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(IAR-Noticias)
03-May-06
Evo Morales, presidente de Bolivia
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Bolivia ante Evo Morales. México, con la campaña zapatista. La Argentina de
Kirchner. ¿Dónde se paran los movimientos sociales frente al progresismo que
restaura el poder? ¿Esos gobiernos son un triunfo, o una derrota de los
movimientos?
La
Vaca.org - Argentina
Raquel Gutiérrez Aguilar, mexicana
con vasta experiencia en Bolivia, visitó Buenos Aires para conversar de esos
temas con movimientos locales, y también con lavaca . Una profunda mirada para
ver al continente en su propio espejo.
Raquel Gutiérrez Aguilar es una mujer pequeña e intensa. Formada académicamente
en las matemáticas y la sociología, su curriculum, sin embargo, se erige sobre
las arenas movedizas de la práctica política latinoamericana. Comenzó en su
México natal con los salvadoreños del FMLN en el exilio y a los 20 años continuó
en Bolivia, donde fue detenida en abril del 92 bajo los cargos de alzamiento
armado y otra chorrada de delitos, por integrar el Ejército Guerrillero Tupac
Katari (EGTK).
En la redada, cayó junto a sus
compañeros, entre los cuales estaban Felipe Quispe, líder actual del Movimiento
Indígena Pachacutik-MIP, y Alvaro García Linera, flamante vicepresidente electo
de Bolivia.
Raquel recién salió de la cárcel el 25 de abril de 1997, gracias a una huelga de
hambre que forzó su situación judicial y a un sinfín de reclamos internacionales
que presionaron por su liberación. En el 2001 regresó a México, donde vive
actualmente y trabaja junto a un grupo de mujeres ex presas políticas. Es lógico
entonces que su tarea actual sea la de hilvanar procesos tan diferentes entre sí
como los protagonizados por los movimientos sociales mexicanos y bolivianos.
Con esta historia sobre sus espaldas prácticamente desconocida en la Argentina,
Raquel llegó a Buenos Aires para compartir una ronda de charla y mate en la
recuperada imprenta Chilavert, con integrantes de diferentes experiencias
sociales locales. Gente del MTD de Solano, del MTD Maximiliano Kosteki de
Guernica, de la Escuela Creciendo Juntos de Moreno, del Grupo de Arte Callejero,
de la UTN de Avellaneda y varios sueltos de aquí y de allá la rodearon para
compartir durante casi tres horas un intercambio sobre la situación de tres
países distintos que comparten un mismo desafío: qué hacer de aquí en más. Los
anfitriones del encuentro fueron los integrantes del Colectivo Situaciones,
responsables de tejer estos lazos y sembrar estos interrogantes.
"Ganamos pero perdimos"
Raquel recién aterrizaba -literalmente- de unas jornadas realizadas en la
Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, con movimientos indígenas e
intelectuales de la Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala, México y Bolivia. Así
que con una libreta de apuntes en la mano, comenzó su crónica sobre lo que allí
había procesado. Comenzó citando la frase que más le impactó, pronunciada por el
dirigente de la confederación de Nacionales Indígenas de Ecuador (CONAIE),
Miguel Guatemal:
"Lo que nos ha venido pasando es que triunfamos, pero perdimos; o perdimos, pero
ganamos".
El desconcierto que genera ese ganar y perder, todo junto y al mismo tiempo, fue
uno de los hilos conductores de la mirada de Raquel sobre el candente proceso
latinoamericano. "Hemos ido avanzando, los movimientos sociales han logrado
objetivos, logros concretos, pero dentro de esos triunfos se esconden derrotas".
Lo dicho para explicar la emergencia social en Ecuador resuena igual en Bolivia,
tras los cimbronazos que comprometieron su institucionalidad, resquebrajándola
hasta abrir una grieta suficiente como para dejar colar por ella al primer
presidente indígena, Evo Morales.
