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(IAR-Noticias)
15-Mayo-06

“¡Vosotros no os habéis
apiadado de nosotros! Y nosotros haremos lo mismo. Os vamos a dinamitar”.
Advertencia anarquista (1919).
Por Mike Davis - ZNet en español
En un caluroso día de septiembre, pocos meses después de la detención de sus
camaradas Sacco y Vanzetti, un vengativo anarquista italiano, llamado Mario
Buda, aparcó su carro tirado por un caballo cerca de la esquina de Wall y Broad
Streets, enfrente de la compañía J.P. Morgan.
Se bajó despreocupadamente y
desapareció sin llamar la atención entre la multitud que iba a almorzar. Unos
pocas manzanas más allá, un asustado cartero encontró unas extrañas octavillas
que avisaban: “ ¡Liberad a los prisioneros políticos o moriréis todos!”,
firmadas por “American Anarchist Fighters” (Combatientes anarquistas de Estados
Unidos).
Las campanas de la cercana Trinity
Church empezaron a sonar a mediodía y, cuando pararon, el carro- cargado de
dinamita y trozos de metal- explotó convertido en una bola de fuego llena de
metralla”.
“El caballo y el carro saltaron hechos migas” escribe Paul Avrich, el famoso
historiador del anarquismo estadounidense que descubrió la verdadera historia.
“Los cristales de las ventanas de las oficinas cayeron a la calle y los toldos
de los doce pisos quedaron envueltos en llamas. La gente, presa de pánico, se
vio envuelta en una nube de polvo que cubrió la zona. Thomas Joyce del
departamento de valores, títulos bancarios murió en su despacho entre los
escombros de las paredes. En el exterior, montones de cuerpos quedaron
esparcidos por las calles.
Sin duda, Buda se disgustó cuando se enteró de J.P. Morgan no se encontraba
entre los 40 muertos y más de 200 heridos- el gran jefazo de los ladrones estaba
lejos, en Escocia, en su pabellón de caza. Aun así , un pobre inmigrante con
algo de dinamita robada, un montón de trozos de metal y un viejo caballo había
ocasionado un terror sin precedentes en el mismísimo corazón del capitalismo
estadounidense.
Su bomba en Wall Street fue la culminación de medio siglo de fantasías
anarquistas sobre angeles vengativos hechos de dinamita; pero asimismo fue una
invención, como el Difference Engine de Charles Babbage, que superaba la
imaginación de su época. Sólo después de que la barbarie de las bombas
estratégicas se haya convertido en algo rutinario y cuando las fuerzas aéreas
persiguen de forma rutinaria a los insurgentes entre los laberintos de las
ciudades pobres, habría de realizarse por completo el potencial radical de la
“máquina infernal” de Buda.
El carro de Buda era, en esencia, el prototipo del coche bomba: la primera
utilización de un vehículo que no llama la atención, que pasa desapercibido en
casi cualquier escenario urbano, para transportar enormes cantidades de
explosivos de gran potencia hacia un objetivo determinado y valioso. No se
reprodujo, hasta donde yo puedo establecer, hasta el 12 enero de 1947, cuando la
Brigada Stern colocó un camión con explosivos en una comisaría de policía
británica en Haifa, Palestina, matando a 4 personas e hiriendo a 140. La Brigada
Stern (un grupo pro-fascista, liderado por Abraham Stern, y escindido del
sionista y ultraderechista paramilitar Irgun ) pronto colocaría camiones y
coches bomba para asesinar también a los palestinos: una atrocidad creativa,
copiada de inmediato por los desertores británicos que luchaban al lado de los
nacionalistas palestinos.
Desde entonces, los vehículos bomba se utilizaron esporádicamente- produciendo
masacres famosas en Saigón (1952), Argel (1962 y Palermo (1963), pero las
puertas del infierno sólo se abrieron de verdad en 1972, cuando el IRA- según
dice la leyenda de forma accidental- improvisó el primer coche bomba con nitrato
de amonio y fuel oil (ANFO, en sus siglas inglesas). Esta nueva generación de
bombas, que requieren sólo de ingredientes industriales comunes y abonos
sintéticos, resultan baratos de fabricación y sorprendentemente potentes,
elevaron el terrorismo urbano desde el nivel artesanal al industrial y
posibilitaron la puesta en marcha de campañas continuas contra los centros
urbanos así como la destrucción completa de rascacielos de hormigón y bloques de
apartamentos.
En otras palabras, el coche bomba se convirtió de repente en un arma semi-estratégica
que, en determinadas circunstancias, era comparable a la fuerza aérea en su
capacidad de derribar centros urbanos importantes y cuarteles generales al mismo
tiempo que aterrorizaba a la población de ciudades enteras. En efecto, el camión
bomba suicida que devastó la embajada estadounidense y los cuarteles de los
marines en Beirut en 1983, superó- al menos en sentido geopolítico- al fuego
combinado de los bombarderos y barcos de guerra de la Sexta Flota de Estados
Unidos y obligó a la administración Reagan a retirarse de Líbano.
