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(IAR-Noticias)
03-Feb-06

La aceleración de los cambios sociales y las transformaciones identitarias,
inherentes a la extensión de la red tecnológica y de los mercados, nos ayudan a
percibir los rasgos sobresalientes del nuevo paradigma.
Por Hashim Cabrera -
WebIslam
Ahora podemos ver con claridad que
las viejas identidades no resisten mientras las rancias estructuras de poder se
derrumban como castillos de arena lamidos por las olas de la marea de la
información, desveladas ya las alegorías y los mitos en la biblioteca virtual,
accesibles a una creciente ciudadanía global.
Como dice Amina Teslima Al-Yerraji,
vivimos “en una era de cambios estructurales en la conciencia del cuerpo místico
de la especie, y uno de ellos es que el gobierno de los hombres y la concepción
jerárquica de la organización social fenecen”. La estructura social cambia y,
con ella, cambian las relaciones de poder, las pautas de relación interpersonal,
y la propia concepción del ser humano, de su naturaleza y su papel en la
sociedad y en el cosmos.
En principio, eso que llamamos
globalización tiene un claro cariz mercantilista. El poder multinacional nos
vende la extensión y unificación de los mercados y la libre competencia, como
formas idóneas de globalización, a sabiendas de que no tiene competidores, de
que esa apertura y liberalización le favorecen claramente.
Para extender los mercados ha
necesitado crear una red de comunicación global, una vía de intercambio de
información planetaria. Pero esa misma red está asumiendo ahora un papel
crecientemente crítico con ese poder, por un lado, y por otro está articulando
una forma de organización descentralizada, que en muchos casos escapa al control
de las instancias dominantes, a la forma de pensar y de concebir el mundo que
propone e impone ese poder. La red está implementando la creación de una
sociedad civil global y universal.
Aparecen entonces sobre el tapete las
disonancias, a la vista de quien quiera oírlas y palparlas. El poder —la
instancia que impone el consenso, la visión y, paradójicamente, eso que se
considera la actitud ‘razonable’, pragmática— se enfrenta a su propia
contradicción interior, al vaciamiento de su discurso, desasistido de una
ciudadanía global cada vez más refractaria y ajena a sus excusas y propuestas.
En situaciones de este tipo se han
gestado siempre las guerras y las figuras de los enemigos. Así los imperios han
tratado de defenderse de los pueblos, magnificando las diferencias para más
tarde diluirlas en un pensamiento único y homogéneo, más fácil de gestionar y
procesar. Pero la forma en que definimos a nuestros enemigos es, tal vez,
nuestra mayor vulnerabilidad, la que dice más de nuestros miedos, la que nos
deja más desnudos ante los otros. Así, por ejemplo, si observamos detenidamente
la construcción mediática del fenómeno Al Qaida —cómo los halcones neocon la han
definido y explicado hasta la saciedad— podremos advertir dónde residen sus
verdaderos miedos, su terror, el talón de Aquiles de su visión y de su
pensamiento.
La inteligencia imperial ha definido
a Al Qaida como una red de células autónomas que actúan sin un ideario más allá
de una doctrina religiosa simplista y sin que necesariamente tengan una relación
física entre sí. Parece casi una definición estructural de Internet, de la forma
de comunicación y relación que está propiciando la red. Tal vez ahí resida el
verdadero miedo, el auténtico terror de una élite que hoy, en medio de una
transformación sociocultural tan pronunciada, se siente aún más separada y
alejada de la humanidad, de esa humanidad que hasta ahora ha vivido bajo su
paraguas alienante y protector, legitimando con ello toda una forma de entender
el poder y de diseñar la vida social y las pautas existenciales.
Lleva toda la razón Amina Teslima
cuando habla de un cambio en la conciencia de la especie, un salto en la
percepción y en la visión que los seres humanos tenemos de nosotros mismos y del
mundo. Pero resulta sorprendente la energía emergente, la fuerza de este nuevo
paradigma que se está expresando ya en todas las esferas y biotopos humanos.
Emerge la reflexión sobre las consecuencias de una manera de vivir y pensar.
Emergen también las grandes preguntas seculares. Aparece Dios en la escena
contemporánea cuando quienes trataron de ocultarlo lo daban ya por perdido.
Aparecen las religiones, las tradiciones, los valores…
Y uno, que trata de ver entre las
formas y apariencias de las cosas, comprende entonces que no es casual que la
dialéctica del poder contemporáneo se haya establecido entre un occidente
posmoderno, ideológicamente agotado, y un islam que muestra signos claros de
emergencia y revitalización. Por lo mismo que dijimos antes, por los contenidos
que revelan los miedos irracionales.
Miedo a la superioridad cultural y
civilizacional del islam en un contexto de igualdad de derechos y oportunidades
en la aldea global. Miedo a que el islam frene unos exagerados privilegios, una
posición dominante, y no por las armas sino por la civilización y la cultura.
Miedo a que el islam sirva al despertar del rebaño, que promueva la libertad de
conciencia y los valores, que propicie una forma de vida más justa e
igualitaria.
Ese es, tal vez, el verdadero miedo,
no ese otro terror bélico y mediático que ha sido tan cuidadosamente diseñado.