Luego de resumir, con variados detalles, el proceso que llevó a este desenlace,
Raquel explicó en qué consiste el llamado a la Asamblea Constituyente que tiene
ese gusto a derrota tan agria para los movimientos sociales que la concibieron,
forjaron y lucharon por ella. Explica Raquel: la ley de convocatoria a la
Asamblea Constituyente recompone el sistema institucional. Al autorizar solo a
los partidos políticos y agrupaciones ciudadanas a participar en él, se han
quedado fuera nada menos que las organizaciones sociales que le dieron sudor y
sangre a este proyecto, soñado con una instancia de reformulación del pacto
social, capaz de parir a una nueva Bolivia más justa e integrada. En esas mismas
jornadas de La Paz, Raquel escuchó un alarido aymará (la comunidad que dio
origen a todo un torbellino de revueltas) que sintetiza el momento actual:
"Nosotros que dimos el inicio a todo esto, nos vamos a quedar afuera, ladrando
como perros a los muros".
Así las cosas, el debate mismo que se está cocinando a llama intensa en esta
misma semana en toda Bolivia es si entrar o no en ese juego.
Entrar significa para muchas organizaciones sociales pactar con alguna de las
insignias electorales autorizadas para participar de la Constituyente.
Quedarse afuera representa realizar el esfuerzo de organizar otra Constituyente
y hacer visible la división dibujada desde el poder.
No hay mucho tiempo para tomar la decisión donde se juega el futuro de la
tensión boliviana de los próximos tiempos: en abril es necesario oficializar las
listas. Así de tirano es el cronograma electoral, por cierto una creación de un
antiguo camarada de Raquel: el ahora vicepresidente Alvaro García Linera.
La estrategia del gobierno de Evo está salpicada de recursos que aquí suenan
conocidos: darle aire económico y, con ello visibilidad, a organizaciones
sociales menores, para empequeñecer a las más autónomas. Raquel lo caracteriza
como "un intento sistemático de Evo de apaciguar la disidencia autónoma para
hacer del MAS un instrumento político consolidado", lo cual significa -entre
otras cosas- que Evo no llegó al poder como el líder un partido reconocido por
todos los movimientos como un espacio propio, sino como el emergente de un
movimiento social que confluyó en el MAS con desconfianzas.
También, y sobre todo, los movimientos tienen la percepción de que los márgenes
se dificultan porque la suerte del gobierno de Evo es la de todos. "Si a Evo le
va mal, quedamos mal nosotros". La pregunta que brota entonces es desde dónde
enfrentarlo.
Luego de un intercambio sobre la situación argentina y un breve recreo para
darle respiro a la invitada, Raquel dio vuelta la página y avanzó sobre la
actualidad del zapatismo. El tema, por supuesto, fue La Otra Campaña, esa
caravana nacional con la que el zapatismo sale a conversar con aquellos sectores
sociales que estén dispuestos a hacerlo, con las condiciones que ellos fijaron
en la Sexta Declaración. Se trata, simplificando, de hablar sobre qué hacer,
siempre que lo que se converse sea sobre hacer otra cosa.
Lo primero que cuenta Raquel es el punto de partida de esta campaña: la
necesidad de salir de las comunidades, del territorio. Esta necesidad se origina
en algo bien concreto: las comunidades zapatistas habían decidido cortar
cualquier tipo de ayuda proveniente del Estado mexicano y esto significó un
sinfín de consecuencias prácticas y graves. Entre ellas, sobrevivir con una
economía de mera subsistencia. A partir de estas limitaciones y del nacimiento
de luchas de resistencia en otros territorios mexicanos, el zapatismo sale a la
búsqueda de apoyo y aliento para una batalla que sabe larga, pero cada vez menos
solitaria. "La Otra Campaña tiene como principal mérito visibilizar el
antagonismo", resume Raquel. En un año electoral, con un Fox derritiéndose como
un helado al fuego de su propia torpeza política, el horizonte anuncia la
llegada de un López Obrador que con un discurso de izquierda, se acerca al poder
por su capacidad para sumar por derecha.
