Desde que la presidenta Gloria Macapagal Arroyo se unió a la campaña
global de Estados Unidos "contra el terrorismo", Filipinas se ha vuelto campo de
una guerra no declarada contra campesinos y sindicalistas, disidentes políticos
progresistas y legisladores, activistas y abogados por los derechos humanos,
dirigentes feministas y una amplia gama de periodistas de los medios impresos y
electrónicos.
Por James Petras - La Jornada
Dados los vínculos entre el ejército,
el régimen y los escuadrones de la muerte, los asesinatos políticos se cometen
en una atmósfera de impunidad absoluta. La vasta mayoría de ataques ocurren en
el campo y en las ciudades del interior. El reino del terror es similar en
amplitud y profundidad al de Colombia, con la diferencia de que el terrorismo
del Estado filipino no ha atraído suficiente atención internacional.
Entre 2001 y 2006 el centro independiente de derechos humanos Karapatan y el
Instituto de Educación e Investigación del Trabajo, ligado a la Iglesia
católica, han documentado cientos de asesinatos, desapariciones, amenazas de
muerte y casos de tortura. Desde que Macapagal llegó a la presidencia, en 2001,
se han documentado 400 ejecuciones extrajudiciales. En 2004 asesinaron a 63
personas y a 179 en 2005, año en que también desaparecieron otras 46, cuya
muerte se presume. En los primeros dos meses y medio de 2006 se han documentado
26 asesinatos políticos.
Un análisis por clase social y antecedentes de los caídos en este terrorismo
sistemático en 2005 demuestra que el grupo más numeroso, unos 70, fueron
campesinos y líderes agrarios involucrados en disputas de tierras y de trabajo
agrícola. Invariablemente el ejército ha acusado a esas personas de tener
vínculos con las guerrillas comunistas o con separatistas musulmanes, o ser
simpatizantes de ellos. Entre las víctimas han estado miembros de la asociación
nacional de campesinos, Kilusang Magbubukid ng Pilipinas (KMP), así como líderes
campesinos minoritarios que protegen sus tierras en Igorot, Agta y Moro. Una
notoria matanza ocurrió a fines de noviembre de 2005, cuando 47 campesinos y sus
representantes legales realizaban una asamblea referente a una disputa de
tierras en Palo, Leyte y las Visayas. Una gran fuerza militar rodeó la asamblea
y la atacó, dando muerte a nueve campesinos y arrestando a más de una docena.
Otros 18 "desaparecieron" y se presume que han muerto.
Los trabajadores y líderes sindicales ocupan el segundo lugar en víctimas de
asesinatos (por lo menos 18 en 2005), sin incluir a los que se da por muertos.
Miembros de la federación nacional Kilusan Mayo Uno, del sindicato de
trabajadores de la Nestlé, de la Central Azucarera de Tarlac, de la Federación
Negros de Trabajadores Azucareros, un dirigente de la Asociación de Empleados de
la Secretaría de la Reforma Agraria, líderes del sindicato de empleados
universitarios regionales y varios militantes de la compañía eléctrica y la de
autobuses fueron asesinados en 2005.
A principios de ese año, 26 detenidos musulmanes inermes en una prisión militar
de Manila fueron tiroteados cuando protestaban contra su detención prolongada y
arbitraria, sin una fecha para ser juzgados y bajo horrorosas condiciones de
encarcelamiento. En su mayoría eran vendedores, campesinos y pescadores
desplazados que vivían con sus familias en Manila. Se les acusó de ser miembros
de la banda de secuestradores Abu Sayaf, pero nunca se les consignó a un juez.
Siete periodistas y escritores de medios impresos y de radio fueron asesinados
en 2005, así como siete abogados y jueces involucrados en casos de derechos
humanos, laborales y disputas de tierras. Entre la comunidad religiosa hubo tres
asesinatos de clérigos y siete de trabajadores de iglesias, todos participantes
en trabajos de defensa de los pobres, los campesinos, los trabajadores y las
minorías nacionales.