El uso sin tregua de los coches bombas de Hizbollah en Líbano durante los años
80 para oponerse a la avanzada tecnología militar de Estados Unidos, Francia e
Israel, enseguida envalentonó a una docena de otros grupos para llevar sus
insurgencias y jihads internas hasta las metrópolis. Algunos de los integrantes
de las nuevas generaciones de preparadores de coches bomba se graduaron en
escuelas de terroristas puestas en marcha por la CIA y los servicios de
inteligencia pakistaníes (ISI, en sus siglas inglesas), con financiación saudí,
a mediados de los 80 para entrenar a los mujahidines en el terrorismo contra los
rusos que ocupaban entonces Kabul. Entre 1992 y 1998, 16 de los principales
atentados con vehículos bomba en 13 ciudades diferentes mataron a 1.050 personas
e hirieron a cerca de 12.000. Aún más importante, desde un punto de vista
geopolítico, fue que el IRA y la Yama’a al-Islamiya infligieron daños por miles
de millones de dólares en los dos centros principales que controlan la economía
mundial- la City de Londres (1992,1993 y 1996) y el sur de Manhattan (1993)- y
obligaron a que la industria mundial del seguro se reorganizara.
En el nuevo milenio, 85 años después de aquella primera masacre de Wall Street,
los coches bomba se han convertido casi en algo tan generalizado a escala
mundial como los iPod y el SIDA, abriendo cráteres en las calles de las ciudades
desde Bogotá a Bali. Camiones bomba con suicidas, en otra época marca distintiva
de Hizbollah, han sido introducidos en Sri Lanka, Chechenia / Rusia, Turquía,
Egipto, Kuwait e Indonesia. En cualquier gráfico del terrorismo urbano, la curva
que representa a los coches bomba ha crecido bruscamente, de forma casi
exponencial.
El Iraq ocupado por Estados Unidos es
un infierno sin fin con más de 9.000 víctimas- principalmente civiles-
atribuidas a vehículos bomba en el período de los dos años comprendido entre
julio de 2003 y junio de 2005. Desde entonces, la frecuencia de los atentados
con coches bomba ha aumentado dramáticamente: 140 por mes en otoño de 2005, 13
de ellos en Bagdad sólo el día de año nuevo de 2005. Si las bombas en las
carreteras o IED( Improvised Explosives Devices) son las armas más efectivas
contra los vehículos militares estadounidenses, los coches bomba son el arma
elegida para la matanza de civiles chiíes delante de las mezquitas o mercados y
para provocar una guerra sectaria apocalíptica.
Ante la amenaza de armas que no se distinguen del tráfico normal, los aparatos
de la Administración y de las finanzas se están recluyendo en el interior de
“anillos de acero” y “zonas verdes” pero el enorme desafío de los coches bombas
parece insuperable. El robo de bombas nucleares, el gas sarin y el ántrax pueden
convertirse en “nuestros peores miedos” pero el coche bomba es el instrumento
cotidiano del terrorismo urbano. Antes de analizar su génesis, sin embargo,
puede resultar útil resumir las características que hicieron del carro de Buda
una formidable, y sin duda, fuente permanente de inseguridad urbana.
Primero, los vehículos bomba son armas que sorprenden sigilosamente al poder y
que tienen una eficacia destructiva. Camiones, furgonetas o incluso
todo-terrenos pueden transportar fácilmente el equivalente a varias bombas
convencionales de 1.000 libras (N.T. unos 500 kg.) hasta la puerta de un
objetivo principal. Además, su potencial destructivo está todavía en evolución
gracias a los continuos pequeños ajustes que llevan a cabo sus ingeniosos
fabricantes. Todavía tendremos que enfrentarnos al horror absoluto de remolques
cargados con explosivos capaces de diseminar sus efectos mortales en 200 yardas
a la redonda o de bombas cargadas de los suficientes residuos nucleares para
convertir Wall Street en zona radioactiva durante generaciones.
Segundo, son extraordinariamente baratos: se puede masacrar a 40 ó 50 personas
con un coche robado y unos 400 dólares de fertilizantes y material electrónico
ilegal. Ramzi Yousef, cerebro del atentado del World Trade Center en 1993, se ha
jactado de que su gasto mayor fueron las llamadas telefónicas de larga
distancia. El explosivo, en sí mismo, (media tonelada de urea) costó 3.615
dólares y el alquiler diario de 59 dólares de una furgoneta Ryder de diez pies
de largo (N.T.: unos tres metros). Por contraste, cada uno de los misiles de
crucero que se han convertido en la forma de respuesta típica estadounidense a
los ataques terroristas en el exterior cuesta 1 millón cien mil dólares.
Tercero, los coches bomba son muy sencillos de activar. Aunque todavía hay quien
se niega a creer que Timothy McVeigh y Terry Nichols no contaron con ayuda
secreta de algún oscuro gobierno u organización, dos hombres por medio de la
típica cabina de teléfono- un guarda de seguridad y un granjero- planearon y
ejecutaron con éxito el horrendo atentado de Oklahoma con libros de
instrucciones e información obtenida en el circuito de venta de armas.
Cuarto, de la misma manera que las más “sofisticadas” bombas aéreas, los coches
bomba actúan de forma indiscriminada: los “daños colaterales” son prácticamente
inevitables. Si la lógica de una atentado es la de matar a inocentes y sembrar
el pánico en el círculo más amplio para crear una “estrategia de tensión” o para
desmoralizar a la sociedad, los coches bomba son el instrumento ideal. Pero de
la misma manera resultan efectivos para minar la credibilidad moral de una causa
y provocar el rechazo de sus bases de apoyo, tal como el IRA y la ETA en España
han comprobado cada uno por su parte. El coche bomba es en sí mismo un arma
fascista.