Raquel rescata esa joya que a la resistencia latinoamericana le ha regalado el
zapatismo: su noción del tiempo. La Otra Campaña es más de eso mismo: "vamos a
montarnos de un tiempo propio para armar la cartografía de los dos México".
Por último, Raquel se atreve a un trazar un posible vínculo entre las diversas
experiencias que ha relatado. Recurre entonces a una frase que ha escuchado en
la Bolivia revuelta:
"Resistimos porque queremos seguir siendo lo que somos, pero luchamos porque no
queremos quedarnos donde nos colocan".
El segundo de los tres días que Raquel dedica a Buenos Aires, la charla con
lavaca ya es frente a un grabador y en un viejo café porteño.
Inaugurando modos de vivir
-Desde aquí, las noticias que recibimos de Bolivia son difíciles de analizar
si uno recurre a la memoria larga. Es decir, a ese recuerdo de la Bolivia
insurreccional de los mineros, a esta indígena. ¿Cuáles serían las grandes
diferencias de estos dos momentos históricos?
-Siento que hay un proceso que es comparaable con las cosas que conozco de la
Argentina. El minero con cartucho de dinamita en la mano, como ejército
disciplinado del capital, que podía pasar perfectamente de ser un ejército de
extracción de riquezas del subsuelo a ser un ejército de combate porque las
pautas de comportamiento y relacionamiento eran similares, se acabó. Porque se
acabó ese mundo, ese tipo de trabajo estable, prolongado, con contrato para toda
la vida. Especialmente el de las minas, con sus características particulares,
porque se trataban de campamentos, es decir, de poblaciones pequeñas donde solo
los trabajadores vivían y, por lo tanto, eran fácilmente convertibles en
cuarteles generales a partir de los cuales se planificaban las acciones
colectivas. Eso se acabó como se acabó aquí. Quedan algunos resabios, no sé si
aquí, pero sí en México, donde persisten bajo otras pautas y formas de control.
Entonces, ¿qué hace esa gente? Esos mineros, que son relocalizados a partir del
85, se asientan y se organizan en otros lugares, entreverándose con otros.
Básicamente esos mineros van, los más al Alto, otros pocos al Chapare, a sembrar
coca y otros pocos van hacia occidente. ¿Y qué ponen en práctica, qué despliegan
en esos lugares? Su experiencia. Una experiencia sensible, que no es solo
intelectual, sino una forma de vida. Y a partir de ella vuelven a armar sus
roles sociales básicos. En todos los lugares a los que llegan, son pobladores
que están inaugurando modos de vivir. Se me hace, aún considerando que Bolivia y
Argentina son realidades bien distintas, que no es diferente el proceso que el
que se llevó a cabo en esos territorios donde afloraron los movimientos
piqueteros. Se trata de gente que ha tenido que inventar su forma de vida de
nuevo, tal como retrata Raúl Zibechi en su libro ("Dispersar el poder- Los
movimientos como poderes antiestatales", Editorial Tinta Limón, del cual Raquel
escribió el prólogo). Y que a partir de eso se ha inventado también una nueva
forma de luchar, que luego tiene mucho que ver con esa forma disciplinada con la
que se enfrentaba al capital cuando era un obrero estable, cuando se decía que
la forma de enfrentarlo era tomar el lugar de producción, para luego llegar a la
huelga general que nos llevaría a la toma del poder y todo ese rosario de cosas
que se hilvanaban a partir de esa identidad. Bueno: eso empezó a no ser así
porque la gente tenía que vivir de otra manera, tenía que armar su vida, su
cotidianeidad y crear otras formas de lazos con su comunidad. Así aparecen en
Bolivia otras formas de lucha y de algo que yo también encuentro símil con la
Argentina, aunque quizá más urbano: a partir de un gran despojo. Un despojo a
partir del cual se genera un sentido común que dicta: eso ya no. ¡Eso ya no! Es
un basta que está hecho del mismo material que el "basta" zapatista. Es decir,
el romper elegido. En Bolivia es muy claro. Es claro en el No a la privatización
del agua, por ejemplo. Basta y punto. Y ese tejido social que lo grita se
politiza de una manera diferente, en el sentido que irrumpe en el ámbito de lo
público para disputar la prerrogativa de decidir, que estaba monopolizada por el
gobierno neoliberal. Por supuesto que estoy tratando de trazar líneas muy
generales, que van a tener el defecto de obviar la particularidad, pero me veo
tratando de trazar puentes, de traducir cosas, para que se puedan entender estas
experiencias.
