Robert Fisk: Periodista y escritor británico
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En Siria el mundo se ve a
través de un vidrio oscurecido. Tan oscuro como las ventanas ahumadas del
automóvil que me lleva a un edificio en el lado oeste de Damasco donde un hombre
al que conozco desde hace 15 años -hemos de llamarlo una "fuente de seguridad",
que es como los corresponsales estadounidenses llaman a sus propios y poderosos
funcionarios de inteligencia- me espera con su particular y feroz narración del
desastre en Irak y de sus peligros para Medio Oriente.
Por Robert Fisk - La Jornada
El suyo es un aterraror retrato de un
estadounidense atrapado entre las arenas
sangrientas de Irak, tratando desesperadamente de provocar una guerra civil en
torno a Bagdad para poder disminuir sus propias bajas militares.
Es un escenario en que Saddam Hussein sigue siendo el mejor amigo de Washington,
y en que Siria ha golpeado a los insurgentes iraquíes con una violencia que
Estados Unidos ignora deliberadamente. En este escenario, el ministro del
Interior sirio, hallado muerto de un tiro en su oficina el año pasado, se
suicidó debido a su propia inestabilidad mental.
Mi interlocutor sospecha que los estadounidenses están tratando de provocar una
guerra civil iraquí para que los insurgentes sunitas gasten sus energías
asesinando a los chiítas en lugar de soldados de las fuerzas occidentales de
ocupación. "Le juro que tenemos muy buena información", me dice la fuente,
enfatizando con un dedo al aire. "Un joven iraquí nos dijo que fue entrenado por
los estadounidenses como policía en Bagdad y que empleó 70 por ciento de su
tiempo aprendiendo a conducir y 30 por ciento en entrenamiento de armas. Le
dijeron: 'Regresa en una semana'. Cuando volvió, le dieron un teléfono móvil y
le dijeron que fuera en automóvil a una zona muy concurrida, cercana a una
mezquita y de ahí los llamara por teléfono. Esperó en el vehículo, pero su móvil
no tenía señal, así que se salió del vehículo tratando de encontrar mejor
recepción. Su automóvil estalló".
Imposible, pensará el lector. Imposible, me digo yo. Pero luego recuerdo todas
las veces que iraquíes de Bagdad me han contado historias semejantes. Estas
anécdotas se creen aun cuando parecen increíbles. Y yo sé de dónde proviene
mucha de la información: de las decenas de miles de peregrinos chiítas
musulmanes que vienen a rezar a la mezquita de Sayda Zeinab, en las afueras de
Damasco.
Estos hombres y mujeres vienen de los barrios pobres de Bagdad, de Hilla e
Iskanderia, así como de las ciudades de Najaf y Basora. Los sunitas de Fallujah
y Ramadi también visitan Damasco para ver a amigos y familiares, y hablar
libremente de las tácticas estadunidenses en Irak.
Mi encuentro en Damasco fue procurado por el hombre en el brillante cuarto de
piso de mármol. Mencioné que había llegado a Damasco y en 15 minutos ya me
encontraba en su oficina.
"Hubo otro hombre entrenado por los estadounidenses para ser policía. A él
también se le dio un teléfono móvil y se le dijo que condujera hacia una
multitud, quizá una protesta, y que llamara para reportar qué estaba sucediendo.
De nuevo, su teléfono no funcionaba, así que fue a un teléfono convencional,
llamó a los estadounidenses y les dijo: 'Estoy aquí, en el lugar al que me
enviaron y les puedo decir lo que está sucediendo'. En ese momento su automóvil
estalló".
Mi fuente no dijo quiénes serían estos "estadounidenses". En el anárquico y
dominado por el pánico mundo iraquí hay muchos grupos estadounidenses, incluidos
innumerables conjuntos que supuestamente trabajan para el ejército
estadounidense
o para el nuevo Ministerio del Interior respaldado por Occidente, que operan
fuera de cualquier ley o reglamento. Nadie ha rendido cuentas por los 191
maestros universitarios asesinados desde la invasión de 2003, ni porque más de
50 antiguos pilotos de aviones de combate iraquíes que atacaron Irán entre 1980
y 1988 durante la guerra han sido asesinados en sus casas de campo durante los
últimos tres años.
