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(IAR-Noticias) 05-Junio-06
En octubre de 2004, durante su debate con John Edwards, el Vicepresidente
Dick Cheney hizo una comparación que pareció surrealista incluso según las
normas de la presente administración. él estaba buscando un ejemplo de
anteriores intervenciones de EEUU que pudiera citar como modelo de "construcción
de democracia" en Irak y Afganistán. ¿A qué acudió? A El Salvador.
Por Mark Engler (*)
En el soliloquio del Vice Presidente, los antiguos días malos de la "guerra
sucia" de los años 80 en Centroamérica -- los escuadrones de la muerte y las
armas "Made in USA", las monjas violadas y los profesores jesuitas asesinados en
el campus -- eran presentados como una noble cruzada. Cayó "una insurgencia
guerrillera", dijo Cheney, los "terroristas" fueron derrotados, y hoy El
Salvador está "mucho mejor" porque EEUU intervino.
Por supuesto, no se mencionaron muchos hechos: que una comisión de la verdad
patrocinada por la ONU sostuvo que el régimen apoyado por EEUU era responsable
de atrocidades masivas; que la guerra civil se prolongó más de una década
después de que llegaran las armas y los asesores norteamericanos; y que la mitad
del país vive actualmente en la pobreza.
El uso retorcido de la historia latinoamericana por parte de Cheney no es un
hecho aislado. La región parece tener un lugar especial en la imaginación
conservadora. En años recientes el editor William Kristol de la revista Weekly
Standard Êha calificado a Centroamérica de "sorprendente historia de éxito" para
EEUU. La National Review ha presentado la política de la era de Reagan en
Centroamérica como "una lucha espectacularmente exitosa por introducir y
mantener normas políticas occidentales en la región". Y personalidades de las
guerras sucias -- John Negroponte, Elliott Abrams, Otto Reich, John Poindexter
-- han reaparecido para ocupar cargos en la administración Bush adhiriéndose al
esfuerzo por extender la "libertad" en todo el mundo.
En Taller del imperio: Latinoamérica y las raíces del imperialismo
norteamericano, Greg Grandin, profesor de Historia Latinoamericana en la
Universidad de Nueva York, menciona tales ejemplos como señales de que la
ideología tras la actual intervención de EEUU en el Medio Oriente en realidad
fue conformada mucho más cerca de casa. "En su búsqueda de precedentes
históricos de nuestro actual momento imperial", escribe Grandin, "los
intelectuales invocan la reconstrucción de posguerra de Alemania y Japón, la
Antigua Roma y la Gran Bretaña del siglo diecinueve, pero constantemente ignoran
el lugar donde Estados Unidos ha proyectado su influencia durante más de dos
siglos."
Grandin argumenta de forma convincente que Latinoamérica ha servido como crisol
donde se fundieron por primera vez los ingredientes de la actual política
exterior de EEUU. Es donde este país ejerció por primera vez su poder imperial
en nombre de la promoción de la democracia. Es donde la actual alianza de
neoconservadores, evangélicos y capitalistas unieron fuerzas por primera vez
alrededor de la política exterior. Y es donde figuras como Abrams, Reich y
Negroponte pusieron por primera vez sus ideas en acción. Porque en los
conflictos de la era de Reagan en Centroamérica los neoconservadores "tuvieron
casi vía libre para ejercer el poderío total de Estados Unidos, en contra de un
enemigo mucho más débil, para exorcizar el fantasma de Viet Nam" y comenzar a
reconstruir la confianza en la justeza y la eficacia de la dominación de EEUU.
Para explicar por qué esta historia es ignorada tan a menudo por los expertos,
Grandin cita a un comentario de Jorge Luís Borges acerca de la notable ausencia
de camellos en el Corán. La ausencia prueba que el texto sagrado es una obra
realmente del Medio Oriente, dijo Borges, porque solo un autor nativo, que
acepta al animal como algo normal, olvidaría mencionarlo.
Grandin incluye una larga lista de acciones pasadas de EEUU que en la jerga
contemporánea serían calificadas de "cambio de régimen", "guerra preventiva" o
"diplomacia transformadora". Estos hechos culminaron en sangrientas
intervenciones en Guatemala, El Salvador y Nicaragua en los años de 1980. Como
autor de dos obras previas enraizadas en el área, La sangre de Guatemala en el
2000 y La última masacre colonial de 2004, y como contribuyente a la comisión de
la verdad que investigó el genocidio guatemalteco, Grandin posee suficientes
detalles que ilustran la despiadada priorización que hace la Casa Blanca de los
regímenes amistosos con los negocios.
