Judas Iscariote era un
apóstol de Jesús, por lo tanto, alguien de su intimidad. Pero según san Juan
«era ladrón, sacaba dinero de la bolsa común» (12,5). Por treinta monedas de
plata, informó a las autoridades dónde estaba escondido Jesús, y con un beso en
la mejilla lo identificó a los soldados; así lo traicionó.
Por Leonardo Boff (*)
D
espués,
arrepentido, quiso devolver el dinero, pero ya no se lo aceptaron. Desesperado,
se ahorcó, según el evangelio de Mateo (27,3-5).
En palabras de san Pedro en los
Hechos de los Apóstoles, sufrió un accidente, «reventó por medio derramándose
todas sus vísceras» (1,18).
Según Papías, un discípulo del
evangelista Juan que vivió en torno al año 100, Judas «se habría hinchado de
forma monstruosa, pudriéndose vivo». Como se ve, nadie sabe a ciencia cierta su
fin trágico. Pero todos lo consideran «el traidor».
Para la Iglesia antigua siempre fue un enigma por qué Judas traicionó al amigo.
Las teorías son muchas. A mí me convence una bastante aceptada en la exégesis
ecuménica, pues guarda una cierta coherencia interna
Dice así: predominaba en el tiempo de
Jesús una visión del mundo llamada apocalíptica. Según ella, el final del mundo
iba a ser inminente. El Reino irrumpiría poniendo fin a esta desgraciada
existencia. Pero antes habría un gran combate con el anti-Reino y sus
partidarios.
El Mesías sería sometido «a la gran
tentación». Casi moriría. Pero en la hora suprema, Dios intervendría, salvaría
al Mesías e inauguraría el Reino. Junto con otros estudiosos, comulgo con la
idea expuesta en mis libros «Pasión de Cristo, pasión del Mundo» y
«Padrenuestro» de que Jesús comulgaba con esta visión. Él habla del fin
inminente y del Reino que ya está dentro de nosotros.
Son expresiones técnicas las que
utiliza cuando se refiere a la «tentación», a la «hora» y a «beber el cáliz»,
cosa que le produce angustia mortal hasta el punto de sudar sangre y rezar:
«Padre, aparta de mi este cáliz».
Los apóstoles participaban también de esta interpretación del mundo. Judas, en
esta misma lógica, con el afán de acelerar la venida del Reino, entregó a Jesús
para ponerlo en un gran aprieto y así obligar a Dios a intervenir.
En esta comprensión, Jesús mismo en
lo alto de la cruz, en la cercanía de la muerte, se da cuenta de que Dios no
interviene como esperaba. Grita estas terribles palabras: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15,34). Pero su última palabra fue: «Padre,
en tus manos entrego mi espíritu» (Lucas 23,46). La traición de Judas sería por
tanto un acto teológicamente motivado, para acelerar la venida del Reino.
Algo muy distinto dice el Evangelio de Judas, manuscrito de 13 páginas en
papiro, originalmente escrito en griego antiguo y después traducido al copto
hacia finales del siglo III y principios del IV, es decir cerca de 150 a 170
años después de la muerte de Judas.
Descubierto en la pasada década de
los 70 en Egipto, sólo en los últimos años ha sido descifrado y publicado. En el
texto Jesús le dice a Judas: «Tu sobrepasarás a todos los otros (apóstoles) y te
enseñaré los misterios del Reino; pero, por eso, tú sufrirás mucho».
El contexto es el del gnosticismo,
corriente filosófico-existencial que negaba valor al cuerpo y a la carne. Jesús
aquí debería liberarse de esa envoltura carnal para revelar su divinidad.
Esa sería la misión de Judas. Tal
doctrina está lejos del espíritu de los evangelios, que afirman la carne que
Dios hizo suya.
San Ireneo, obispo de Lyon en el año 180, conocía ese evangelio de Judas, y lo
denunció como ficción. Pero después el manuscrito desapareció. Por buenas que
hubieran sido las razones de Judas, fue el traidor, y sigue siendo Judas.
(*) Koinonia