Quinto, los coches bomba son extremadamente anónimos y dejan escasas huellas y
pruebas forenses. Buda se marchó tranquilamente a Italia, dejando a William
Burns, a J. Edgar Hoover y al Bureau of Investigation (más tarde bautizado como
FBI) que hicieran el ridículo siguiendo una tras otra pistas falsas durante una
década. La mayoría de los continuadores de Buda han escapado asimismo a la
identificación y la detención. El anonimato, además, anima enormemente a
utilizar coches bomba a quienes les gusta ocultar su autoría material, entre
otros a la CIA, al Mossad israelí, al GSD sirio, al Pasdaran iraní y al ISI
paquistaní, todos ellos autores de grandes masacres con tales dispositivos.
Detonaciones preliminares (1948-63)
“Bombas de relojería de los rojos hacen volar el centro de Saigón”
Titular del New York Times, 10 de enero de 1952
Los componentes de la Brigada Stern fueron alumnos aventajados de la violencia,
judíos que se auto proclamaban admiradores de Mussolini y que se empaparon de
las tradiciones terroristas del partido socialista revolucionario ruso anterior
a 1917, del IMRO macedonio y de los camisas negras italianos. En su calidad de
extrema derecha del movimiento sionista en Palestina- considerados “fascistas”
por la Haganah y “terroristas por los británicos- fueron moral y tácticamente
inmunes a las consideraciones de la diplomacia y de la opinión mundial. Gozaron
de una feroz y bien merecida reputación por la originalidad de sus operaciones y
lo sorpresivo de sus atentados. El 12 de enero de 1947, como parte de su campaña
para evitar cualquier compromiso entre los principales responsables sionistas y
el gobierno británico, hicieron explotar un potente camión bomba en la comisaría
central de policía de Haifa, que produjo 144 víctimas. Tres meses después,
repitieron la misma táctica en Tel Aviv, volando los cuarteles de la policía en
Sarona (5 muertos) con un camión robado del servicio postal, lleno de dinamita.
En diciembre de 1947, a raíz de la votación en la ONU sobre la partición de
Palestina, se desataron las hostilidades entre las comunidades árabe y judía
desde Haifa a Gaza. La Brigada Stern que rechazaba cualquier reparto que no
fuera la restauración de la Israel bíblica, procedía a hacer el debut del camión
bomba como arma de terrorismo masivo. El 4 de enero de 1948, dos hombres
disfrazados con ropa árabe condujeron un camión aparentemente repleto de
naranjas hasta el centro de Jaffa y lo aparcaron cerca del New Seray Building,
sede del gobierno municipal palestino y de un comedor de beneficencia para niños
pobres. Se entretuvieron para tomar un café en un local cercano antes de escapar
pocos minutos antes de la detonación.
“Una ensordecedora explosión” escribe Adam LeBor en su historia de Jaffa,
“sacudió la ciudad. Cristales rotos y trozos de ladrillos cayeron sobre la Clock
Tower Square. El interior del New Seray y las paredes laterales se derrumbaron
en un montón de escombros y hierros retorcidos. Sólo la fachada neo-clásica se
mantuvo en pie. Tras un momento de silencio, comenzaron los gritos. Murieron 26
personas y hubo centenares de heridos. La mayoría eran civiles, entre ellos
muchos niños de los que comían en el comedor de la beneficencia”. La bomba no
alcanzó a los dirigentes palestinos, que se habían traslado a otro edificio,
pero la atrocidad consiguió aterrorizar a los residentes y creó las
circunstancias para una eventual escapada.
Asimismo, provocó a los palestinos para devolver el golpe. El Arab High
Committee disponía de su propia arma secreta: los rubios desertores británicos
que luchaban a su lado. Nueve días después del atentado de Jaffa, unos de estos
desertores, dirigidos por Eddie Brown- ex cabo de la policía, cuyo hermano había
sido asesinado por el Irgún – se apropiaron de un camión del servicio de
correos, lo cargaron con explosivos y lo hicieron explotar en el barrio judío de
Haifa, hiriendo a 50 personas. Dos semanas más tarde, Brown, con un coche robado
y seguido por un camión de cinco toneladas conducido por un palestino vestido de
policía, consiguieron pasar los controles británicos y de la Haganah y se
introdujeron en la parte nueva de Jerusalén. El conductor aparcó delante del
Palestine Post, encendió la mecha y escapó en el coche de Brown. La sede del
periódico quedó devastada y hubo un muerto y 20 heridos.
Según un cronista del suceso, Abdel Kader el-Husseini, los líderes militares del
Arab Higher Committee quedaron tan impresionados por el éxito de estas
operaciones- inspiradas involuntariamente por la Brigada Stern- que autorizaron
una ambiciosa continuación en la que intervinieron seis desertores británicos.
“En esa ocasión, se utilizaron tres camiones, escoltados por un vehículo
blindado británico robado, con un joven rubio vestido de policía en la torreta”.
De nuevo, el convoy atravesó fácilmente los controles y se dirigió hacia el
Atlantic Hotel en la calle Ben Yehuda. Un curioso vigilante nocturno fue
asesinado al enfrentarse a los terroristas, que huyeron en el vehículo blindado
después de activar los explosivos de los tres camiones. La detonación fue enorme
y las consecuencias graves: 46 muertos y 130 heridos.
