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(IAR-Noticias)
16-En-06
Buscar ahora a
Bin Laden es tan útil como detener a los científicos nucleares
tras la creación de la bomba atómica. Ésa es la cuestión. Bin
Laden ha creado Al Qaeda. Su trabajo está hecho. Es de Al Qaeda
de lo que debemos ocuparnos. Que le detengan, por supuesto, pero
reconozcamos que ya no tiene importancia. El monstruo que
engendró ya ha nacido.
Por Robert Fisk
- El País, España
¿Sigue teniendo alguna importancia? Cada vez que veo en los
vídeos granulosos esos rasgos tan familiares -los ojos hundidos,
la barba canosa, el rostro afilado y aguileño, la fina media
sonrisa- me hago esa pregunta.
Los occidentales necesitamos tener malos: Nasser, Gaddafi, Abu
Nidal, Jomeini, Bin Laden, el mulá Omar, Sadam... A algunos
hemos ayudado a crearlos -Nasser, Gaddafi, Bin Laden, Sadam-,
mientras que otros han nacido de los hielos de guerras más
antiguas, derivadas de la II Guerra Mundial, como Radovan
Karadjic y Ratko Mladic. Algunos fallecen por enfermedad o por
ancianos: Nasser, Abu Nidal, Jomeini. Otros se transforman en
hombres de Estado después de toda una vida de parias -Gaddafi-,
y a unos pocos los capturamos: Sadam.
Sin embargo, creo que Karadjic y Mladic, símbolos del mal en
Europa, son figuras más importantes en nuestra lista de enemigos
que el hombre al que conocí hace doce años en el desierto de
Sudán, con unos dedos que recorrían, nerviosos, el forro de su
túnica blanca, y una mente que revoloteaba como un insecto sobre
la historia de su épico combate contra el Ejército soviético en
Afganistán. Sí, es verdad que los atentados en Madrid son un
crimen de Bin Laden en España. ¿Pero podríamos demostrar en
algún tribunal internacional que aprobó personalmente aquella
atrocidad? Que su criatura, Al Qaeda, mató a todos aquellos
inocentes es algo que está fuera de toda duda. ¿Pero sabía él de
antemano lo que iba a ocurrir? ¿Cambiaría algo, a estas alturas,
que se le capturase?
Qué inocentes éramos todos a principios de los noventa. Yo
sabía, desde mucho antes de conocer a Bin Laden, que había
dirigido las legiones árabes contra los soviéticos en Afganistán
en 1979. Los saudíes querían que asumiera ese papel uno de sus
príncipes, pero, por desgracia, los miembros de la Casa de Saúd
preferían los placeres de Niza al martirio en Kandahar, de modo
que Bin Laden les sustituyó, como sustituyó a la CIA en la
batalla islámica contra los infieles de la URSS. En aquella
batalla perdió, al menos, a 500 hombres; su fosa común se
encuentra hoy cerca de la frontera paquistaní. Posteriormente
conocí al jefe del comando ruso que había estado encargado de
capturar o asesinar a Bin Laden. Tuvo tan poco éxito como
después han tenido los estadounidenses.
La génesis del "terror"
Ahora volvemos la vista atrás y aseguramos que ya se veía la
génesis del "terror" -vamos a conservar la palabra entre
comillas, puesto que Bush la ha convertido en una forma de
puntuación- en aquellos primeros días de resistencia contra el
Imperio Soviético. Pero, para millones de árabes, Bin Laden, en
su guerra contra los rusos, se transformó en el Lawrence de
Arabia del mundo musulmán. Asqueado por las violaciones, los
pillajes y las matanzas de la guerra civil entre muyahidin que
siguió a la retirada rusa, Bin Laden se fue de Afganistán en
1988, y halló un nuevo papel que desempeñar cuando Sadam invadió
Kuwait, en 1990. Rogó a los saudíes que le dejaran encabezar su
legión árabe contra el ejército iraquí para liberar el emirato.
Pero no, el rey Fahd prefirió que fuera EE UU quien liberara
Kuwait y protegiera los lugares sagrados del islam.
Aquello no era mera herejía. Aquello era una traición. Por eso
el Bin Laden al que conocí en el desierto de Sudán era un hombre
airado, suspicaz, solitario. Nunca había hablado con un
periodista occidental. Aguardaba mis preguntas sobre el
"terrorismo" y estaba irritado porque un viejo camarada saudí,
que se había hecho periodista, le había obligado a recibirme,
cuando lo único que deseaba era disfrutar de la gratitud de los
habitantes de Almatig, encantados con él porque había construido
una nueva ruta para enlazar su remota aldea con la carretera
entre Port Sudán y Jartum. ¿Qué podía decirme de Afganistán?, le
pregunté. ¿Y de la guerra contra los soviéticos? Bin Laden se
sorprendió. Pensaba que le iba a preguntar sobre el "terror"
-cosa que hice más tarde-, y se encontró con que quería que
hablara de su guerra contra los infieles bolcheviques.
