Para los cristianos la Semana Santa es la gran semana en la que se celebra
la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Estos tres hechos son momentos de
un único proceso, llamado «misterio pascual», misterio del paso (pascua en el
lenguaje bíblico) de la vida a la muerte y de la muerte a la resurrección. O,
también, del paso de la cautividad egipcia a liberación del pueblo en el
desierto y a la conquista de la tierra prometida.
Por Leonardo Boff
(*)
Hegel cuando era un joven estudiante de teología en Tübingen (fue primero
teólogo, igual que Heidegger) en su Stift (seminario), un viernes santo tuvo una
iluminación que modificó toda su vida y que está en la raíz de su filosofía. Lo
llamó «viernes santo teórico». Vio la unidad del proceso de la naturaleza y de
la historia que pasa por la vida, por la muerte y por la transfiguración, como
en el misterio pascual cristiano. Llamó a esto dialéctica.
Si reparamos bien, la semana santa, más allá de de su carácter religioso,
representa una gran metáfora. Todo en el universo, en los procesos biológicos,
humanos y biográficos se estructura en forma de dialéctica.
El primer momento es la tranquila
serenidad y paz infinita de aquel puntito casi infinito de donde venimos. De
repente, sin que sepamos por qué, explota. Produce un caos inconmensurable. La
evolución del universo es el proceso de crear orden en el caos.
Cada ser vivo nace, se desarrolla,
muere y se transfigura en el Todo. Las sociedades pasan por crisis. Las
estrellas-guía ya no responden a los nuevos desafíos. Se produce un proceso de
disolución. Cuando se define otra forma de organización social emerge un nuevo
orden con otro sentido de ser. El ser humano vive su compromiso existencial
sereno y tranquilo.
Y he aquí que irrumpe la crisis y
todo se hunde. Se purifica, madura y crea otro orden vital. Éste a su vez,
lentamente, también se desestabiliza y solamente recupera la serenidad cuando
elabora otro sentido de vida o pasa para otra dimensión más allá de la muerte.
En todo este proceso dialéctico
hay una experiencia de vida, de muerte y de transfiguración; de orden,
desorden y nuevo orden; de tesis, antítesis y síntesis. La complejidad, según E.
Morin, se estructura en esta dialéctica.
Según esta visión dialéctica, la persona no fue creada para conocer un final en
la muerte, sino para transfigurarse a través de la muerte.
Pasa, como dirían los alquimistas
medievales, por un proceso químico y entra en un orden más alto. Los cristianos
llaman a esto resurrección, que no significa la reanimación de un cadáver, sino
la transfiguración completa del ser humano en comunión con el Ser. Es la
dialéctica de la semilla: "si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, se
queda solo, pero si muere, dará mucho fruto", como dijo el Maestro.
Hoy la naturaleza y la humanidad viven bajo un continuo viernes santo.
Hay devastación y sufrimiento en
demasía. El vía crucis tiene estaciones sin fin. Nuestra esperanza es que este
padecimiento se ordene a una radiante transformación, a un nuevo paradigma de
convivencia en el que no sea tan difícil que tratemos a los seres de la
naturaleza con compasión y a nuestros prójimos con humanidad y con cuidado.
Después que Cristo resucitó, tras un clamoroso fracaso personal, ya no tenemos
derecho a estar tristes ni a perder la esperanza. Del caos puede venir siempre
vida nueva. La historia y la saga de Jesús nos ofrecen una señal creíble.
(*) Koinonia