Las facilidades para atentados semejantes- la posibilidad de pasar de una zona a
la otra- se terminaron cuando los palestinos y los judíos se enzarzaron en una
guerra total, pero un atentado final adelantó el brillante futuro del coche
bomba como instrumento para asesinar. El 11 de marzo, se dejó entrar en el patio
del muy vigilado complejo de la Jewish Agency a la limusina oficial del cónsul
general estadounidense, con la bandera de las barras y estrellas y conducido por
su chófer habitual. El conductor, un cristiano palestino de nombre Abu Yussef,
esperaba asesinar al líder sionista David Ben Gurion, pero la limusina fue
movida justo antes de que explotara; sin embargo, murieron 13 funcionarios de la
Jewish Fundation Fund y 40 resultaron heridos.
El breve pero terrible intercambio de coches bomba entre árabes y judíos se
fijaría en la memoria colectiva de su conflicto pero no alcanzaría el grado
máximo hasta que Israel y sus aliados falangistas empezaron a aterrorizar Beirut
occidental con bombas en 1981: una provocación que habría de despertar al dragón
chií dormido. Mientras tanto, la continuación real se desarrolló en Saigón: una
serie de atrocidades con coches y motocicletas bomba llevadas a cabo en 1952-53-
reflejadas en el argumento de la novela de Graham Greene, El americano impasible
(The Quiet American)-, que él describe como preparadas en secreto por el agente
de la CIA, Alden Pyle, quien conspira para sustituir al Viet -Mingh (a quien se
responsabilizaría de las bombas) y a los franceses (incapaces de garantizar la
seguridad pública) por un partido pro-estadounidense.
En la vida real, el americano impasible, fue el experto en contrainsurgencia,
coronel Edward Lansdale (con sus éxitos recientes contra los campesinos
comunistas en Filipinas), y el verdadero dirigente de la “Tercera Fuerza” fue su
protegido, el general Trihn Minh The, de la secta religiosa Cao Dai. Es
indudable, escribe el biógrafo de The, que el general “instigó muchos atentados
terroristas en Saigón, en los que se utilizó cargas de plástico con
temporizadores colocadas en vehículos, o escondidas en los cuadros de
bicicletas. En particular, el Li An Minh (el ejército de The) hizo explotar
coches delante de la Opera House (Teatro de la Ópera) de Saigón en 1952.
Aquellas bombas de relojería, según se ha sabido, llevaban 50 Kg. de metralla,
de la utilizada por las fuerzas aéreas francesas, que no había explotado y los
del Li An Minh habían recogido.”
Allen Dulles de la CIA, envió a Lansdale a Saigón unos meses antes de la
atrocidad de la Ópera (inmortalizada de forma terrible en una fotografía de Life
en la que se veía el cadáver de un conductor de rickshaw con ambas piernas
amputadas) atribuida oficialmente a Ho Chi Min. Aunque Lansdale era bien
consciente de que la autoría de estos sofisticados atentados era del general The
(los explosivos estaban ocultos en falsos compartimentos cercanos a los
depósitos de gasolina), sin embargo proclamó al señor de la guerra del Cao Dai
como patriota comparable a Washington y Jefferson. Tras el asesinato de The, a
manos de agentes franceses o de cuadros del Vietminh, Lansdale le elogió ante
los periodistas como “un buen hombre. Era moderado, un excelente general, estaba
con nosotros, y nos costaba treinta y cinco mil dólares.”
Bien fuera por imitación o por reinvención, los coches bomba sobresalieron más
tarde en otra colonia francesa desgarrada por la guerra: en Argel durante los
últimos días de los pied-noirs o colonos franceses. Algunos de los amargados
oficiales franceses que prestaron servicios en Saigón en los años 1952-53 se
convertirían en cuadros de la Organisation de l’Armé Secrete (OAS) dirigida por
el general Raoul Salan. En abril de 1961, tras el fracaso de su insurrección
contra el presidente francés Charles de Gaulle-que estaba dispuesto a negociar
un acuerdo con los rebeldes argelinos-, la OAS se volvió hacia el terrorismo-
con un auténtico festival de plastique – con toda la formidable experiencia de
sus veteranos paracaidistas y legionarios. Sus enemigos declarados incluían al
mismo De Gaulle, a las fuerzas de seguridad francesas, a los comunistas, a los
pacifistas (entre ellos al filósofo y activista Jean-Paul Sartre) y en
particular a los civiles argelinos. El más mortífero de sus coches bomba mató a
62 estibadores musulmanes que hacían cola para trabajar en los muelles de Argel
en mayo de 1962, pero sólo sirvió para afianzar la resolución de los argelinos
de echar al mar a todos los pied- noirs.
