Un organismo comatoso cuya reforma se impone con irrefutable evidencia.
Sobre el trasfondo de la angustia sanitaria provocada por las amenazas de la
gripe aviar, así aparece Francia a los ojos de una cohorte de "derrotistas" de
derechas (1).
Por Ignacio Ramonet - Le
Monde Diplomatique
Este ambiente pesimista se ha visto
corroborado por acontecimientos recientes de índole diversa, que al transmitir
la sensación de que las instituciones se desmoronaban han contribuido al actual
malestar generalizado: catástrofe judicial y naufragio de los medios de
comunicación en el proceso de los pedófilos de Outreau, ley del 23 de febrero de
2005 que reconoce "el papel positivo" del colonialismo (2), fallos concernientes
al portaaviones Clemenceau, revueltas en los suburbios en noviembre de 2005,
repliegues identitarios y afirmación de los comunitarismos con ocasión del caso
de las caricaturas de Mahoma o del repulsivo asesinato del joven Ilan Halimi,
privatización encubierta de Gaz de France, etc.
Las Casandras de la "Francia que se hunde" ven sumirse al país en una suerte de
desesperación colectiva que se habría manifestado especialmente el 29 de mayo de
2005, con ocasión del "No" al proyecto de Tratado Constitucional europeo.
"Francia, afirma por ejemplo Nicolas Baverez, jefe de fila de los "derrotistas",
se ha aislado en una burbuja de demagogia y mentiras, los políticos se niegan a
decir la verdad (...)
No se atreven a hacer reformas porque
temen las revoluciones. Pero es precisamente la ausencia de reformas lo que
culmina en las revoluciones" (3). Para terminar con esta "Francia enferma en una
Europa decadente", llaman a una rectificación liberal. Y hace tiempo que
recomiendan la desregulación del mercado laboral, convencidos de que basta con
accionar algunas simples palancas.
En este contexto alarmista, apremiado
por los "rupturistas", el primer ministro francés Dominique de Villepin, acusado
de estar "de pie ante Bush pero de rodillas ante la CGT", habría decidido romper
"la política expectante de las elites" y concretar por fin la reforma del
empleo.
De manera que el verano pasado hizo
votar precipitadamente el Contrato de Nuevo Empleo (CNE) que entró en vigor el 1
de septiembre de 2005 para las empresas con menos de veinte asalariados, esto
es, los dos tercios de las empresas francesas. La principal innovación son las
modalidades de su ruptura. Como dice el inspector laboral Gérard Filoche: "Se
trata esencialmente de un ‘nuevo derecho de despido': se puede despedir a
cualquiera en cualquier momento, sin motivo, sin procedimiento, sin apelación"
(4).
çComo se topó con una resistencia
sumamente moderada contra este tipo de contrato que responde a las antiguas
demandas de la patronal, Villepin creyó que podría salirse de nuevo con la suya
al hacer votar el 8 de febrero pasado, sin verdadero debate parlamentario, el
Contrato de Primer Empleo (CPE) destinado esta vez a las empresas con más de
veinte asalariados y reservado a los jóvenes de menos de veintiséis años. Lo
mismo que con el CNE, el patrono tiene durante los dos primeros años la
posibilidad de rescindir el contrato sin comunicarlo por escrito.
El primer ministro ha tratado de
explicar la extraña índole del CPE pretextando que después de las recientes
revueltas en los suburbios era urgente favorecer el empleo de jóvenes sin
formación. El argumento no ha convencido. Rápidamente la oposición al CPE ha
cobrado una envergadura y una intensidad considerables en las universidades, con
el apoyo inmediato de los principales sindicatos.
El desafío es tanto político como
simbólico. Después de la grave derrota sufrida en julio de 2003 con el voto a la
ley de jubilaciones, el movimiento popular en Francia tenía que reponerse. Por
añadidura, los ciudadanos consideran que aceptar el CPE después de haber tenido
que ceder ante el CNE es abrir el camino al desmantelamiento completo del código
de trabajo, sacrificarlo en el altar de la flexibilidad y favorecer la
precarización definitiva del empleo.
Acusada por la derecha de ser hoy "el
enfermo de Europa", Francia es por el contrario un país que resiste. Uno de los
pocos en Europa donde con formidable vitalidad una mayoría de asalariados se
niega a una globalización salvaje que significaría la toma del poder por las
finanzas.
Y que abandona a los ciudadanos a las
empresas mientras el Estado se lava las manos. Descorazona esta modificación
radical de la relación entre los poderes públicos y la sociedad (el final del
"Estado protector").
La solidaridad social constituye un
rasgo fundamental de la identidad francesa. Una solidaridad que el CPE
contribuye a liquidar. De ahí una vez más la impugnación. Y la revuelta.
Notas:
(1) Nicolas Baverez, Michel Camdessus, Christophe Lambert, Jacques Marseille,
Alain Minc, todos cercanos a Nicolas Sarkozy.
(2) El presidente Jacques Chirac pidió el 4 de febrero de 2006 la reescritura de
ese texto que "divide a los franceses".
(3) L'Express, París, 12 de enero de 2006.
(4) http://www.legrandsoir.info/article.php3?id_article=2473