El clamor por el "respeto" solemne y acrítico a la
cultura, la religiosidad, la etnicidad y la sexualidad del "otro" es ampliamente
compartido por todos los fundamentalistas "políticamente correctos" del orbe,
sin que eso sea óbice para que se maten entre sí cuando deciden que es necesario
imponer por la fuerza sus verdades salvadoras a sus insensatos pares.
En un excelente artículo titulado "Fanatismo e intolerancia" (La Insignia
7-6-06), Alberto Piris dice (con otras palabras) que resulta inaceptable apelar
a la falta de respeto occidental al "otro" para justificar las barbaridades que
fundamentalistas islámicos están perpetrando contra embajadas europeas en países
musulmanes, cuando lo que está en juego en el fondo de todo eso son las
consecuencias del fanatismo religioso, a saber, la intolerancia y la violencia,
y no el multiculturalismo que exige respeto por religiosidades que después de
todo pueden muy bien resultar difíciles de aceptar y respetar a estas alturas de
la historia del mundo, como ocurriría si nos propusiéramos ver con naturalidad
comprensiva la religiosidad azteca y sus sacrificios humanos.
Dice Piris: "El multiculturalismo muestra estos días poca aptitud para adaptarse
a las sociedades modernas del mundo desarrollado. Si los hechos comentados
siguen repitiéndose, asistiremos a su entierro definitivo. Cuando la religión,
cualquier religión, exige de las personas un respeto ciego de sus mitos,
creencias y dogmas, no es posible el mestizaje: habrá imposición o conversión.
Tampoco habrá multiculturalismo: en esas circunstancias sólo es posible la
asimilación o la expulsión. Así actuó el cristianismo en el pasado -y en el
presente, cuando le dejan-, y así actúa hoy el islamismo".
El democratismo "políticamente correcto" que propone "respetar las diferencias"
acríticamente es otra forma de dictadura, de autoritarismo, de censura y de
ausencia de democracia, pues implica colocar lo que percibimos como la propia o
la ajena diferencia más allá de las necesarias reglas de convivencia humana. Si
todos hiciéramos lo mismo, alcanzaríamos muy pronto la mudez, el fin de la
cultura y la aniquilación mutua.
El derecho democrático a ejercer las diferencias no implica su aceptación
irrestricta, sino la libertad de aceptarlas criticándolas y, si se da la
necesidad, satirizándolas, parodiándolas y burlándose de ellas, siempre y cuando
todo esto se ejecute dentro de los marcos de lo que hemos dado en acordar como
el ejercicio libre de la crítica cultural y política en democracia. Quien no
esté dispuesto a someter sus propias creencias y convicciones al ácido del
escrutinio libre de los demás, incurre en intolerancia y, tarde o temprano, en
censura y violencia. Como dice Eusebio Perdiguero en su artículo "El chantaje"
(La Insignia 7-6-06): "No se puede vivir en sociedades democráticas sin estar
sujeto a la burla, la crítica o el ridículo". Yo agregaría: y sin asumir el
sagrado derecho a burlarse de los demás.
Es imprescindible vincular (y no deslindar) el respeto a las diferencias y el
derecho a criticarlas. El respeto a las diferencias implica aceptar en la
práctica el derecho a existir que tienen quienes las ejercen como ajenas a
aquellas que me conforman a mí, pero eso no supone una obligación mía a
acatarlas sin más, pues si eso ocurriera ya no se trataría de diferencias. La
coexistencia pacífica de la unidad de la diversidad no supone la abolición del
derecho a la crítica, la parodia, la sátira y la epigramatización y
caricaturización de la otredad. Al contrario, la tolerancia cultural en
democracia radica en saber ejercer la crítica con la misma gracia con la que la
aceptamos cuando se nos echa encima. Por eso, he defendido la sátira, el humor
negro, la caricatura y el cinismo en el periodismo de opinión. Y por eso creo
también que ante esta epidemia de "corrección política" fundamentalista (valga
la aparente contradicción), esa defensa es más necesaria que nunca.
No resulta entonces tan extraño que los fundamentalistas de la izquierda
oenegera, del Opus Dei y del Mercado (con mayúscula para significar no el acto
de intercambiar mercancías y servicios por dinero sino la lógica que articula y
reproduce el conjunto de las relaciones sociales en el capitalismo) que se
solidarizan con la reacción estúpidamente desmedida del integrismo islamista que
incendia embajadas europeas censurando el derecho a ejercer el sentido del humor
y la función comunicativa de la caricatura, "comprendan" tan a fondo a sus pares
y compartan con ellos el recurso a la intolerancia y la violencia, si son los
mismos que apoyan las guerras preventivas y las guerras santas. Y son también
los que, por un lado, celebran que el arzobispo metropolitano de Guatemala
aparezca en los medios masivos blandiendo una caja de condones con una mano y
una bala de alto calibre con la otra, arguyendo que ambos cumplen la función de
acabar con la vida humana, y, por el otro, los que defienden la irrestricta
potestad sobre el propio cuerpo sólo porque en ello van implícitos generosos
financiamientos internacionales para sus "políticamente correctas" oenegés. Unos
y otros comparten los mismos criterios y mentalidades intolerantes con sus
hermanos integristas de todo el mundo. No sólo con los que profesan el islamismo
sino también con los fanáticos del sionismo político, del antisemitismo y del
cristianismo a la Pat Robertson. Esto, claro, sin menoscabo de que puedan
matarse entre sí de vez en cuando.
Para Nietszche, la intolerancia religiosa se origina en la mala conciencia
derivada de la invención (reciente, por cierto) del monoteísmo. Decía este
visionario: "Qué mala conciencia tiene sin duda la religión se echa de ver en la
gravedad de las penas con que se prohíben las burlas contra ella". Y decía
también: "En realidad la intolerancia sólo es esencial en el monoteísmo: un Dios
único es por su propia naturaleza un Dios celoso, que no concede el derecho a la
vida a ningún otro".
El derecho al respeto de las diferencias acaba donde empieza el derecho a su
crítica, su burla y su ridiculización. Y este último derecho acaba en los
límites que marca la evolución cultural de cada pueblo, la cual se expresa en
sus leyes. He aquí las bases del arte de vivir en libertad y democracia. Y
también, a pesar de ello, en paz y armonía. No es nada fácil. La prueba está en
la abigarrada convivencia esquizoide que protagonizan la fraternidad solidaria
de los fundamentalismos y su irreducible voluntad de erradicarse mutuamente de
la faz de la tierra, en nombre de Dios, el Pueblo, la Verdad, el Mercado y
-quién lo habría dicho-... la "correccción política".