Otro grupo importante de víctimas, que se traslapa con el de campesinos y
obreros, son los 83 dirigentes y militantes del popular partido izquierdista
Bayan Muna (El Pueblo Primero). La mayoría fueron ultimados entre 2001 y 2005 en
las provincias que rodean la zona metropolitana de Manila (67 sólo en 2005).
Líderes y coordinadores de partidos aliados, como el partido de mujeres Gabriela
y el de los pobres urbanos, Anakpawis (Masas Trabajadoras), han sido asesinados,
desaparecidos o lesionados. Se ha dado muerte a funcionarios electos del Bayan
Muna, como el alcalde de la ciudad de Tarlac, Abelardo Ladera, a quien
tirotearon a plena luz del día, lo cual ocasionó marchas funerales en desafío al
régimen. El homicidio ocurrió después de la notoria matanza de trabajadores de
haciendas en Tarlac, en 2004, y la subsecuente eliminación sistemática de
testigos.
De 2003 en adelante, Filipinas se volvió el país más peligroso para los
periodistas después de Irak, por el escandaloso número de reporteros asesinados
y desaparecidos. El caso más reciente es el de un reportero de radio que por
exponer los abusos cometidos en una mina local fue secuestrado por escuadrones
de la muerte al servicio de los propietarios, en febrero de este año; se cree
que fue asesinado.
El actual terrorismo con patrocinio gubernamental recuerda los peores días de la
ley marcial en tiempos del dictador Ferdinando Marcos (1972-1986). Como en esa
época, todo el campo está bajo virtual control militar, que limita en gran
medida el papel de los administradores civiles. Las fuerzas armadas utilizan un
manual publicado por el régimen de Macapagal, titulado Conociendo al enemigo,
para etiquetar organizaciones de masas y grupos de derechos civiles legalmente
constituidos, como la Asociación Filipina de Abogados Protestantes, como
promotores del "terrorismo".
La campaña combinada de militares y escuadrones de la muerte tiene todas las
trazas de la guerra de "baja intensidad" patrocinada por Estados Unidos contra
la población civil. Las fuerzas armadas "proscriben" o clasifican a individuos y
grupos como terroristas sobre la base de una supuesta "inteligencia secreta",
con el fin de criminalizar su derecho a resistir la presión y luchar por su
autodeterminación. La creación de estas "listas" está fuera del proceso de
escrutinio judicial y limita cualquier protección legal para las víctimas o sus
deudos. Valiéndose de la propaganda negra de una operación de guerra sicológica,
las víctimas y sus asociaciones son invariablemente descritas como
"terroristas".
La conexión estadounidense
En diciembre de 2002, Estados Unidos anunció una significativa expansión de sus
ejercicios militares conjuntos con Filipinas. Los primeros contingentes de
soldados estadounidenses que desembarcaron en la isla sureña de Mindanao lanzaron
operaciones de campo contra los separatistas musulmanes. A principios de 2003
Paul Wolfowitz, entonces secretario asistente de Defensa, llamó a Filipinas "el
segundo frente de la guerra contra el terror". Desde entonces, decenas de miles
de aldeanos musulmanes han sido desplazados por la fuerza y cientos han sido
torturados, asesinados o desaparecidos. En consecuencia, la guerrilla musulmana
se ha incrementado.
En octubre de 2003, durante una visita a Filipinas, Bush lo consideró un modelo
para la reconstrucción de Irak. Olvidando mencionar la invasión estadounidense de
1898 y la campaña de pacificación de 13 años, cuando perecieron más de un millón
de filipinos, Bush describió al país como "un modelo de democracia", una
democracia de escuadrones de la muerte.
El apoyo del gobierno de Bush al régimen de Macapagal ha sido recíproco. Un
contingente de soldados filipinos fue enviado a Irak por encima de las protestas
de cientos de miles de ciudadanos. Estas tropas sólo fueron retiradas cuando la
resistencia iraquí amenazó con ejecutar a trabajadores filipinos capturados en
el país árabe: la economía depende más de las remesas de sus trabajadores que de
la ayuda estadounidense. Los lucrativos contratos de construcción con los que la
elite filipina esperaba ver recompensados sus servicios al gobierno de Bush en
Irak jamás se materializaron. Durante 2006 otro contingente de 5 mil 500
soldados estadounidenses llegará a Mindanao, y el número de maniobras conjuntas
se ha duplicado.