El siguiente objetivo del coche bomba fue Palermo, en Sicilia. Angelo La
Barbera, capo de la Mafia del centro de Palermo, no cabe duda de que había
prestado cuidadosa atención a las bombas de Argel e incluso puede que se
sirviera de algunos expertos de la OAS cuando lanzó su devastador atentado
contra su rival de la Mafia, “Little Bird” Greco, en febrero de 1963. El bastión
de Greco era la ciudad de Ciaculli en las afueras de Palermo donde estaba
protegido por un ejército de guardaespaldas. La Barbera superó este obstáculo
con la ayuda del Alfa Romeo Giulietta. “Este elegante cuatro puertas familiar”,
escribe John Dickie en su historia de la Cosa Nostra, “ fue uno de los símbolos
del milagro económico italiano: ‘estilizado, práctico, confortable, seguro y
accesible’, tal como decía la publicidad.” El primero de los Giuletta cargado
con explosivos, destruyó la casa de Greco: el segundo, unas semanas después,
mató a uno de sus principales socios. Los pistoleros de Greco respondieron,
hiriendo en mayo a La Barbera en Milán. Como respuesta, el ambicioso
lugarteniente de La Barbera, Pietro Tortea, y Tommaso Buscetta (que después se
convertiría en el más famoso de los pentiti de la Mafia) colocaron otros
mortíferos Giuliettas.
El 30 de junio de 1963, “el enésimo Giulietta abarrotado de TNT” fue abandonado
en uno de los campos de mandarinos que rodean Ciaculli. Una bombona de butano
con una mecha estaba claramente visible en el asiento trasero. Esa misma mañana,
otro Giulietta había explotado en un pueblo cercano, matando a dos personas, así
que los carabinieri tomaron precauciones y solicitaron ayuda de ingenieros
militares. “Dos horas más tarde llegaron dos expertos en explosivos, cortaron la
mecha y dijeron que el vehículo ya podía examinarse. Pero cuando el teniente
Mario Malausa inspeccionaba el contenido del maletero, hizo estallar la enorme
cantidad de TNT que contenía. Él y seis hombres más quedaron convertidos en
jirones por la explosión que chamuscó y desnudó los mandarinos en un radio de
centenares de metros.” (El lugar todavía hoy está señalado con uno de los varios
monumentos a las víctimas de las bombas en la región de Palermo.)
Antes de que esta “primera guerra de la Mafia” terminara en 1964, la población
de Sicilia había aprendido a temblar ante la simple vista de un Giuletta y el
coche bomba se había convertido en un instrumento permanente de la Mafia. Se
utilizaron de nuevo durante una segunda, e incluso más sangrienta, guerra
mafiosa o Matanza entre 1981-83, para volverse contra los funcionarios públicos
a principio de los años 90 tras la condena de los dirigentes de Cosa Nostra en
una serie de sensacionales “maxi-juicios”. “ El más famoso de aquellos coches
bomba ciegos de cólera- presumiblemente organizado por ‘Tractor’ Provenzano y su
célebre banda corleonesa- fue la explosión en mayor de 1993 que dañó la
mundialmente conocida Galería de los Uffizi en el corazón de Florencia y mató a
5 peatones e hirió a otros 40.
“El Black Stuff”
“Pudimos sentir el temblor bajo nuestros pies. Después supimos que pasaba
algo y escapamos de allí”
Palabras de un veterano del IRA sobre el primer coche bomba ANFO
La primera generación de coches bomba- Jaffa-Jerusalén, Saigón, Argel y Palermo-
eran suficientemente letales (con un resultado equivalente por lo general a
varias cientos de kilos de TNT) pero exigía el acceso al robo de explosivos
industriales o militares. Los fabricantes de bombas, sin embargo, eran
conscientes de que existía una alternativa casera, muy peligrosa en su
preparación pero que ofrecía casi posibilidades ilimitadas de destrucción a muy
bajo costo. El nitrato de amonio es un fertilizante sintético asequible en
cualquier lugar y un ingrediente industrial con extraordinarias propiedades
explosivas, tal como se comprobó en la catástrofe accidental producida en la
planta química de Oppau en Alemania en 1921- las ondas expansivas se percibieron
a más de 150 km. y sólo quedó un enorme cráter en el lugar donde había estado la
fábrica-; y en un desastre en la ciudad de Texas en 1947 (con 600 muertos y el
90 % de la ciudad dañada en sus estructuras). El nitrato de amonio se vende por
medias toneladas y es asequible para el terrorista más escaso de dinero, pero el
proceso de mezclarlo con fuel oil para producir un explosivo ANFO es algo más
difícil tal como el IRA descubrió a finales de 1971.
“El (re)descubrimiento del coche bomba fue totalmente accidental”, explica el
periodista Ed Maloney en su Secret History of the IRA, “pero su desarrollo por
el IRA de Belfast no lo fue. La cadena de acontecimientos se inició a finales de
diciembre de 1971, cuando el responsable general de la intendencia, Jack McCabe,
resultó mortalmente herido cuando un artefacto experimental casero, constituido
básicamente por una mezcla con fertilizante, conocido como black stuff , explotó
cuando lo estaba manipulando con una pala en su garaje en las afueras de la zona
norte de Dublín. Los dirigentes del IRA advirtieron de que era muy peligroso
manipular la mezcla, pero Belfast ya había recibido un envío y alguien tuvo la
idea de aprovecharlo colocándolo en un coche con una mecha y un temporizador y
dejándolo en algún lugar del centro de Belfast.” La deflagración producida causó
una gran impresión en los dirigentes de Belfast.
