La publicación del Evangelio de Judas, escrito apócrifo tardío de
naturaleza gnóstica, suscitó un interés general sobre el cristianismo de los
primeros tiempos.
Por Leonardo Boff (*)
U
ltimamente
este tema ha ocupado la investigación científica, especialmente en Estados
Unidos, con minuciosas investigaciones acerca de los llamados «años perdidos del
cristianismo», que son los años 30 y 40 del siglo I, aquellas oscuras décadas
posteriores a la ejecución de Jesús
A partir del inicio de los años 50,
con las cartas de san Pablo y después con los cuatro evangelios, disponemos de
abundante documentación. Pero, ¿qué ocurrió en los años anteriores?
Las fuentes son exiguas, como el evangelio de Tomé, la Didajé y la Quelle
(«fuente» en alemán, sub-texto común a los evangelios de san Lucas y de san
Mateo), todos anteriores al año 50. Varios son los investigadores católicos y
evangélicos que se han destacado en este área como H. Köster, J. Kloppenborg, D.
Kyrtatas y P. Brown entre otros.
Pero el más perspicaz y erudito de
todos es el católico irlandés-estadounidense J. D. Crossan, presidente de la
sección sobre el Jesús histórico de la «Society of Biblical Literature» y
coordinador del «Jesus Seminar».
Entre sus distintas obras se destacan
principalmente dos: «El Jesús histórico: la vida de un campesino judío
mediterráneo» (1991) y «El nacimiento del cristianismo: lo que sucedió en los
años inmediatamente posteriores a la ejecución de Jesús» (1998).
Este último, con más de 600 páginas,
representa una combinación interdisciplinaria de enfoques antropológicos,
históricos, literarios y arqueológicos en un intento por reconstruir los
contextos que permitieron el nacimiento del cristianismo como interacción de
Jesús con sus compañeros y con el mundo que les rodeaba.
Así, hemos venido a saber que muchos artesanos y campesinos, como Jesús y su
grupo, vivían en la resistencia radical pero no violenta contra el desarrollo
urbano de Herodes Antipas y el comercialismo rural de Roma en la Baja Galilea de
finales de los años 20. El contexto más general era la oposición cerrada por
parte de la patria judaica al internacionalismo cultural griego y al
imperialismo militar romano.
El cristianismo histórico, según Crossan, es fruto de tres tradiciones que se
fueron entrelazando. La primera es la Tradición de la Vida, que enfatiza los
dichos de Jesús y propone un modo de vida inspirado en sus comportamientos
libertarios. Tiene un cuño campesino, pues medró en la Galilea rural.
La segunda es la Tradición de la
Muerte y de la Resurrección, que procuraba entender por qué Jesús fue asesinado
si después fue resucitado. La resurrección era entendida en el cuadro de la
apocalíptica, que afirmaba el carácter cósmico del fenómeno: el comienzo de la
renovación del mundo y de la transfiguración del ser humano. Ésta es más urbana,
pues fue elaborada a partir de Jerusalén.
La tercera es la Tradición de la
comida común. Eran tanto comidas reales como comidas compartidas
comunitariamente que simbolizaban la justicia equitativa de Dios. Lo importante
no era el «pan», sino «repartir» el pan. En este contexto se situaba la
celebración de la eucaristía. La Tradición de la comida unía las dos tradiciones
referidas.
Para la Iglesia en estado naciente no eran suficientes los dichos, la vida, la
muerte y la resurrección de Jesús. Todo debía desembocar en la mesa común, en la
comensalidad, pues es la que permite abrir los ojos a personas como los jóvenes
de Emaús, y reconocer la presencia divina en este mundo.
Estos datos son relevantes para
entender el cristianismo en sus orígenes, más práctico que dogmático.
(*) Koinonia
******