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Judas sigue siendo Judas

 
 

(IAR-Noticias)  25-Abril-06

Judas Iscariote era un apóstol de Jesús, por lo tanto, alguien de su intimidad. Pero según san Juan «era ladrón, sacaba dinero de la bolsa común» (12,5). Por treinta monedas de plata, informó a las autoridades dónde estaba escondido Jesús, y con un beso en la mejilla lo identificó a los soldados; así lo traicionó.

Por Leonardo Boff (*)

Después, arrepentido, quiso devolver el dinero, pero ya no se lo aceptaron. Desesperado, se ahorcó, según el evangelio de Mateo (27,3-5).

En palabras de san Pedro en los Hechos de los Apóstoles, sufrió un accidente, «reventó por medio derramándose todas sus vísceras» (1,18).

Según Papías, un discípulo del evangelista Juan que vivió en torno al año 100, Judas «se habría hinchado de forma monstruosa, pudriéndose vivo». Como se ve, nadie sabe a ciencia cierta su fin trágico. Pero todos lo consideran «el traidor».

Para la Iglesia antigua siempre fue un enigma por qué Judas traicionó al amigo. Las teorías son muchas. A mí me convence una bastante aceptada en la exégesis ecuménica, pues guarda una cierta coherencia interna

Dice así: predominaba en el tiempo de Jesús una visión del mundo llamada apocalíptica. Según ella, el final del mundo iba a ser inminente. El Reino irrumpiría poniendo fin a esta desgraciada existencia. Pero antes habría un gran combate con el anti-Reino y sus partidarios.

El Mesías sería sometido «a la gran tentación». Casi moriría. Pero en la hora suprema, Dios intervendría, salvaría al Mesías e inauguraría el Reino. Junto con otros estudiosos, comulgo con la idea expuesta en mis libros «Pasión de Cristo, pasión del Mundo» y «Padrenuestro» de que Jesús comulgaba con esta visión. Él habla del fin inminente y del Reino que ya está dentro de nosotros.

Son expresiones técnicas las que utiliza cuando se refiere a la «tentación», a la «hora» y a «beber el cáliz», cosa que le produce angustia mortal hasta el punto de sudar sangre y rezar: «Padre, aparta de mi este cáliz».

Los apóstoles participaban también de esta interpretación del mundo. Judas, en esta misma lógica, con el afán de acelerar la venida del Reino, entregó a Jesús para ponerlo en un gran aprieto y así obligar a Dios a intervenir.

En esta comprensión, Jesús mismo en lo alto de la cruz, en la cercanía de la muerte, se da cuenta de que Dios no interviene como esperaba. Grita estas terribles palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15,34). Pero su última palabra fue: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lucas 23,46). La traición de Judas sería por tanto un acto teológicamente motivado, para acelerar la venida del Reino.

Algo muy distinto dice el Evangelio de Judas, manuscrito de 13 páginas en papiro, originalmente escrito en griego antiguo y después traducido al copto hacia finales del siglo III y principios del IV, es decir cerca de 150 a 170 años después de la muerte de Judas.

Descubierto en la pasada década de los 70 en Egipto, sólo en los últimos años ha sido descifrado y publicado. En el texto Jesús le dice a Judas: «Tu sobrepasarás a todos los otros (apóstoles) y te enseñaré los misterios del Reino; pero, por eso, tú sufrirás mucho».

El contexto es el del gnosticismo, corriente filosófico-existencial que negaba valor al cuerpo y a la carne. Jesús aquí debería liberarse de esa envoltura carnal para revelar su divinidad.

Esa sería la misión de Judas. Tal doctrina está lejos del espíritu de los evangelios, que afirman la carne que Dios hizo suya.

San Ireneo, obispo de Lyon en el año 180, conocía ese evangelio de Judas, y lo denunció como ficción. Pero después el manuscrito desapareció. Por buenas que hubieran sido las razones de Judas, fue el traidor, y sigue siendo Judas.

(*) Koinonia

 

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