El “black stuff”- que el IRA pronto aprendió cómo manipular con seguridad-
liberó al ejército clandestino de las dificultades para obtener suministros por
la fuerza: el coche bomba aumentó su capacidad destructiva al mismo tiempo que
reducía las posibilidades de que los voluntarios fueran detenidos o volaran de
forma accidental. El coche bomba combinado de ANFO, en otras palabras,
constituyó una inesperada revolución militar, si bien cargado de una potencial
calamidad política y moral. “El enorme tamaño de los dispositivos”, subraya
Moloney, “ aumentó en gran medida el riesgo de muerte de civiles en operaciones
poco cuidadosas o chapuceras.”
El Consejo del IRA dirigido por Sean MacStiofain, no obstante, encontró
demasiado atractivas las enormes posibilidades de la nueva arma como para
preocuparse de que sus espantosas consecuencias pudieran volverse contra ellos.
En efecto, los coches bomba reforzaron la ilusión de los principales dirigentes
en 1972 de que el IRA estaba en la ofensiva definitiva que conduciría a la
victoria sobre el gobierno inglés. Por ello, en marzo de 1972, se enviaron dos
coches bomba al centro de Belfast seguidos de llamadas telefónicas de
advertencia confusas que llevaron a la policía a evacuar a la gente en la
dirección de una de las explosiones. Cinco civiles resultaron muertos y dos
agentes de las fuerzas de seguridad. A pesar del clamor popular así como del
cierre al tráfico de la zona comercial de la Royal Avenue, el entusiasmo de las
brigadas de Belfast ante la nueva arma no disminuyó y el mando preparó un enorme
atentado para paralizar la vida comercial cotidiana en Irlanda del Norte.
MacStiofani alardeó de que iban a llevar a cabo una ofensiva de “ una ferocidad
extrema y sin tregua” que acabaría con la “infraestructura colonial.”
El viernes 21 de julio, voluntarios del IRA colocaron 20 coches bomba y
explosivos camuflados en la periferia del ahora prohibido al tráfico centro de
la ciudad, con detonaciones programadas para que explotaran en cadena con un
intervalo de cinco minutos. El primer coche bomba lo hizo delante del Ulster
Bank en el norte de Belfast y amputó las piernas de un peatón católico. Las
explosiones sucesivas afectaron a dos estaciones de tren, a la estación de
autobuses Ulster de Oxford Street, a varios cruces ferroviarios y a una zona
residencial de católicos y protestantes en Cavehill Road. “En el punto álgido de
las explosiones, el centro de Belfast parecía una ciudad sometida al fuego de
artillería: nubes de humo asfixiante rodeaban los edificios mientras se
producían una tras otra las explosiones que casi ahogaban los gritos histéricos
de los aterrorizados compradores.” Una serie de avisos telefónicos del IRA sólo
sirvieron para producir un mayor caos, ya que la gente escapaba de una explosión
para toparse con la siguiente. Siete civiles y dos soldados murieron y más de
130 personas resultaron gravemente heridas.
Aunque no se produjo un colapso económico, “el viernes sangriento” fue el
comienzo de una campaña extraordinaria “contra las empresas” que infligió daños
significativos en la economía de Irlanda del Norte, en particular en su
capacidad de atraer inversiones privadas y extranjeras. El terror provocado
aquel día obligó también a las autoridades a estrechar el “cerco de acero” en
los alrededores del centro de la ciudad, convirtiéndola en modelo de futuros
enclaves fortificados y “zonas verdes”. Siguiendo la tradición de sus
antecesores, los fenian que iniciaron el terrorismo de la dinamita en los años
1870, los republicanos irlandeses, una vez más, añadieron nuevas páginas al
manual de la guerrilla urbana. Aficionados extranjeros, en especial en Oriente
Próximo, prestaron mucha atención a las dos innovaciones: la del coche bomba
ANFO y la de su utilización en una campaña prolongada de atentados contra una
economía regional en su totalidad.
Lo que se comprendió menos fuera de Irlanda, sin embargo, fue el enorme daño que
los coche bomba del IRA inflingieron al propio movimiento republicano. El
viernes sangriento acabó con la imagen popular de un heroico y desvalido IRA;
produjo un profundo rechazo entre los católicos de a pie y dio al gobierno
inglés un inesperado respiro en la condena mundial de la sangrienta masacre del
domingo en Derry y en las detenciones sin juicio. Más aún, dio al Ejército la
excusa perfecta para lanzar la masiva operación Motorman: 13.000 soldados
acompañados por tanques Centurian entraron en las zonas “restringidas” de Derry
y Belfast y recuperaron el control de las calles frente al movimiento
republicano. El mismo día, un sangriento y chapucero atentado con coche bomba en
el pueblo de Claudy, perteneciente al condado de Londonderry, mató a 8 personas.
( Los grupos paramilitares protestantes unionistas- que jamás avisaban y de
forma deliberada tomaban como objetivo a civiles- proclamaron que el viernes
sangriento y el atentado de Claudy habían sido represalias por su triple
atentado con coches bomba durante la hora punta del 17 de mayo de 1974, que
produjo 33 muertos, el número más alto de víctimas en un solo día durante el
curso de los “disturbios.” )
La debacle de Belfast ocasionó la renovación de los dirigentes del IRA pero
fracasó en acabar con el convencimiento casi ciego en la capacidad de los coches
bomba para cambiar el curso de la batalla. Obligados a la defensiva por la
operación Motorman y las consecuencias negativas del viernes sangriento,
decidieron atentar contra el mismo corazón del imperio británico. La brigada
Belfast planificó el envío a Londres de diez coches bomba a través del ferry
Dublín-Liverpool, sirviéndose de voluntarios de refresco con historiales
limpios, entre los que se encontraban dos jóvenes hermanas, Marion y Dolours
Price. Surgieron problemas y sólo cuatro coches llegaron a Londres: uno de ellos
fue detonado delante del Old Bailey ; otro en el centro de Whitehall , cerca de
la residencia del primer ministro en el número 10 de Downing Street. 180
londinenses resultaron heridos y uno muerto. Aunque los 8 terroristas del IRA
fueron detenidos, en los guetos de Belfast occidental fueron aclamados y la
operación se convirtió en modelo para futuras campañas de atentados del IRA en
Londres, que culminaron en las terribles explosiones que destrozaron la City de
Londres y aterrorizaron a la industria aseguradora mundial durante 1992 y 1993.