-¿Cómo se da este proceso en el interior de las comunidades indígenas que
fueron tan protagonistas de las revueltas?
-En el Antiplano se da el mismo proceso. Se trata de comunidades muy desangradas
por las políticas del neoliberalismo. Por ese rollo de la libre importación que
le partió el queso al mercado interno. Lo cual significó para esas comunidades
quedarse sin la posibilidad de intercambiar lo poco que tenían para obtener un
poco de moneda, quedándose reducidas a una economía absolutamente doméstica,
pequeña, pero -a la vez- absolutamente eficiente si se tiene en cuenta que deben
producir a 4.000 metros de altura. El inicio de la lucha indígena es también, el
inicio de la lucha contra la Ley de Agua, y allí se funden diferentes luchas que
aparecen como grandes bloqueos que terminan por botar gobiernos. Aquí es donde
veo el hilo de continuidad, en la base material para la lucha. Y por eso insisto
en esa formulación que citaba ayer: la gente resiste para seguir siendo lo que
es y lucha para moverse del lugar en donde la han dejado colocada. Resistencia y
lucha son dos caras de esa misma moneda. Dos momentos de la misma vida. Y si lo
analizamos en la medida de esos grandes tiempos que tu mencionabas, se trata de
esos mismo mineros y de sus hijos que tuvieron esa experiencia de lucha los que
emergen en el momento de la confrontación como herramientas disponibles para la
resistencia. Y no se trata tan solo de estrategias, sino de experiencia de vida
en general. Esa voluntad de convertir la lucha en algo colectivo, esa voluntad
de enlazamiento. Eso, el proletariado minero ya lo tenía.
Las radios y las minas
-Mencionabas ayer, al pasar, el rol que han tenido las radios comunitarias en
este proceso de enlazamiento ¿cómo lo describirías?
-Eso también es algo que viene de la memooria de lucha minera. Por las vías de
las radios se enlaza y crece la posibilidad de articulación del movimiento
social. Las radios arman coreografías grandes, las hacen audibles. Pero hay ahí
algo importante, que es la voluntad nacional que tiene estas luchas. No estatal,
sino nacional. Ese sentido que le da el saber algo: "Tengo que apelar a otros
como yo, que sé que existen y por aquí, por el micrófono que le da mi voz al
éter, me puedo enlazar. Lo sé, porque así eran en las minas". Y así era, porque
si bien todos los mineros pertenecían a la misma empresa, se encontraban
dispersos de norte a sur, atravesando todo Bolivia. Entonces tenías un marco
geográfico que ocupaba más de 1.000 kilómetros bordado de norte a sur por la
cadena de emisoras mineras. Lo cual le permitía al movimiento minero moverse de
forma totalmente coordinada. Y ahora mismo, las radios -desde las más exitosas
hasta las más chiquitas- están enlazadas y han sido un poco el vehículo del
alzamiento, apoyándose en esa voluntad de avanzar en forma unificada.
-¿De dónde nace ese espíritu de unidad?
