El mundo vive un choque entre religión y razón, entre magia y ciencia. Una
batalla protagonizada por dos visiones del mundo que se creen en posesión de la
verdad y que se desprecian mutuamente.
Por César Coca -
El
Correo, España
En su última novela, 'Shalimar el
payaso', Salman Rushdie (Bombay 1947) ha puesto frente a frente esas dos
visiones y el resultado es una obra habitada por un intenso lirismo y una
violencia atroz.
Rushdie, cuya biografía está marcada
para siempre por el fundamentalismo, ha viajado a Barcelona para impartir una
conferencia y presentar su última novela. En una entrevista concedida a este
periódico, habla de la sed de sangre que parece dominar a toda la Humanidad.
-¿Es el ser humano irremediablemente violento?
-Probablemente sí, pero de todas formas vvivimos un tiempo inusualmente violento.
Si nos limitamos a Cachemira, que es de lo que hablo en el libro, los cincuenta
años anteriores fueron una época de paz notable. Aunque es cierto que hubo
guerras entre India y Pakistán en torno a Cachemira, la vida de la gente allí
era muy pacífica, muy armoniosa. En cierto modo, el libro es un lamento por la
pérdida de esa paz; se refiere a cómo se puede destruir una época preñada de
belleza. Es una tragedia ver cómo la gente puede romper las cosas que luego ya
no se pueden reparar... Los seres humanos somos también capaces de construir la
paz, aunque parece que nos movemos mejor en la violencia.
-¿Qué ha contribuido más a romper esa paz: la religión o la política?
-Mucho más la política. La parte islámicaa de Cachemira siempre había sido una
versión mística y pacífica del Islam, y los hindúes de la región habían
aprendido a vivir en paz junto a sus vecinos. Lo que destruyó esa paz del valle
fue la decisión de India y Pakistán de poseer físicamente ese territorio. Por
eso ha habido tres guerras. Ahora la región está dividida: Pakistán posee un
tercio de Cachemira y la India los otros dos. Así que es una guerra totalmente
política, y los habitantes de Cachemira han quedado oprimidos entre esas
fuerzas. Ellos dicen constantemente que les gustaría que India y Pakistán les
dejaran en paz de una vez, pero es la única opción que nadie ha tenido en
cuenta.
-La libertad es una guerra, dice un personaje. ¿Contra quién?
-Dice eso cuando habla de la forma de obttener lo que uno quiere a partir del
poder mundial. La respuesta es que es una batalla contra el poder.
-¿Genera violencia esa batalla?
-Efectivamente, aunque hay muchas formas de luchar contra el poder: las hay que
se basan en la seducción, otras son ilegales, a veces se combate el poder con el
soborno, o mediante la corrupción -que es un arma excelente contra el poder-.
Pero sí, como decía antes, vivimos un tiempo de suma violencia. Cuando uno es
escritor en este tiempo hay que analizar las consecuencias humanas de esa
situación. En el arte de la novela, el ser humano siempre ha de estar en el
centro. Cuando una novela pierde la escala humana se convierte en mala: será
sentenciosa, grandilocuente.
-Hablemos entonces de la escala humana. En su libro la venganza es un elemento
crucial. ¿Se persigue hoy en el mundo antes la venganza que la justicia?
-Mucho me temo que sí. La gente ha perdiddo la fe en el diálogo, en el debate.
Por eso hemos vuelto a una sed de sangre ancestral. Parece que eso está
adquiriendo poder sobre todos nosotros. Si nos sentimos ofendidos por los demás,
en el nombre de esa ofensa somos capaces de hacer cosas terribles. No es una
gran época para la razón.
-¿Qué está pasando en el mundo para explicar esa sed de sangre? ¿Los países
musulmanes, poblados por gente joven, quieren cambiar el mundo y Occidente,
lleno de viejos, se resiste?
-Sí, probablemente piensan que pueden cammbiarlo. Mire, creo que la gran batalla
que se está librando en la actualidad se puede describir como un choque entre
religión y razón, o entre el radicalismo islámico y Occidente. Pero una
definición más exacta sería la siguiente: por una parte hay una visión del mundo
materialista, de personas que creen que el mundo está aquí y es sólido; que está
hecho de cosas, de objetos que se pueden tocar, sentir, comprar, vender... Y por
otra parte hay una visión que dice que eso es una ilusión, que no es importante
el mundo sino lo que está más allá, la trascendencia, el paraíso. Esa batalla,
la de la realidad de las cosas, es en la que estamos luchando. ¿Qué es el mundo,
material o inmaterial?