La cocina del infierno ( los años 1980)
“Somos soldados de Dios y ansiamos la muerte. Estamos dispuestos a convertir
Líbano en otro Vietnam”
- Comunicado de Hizbollah
Jamás en la historia una sóla ciudad ha sido el campo de batalla de tantas
ideologías enfrentadas, alianzas sectarias, venganzas locales o conspiraciones
extranjeras e intervenciones, como Beirut a principios de los años 80. Los
conflictos triangulares de Belfast – con tres frentes armados (los republicanos,
los unionistas y los británicos) y sus grupos disidentes- parecen sencillos en
comparación con la complejidad, semejante a la de una matriusca rusa, de las
guerras civiles de Líbano (chiíes contra palestinos, por ejemplo, maronitas
contra musulmanes y drusos), en los conflictos regionales (Israel contra Siria)
y en las guerras por delegación (Irán contra Estados Unidos), en último término
en el marco de la Guerra Fría. En otoño de 1971, por ejemplo, había 58 grupos
armados sólo en Beirut occidental. Con tal cantidad de gente intentando matarse
unos a otros por razones muy diferentes, Beirut se convirtió para la tecnología
de la violencia urbana en lo que una lluvia tropical supone para el desarrollo
de las plantas.
Los coches bomba empezaron a aterrorizar regularmente al Beirut occidental de
población musulmana en otoño de 1981, al parecer como parte de una estrategia
israelí para expulsar de Líbano a la Organización para la Liberación de
Palestina (OLP). El servicio secreto israelí, Mossad, había utilizado con
anterioridad coches bomba en Beirut para asesinar a líderes palestinos ( por
ejemplo, al novelista Gassan Kanafani en julio de 1972) por lo que nadie se
sorprendió especialmente cuando aparecieron las pruebas de que Israel estaba
patrocinado las masacres. Según el especialista en Oriente Próximo, Rashid
Khalidi, “ Una serie de confesiones públicas de terroristas detenidos dejaron
claro que los coches bomba se estaban utilizando por los israelíes y sus aliados
falangistas, para aumentar la presión sobre la OLP con el fin de que se
marchara.”
El periodista Robert Fisk estaba en Beirut cuando un “enorme coche bomba produjo
en la calle un cráter de 45 pies de profundidad y derribó un bloque entero de
apartamentos. El edifico se vino abajo como una acordeón, ocasionando la muerte
a más de 50 de sus ocupantes, la mayoría de ellos refugiados chiíes del sur del
Líbano.” Varios de los terroristas capturados confesaron que las bombas habían
sido preparadas por el Shin Bet, el equivalente israelí del FBI, o por la
British Special Branch. Pero si semejantes atrocidades estaban dirigidas a
aterrorizar a los musulmanes y a la OLP, tuvieron la consecuencia no deseada (
como pasó con los bombardeos posteriores de la fuerza aérea israelí con bombas
de racimo sobre barriadas civiles) de transformar a los chiíes de aliados
israelíes informales en enemigos decididos y astutos.
El nuevo rostro de la militancia chií era Hizbollah, creado a mediados de 1982
gracias a la amalgama del Amal islámico con otros grupúsculos pro-jomeiníes.
Entrenados y aconsejados por el pasdarán iraní en el valle del Bekaa, eran al
mismo tiempo un movimiento de resistencia de los nativos con raices profundas en
los suburbios chiíes del sur de Beirut y el largo brazo armado de la revolución
teocrática iraní. Aunque algunos especialistas defienden otras teorías
alternativas, habitualmente se considera al Amal islámico /Hizbollah como los
autores, con la ayuda de Siria e Irán, de los devastadores atentados contra las
fuerzas francesas y estadounidenses en Beirut durante el año 1983. La diabólica
innovación de Hizbollah fue el unir los coches bomba ANFO del IRA con los
camicaces, sirviéndose de conductores suicidas para estrellar camiones cargados
de explosivos contra bloques de viviendas o embajadas en Beirut, para después
hacerlo contra los puestos de control israelíes y sus patrullas en el sur de
Líbano.