Pero ahora de poco le sirven a ese
poder las escenificaciones. Sólo le ha quedado el recurso a la confrontación, a
la guerra, a la destrucción, y por eso ha tenido especial cuidado al diseñar el
escenario más conveniente a sus estrategias de pervivencia. Necesitaban un islam
acorde a sus planes, feo, anacrónico, inaceptable incluso para los musulmanes, y
montaron la obra apocalíptica y terrorífica de Al Qaida.
Pero les está saliendo muy mal porque
la red se revela con un pensamiento y una acción propias, y las maneras de
pensar están cambiando a ritmo de microchip. Las relaciones humanas se
intensifican y el diálogo, el intercambio de información, produce frutos.
Evidentemente, desde una concepción
jerárquica del conocimiento, de la cultura y la civilización, la eclosión de la
conciencia ciudadana, de la libre expresión y del intercambio intelectual,
pueden aparecer como anarquía, como la espuma inevitable que sobrenada en la
marea global, como un efecto colateral de esa misma marea. La presión que
tradicionalmente se ha ejercido sobre la Ummah para que se constituya en
iglesia, invocando el pretexto de favorecer la interlocución y el diálogo, es
una prueba más de que el poder necesita de estructuras sociales muy definidas y
jerarquizadas para gestionar su continuidad, su status quo.
Resulta así muy significativo que
exista una coincidencia tan cabal entre las formas sociopolíticas del islam
real, de base, transcultural, y la emergencia de una forma de comunicación que,
precisamente ahora, se revela como una plataforma de crítica y contestación tan
grande e intensa que amenaza a las propias estructuras del poder, y que comienza
a constituir alternativas. En este sentido, los tiempos favorecen claramente al
islam y a los musulmanes porque los musulmanes sabemos que el islam es
responsabilidad en libertad, y esa es precisamente una de las actitudes que
promueve un medio como la red. Los musulmanes sabemos, además, que en una
sociedad con igualdad de oportunidades (económico-laborales,
ideológico-culturales y de expresión mediática) el islam tiene asegurada su
difusión y extensión global.
Tal vez esa realidad, fácilmente
constatable por la historia, esté detrás del miedo que ha llevado a determinados
poderes a escenificar una contemporaneidad apocalíptica.
Todo esto aparece aún con mayor claridad si observamos los análisis que se hacen
en los medios sobre temas como la libertad de expresión. Las caricaturas
ofensivas del Profeta aparecidas en la prensa de Dinamarca no han generado
atentados terroristas o actos xenófobos, sino un boicot comercial que afecta
profundamente a la sociedad danesa. Ese boicot, esa organización espontánea de
la sociedad civil en los países de mayoría musulmana, no sería posible sin la
red.
Ahora da la impresión de que la
respuesta a determinadas agresiones y ofensas no parte de los estados e
instancias del contrapoder o del poder local delegado, sino de la propia
sociedad civil, de la Ummah, y este hecho inédito, en sí mismo, es mucho más
islámico, más acorde a la realidad de los musulmanes que ya no se sienten tan
representados por sus gobiernos ni por sus líderes. Lo que está ocurriendo en la
Ummah está haciendo que ésta se convierta involuntariamente en una referencia
del nuevo paradigma, de la emergencia de una sociedad civil global entre los
restos del naufragio imperial.
La repulsa de algunos líderes
musulmanes a la representación del Profeta, cuando muchos de ellos se sirven de
la iconografía y de la imagen en sus estrategias de adquisición de poder,
aparece entonces como falta de coherencia, como flagrante y paradójica
contradicción, sin ninguna fuerza o legitimidad política. Retratos de reyes y
gobernantes que nos recuerdan la omnipresencia del Gran Hermano de turno, al
modo en que, durante los años del franquismo, vivimos los españoles una forma
cutre de lo que hoy denominamos cultura de la imagen o sociedad del espectáculo.
Sin embargo, ahora la respuesta surge
de una sociedad civil que cuenta con una estructura de comunicación abierta y
flexible. Los musulmanes asistimos a la emergencia de un nuevo paradigma como
protagonistas fundamentales, no como los fundamentalistas de una caricatura de
diseño. Estamos cruzando desde el paradigma de la confrontación, la polaridad y
las definiciones interesadas hacia un espacio de encuentro capaz de sostener una
alianza real de culturas y civilizaciones. Eso es lo que más debe temer el viejo
poder, el que se aferra a las más grotescas formas del patriarcado
sociopolítico. Eso es lo que el padre autoritario teme más, la mayoría de edad
de una humanidad que ahora puede, al fin, resarcirse de todos sus abusos.
Los musulmanes sabemos, por nuestra
propia experiencia, que el islam implica la resolución de las formas sociales
históricas, que al matriarcado y al patriarcado, es decir, a las formas
jerárquicas de concebir la sociedad y la cultura, ha de suceder finalmente el
fratiarcado, la sociedad igualitaria, la Ummah horizontal y justa que promueven
tanto el Corán como el ejemplo del profeta, la paz y las bendiciones sean con
él, por más que se empeñen en negarlo quienes ahora pretenden dilatar la agonía
del viejo y obsoleto paradigma.
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