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(IAR-Noticias)
31-En-06
Si en la colonia el progresismo se camuflaba en el humanismo cristiano,
ahora en plena era capitalista se presentan como partidarios de un “socialismo
democrático” o “socialismo del siglo XXI”, que en palabras de sus mentores es
superior a un marxismo envejecido y poco útil para la etapa actual.
Por Luis Arce Borja - La Haine
Imagínese que estamos en plena época de la
dominación colonial en América Latina. Diríamos antes de la derrota militar
española en 1824 cuando los pueblos se levantaron en armas contra el
conquistador. Imagínese también que mientras el invasor mataba de hambre y
miseria a millones de personas, un grupo de individuos, que ruidosamente se
declaran anticolonialistas y protectores de los pobres, inducen a los pueblos a
buscar reformas en el Estado colonial y a dejar de lado cualquier solución
violenta para liquidar el sistema de explotación colonial. ¿Bastante extraño
no?.
¿Qué hubiera hecho usted en esas circunstancias políticas?. ¿Y cuál habría sido
su posición frente a los postulados de esos apologistas de la paz y reformas en
el sistema colonial?.
El dilema se hubiera planteado entre la solución militar, es decir la guerra,
para liquidar definidamente la dominación española o mendigar reformas que nunca
hubieran llegado. La historia y los acontecimientos han demostrado
implacablemente que todos esos discursos y tratados humanistas, cristianos,
democráticos, y de reformas pacíficas con el Estado virreinal tuvieron un
propósito fundamental: salvar el sistema de opresión colonial y proteger los
intereses de reyes, virreyes, castas militares, comerciantes y grandes
propietarios de tierras.
Ahora estamos en el siglo XXI y más precisamente en el año 2006 cuando el
dominio mundial ya no es de las viejas potencias coloniales, sino más del
imperialismo moderno y del sistema de explotación y acumulación capitalista
mundial. En esta época no hay nada que imaginar ni inventar. El drama salta a la
vista y para ver el cuadro desolador de hambre y miseria en América Latina basta
abrir los ojos y constatar que los modernos invasores son tan brutales como
aquellos del siglo XVI. El sistema de explotación y el saqueo de ahora son tan
mortales como en la época de los reyes católicos de España.
Si en la época del oprobio español había grupos e individuos que utilizaban
argucias para salvar el sistema colonial, ahora no faltan aquellos que se
proclaman antiimperialistas y hasta socialistas, pero que en la práctica hacen
todo lo posible para proteger el sistema y el Estado imperialista. Los intentos
de conciliar los intereses de opresores y oprimidos sobreviven sin límites en el
tiempo histórico. Como método contrarrevolucionario se utiliza desde los albores
de la humanidad. Su aparición y desarrollo, como fenómeno político social, se
relaciona a las etapas de agudas crisis de la sociedad y alza creciente de la
lucha de clases. En medio la lucha social, los grupos de poder, que ven peligrar
su sistema de dominación, favorecen y propician el surgimiento de profetas y
salvadores que como el Mecías de hace 2000 años aterrizan en la tierra para
aportar la paz, el camino salvador, el bien y la felicidad eterna.
Así en la década del 50 y del 60 América Latina estaba convulsionada por una
extraordinaria explosión social atizada por el hambre y la miseria. La lucha de
clases estaba al tope. Su expresión mas acabada fue el estallido de la
revolución cubana y la lucha guerrillera en diversos países del continente. Para
detener este fenómeno social en pleno auge que amenazaba con traerse abajo el
andamiaje de opresión imperialista, las potencias y en particular los Estados
Unidos fomentaron, instituciones, partidos políticos, y personajes de todo tipo
adverso a la lucha de clases y a la revolución. Fue el inicio de las “nuevas
teorías sociales”, presentadas como superiores al socialismo y sobre todo al
marxismo. Surgió la teoría desarrollista que se impulsó desde CEPAL (Comisión
Económica para América Latina), cuya formula casi mágica era proponer reformas
en el sistema capitalista para aliviar la tensión social y dejar sin efecto la
lucha contra el sistema de opresión. Surgieron también los “militares patriotas,
antiimperialistas y revolucionarios”, que proponían una sociedad ni capitalista
ni comunista. En menor escala se hicieron famosas las corrientes indígenas que
proponían, como formula de solución de los problemas de los pobres, regresar a
la sociedad del Tahunatinsuyo. Ni hablar de los postulados de los partidos
socialdemócratas y cristianos que pretendieron impulsar en los países pobres
sociedades de la caridad dentro de un “capitalismo humano y democrático”.
Los norteamericanos fueron los más activos en la extensión de fórmulas para
intentar apaciguar la lucha de clases y detener la proyección histórica de la
lucha por el socialismo. En 1962 John Kennedy crea el “cuerpo de paz”, que bajo
la dirección del Departamento de Estado Americano, se lanzó en campaña en los
países latinoamericanos, cuyo objetivo era “detener el avance del comunismo”. El
cuerpo de paz, pretendió vender la idea en el seno de las clases populares que
era posible encontrar la paz y la felicidad dentro del sistema de opresión.