-Una posible explicación es que Bolivia ees un estado central. No está organizado
ni como México ni como Argentina. Eso hace que no existan muchas mediaciones,
porque tu tienes -por ejemplo- una lucha local cuyo primer interlocutor es el
gobierno central. En cambio, en una organización con escalones municipales,
provinciales y federales, hay más instancias donde diluir con el juego
administrativo. En Bolivia, en cambio, con su organización tan centralizada,
cualquier conflicto, por pequeño que sea, es una confrontación directa con el
Estado central. El prefecto -que hasta esta última elección no se elegía por
voto- era un persona nombrada por el Estado central. Calco de la estructura
colonial. Es esa estructura estatal la que de alguna manera obliga a que la
lucha se configure nacional.
Mi hija no es tu sirvienta
-Desde aquí, para muchos, la figura de Evo Morales representa un líder de los
movimientos sociales y, por lo que contabas ayer, no es así percibido por los
propios movimientos que están atravesando un momento de profundo desconcierto
ante su llamado a la Asamblea Constituyente ¿Cómo sintetizarías ese escenario
actual, teniendo en cuenta el panorama general latinoamericano donde se repite
este modelo de reconstrucción del poder a partir de la apropiación de la agenda
de los movimientos sociales?
-El escenario de la Asamblea Constituyentte significa para mi, sin ninguna duda,
el diseño institucional, organizativo y político para la contención del avance
de los movimientos sociales. Es una búsqueda desesperada de la cicatrización de
las grietas que abrió la insurrección social. Siguiendo con la serie de
metáforas que estábamos usando para trazar puentes, pensemos que entre el 98 y
el 2005 hubo una serie de quiebres en todo el continente, con diferentes
intensidades y formas, pero que fueron construyendo este gran desgarrón, que
avanza en su profundidad, diferente en cada lugar, pero que muestra una fractura
de lo que hizo el neoliberalismo: construir en cada país dos países, cuando
menos. El de los despojados y el de los despojadores. En Bolivia, siento yo, la
fractura es más profunda porque es la más larga en el tiempo y por las
características nacionales, que como explicaba antes, ha tenido. Cuando comenzó,
en el 2000 y 2001, la fractura era profunda. Estaba representada por aquel grito
que representaba Felipe Quispe diciendo: "yo me levanto porque no quiero que mi
hija sea tu sirvienta". Eso se va atenuando, pero se va expandiendo. Tanto
territorialmente como socialmente. Quizá tenga ese momento alguna sintonía con
esa consigna del "piquete y la cacerola". Ese momento donde otros segmentos
sociales se suman al decir: ya no. Obviamente son los aliados que se van a ir
más pronto, pero que son importantes para revelar la energía de ese corte
profundo. Finalmente, para el 2005 ya estábamos frente a una convulsión
generalizada de toda la nación. Y así como los países se fueron volviendo una
llaga abierta a partir del 2001 o 2002, también comenzó a gestarse una voluntad
de restañar eso. Y esa voluntad estabilizadora es contraria a la voluntad de los
movimientos que produjeron el quiebre, pero que al mismo tiempo cayeron en un
hueco del cual no supieron aún cómo salir. Gritaron "que se vayan todos" aquí, y
en otros lados gritamos otras cosas bastante similares y luego dijimos: ¿ahora
qué hacemos? Y salieron líneas. Líneas que quizá están mucho más reflexionadas
aquí en la Argentina. En ese sentido, lo que yo veo -si nos pensáramos como una
especie de cuerpo- es que a la Argentina le ha tocado ser una especie de
laboratorio de reflexión de estas nuevas líneas. Aquí están las cuestiones
teóricas más interesantes acerca de la horizontalidad, aquí está la crítica más
clara que yo he leído acerca de las formas de representación, aquí está todo lo
relacionado a la reivindicación de lo asambleario. En otras lados nos fuimos
moviendo de manera más intuitiva. Pero lo cierto es que al fin, unos y otros nos
quedamos. Si bien es cierto que ustedes analizaron las líneas para que quede
escrito por dónde había que ir, nadie pudo contestar qué hacemos después de
pararles el coche. No pudimos contestarlo. Cada quien hizo lo que pudo, pero la
pregunta aún no se resolvió. Siento que es un buen momento para volver a
preguntarnos qué hacemos, porque los otros sí tuvieron un plan. Y el plan que
tuvieron fue restañar el desgarrón, zurcir lo rasgado. Y lo empezaron a hacer.