"Las verdaderas técnicas de contrainsurgencia", dice un colonial norteamericano
en Taller del Imperio, son un paso hacia lo primitivo". Basándose en las
tácticas condonadas por los más jóvenes neoconservadores en Centroamérica,
Grandin promueve el escepticismo para con el elevado moralismo de la invasión de
Irak, "En Nicaragua", escribe como ejemplo, "los contras apoyados por EEUU
decapitaron, castraron y mutilaron de otras maneras a civiles y a trabajadores
voluntarios extranjeros. Algunos ganaron su reputación por usar cucharas para
sacar los ojos a sus víctimas". La brutalidad en Guatemala y el Salvador no fue
menos extrema y, claramente, al pueblo norteamericano no se le recuerda a menudo
el papel que desempeñó nuestro gobierno en tales crímenes. (Hubiera estado bien
que John Edwards, por ejemplo, hubiera emplazado a Cheney por sus groseras
distorsiones.) Pero estas historias, como la lista de los golpes de estado
promovidos por Estados Unidos y que aparece en Taller del Imperio, no son nada
originales.
El más distintivo aporte de Grandin estriba en la documentación del papel de
Latinoamérica como terreno para el desarrollo de idealistas militaristas en el
seno del Partido Republicano. Durante décadas los republicanos ridiculizaron la
diplomacia demócrata, con su lenguaje de democracia, desarrollo y derechos
humanos. En su lugar defendieron el realismo intransigente identificado con
Henry Kissinger. A pesar su aclamación en círculos nixonianos, Kissinger se vio
bajo ataque a fines de los 70 no solo por parte de liberales, sino también por
colegas de la administración Ford como el Jefe del Gabinete Dick Cheney y el
Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, así como por parte de los muy
ideologizados halcones de la "Nueva Derecha", como Robert Kagan y Paul Wolfowitz.
Estos conservadores coincidían en que una fuerte visión moral debía guiar las
acciones de EEUU en el mundo. Creían que el uso del poderío militar del país no
debiera estar limitado por un anti-intervencionismo corregido, posterior a Viet
Nam, que se había extendido en el público norteamericano, el Congreso y gran
parte de las fuerzas armadas. Buscando construir un nuevo idealismo conservador,
se sintieron apoyados por la elevada retórica del candidato Ronald Reagan. Pero
una vez que tomó posesión, Reagan mantuvo en gran medida un pragmatismo al
estilo de Kissinger con relación a la Unión Soviética y China.
En este contexto, argumenta Grandin, Latinoamérica se hace crítica para la Nueva
Derecha, no por su significación geopolítica, sino por falta de ella. La región
brindaba a la administración una "oportunidad de igualar sus acciones con su
retórica". Se podía poner en el poder a los de la línea dura porque "a
diferencia del Medio Oriente, Centroamérica no tenía petróleo ni ningún otro
recurso crucial. A diferencia del Sudeste Asiático, la región era el traspatio
de Estados Unidos -- la URSS no apoyaría a los Sandinistas o a los rebeldes en
el Salvador o Guatemala hasta el grado en que lo hizo con sus aliados en Viet
Nam. 'El águila que mata al venado en Centroamérica' declara el experto en
seguridad nacional Robert Tucker, 'no asustará al oso en el Medio Oriente'."
Los neoconservadores aprendieron algunas lecciones valiosas de su experiencia en
Latinoamérica -- por ejemplo, cómo subvertir las molestas instituciones
internacionales y evitar a las ramas no cooperantes del gobierno. Y, como
Grandin señala en mayor detalle, cómo disciplinar a la prensa nacional. En los
años 80, bajo la dirección de Otto Reich, una nueva Oficina de Diplomacia
Pública para Latinoamérica y el Caribe (del Departamento de Estado), emitió una
serie interminable de artículos de opinión y editoriales, concedió a periodistas
amistosos un acceso preferencial a fuentes gubernamentales y abusó de reporteros
críticos con lo que los críticos de los medios llamaron "fuego antiaéreo". En
este entorno, cuenta Grandin, "los reporteros llegaron a temer la cantidad de
confirmación de datos que eran necesarios para cubrir Centroamérica".
Cuando Newsweek publicó la versión de un testigo presencial, incluyendo fotos en
colores, de una ejecución extra judicial realizada por los contras -- en la cual
la víctima fue obligada a cavar su propia tumba antes de que le rebanaran el
cuello -- funcionarios como Otto Reich y su jefe en la Casa Blanca se indignaron
y estaban ideológicamente indiferentes. "Yo vi esa foto", se dice que Reagan
dijo a un miembro del Congreso, "y me dijeron que después que la tomaron la
supuesta víctima se levantó y se marchó".