"Lo que viví en los dos años que pasé allí", me dijo, "no habría
podido vivirlo aunque hubiera estado cien años en otro lugar.
Cuando comenzó la invasión de Afganistán, me indigné y acudí
inmediatamente; llegué a los pocos días, antes de que acabara
1979, y seguí yendo una y otra vez durante nueve años. Me
indignó la injusticia que se había cometido contra el pueblo de
Afganistán. Me permitió darme cuenta de que la gente que se hace
con el poder en el mundo utiliza ese poder, con nombres
diferentes, para sojuzgar a otros y obligarles a aceptar sus
opiniones. Es verdad que luché, pero mis hermanos musulmanes
hicieron mucho más que yo. Muchos murieron, y yo sigo vivo.
Nunca tuve miedo a la muerte. Los musulmanes creemos que, cuando
morimos, vamos al cielo. Antes de una batalla, Dios nos
transmite tranquilidad. En una ocasión, me encontraba a sólo 30
metros de los rusos, que estaban intentando capturarme. Me
estaban bombardeando, pero sentía tal paz de espíritu que me
dormí. El tiempo que pasé en Afganistán fue la experiencia más
importante de mi vida".
No hay duda de que fue la experiencia formativa en la vida de
Bin Laden. Si se podía destruir el Imperio Soviético con tanta
facilidad, ¿qué otra cosa sería capaz de resistirse al poder del
islam militante, la bendición otorgada por la "tranquilidad" en
la fe, la "paz de espíritu" que surgía en combate? Hay en la
naturaleza de Bin Laden un elemento de ingenuidad, de
infantilismo, que seguramente él confundió con inocencia.
Bin Laden siempre hablaba de sueños. ¿Acaso el propio profeta no
recibió el mensaje de Dios en un trance, dentro de una cueva,
una cueva no muy distinta a aquella en la que Bin Laden iba a
ocultarse, meditar y predicar durante las guerras afganas,
primero contra los rusos y luego contra los estadounidenses en
2001? Una vez, en 1997, Bin Laden me dijo una cosa
escalofriante: que "uno de nuestros hermanos" había "tenido un
sueño" en el que había visto a Robert Fisk a caballo, con barba,
como una "persona espiritual". Yo llevaba una túnica, me dijo.
"Eso significa que eres un verdadero musulmán". Era un mensaje
aterrador, un intento de que quería reclutarme. No, respondí, yo
no era musulmán, sólo un periodista cuyo trabajo consistía en
contar la verdad. Pero entendí perfectamente hasta qué punto una
afirmación así podía afectar a otras personas, musulmanes
conversos, procedentes de otras confesiones o incluso otras
sociedades. De Gran Bretaña, de Francia, de España...
Creencias políticas y religiosas
Porque, dentro del sistema de creencias políticas y religiosas
de Bin Laden -era difícil separar las dos cosas y, en el islam,
es prácticamente imposible-, existía una combinación única de
ideas militares y teológicas, la debilidad de un ejército
enemigo y la fuerza de una convicción religiosa. La transmisión
de estos dos temas a una población envuelta en la injusticia y
el sufrimiento históricos permitiría crear, tal vez, un
instrumento de posibilidades casi nucleares. En nuestra segunda
entrevista, en un desierto afgano en 1996, Bin Laden pasó la
mitad del tiempo destacando la corrupción de la familia real
saudí -cómo había mentido a la población árabe al prometerle una
umma, y cómo basaba su poder en el dinero y la inmoralidad- y la
capacidad de sus guerrilleros para vencer a EE UU. Me reveló que
sus hombres se habían enfrentado a las fuerzas estadounidenses
en Somalia -era la primera vez que lo reconocía-, y que éstos no
eran más que unos "tigres de papel" (empleó literalmente el
viejo término comunista chino) sin moral de combate.
Era una noción peligrosa, pensé entonces. Estados Unidos en
medio del caos de Somalia no sería lo mismo que EE UU si
atacaban su territorio. Y sin embargo, en retrospectiva, veo
ahora con mis propios ojos -en Irak- que esas mismas fuerzas
sufren derrotas aplastantes y también -como los rusos- en
Afganistán, mientras que los talibanes llevan a cabo un regreso
lento pero inevitable. Y en esos vídeos que nos llegan todavía
de Bin Laden veo ahora a un hombre distinto al islamista al que
entrevisté en Sudán y Afganistán, un hombre más vanidoso que hoy
lleva túnicas bordadas y que hace sermones más enraizados en la
historia, en la "tragedia" de Andalucía, en el acuerdo Sykes-Picot
y el Tratado de Sèvres, en los pactos occidentales que
desmembraron el Oriente Próximo musulmán y destruyeron el último
califato.
La última vez que hablé con Bin Laden, en un campamento
guerrillero en lo alto de una montaña afgana -construido por la
CIA durante la guerra contra la URSS-, estaba poseído por la
necesidad de luchar contra EE UU. Cuando hablaba, los seguidores
de Al Qaeda presentes en nuestra tienda bebían cada palabra como
si se tratara de un mesías. "Creemos que nuestra lucha contra
América será mucho más sencilla que contra la Unión Soviética",
declaró. "Desde esta montaña deshicimos el Ejército ruso y
destruimos la URSS. Y pido a Dios que nos permita convertir a
Estados Unidos en una sombra de sí mismo".