Protesta urbana popular y decretos de emergencia
En 2004, Macapagal Arroyo derrotó por estrecho margen a su rival en las
elecciones, en una campaña teñida de fraude y violencia. Una cinta de audio dada
a conocer en la primavera de 2005 registró a la presidenta hablando con un alto
funcionario electoral sobre la manipulación de los comicios. Entre renuncias de
funcionarios y el clamor general de que ella también dimitiera, Macapagal apenas
se libró de una votación para someterla a juicio político.
Las desastrosas políticas económicas neoliberales de la presidenta, la creciente
degradación social y económica del país, los intentos frenéticos de los
profesionistas por escapar vía la migración, las acciones de protesta de
empleados de mediano nivel y las manifestaciones de movimientos sociales de
masas pusieron de nuevo a Filipinas en las noticias mundiales. A principios de
2006 un deslave aún más devastador, ocasionado por las lluvias y la
deforestación, sepultó a casi 2 mil personas en la isla de Leyte. La incapacidad
del régimen para brindar siquiera los auxilios más elementales a las víctimas
indignó a la nación entera.
El 23 de febrero de 2006, víspera del 20 aniversario del derrocamiento de la
dictadura de Marcos, Macapagal decretó el estado de emergencia, prohibiendo
todos los mítines y manifestaciones y cerrando los medios de oposición. Giró
órdenes para arrestar a 59 individuos, entre ellos miembros del Congreso,
funcionarios militares y críticos sociales, bajo cargos de rebelión. Entre los
acusados estaban seis legisladores de partidos de izquierda, un abogado pro
derechos humanos, militares en activo y en retiro, y activistas sociales. La
mayoría de las imputaciones carecían de fundamento. Por ejemplo, el legislador
Crispín Beltrán, de 73 años, militante de Anakpawis, veterano líder sindical y
activista contra Marcos, fue detenido poco después de la declaración de
emergencia, al principio con base en un cargo de 25 años atrás. Cuando se
demostró que esa acusación había sido retirada hacía décadas, se le consignó por
rebelión.
En 2006, la represión pasó del campo a la capital, de dirigentes campesinos a
legisladores, medios, líderes laborales y de partidos de izquierda en la
capital. De los 26 asesinatos políticos de las primeras 10 semanas de 2006, tres
han sido de funcionarios del Bayan Muna. El arresto arbitrario de representantes
al Congreso envía una señal a la izquierda legal de que el régimen no tolerará
el disenso ni desafíos a sus políticas, ni siquiera de los legisladores.
Creciente oposición
A la vista de la desintegración de la economía y la sociedad, y del uso de la
fuerza del régimen para mantenerse en el poder dada su patente incompetencia
frente a los desastres naturales y ambientales, la resistencia popular se ha
extendido del campo a las ciudades. En el 20 aniversario del derrocamiento de
Marcos, decenas de miles desafiaron el estado de emergencia y marcharon en
Manila y otras urbes de todo el país. Más de 10 mil mujeres desacataron un bando
de la policía para manifestarse el Día Internacional de la Mujer. Estudiantes y
maestros emprenden campañas en centros de enseñanza de toda la nación. Ex
presidentes, ejecutivos empresariales y clérigos demandan la renuncia de
Macapagal Arroyo y una "transición pacífica" dentro de la elite, en tanto los
movimientos populares de masas y sus representantes políticos claman justicia
por las víctimas del estado de terror, fin a la presencia estadounidense,
derogación del impuesto al valor agregado, incremento al salario mínimo, reforma
agraria, moratoria a la deuda, renacionalización de sectores económicos claves y
negociaciones de paz efectivas entre el estado, el Ejército Nacional del Pueblo
y los separatistas musulmanes. Según funcionarios, el resultado probable es que
Macapagal Arroyo se verá forzada a renunciar. La pregunta es: ¿cuándo y por
quién?
Traducción: Jorge Anaya