|
(IAR-Noticias)
23-En-06
Evo Morales, el nuevo presidente de Bolivia, no es el primer indígena jefe
de un ejecutivo en Latinoamérica; el primero fue Benito Juárez, líder de México
desde 1858 hasta 1872.
Por Jorge Castañeda (*) -
El País, España
Y
Bolivia no es Latinoamérica: junto con Guatemala, es el único
país en el que los pueblos indígenas representan a una mayoría
de la población. Sin embargo, la importancia de la victoria
electoral de Evo Morales no debería subestimarse, tanto por su
relevancia simbólica como por las implicaciones que podría
acarrear en el resto del hemisferio.
En una región en la que la
concentración de poder y riqueza siempre ha sido escandalosa, tener un
presidente que pertenece a una comunidad indígena no es un asunto secundario.
Bolivia siempre ha sido un país en cierto modo paradigmático: la revolución de
campesinos y mineros del estaño de 1952 fue sólo una de las cuatro revoluciones
realmente populares del siglo XX en Latinoamérica (junto con las de México, Cuba
y Nicaragua), y fue trágica y equivocadamente escogida por Fidel Castro, Che
Guevara y Régis Debray a mediados de los años sesenta como plataforma de
lanzamiento de movimientos guerrilleros en toda Suramérica, y, junto con Chile,
fue el primer país en someterse a "reformas estructurales" o "reaganomics en el
trópico", allá por los años ochenta.
En su nueva presidencia del país, el anciano líder de la revolución de 1952,
Víctor Paz Estenssoro, aconsejado por Jeff Sachs, intentó uno de los más
radicales "tratamientos de choque" contra la hiperinflación, y después contra la
pobreza extrema, que en un principio tuvieron éxito. Al cabo del tiempo, ninguno
de los dos funcionaron muy bien, pero llegaron a ser emblemáticos de esfuerzos
análogos en otros lugares.
De manera parecida, las campañas
estadounidenses para la erradicación de drogas a menudo se refieren o imitan lo
que, desde determinada perspectiva, se veía como un gran éxito: la sustitución
de cultivos y la intervención militar en la región de Chaparé, cerca de
Cochabamba, también desde mediados de la década de los ochenta. La extensión de
los cultivos de coca disminuyó de hecho, pero no hizo más que trasladarse al
valle alto del Huallaga, en Perú, dejando en Bolivia a un gran número de
agricultores furiosos y empobrecidos. Entre ellos, cómo no, estaba Evo Morales.
Su ascenso a la presidencia, con casi el 55% de los votos y una mayoría en la
Cámara legislativa, bien podría tener repercusiones fuera del país: para la
región, y para las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica. En la
actualidad hay una tendencia hacia la izquierda en Latinoamérica, pero ésta no
es homogénea. Los partidos con líderes de izquierdas que vienen de la vieja
tradición comunista, socialista o castrista (con la excepción del propio
Castro), tienden a haber cruzado el Rubicón hacia la economía de mercado, la
democracia representativa, el respeto a los derechos humanos y las posturas
geopolíticas responsables.
Ricardo Lagos de Chile y su
sucesora, Michelle Bachelet, Lula en Brasil, puede que Tabaré Vázquez en
Uruguay, pertenecen a este grupo. Pero aquellos cuyas raíces se hunden
profundamente en la tradición populista latinoamericana, como Hugo Chávez en
Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina, Andrés López Obrador en México o Evo
Morales en Bolivia, tienen un carácter diferente. Están mucho menos convencidos
de los imperativos de la globalización y de la ortodoxia económica, del valor
intrínseco de la democracia y del respeto a los derechos humanos, y no hay nada
que les guste más que meterse con la Casa Blanca, especialmente con sus
inquilinos actuales.
Este comportamiento tiene su lógica. La "nueva izquierda" que viene de la "vieja
izquierda" no sólo se ha reconstruido después de experimentar de primera mano
los desastres del antiguo bloque soviético y de Cuba. Tiene un programa que
regresa a sus raíces: combatir la pobreza, reducir la desigualdad, mejorar la
sanidad, la vivienda, la educación, etcétera. Su programa exterior puede
llevarla a veces a estar en desacuerdo con Washington -Chile lo estuvo en torno
a Irak, Brasil lo está en relación con el comercio- pero sin estridencias.
La izquierda populista a su vez no
tiene un gran programa en política interior (el populismo raramente lo tiene,
excepto regalar o gastar dinero con objetivos políticos), pero saca brillo a sus
credenciales izquierdistas a la vieja usanza, gracias a una política exterior
antiestadounidense y pro-La Habana. Con toda probabilidad, esto es lo que
Morales hará en Bolivia. No tiene mucho margen en temas como el gas natural, la
ayuda internacional y estadounidense, la deuda exterior, el apoyo del Banco
Mundial, etcétera.
Ir demasiado lejos en cualquier
dirección no sólo alejará la inversión y la ayuda financiera extranjeras, sino
que además podría intensificar las fuerzas centrífugas, casi secesionistas, que
se dan en los valles más prósperos del este del país, alrededor de Santa Cruz.
Habrá que hacer un enorme esfuerzo por combatir la pobreza extrema en Bolivia
(junto con Haití, es la nación más pobre del hemisferio), pero en esto también
los resultados no serán espectaculares a corto plazo.
Así que Morales tendrá que hacer lo que los populistas de este tipo hacen
siempre: meterse con Washington y congraciarse con su base electoral, es decir,
con los cultivadores de coca de Chaparé, donde comenzó su carrera política hace
años. Ha empezado sin ambigüedades con Estados Unidos: sus primeros viajes al
extranjero fueron a La Habana y a Caracas, y hará todo lo posible para incluirse
en el llamado "eje del bien" fundado por Fidel Castro y Hugo Chávez.
Y al negarse no sólo a seguir con
los programas de erradicación de la coca, sino anunciando además que pretende
aumentar sus superficies de cultivo, ya que la hoja de coca es un artículo de
consumo tradicional en las tierras altas de Bolivia, mata dos pájaros de un
tiro: elige una trayectoria de choque "políticamente correcta" con Washington, y
sigue el juego a su base más extrema, algo que George Bush comprende muy bien.
Pero a fin de cuentas, es poco probable que Evo Morales resucite al Che Guevara
o se convierta en un Fidel Castro andino. Su país tiene frontera con otros
cuatro, es trágicamente pobre (aunque rico en reservas de gas natural), depende
dramáticamente de la ayuda exterior y tiene el peor historial de inestabilidad
de toda Latinoamérica.
Si Estados Unidos actúa con
serenidad, y si Brasil finalmente asume sus responsabilidades en los asuntos del
hemisferio, Evo será noticia, pero no hará historia. Es de esperar que todo el
mundo reconozca la diferencia.
Jorge Castañeda, ex ministro de Exteriores de México, es autor de La vida en
rojo, una biografía del Che Guevara y de La utopía desarmada. © Global Viewpoint
/ Jorge Castañeda.
|