitía reunir, "en un espacio propicio para la puesta en escena, a multitudes considerables; ejercer una fuerte presión sobre las mismas y mantener las pulsiones nacionalistas de las masas". Mussolini fue el primero en considerar a los jugadores de Italia "soldados al servicio de la causa nacional".

En consecuencia, el fútbol puede llevar al paroxismo las crisis entre nacionalidades; de ahí la idea de que uno de los atributos de la independencia de un estado-nación es el equipo-nación, depositario de una enorme inversión simbólica de las "grandes virtudes patrióticas". Por otra parte, en razón de esta igualdad mítica (una nación, un equipo), las antiguas RFA y RDA decidieron, en 1991, fusionar a los suyos en un solo equipo de Alemania. En cambio, Catalunya, Euskadi o Galicia reivindican el derecho, como Escocia y País de Gales, a constituir su propio equipo nacional. Es interesante observar que aunque Montenegro acaba de conseguir la independencia nacional, sus jugadores participarán en el Mundial en el seno del equipo de Serbia-Montenegro. El fútbol irá así por detrás de la política.

En las  zonas de guerra, el fútbol refleja la violencia de los antagonismos. En Israel, por ejemplo, los grandes clubs están afiliados a los partidos políticos: el Betar depende del Herut (derecha nacionalista), el Maccabi del Partido Liberal, el Hapoel del movimiento laborista y el Elitzur está apadrinado por los religiosos; solo los clubs del norte del país (Galilea) son mayoritariamente árabes. La Autoridad Palestina mantiene desde 1964 un equipo nacional que juega en el extranjero. Tanto más cuanto el fútbol palestino tiene su antigüedad y la selección participó en el Mundial de 1934, antes de la fundación del Estado de Israel.

Otro lugar de crisis: Irlanda del Norte. Como en la vida política, la división confesional entre católicos y protestantes se vive también en los estadios. El club de Belfast, el Lindfield, cuyos dirigentes, jugadores y seguidores son solo protestantes, no ha estado autorizado, durante mucho tiempo y por razones de seguridad, a enfrentarse con el único club católico de la ciudad, el Cliftonville, en el campo de este, en territorio católico. Los partidos, ida y vuelta, se disputaban bajo alta vigilancia en terreno neutral. Esta oposición entre católicos y protestantes es una de las características del fútbol en el Reino Unido.

También la encontramos en Escocia y en Inglaterra, donde da lugar a rivalidades que han originado, en parte, el hooliganismo. Así, en Glasgow, los partidos entre el club católico del Celtic y el club protestante de los Rangers generalmente acaban convirtiéndose en choques extremadamente violentos (66 muertos y un centenar de heridos el 2 de enero de 1971). En Liverpool, los encuentros entre el equipo protestante Liverpool FC (donde juegan varios españoles) y el club local católico Everton suelen dar lugar a desenfrenos parecidos.

ESTAS violencias confesionales solo son comparables a las que acompañan a los partidos entre equipos nacionales británicos. Pues el Reino Unido es el único país que ha hecho admitir a la FIFA el reconocimiento de cuatro equipos (Irlanda del Norte, Escocia, País de Gales e Inglaterra) para un solo Estado. Los encuentros amistosos entre Inglaterra y Escocia, especialmente, suelen acabar en enfrentamientos violentos (un muerto y 90 heridos el 21 de mayo de 1988).

Los seguidores ingleses han adoptado toda la panoplia del nacionalismo extremo --desde el bulldog, animal mascota de los ultras, hasta la bandera británica (que no es la de Inglaterra) y los cantos de guerra-- y entre ellos suele haber activistas del National Front infiltrados. En su seno nació el fenómeno skinhead, que poco a poco se ha ido generalizando en toda Europa, donde se pueden encontrar, en torno a algunos clubs y equipos nacionales, las mismas fascinaciones por la violencia, por los temas patrioteros e incluso racistas...

En Alemania, con ocasión del Mundial, la identificación de los equipos con las naciones o las etnias provocará, sin duda, desbordamientos, exacerbados por el delirio popular y la pasión mediática que calienta a fondo a las opiniones públicas. Hasta el absurdo. Todos quieren ganar, cuando todos (salvo uno) van a perder. Y esta fatalidad de la derrota puede volver loco.

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