Ha llegado el momento de avanzar deprisa en mi vídeo mental. Es
el 11 de septiembre de 2001. Estoy volando de Europa a EE UU
cuando, a través del teléfono por satélite del avión, me cuentan
desde The Independent en Londres que unos secuestradores han
estrellado cuatro aviones de pasajeros en EE UU, dos de ellos
contra el World Trade Center de Nueva York. En nuestro avión no
sabemos de dónde procedían los aparatos fatídicos. ¿De África, o
de Latinoamérica, o de Europa, como nosotros? El sobrecargo y yo
nos paseamos en busca de pasajeros cuyo aspecto no nos agradara.
Yo tomé nota de los números de asiento de 13 personas, dos de
ellas en clase preferente. Y no tardé más que unos minutos en
darme cuenta de lo que significaba aquello. Todos los que no me
habían gustado eran musulmanes. Estaban leyendo el Corán, o
daban vueltas en la mano a unas cuentas, o tenían barba, o me
miraban con suspicacia porque yo les miraba con suspicacia a
ellos. Había clasificado a los pasajeros de mi avión por su
raza. En sólo unos minutos, el sociable y liberal Robert Fisk se
había vuelto racista. Lo cual me hizo llegar a la conclusión de
que uno de los propósitos de Bin Laden era, no causar la
división entre los musulmanes y Occidente, sino entre inocente e
inocente y, de esa forma, hacernos culpables a todos.
De nuevo en Europa -EE UU cerró su espacio aéreo-, fui a mi
hotel y encendí la televisión; las Torres Gemelas caían una y
otra vez, en aquella epopeya bíblica de humo, polvo y niebla. Y
entonces me acordé de mi último encuentro con Bin Laden y de sus
últimas palabras. En las imágenes del televisor, Nueva York era
verdaderamente "una sombra de sí misma". Las imágenes eran el
mensaje y el acto era el mensaje, igual que los atentados de
Bali, Madrid y Londres serían mensajes de los que nadie se
responsabilizaría.
Historias falsas
Como de costumbre, los políticos y los periodistas
estadounidenses crearon una historia falsa para presentárnosla.
Cada vídeo de Bin Laden iba seguido de las mismas preguntas.
¿Era verdaderamente él? ¿Cuándo se había grabado? ¿Estaba
enfermo? ¿Dónde estaba ahora? ¿Estaba aún con vida? Lo que
hacíamos poco era prestar atención a sus palabras. Sólo cinco
semanas después de la invasión ilegal de Irak por parte de
Occidente, en 2003, Bin Laden hizo un llamamiento a los
musulmanes iraquíes a aliarse con los "socialistas". Predecía la
caída de Sadam, pero recordaba la alianza de persas musulmanes y
no musulmanes contra los cruzados del siglo XII en Oriente
Próximo. Ahora, los musulmanes y los "socialistas" -pese a
insistir en que éstos seguían siendo "infieles"- podían aliarse
contra los nuevos "cruzados" americanos. Éste fue el detonante
que unió a Al Qaeda y los rebeldes procedentes del antiguo
Ejército iraquí en una guerrilla demoledora tras la ocupación
estadounidense, en el conflicto que hoy está acabando con los
sueños de Washington. Sin embargo, no supimos escuchar lo que
decía Bin Laden. Aquella cinta era la pista fundamental sobre lo
que iba a ocurrir cuando Occidente ocupara la histórica tierra
de Irak.
Visión hollywoodiense
Y todavía seguimos en la visión hollywoodiense de la existencia
de Bin Laden -¿está vivo?, ¿cuándo le capturarán?- en vez de
examinar su verdadera importancia. Porque Bin Laden ha dejado de
ser importante. Podemos encarcelar a un periodista, en parte,
porque se ha entrevistado con Bin Laden -¿qué ocurrirá, me
pregunto alegremente, cuando llegue a Madrid a hablar de mi
nuevo libro, yo que me he entrevistado con él en tres
ocasiones?-, pero todo esto no tiene ningún sentido. Buscar
ahora a Bin Laden es tan útil como detener a los científicos
nucleares después de la creación de la bomba atómica. Ésa es la
cuestión. Bin Laden ha creado Al Qaeda. Su trabajo está hecho.
Ahora es tan irrelevante como los científicos que lograron la
fisión del átomo. Es de Al Qaeda de lo que debemos ocuparnos.
¿Lo hacemos mediante la búsqueda de la justicia para Oriente
Próximo? ¿O mediante la eterna "guerra contra el terrorismo",
contra los enemigos de EE UU, que nos prometió Bush? ¿Le dejamos
que siga contando impunemente la mentira de que el 11 de
septiembre de 2001 "cambió para siempre el mundo"?
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