Es más, nos dice Grandin, a medida que aumentaba la evidencia de las
atrocidades, la Nueva Derecha escalaba su ofensiva moral. Se hizo famosa la
descripción por Reagan de los contras como "los equivalentes morales de nuestros
padres fundadores". Miembros de la derecha religiosa como Pat Robertson y Jerry
Falwell fueron reclutados también para que alabaran a esos "combatientes por la
libertad" y condenaran la teología de la liberación.
Un último grupo se agrupó en la alianza de la Nueva Derecha alrededor de la
política hacia Latinoamérica, consistente en economistas híper capitalistas y
neoliberales, conjuntamente con capitanes de industria corporativos. Washington
siempre manejó sus asuntos exteriores con intención de beneficiar a los
intereses de negocios norteamericanos. Pero algo nuevo llegó con la era de la
"Seguridad Nacional" en los 70 y los 80. Bajo la guía de EEUU, gobernantes
autoritarios como Augusto Pinochet en Chile implementaron las radicales teorías
de mercado libre del economista de la Universidad de Chicago Milton Friedman:
recortes del gasto gubernamental para servicios sociales, venta de las
propiedades estatales, desregulación de los mercados de capital, y permitir a
los inversionistas extranjeros la repatriación total de las ganancias. Tales
políticas no han hecho nada por reducir la pobreza y provocar el crecimiento
sostenido, pero sí han provocado la crisis económica. Sin embargo, siguen siendo
favorables a las elites de los negocios, incluyendo a nuestro actual Director
General en la Casa Blanca y a sus compinches. Quizás no sea sorprendente que las
mismas políticas fueran impuestas por L. Paul Bremen cuando transformó el Irak
ocupado en lo que la Autoridad Provisional de la Coalición anunció como "una
economía increíblemente liberalizada".
Con su vívida descripción de la conjunción de militaristas neoconservadores,
evangélicos religiosos y economistas neoliberales, Taller del Imperio ofrece un
convincente análisis de cómo las anteriores intervenciones en Latinoamérica
brindan a la administración Bush un preocupante modelo para la actual política.
Significativamente Grandin le pasa por arriba a la Casa Blanca demócrata de los
años 90, señalando fundamentalmente que el apoyo al militarismo norteamericano y
a la globalización corporativa se han vuelto bipartidistas. El Presidente
Clinton "tuvo la buena suerte de heredar un 'Tercer Mundo pacificado en gran
parte'," escribe, "y por tanto (Clinton) pudo usar un lenguaje anterior de
liberalismo político y cooperación multilateral para vender el libre mercado".
Pero Grandin considera esto simplemente como un período "de transición" entre el
retiro político de George H. W. Bush y la ascendencia de su hijo. Grandin
argumenta que "Estados Unidos está dependiendo nuevamente de su poder para
proteger sus intereses y defenderse de la resurgencia de una nueva izquierda
democrática en todo el continente", y por tanto implica que el conflicto cada
vez más militarista con los estados latinoamericanos es inevitable.
Sin embargo, el legado de Clinton merece algo más que un aparte. Al analizar la
política global del Buen Vecino adoptada por Franklin Delano Roosevelt, con la
que EEUU renunció a la intervención directa en favor de un imperialismo más
sutil, Grandin asegura que salvó a "Estados Unidos de sus peores instintos" y le
permitió obtener ganancias inesperadas en una región estable y relativamente
próspera. De manera similar Bill Clinton, que personalmente pudo mantener su
popularidad entre los vecinos del Sur al implementar políticas de
"globalización" de manera más suave, hoy pudiera parecer un modelo atractivo
para los líderes de los negocios y para los realistas que quedan entre los
republicanos, especialmente a medida que Irak se hunde en una creciente guerra
civil.
Para los nuevos gobiernos de centro izquierda y los desafiantes movimientos
sociales en Latinoamérica, esto haría de la cooptación un peligro más inminente
que la invasión. Y le quitaría a sus seguidores internacionales un vaquero
contra el cual unirse, algo a lo que los neoliberales más calmados darían la
bienvenida. A pesar de lo que el actual régimen pudiera desear, puede que no
estemos condenados a repetir las guerras sucias.
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* Mark Engler, escritor que vive en
la ciudad de Nueva York y analista de Foreign Policy In Focus, puede ser
contactado por medio del sitio web www.DemocracyUprising.com.
Taller del imperio: Latinoamérica y las raíces del imperialismo
norteamericano
Por Greg Grandin
(Metropolitan Books/Henry Holt & Company, Mayo de 2006, 320 páginas.)
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