-¿Ésa es la clave de la tensión mundial?
-Ambos lados se desprecian mutuamente de forma muy profunda. Éste es el
verdadero cisma que se da en la actualidad. Hay un pasaje en mi novela en que
Shalimar el payaso está siendo adiestrado en un campo de la yihad y el
instructor le dice que los infieles creen que el mundo está hecho de cosas, y
por eso son tan débiles. Yo en esa escena estaba intentando describir esa visión
del mundo, la que dice que todo lo que ves a tu alrededor, todo lo que te han
explicado, es falso. Que es una gran mentira y que la verdad es la magia de la
creencia religiosa. Y ese conflicto, creo yo, es el conflicto de nuestro tiempo.
No se limita únicamente al Islam.
-¿Se plantea en otros ámbitos?
-Sí. En EE UU ahora, por ejemplo, la mayooría de la población cree en las
verdades apocalípticas de la cristiandad. En la India, cada vez hay más
fundamentalistas hindúes. Se mire por donde se mire, se ve este fenómeno; la
batalla entre el mundo de la razón, la ciencia, la perfección, y por otra parte,
el mundo de la trascendencia, lo milagroso, la creencia, la magia, los sueños...
La tragedia para mí es que, como novelista, me siento muy atraído por el mundo
de los sueños y la magia, y no tanto por el aburridísimo mundo de los objetos y
el materialismo. Pero, claro, yo estoy en el lado de lo material.
-Presentó su anterior novela días antes del 11-S. Luego ha habido más atentados.
¿Sigue pensando que no hay que tener miedo?
-Yo he vivido en países donde los ataquess terroristas eran algo frecuente. Si
vives en la India y has tenido 20 años de terrorismo de Cachemira, o en
Inglaterra y has pasado por el tema del IRA, acabas acostumbrándote al hecho de
que de vez en cuando va a pasar algo así. Lo importante es no dejar que eso
cambie tu vida. Esa especie de menosprecio del terrorismo forma parte de la
razón por la que el IRA acabó fracasando. Creo que la mejor respuesta a estas
acciones terroristas es tratarlas con desprecio y seguir viviendo
tranquilamente.
-¿Qué puede hacer la literatura?
-Absolutamente nada. La literatura no es un arma, eso para empezar. Tampoco es
un escudo; no puede protegerte ni derrotar a tus enemigos. Lo que sí puede hacer
es aumentar el entendimiento entre las personas y el conocimiento sobre los
temas. Con ello no me refiero a hechos concretos. Esos ya nos los dan los
periódicos, la radio y la televisión. Lo que necesitamos es saber en qué
consiste ser un afgano bajo el régimen talibán, o qué supone ser terrorista. El
arte de la novela siempre ha sido el de permitirnos experimentar la realidad
ajena, ya se trate de la de Madame Bovary o de los Buendía de Macondo. Gracias
al genio de la novela, estos mundos se nos hacen comprensibles y se convierten
en parte del nuestro. La policía nos puede proteger, pero la novela ha de ser la
herramienta que nos permita entendernos.
-¿Tiene usted relación con escritores iraníes, afganos, palestinos? ¿Se entiende
con ellos?
-Tengo muchos amigos árabes escritores. EEn abril de 2005, como presidente del
PEN Club de EE UU, invité a Nueva York a algunos a un congreso literario.
Tenemos mucho en común, como suele suceder con todos los escritores. Una de las
cosas que me interesó mucho oír fue su idea sobre el declive de la cultura
árabe. Me hablaban de las grandes capitales árabes: Beirut, Bagdad, Damasco...
En medio siglo esas ciudades han sufrido un declive espantoso. Esos escritores
reconocían que podrían criticar a Occidente muchas cosas pero añadían que los
propios árabes tendrían que hacerse también algunos reproches por lo sucedido en
esas ciudades.
-Uno de sus personajes dice que tener sentido moral destruye al hombre. ¿Sólo se
puede ser feliz cuando se es inmoral?
-Desde luego es mucho más fácil... (se rííe) Pero bueno, es una frase muy
irónica, pronunciada por un personaje con una filosofía muy melancólica. No
cometa usted el error de creer que el autor piensa lo mismo que el personaje.