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(IAR-Noticias)
02-Feb-06
Sólo un demente podría oponerse al lucro y al mercado. Equivaldría a no
aceptar que haga sol o que llueva. El mercado y el lucro son elementos naturales
del circuito de producción, circulación y consumo de mercancías. Nadie en su
sano juicio podría oponerse a ellos.
Por
Mario Roberto Morales
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A Fuego Lento
Lo que sí admite oposición es la
lógica cultural que hace del lucro y del mercado sinónimos unívocos de libertad,
ética, moralidad y perfectibilidad humanas, subordinando a ellos la conducta
social. No es al sol ni a la lluvia a lo que uno puede oponerse, sino a hacer
del sol y la lluvia deidades a las que hay que adorar para que podamos ejercer
nuestra esencia libre y creadora.
El mercado y el lucro son consecuencias naturales del proceso productivo como
mecanismos para la generación de riqueza. Pero su uso y abuso, su acaparamiento,
control y manipulación resultan del ejercicio del poder. Y es esto, en
definitiva, lo que está en discusión cuando hablamos de libertad, mercado y
lucro.
La crítica de la lógica cultural que propone el lucro como el motor de la libre
generación de riqueza, no consiste en negar la libertad de lucrar sino en
dilucidar de qué manera se lucra a fin de establecer si este acto natural puede
constituir o no una violación a la libertad de los demás, como ocurre con las
prácticas monopolistas de las oligarquías que coartan la libertad de empresa y
el derecho de los otros a lucrar. Y puesto que se trata de un problema de poder,
la pregunta pertinente sería: ¿es el lucro un derecho o un privilegio? No se
trata de oponerse a que las personas intercambien libremente bienes y servicios
ni a que lucren haciéndolo, sino a que ese acto les sea denegado a las mayorías
por quienes tienen el poder económico suficiente para acapararlo y hacer de él
una actividad exclusiva y privilegiada, porque controlan los medios y mecanismos
de la producción, circulación y consumo de mercancías.
No es cierto, por otra parte, que sólo logra lucrar quien sirve bien a los
consumidores. Los fabricantes de armas lucran haciendo que sus consumidores se
aniquilen entre sí. Y si se argumenta que el fabricante los sirve bien puesto
que lo que ellos quieren y deciden comprar son armas, podríamos aplicar esa
misma lógica a los narcotraficantes legitimándolos, ya que satisfacen con creces
las ingentes necesidades de sus disciplinados consumidores. ¿Que el narcotráfico
está fuera de la ley y la fabricación de armas no? Sí, pero ¿quiénes hacen las
leyes a la medida de sus necesidades sino los privilegiados que pueden lucrar
dentro de sus marcos legales ilegalizando a la competencia? Como se ve, el
asunto no es "filosófico" sino político. No tiene que ver con "la libertad" (en
abstracto) sino con el poder (en concreto).
Finalmente, el riesgo empresarial y el exiguo margen de lucro que las
corporaciones suelen declarar, no funciona como argumento a favor de la lógica
cultural de la preeminencia del mercado y el lucro como condiciones de la ética
y la libertad humanas, ya que el volumen de productividad de las corporaciones,
así como el pago de bajos salarios sin prestaciones (al estilo de Wall-Mart),
las prácticas monopolistas que quiebran a la micro, mediana y pequeña empresa, y
la imposición de "libres" criterios de consumo a las masas por medio de la
publicidad y el mercadeo conductistas, hacen del candor corporativo la esencia
misma de la ética del lucro como instrumento del deliberado intelicidio (o
enajenación) del ser humano que perpetra el mercado, logrando que aquél deje a
las "sugerencias" de los mercadólogos y publicistas no sólo su conocimiento del
mundo, su gusto estético y su derecho a ejercer su criterio libremente, sino
también su "opción" de ser consumidor renunciando a otro derecho que según el
ideario liberal también le asiste: el derecho a lucrar.
Mientras este derecho no sea ejercido por las masas, todo esfuerzo por forjarles
una mentalidad emprendedora mediante la motivación bienpensante (al estilo de "GuateÁmala")
se derrumbará, como todo lo que no tiene base.
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