No me atrevo a analizar el caso de Lula, pero sí decir que ese proceso de
restauración lo comenzó a hacer Kirchner, de manera muy anómala Lucio Gutiérrez
en Ecuador y lo están haciendo de alguna forma Evo Morales y Alvaro García en
Bolivia. Distinto, pero similar. Es cierto que no acabo de entender la figura de
Kirchner, de dónde salió, por qué está haciendo lo que hace ahora, ni si hay un
hilo de continuidad con lo que ha hecho antes. Me gustaría leer una biografía de
él. Pero en el caso de Bolivia, es claro pensar que de un desgarrón tan brutal
tuvo que salir un representante más radical y más popular.
-¿Eso representa Evo?
-Hasta hace cinco meses, Evo Morales teníía muy en claro que no podía mandarse
solo, aunque se notaba que eso quería, porque él solo no era nada y porque la
estructura del MAS no era nada. Era simpático a los movimientos sociales,
principalmente en Cochabamba, pero no tenía más fuerza que esa: la simpatía de
algunos movimientos sociales. Ahorita ha variado eso. Ahora es el presidente del
país y tiene toda la estructura del Estado para construir otra cosa.
El capítulo estelar de la telenovela
-¿Esa es la tensión actual?
-Esa es la tensión que nos hace pelear coon la lecturas cerradas. Con esos
artefactos teóricos que nos hacen decir: bueno, aquí hay un cierre, en la
elección de Kichner hay un cierre. Y ni madre: en realidad la elección de
Kichner es un momento del tango y es el momento en el que a la chava la brincan
hasta acá (hace el gesto de acostar sobre la pierna a una silueta) Pero no
terminó el baile. Seguimos bailando. Esa es un poco mi pelea en Bolivia. Me
niego a que no admitamos que estamos atravesando un momento gozoso. Ahorita
nadie nos va a matar. Ahorita nadie nos va a meter presos. Mañana tal vez sí.
Pero ahorita, marzo de 2006, no van a venir porque están ahí los que están,
porque quisimos y porque pudimos. Y seguramente van a hacer alguna monada, pero
ahorita vamos ganando. Estamos logrando revolucionar lo existente en un proceso
que no tiene una nota final.
-Esa nota final que representaba el modelo de la toma del poder...
-De hecho tendremos que ir desembarazándoonos de esos relatos bíblicos, para
poder ir pensando en una historia abierta, una historia sin final, sin dirección
y sin necesariedad. Es decir, tenemos que desembarazarnos de los paradigmas
básicos de la modernidad. ¿Qué cuáles son? Entre otros, el de la historia
lineal, progresiva y ascendente. Tendremos que aprender a trabajar sin eso, a
hilar fino, aprender la incertidumbre. Y no preguntarnos: esto es un avance o un
retroceso. Sino a entender que no cabe esa pregunta.
-El problema es que plantearse no tomar el poder significó no volver a
plantearse el tema del poder...
-Es que ese era un primer problema. Una ppremisa. Es decir: escribir en el primer
renglón "no podemos plantearnos estrategias como en los 70 de toma de poder para
cambiar este mundo". Premisa uno. Lo pendiente es la premisa dos. Y sigue
pendiente. Sigue pendiente el problema teórico de cómo se aborda el problema del
poder. Entonces, tenemos por descarte que por ahí no es el camino, pero eso no
sustrae el problema del poder. El poder como relación social, como sistema de
creencias y como sistema institucional y normativo. El poder es un problema. Y
creo que hacia ahí vamos. Si tomamos esta historia actual de América Latina como
una telenovela, nos queda por ver el capítulo estelar donde comenzamos a abordar
ese problema.