Estados Unidos y Francia se convirtieron en objetivos de Hizbollah y sus
patronos sirios e iraníes una vez que la Fuerza Multilateral establecida en
Beirut- supuestamente para permitir la evacuación segura de la OLP de la ciudad-
se convirtió, al principio de manera no oficial y con posterioridad
públicamente, en aliada del gobierno maronita en su guerra civil contra la
mayoría musulmana y drusa. La primera represalia contra la política del
presidente Reagan tuvo lugar el 18 de abril de 1983, cuando un camión robado y
cargado con unos 1.000 kilos de explosivos ANFO, de pronto, con un viraje súbito
en medio del tráfico entró en el camino de la fachada oceánica de la embajada de
Estados Unidos en Beirut. El conductor lanzó el camión por delante de la
asustada guardia y lo estrelló contra la puerta del vestíbulo. “Incluso para lo
que ocurre normalmente en Beirut”, escribe el ex agente de la CIA, Robert Baer,
“se produjo un enorme onda expansiva que destrozó las ventanas. El buque
estadounidense Guadalcanal, fondeado a cinco millas de la costa, se estremeció
con las vibraciones. En la zona cero, el centro del edificio de siete pisos de
la embajada voló centenares de metros por el aire, quedó suspendido durante lo
que pareció una eternidad, para desplomarse finalmente convertido en una nube de
escombros, gentes, muebles destrozados y papeles.”
Bien sea como resultado de una labor extraordinaria de información o por
casualidad, el atentado coincidió con la visita a la embajada de Robert Ames, el
responsable del servicio nacional de inteligencia de la CIA para el Próximo
Oriente. Le mató (“su mano se encontró flotando a una milla de la costa, con el
anillo de casado en el dedo”) y a otros seis miembros de la oficina de la CIA en
Beirut. “Nunca antes la CIA había perdido a tantos funcionarios en un único
atentado. Fue una tragedia de la que la Agencia nunca se recuperaría.” Asimismo
dejó a los estadounidenses sin fuentes de información en Beirut, obligándoles a
depender de los maltrechos servicios de inteligencia de la embajada francesa o
de la estación de escucha británica en la costa de Chipre. (Un año después,
Hizbollah remató su masacre de la CIA en Beirut cuando secuestró y ejecutó al
nuevo jefe de la oficina, William Buckley). Como consecuencia, la Agenció no
pudo prever la llegada del mayor de todos los atentados con vehículos bomba.
A pesar de la oposición del coronel Gerahty, comandante de los marines
estadounidenses estacionados en el interior de Beirut, el consejero nacional de
seguridad de Ronald Reagan, Robert McFarlane, en el mes de septiembre ordenó a
la Sexta Flota abrir fuego contra las milicias drusas que estaban atacando a las
fuerzas armadas libanesas desde las colinas de los alrededores de Beirut-
metiendo a EE.UU. en el conflicto descaradamente a favor del reaccionario
gobierno de Amin Gemayel. Un mes después, un camión de la basura Mercedes de
cinco toneladas se abalanzaba contra los marines de guardia y se estrellaba
contra la planta baja del “Hotel Beirut”, antigua sede de la OLP y convertido en
cuartel del ejército estadounidense, cercano al aeropuerto internacional. La
carga útil del camión era de unos 5.500 kg. de potentes explosivos. “Se puede
decir que fue la mayor explosión no nuclear jamás producida, deliberadamente,
sobre la tierra.”. “El impacto de la explosión”, continúa Eric Hammel en su
historia de los marines, “en el primer momento hizo volar la estructura completa
de cuatro pisos, arrancando los cimientos de hormigón de los pilares de apoyo,
cada uno de 5 metros de circunferencia, reforzados por barras de acero de unos
cinco centímetros. El edificio propulsado al aire se desplomó después. Una
enorme onda expansiva y una bola de gas ardiendo se esparció en todas
direcciones.” Los marines (y marinos) muertos fueron 241, la mayor pérdida de
estos cuerpos militares en un solo día desde Iwo Jima en 1945.
Mientras tanto, otro camicace de Hizbollah estrellaba su furgoneta bomba contra
los cuarteles franceses en Beirut occidental, destrozando totalmente su
estructura y matando a 58 soldados. Si el atentado del aeropuerto fue una
represalia contra los estadounidenses por ayudar a Gemayel, este segundo
atentado fue probablemente una respuesta a la decisión francesa de suministrar a
Saddam Hussein aviones supersónicos Etendard y misiles Exocet para atacar a
Irán. Las ambiguas diferencias entre los agravios locales de los chiíes y los
intereses de Teherán se difuminaron cuando dos miembros de Hizbollah se unieron
a 18 chiíes iraquíes para atentar con un camión bomba contra la embajada
estadounidense en Kuwait a mediados de diciembre. La embajada francesa, la torre
de control del aeropuerto, la principal refinería de petróleo y un complejo
residencial para expatriados también fueron objetivos en lo que claramente era
una advertencia contundente para los enemigos de Irán.
Tras otro camión bomba contra los franceses en Beirut y nuevos atentados letales
contra las avanzadillas de los marines, la Fuerza Multinacional empezó a
retirarse de Líbano en febrero de 1984. Fue la derrota geopolítica más
impactante de Reagan. En la cruda frase del periodista del Washington Post, Bob
Woodward, “En esencia, nos volvemos con el rabo entre las piernas y abandonamos
Líbano.” La potencia estadounidense en Líbano, añadió Thomas Friedman del New
York Times, ha quedado neutralizada con “sólo 12.000 libras de dinamita y un
camión robado.”
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(Este artículo- un borrador preliminar de
un más amplio estudio- aparecerá el próximo año en Indefensible Space: The
Architecture of National Insecurity State (Routledge, 2007), editado por Michael
Sorkin.)
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