Antes del cuerpo de paz, Robert Broker, norteamericano también como Kennedy,
había proclamado el fin de la lucha de clases y el inicio de la paz milenaria
entre opresores y oprimidos. En Argentina, el general Juan Domingo Perón (tres
veces presidente de este país), un admirador del dictador fascista italiano
Benito Mussolini, y declarado “antiimperialista”, instauró un régimen de corte
corporativo en el que intento conciliar los intereses de ricos y pobres. En
Perú, el anticomunista y reaccionario Víctor Raúl Haya de la Torre (fundador del
APRA), se llamaba antiimperialista, pero al mismo tiempo era el principal
defensor de los intereses americanos en el Perú.
Mas cerca, en 1968 el genera Juan Velasco Alvarado, el mismo que en 1965 había
comandado las fuerzas militares que brutalmente liquidaron la guerrilla de Luís
de la Puente Uceda, inauguró el reinado de los “militares revolucionarios” y
“nacionalistas”. Velasco se declaró “revolucionario” y dijo que construía una
sociedad “ni capitalista ni comunista”, de “participación plena”, pero en los
hechos lo único que hizo fue corporativizar la sociedad y favorecer los grupos
de poder. Su objetivo principal, no fue la revolución como dijo, sino proteger
el Estado y el sistema de opresión. Mas cerca aún, ahora en el siglo XXI y en
pleno reinado yanqui, aparecen los modernos antiimperialistas y ahí los tiene
usted con Lula como presidente proletario de Brasil, o Néstor Kirchner en
Argentina, y ahora el campesino Evo Morales como jefe de gobierno en Bolivia.
Cualquiera de estos individuos no surge de las aguas del Titicaca, como
surgieron, de acuerdo a la leyenda, Manco Cápac y Mama Occllo, los fundadores
del imperio Inca
Socialismo del siglo XXI, y otras “teorías” para hacer dormir a las masas
Pero estos grupos y partidos políticos, supuestamente antiimperialistas, buscan
un asidero programático y para ello crean supuestas “teorías” renovadoras de las
sociedades de clase. Estas teorías no son nuevas, sino más bien refritos que
periódicamente se actualizan con algunas modificaciones y se ponen en
circulación en periodos de aguda crisis. Estas surgen, no para aliviar el drama
de los oprimidos, sino para intentar manipular y desviar la atención política de
los pobres. Las implicancias de este modo de actuar configuran una táctica
ligada a la estrategia de dominación de los grupos de poder locales y de las
potencias imperialistas.
La forma como se presenta (la mascara) depende de la coyuntura especifica que
presenta la sociedad en esos momentos. La envoltura puede ser diferente, y tiene
varias coberturas, pero su naturaleza política y de clase es la misma. Su
propósito inmediato es desactivar las tensiones sociales, y desviar las luchas
populares hacia las reformas burguesas. Participar en las elecciones, pedir
nuevas leyes (que jamás llegarán), “luchar por una nueva constitución”, y ganar
algún puesto en el parlamento, son algunos de los mecanismos que sirven como
cloroformo en el seno de las masas pobres.
Si en la colonia se camuflaban en el humanismo cristiano, ahora en plena era
capitalista se presentan como partidaria de un “socialismo democrático” o
“socialismo del siglo XXI”, que en palabras de sus mentores es superior a un
marxismo envejecido y poco útil para la etapa actual. Todas estas corrientes
políticas, las viejas y las modernas, dirigidas a estafar a los pobres, tienen
una característica común. Están diseñadas, no para afectar el Estado opresor
sino más bien para defenderlo y mantenerlo como instrumento de opresión. En este
caso, el Estado (visto por sus defensores) es un aparato por encima de las
clases, y que al margen de la lucha de clases, busca el bien común de los
ciudadanos.
Un ejemplo de este fenómeno es la política que se regenta en cualquiera de los
países latinoamericanos (Argentina, Uruguay, Bolivia, Brasil), cuyos gobiernos
burgueses y en esencia reaccionarios (no importa sus rasgos raciales ni el
origen social), hablan de justicia social, de antiimperialismo, de soberanía, y
de democracia, pero que en la practica actúan a favor de los intereses
imperialistas y de los grupos de poder locales que son los verdaderos
propietarios del Estado.
En todo esto, el problema fundamental de América Latina, es su condición de semi
colonia, cuyo rasgo principal es su total dependencia económica y política
frente a las grandes metrópolis imperialistas. En este marco histórico social,
los estados latinoamericanos funcionan de la misma manera que actuaban las
administraciones de la época de la colonia. Son apenas simples sucursales
administrativas en manos de vulgares testaferros del gran capital. Y mientras
subsista este problema (la semicolonialidad) inherente a las sociedades de
América Latina, el hambre, la miseria, los crímenes organizados desde el Estado,
las trampas electorales, no tendrán fin y seguirán creciendo.
¿Cómo acabar con este problema?. No hay diez o veinte soluciones, y resolverlo
no pasa ni por el parlamento, ni por las elecciones que cada cierto periodo se
realizan para elegir a tal o cual bribón de turno. Su solución, la única que
existe, es la guerra contra los nuevos colonialistas y sus socios locales
disfrazados de antiimperialistas y demócratas. Y aquí diríamos como Mao Tsetung:
“Salvo el poder todo es ilusión”.
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