La cáscara institucional
-¿La forma de organización asamblearia puede haber detenido ese debate, al
transformarse en una herramienta para accionar sin necesidad de resolver el
problema del poder? Es decir, se pudo seguir haciendo, aunque no se resolviera
el problema del poder a otra escala.
-Es que dentro del problema del poder, enn esa teoría que aún nos falta escribir,
debemos incluir un acápite que se titule "el problema del Estado". Sobre el que
ahorita lo único que es hemos dicho es: qué feo, qué feo. Y hemos trabajado en
las cosas más prácticas, más del hacer. Pero hay otros problemas, como el del
Estado, como el de la articulación de lo local, lo nacional y lo global, como el
de otra forma de intercambio. Eso que sucedió aquí con un grupo de gente que en
un determinado momento utilizó una moneda propia de intercambio...eso es un
chingonería (se refiere a la experiencia del trueque) Ese es un emblema de una
capacidad colectiva de intentar ir resolviendo un problema de un modo propio.
Ahí se quedó, pero también ahí está como experiencia. Lo que yo veo es que
frente al desgarrón del que hablabámos, ¿qué hicimos los activistas? Pues nos
pusimos a analizar el desgarrón y a tratar de contribuir de todas las maneras
posibles a que el desgarrón fuera lo más profundo que pudiéramos. Y creo que eso
estuvo bien. Pero no alcanza. Porque el capital, las clases dominantes o lo que
fuera que representa hoy al poder, también lo vieron y también empezaron a
pensar como restañarlo. Y vieron que ya no podían restaurarlo de la misma
manera. Entonces, trataron -creo yo- de jugar el juego de admitir una parte,
para estabilizarse. Y esto pasó a través de elecciones democráticas donde
ganaron los candidatos que sí esta vez pudieron ganar, pero que una vez que se
metieron adentro de la cáscara institucional tratan de componerlas a cómo de
lugar.
-Parecería que el viejo truco de las elecciones sigue siendo una gran
instancia de restauración del poder, sobre el cual los movimientos sociales no
saben qué respuesta dar.
-Es que el momento electoral - y cito ahoora a Luis Tapia- es el momento de mayor
irradiación de lo estatal sobre la sociedad. Ahora bien: si estamos frente a un
momento de pelea de la sociedad trabajadora frente al Estado y el capital,
digamos que estamos en guerra, como nos dicen los zapatistas. Y que nos conviene
guiarnos por Tsu Zu. Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando el enemigo
retrocede, avanzamos. Cuando el enemigo se pasma, lo ofendemos; cuando el
enemigo ofende, nos protegemos. En fin: esto es una danza. Cuando hablaba con
Oscar Olivera (referente de los movimientos sociales bolivianos) en plena época
de campaña, le decía: vete de vacaciones, a la playa, corretea, baila, lee las
novelas que nunca leíste. Es el momento de la fiesta de ellos. No nos invitaron
y no queremos ir. Vámonos de vacaciones a reponer fuerzas.
-Es difícil imaginar a Oscar Olivera de vacaciones y eso es parte del
problema...
-Pero es harto desgastante sufrir el procceso electoral. Porque estás harto de
enojado y no importa lo que pase durante, hasta conocer el resultado.
Poker zapatista
-Otra opción es la que contabas que estaba intentado ahora el zapatismo con
La Otra Campaña: crear otra instancia donde quede en evidencia quiénes no
participan de esa fiesta electoral.