En medio de este caos, un colega de mi informante me preguntó cómo puede
esperarse que Siria logre que disminuyan los ataques contra estadounidenses
dentro de Irak. "Sí, nunca fue segura nuestra frontera. En tiempos de Saddam,
sus criminales y terroristas cruzaban nuestra frontera para atacar a nuestro
gobierno. En ese entonces, construí una barrera de tierra y arena. Pero tres
coches bomba de agentes de Saddam explotaron en Damasco y Tartous, yo fui quien
capturó a los criminales responsables. Pero no podíamos detenerlos".
Me dijo que ahora, la persecución rampante a lo largo de cientos de kilómetros a
lo largo de la frontera siria con Irak se ha intensificado. "Tengo alambre de
púas a todo lo largo y hasta ahora hemos capturado mil 500 árabes, que no son
sirios ni iraquíes, tratando de cruzar y hemos detenido en el intento a 2 mil
700 iraquíes. Nuestro ejército está ahí, en la frontera, pero ni el ejército
iraquí ni los estadounidenses custodian su lado de la misma".
Detrás de estas graves sospechas se encuentra el recuerdo de la larga amistad de
Saddam con Estados Unidos. "Nuestro Hafez Assad (el presidente sirio fallecido
en 2000) se enteró de que a principios de su mandato, Saddam se reunió con
funcionarios estadounidenses 20 veces en cuatro semanas. Esto convenció a Assad,
según sus propias palabras, de que Saddam estaba del lado de Estados Unidos.
Hussein fue el más importante colaborador de los estadounidenses en Levante
(cuando atacó a Irán, en 1980, tras la caída del sha); ¡y lo sigue siendo!
Después de todo, le entregó Irak a los estadounidenses". Cambié el tema para
ocuparme de uno que es más perturbador para mis fuentes: la muerte de un disparo
del brigadier general Ghazi Kenaan, quien encabezó los servicios de inteligencia
militar de Siria en Líbano -que era una posición de asombroso poder- y fungía
también como ministro del Interior libanés cuando se suicidó el año pasado.
El rumor más extendido afuera de Siria sugiere que los investigadores de
Naciones Unidas sospechaban que Kenaan estaba involucrado en el asesinato del ex
primer ministro de Líbano Rafiq Hariri, con un coche bomba, en febrero de 2005,
y que el funcionario fue "suicidado" por agentes del gobierno sirio para evitar
que dijera la verdad.
Mi interlocutor original insiste en que no fue así. "El general Ghazi era un
hombre que creía que podía dar órdenes y que entonces todo lo que deseaba se
cumpliría. Algo pasó que él no pudo reconciliar; algo que lo hizo darse cuenta
de que no era todopoderoso. El día de su muerte, fue a su oficina en el
Ministerio del Interior, luego salió y fue a su casa donde estuvo media hora.
Después regresó a su oficina con una pistola. Dejó un mensaje despidiéndose de
su esposa, pidiéndole que cuidara a sus hijos; y agregó que iba a hacer 'lo que
era correcto para Siria'. Luego se disparó". Llegado este punto, mi interlocutor
se apuntó dos dedos hacia la boca.
Sobre el asesinato de Hariri, los funcionarios sirios gustan recordar su
relación con el primer ministro interino iraquí Iyad Alawi -un confeso ex agente
de la CIA y del MI6-, y una supuesta transacción de armas por un total de 20 mil
millones de dólares entre Rusia y Arabia Saudita en la que, aseguran, Hariri
estuvo envuelto.
Los simpatizantes libaneses de Hariri siguen desestimando el argumento sirio y
señalan, en cambio, que Siria tenía identificado a Hariri como el coautor, junto
con su amigo el presidente francés Jacques Chirac, de la resolución del Consejo
de Seguridad de la ONU que exige que los sirios se retiren del territorio
libanés.
Si bien los sirios están comprensiblemente obsesionados, su añejo odio hacia
Saddam -que comparten con muchos iraquíes- aún está intacto. Cuando pregunto a
mi primera "fuente de seguridad" qué pasará con el ex dictador iraquí, me
respondió golpeando la palma de una mano con el puño: "Será asesinado. Será
asesinado. Será asesinado".
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© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca