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(IAR-Noticias)
24-Mayo-06

La violencia
ocurrida a mediados de mayo en São Paulo nos obliga a pensar.
¿Por qué es tan recurrente? Para vislumbrar alguna luz tenemos
que partir sin autoengaños de esta ambigüedad fundamental: por
una parte, la realidad está cargada de conflictos, pero en
otro sentido, es un tejido de orden y paz. Ninguno de estos
dos aspectos consigue erradicar al otro. Se mezclan, y se
mantienen en un equilibrio difícil y dinámico.
Por Leonardo
Boff (*)
El arte consiste en mantener esa tensión, buscando aquella
convergencia de energías que permite el surgimiento de la paz,
fruto de instituciones mínimamente justas e incluyentes, y de
ordenamientos sociales sanos, custodiados por un Estado que
vela por el equilibrio de las tensiones, usando legítimamente
la coerción cuando es necesario. Si no se diese esta búsqueda
de equilibrio, tal vez la sociabilidad sería imposible, y los
seres humanos se exterminarían unos a otros.
La paz resulta de la administración de los conflictos usando
medios no conflictivos. En la construcción de la paz, los
intereses colectivos deben sobreponerse a los individuales, la
multiculturalidad ha de prevalecer sobre el etnocentrismo, la
perspectiva global orientará la local.
Tenemos que ser realistas y sinceros. Hay violencia en el
mundo porque yo llevo violencia dentro de mí en forma de
rabia, envidia y odio, que deben ser siempre contenidos.
La explicación de la agresividad ha desafiado a los más agudos
pensadores. Sigmund Freud parte de la constatación de que
existen dos pulsiones básicas: una que afirma y exalta la vida
(Eros) y otra que tiende hacia la muerte (Thánatos) y sus
derivados psicológicos, como los odios y las exclusiones.
Para Freud la agresividad surge cuando el instinto de muerte
se activa por alguna amenaza que viene de fuera. Alguien puede
amenazar a otro y querer quitarle la vida. Entonces el
amenazado se anticipa y pasa a agredir y eventualmente a
eliminar a quien le amenaza.
Otro pensador contemporáneo, René Girard, afirma que la
agresividad proviene de la permanente rivalidad existente
entre los seres humanos (a la que él llama «deseo mimético»).
Esta rivalidad crea permanentes tensiones y elabora siniestras
complicidades. Al concentrar en alguien toda la maldad y toda
la amenaza, la sociedad lo convierte en un chivo expiatorio.
Todos se unen
contra él para apartarlo. Esta unión instaura una paz
momentánea entre todos los contendientes. Deshecha la paz, se
inventa un nuevo chivo expiatorio (los terroristas, los
traficantes, etc.) y nuevamente se crea la unión de todos
contra él y se rehace la paz perdida.
Los antropólogos también nos han ayudado a entender la
agresividad. Nos aseguran que somos simultáneamente sapiens y
demens, no por degeneración, sino por constitución evolutiva.
Somos portadores de inteligencia y de energías interiores
orientadas hacia la generosidad, la colaboración y la
benevolencia. Y al mismo tiempo somos portadores de demencia,
de exceso, de pulsiones de muerte. Somos seres trágicos porque
surgimos como coexistencia de los opuestos.
Dada esta contradicción, ¿como construir la paz? La paz sólo
triunfará en la medida en que las personas y las
colectividades se dispongan a cultivar, como proyecto de vida,
la cooperación, la solidaridad y el amor. La cultura de la paz
depende del predominio de estas positividades y de la
vigilancia que las personas y las instituciones mantengan
sobre la otra dimensión, siempre presente, de rivalidad, de
egoísmo y de exclusión.
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