-Es una apuesta muy arriesgada. Y como deecimos en México, los zapatistas están
ahí apostando su resto, como en el póker. De hecho los zapatistas ya han
ensayado las dos. En la anterior campaña no dijeron nada, se fueron de
vacaciones. En esta están diciendo: hay una fiesta, nosotros hacemos otra. Y
vamos a ver si podemos hacerla. Es otro modo de seguir profundizando el
desagarrón. Pero hay que tener en cuenta que en México recién va a pasar lo que
ya está pasando en la Argentina y lo que pareciera ser que está pasando en
Bolivia. No solo porque en el horizonte asoma un López Obrador, sino porque si
bien en México no se ha dado una lucha muy grande más allá del zapatismo, en
estos últimos tiempos hay una lenta pero consistente rearticulación de otras
resistencias.
-¿Y los partidos de izquierda qué rol están jugando en este proceso?
-¿Qué partidos de izquierda? ¡Si es que nno existen! Ellos juegan sus juegos del
mercado partidista, porque es todo un negocio participar de la contienda, que se
cotiza en recursos concretos que les sirve para mantener los aparatos. En
México, el zapatismo ha incluido a algunos partidos muy chicos, que tienen
raíces en el trotzkismo, que en algún momento han participado de las elecciones,
con los que han conversado durante las reuniones del Sexta y ahora les están
prestando algunos recursos necesarios para poder concretar La Otra Campaña, la
logística mínima para poder moverse fuera de sus comunidades. Creo, de todas
formas, que hay cierta intención aún apenas esbozada del zapatismo de construir
algún tipo de herramienta del tipo partidario, pero aún así la participación de
estos partidos de izquierda es absolutamente marginal. En cuanto a Bolivia,
ahora mismo se están escuchando bastante las voces estridentes de los partidos
trotzkistas, pero se escuchan porque no están hablando los movimientos sociales.
En cuanto comiencen los movimientos a decir algo, esas voces dejan de
escucharse.
Cuando Kirchner habla de los genocidas
-Sin embargo, esas voces estridentes alcanzan para llenar el vacío que están
dejando los movimientos sociales, por ejemplo, cuando se refieren a la
continuidad del modelo. La pregunta es ¿alcanza la palabra continuidad para
definir este proceso en el que gobiernos que no abandonan políticas neoliberales
se apropian de discursos surgidos de los movimientos sociales?
-En Bolivia, el procesamiento del momentoo es muy rápido. Y eso descoloca muy
rápido también. A mes y medio de asumir Evo fuimos a visitar a una comunidad, y
ya nos decían allí: "ahora no es momento de bloquear, porque este es nuestro
gobierno. Es que no puede irle mal al Evo, porque de última el Evo está
representando al indio, entonces no podemos hacer que le vaya mal, pero no le
podemos dejar hacer lo que quiera porque va a hacer cosas contra nosotros". Aquí
si bien es diferente, siento un poco lo mismo. No es fácil decirle: "Kirchner
hijo de la chingada" cuando dice que los militares fueron unos genocidas. Te
tienes que sentir reivindicado por eso, pero al mismo tiempo tú sabes que es
cierto que el Kirchner lo está diciendo con su mejor cara de pingüino. Sabes que
te va a mamar, que te va a dar gato por liebre. Con lo cual te deja en una
situación bien difícil. Porque en la coreografía general que es un país es como
si no supiésemos dónde pararnos. ¿Dónde me pongo? Es bien claro en Bolivia con
el tema de la Constituyente, porque si entendemos lo electoral como el momento
de mayor irradiación del Estado sobre la sociedad, la Constituyente fue
concebida como el momento de mayor irradiación de lo social sobre el Estado. Y
para no hacerlo, le pusieron unos diques. Ante eso ¿dónde me paro? Yo acabaría
con una frase que me quedó dando vueltas y dando vueltas desde que la escuché
hacer una semana en una asamblea, allá en El Alto. En un momento, se para un
muchacho y dice: "Es que el problema del gobierno es el problema del MAS. Pero
el problema del poder sigue estando aquí." A mí esa formulación me parece
totalmente valedera. Nuestro problema hoy es ponernos a debatir sobre el poder,
como segundo punto de aquel escrito que comienza diciendo: "no queremos tomar
este poder".
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