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Camino a defraudar la voluntad popular

 
 

(IAR-Noticias)  16-En-06

Los resultados de las elecciones del pasado domingo 18/12 en Bolivia han sorprendido al mundo entero. No tanto por el triunfo de Evo Morales en sí mismo, sino por la abrumadora diferencia con la que obtuvo la presidencia. Si bien se preveía la victoria del MAS, no se esperaba un resultado que superara largamente el 50% ni una diferencia respecto de Tuto Quiroga de casi 30 puntos.

Socialismo o Barbarie

Si nos guiábamos por las encuestas y los datos que se manejaban un mes atrás, se perfilaban unas elecciones mucho más peleadas en las cuales ninguno de los candidatos obtendría la mayoría. Quedaba entonces planteada la posibilidad de que fuera el nuevo Parlamento –en el cual ninguna de las fuerzas políticas se ubicaría como hegemónica, por lo que también se esperaba una dura negociación– el que dirimiera la cuestión entre los dos candidatos más votados, Evo y Tuto.

La mitad más uno y sus contradicciones

Hoy, a la luz de los hechos, el panorama y las perspectivas han cambiado. El MAS ha ganado con más del 50%, cuenta con mayoría absoluta en la Cámara baja y con paridad de senadores con Podemos (el partido de Quiroga). A partir de aquí, quedan varias consideraciones a tener en cuenta.

Por un lado, ha quedado claro que las encuestas no eran de fiar. Pues es evidente que no se tomaba como parte de los sectores encuestados al campesinado que históricamente daba su voto al MNR. Hoy, luego de décadas de hegemonía del voto agrario de este partido, la mayoría del campo (donde habita aún una minoría sustancial de la población) ha dado su voto de confianza al MAS. Esto se explica, también, por el estrepitoso derrumbe que han sufrido los partidos tradicionales, heridos de muerte y en proceso de extinción a partir del octubre boliviano de 2003.

Para SoB Bolivia, este contundente triunfo, que contó con el apoyo mayoritario de sectores urbanos, campesinos y populares, evidencia que, de manera distorsionada (es decir en el terreno electoral que no es el directo de la lucha), Evo Morales y el MAS han logrado capitalizar electoralmente el ciclo político abierto en el país en el 2000 con la Guerra del Agua. Por otro lado, a pesar de que algunos sectores (los llamados dirigentes “radicales” de la COB y otras organizaciones) dan cuenta de los límites de la propuesta y del futuro gobierno del MAS, el conjunto de la población aún no comparte esta visión, recorrida hoy por enormes ilusiones y expectativas en el gobierno del MAS. Esto ocurre aún cuando también se pueden encontrar en la misma población trabajadora alertas respecto de que ahora “Evo cumpla con sus promesas”...

Álvaro García Linera ha señalado que este triunfo electoral configura “un hecho histórico”. En un sentido esto es así. No sólo por la contundencia de los resultados (hacía dos décadas que el ganador de una elección presidencial no obtenía mayoría absoluta), sino también porque refleja –de manera electoral– el grado de radicalización y el proceso a la izquierda que se vive en el país. Esto, además de que, efectivamente, por primera vez en 513 años, un originario será presidente. Pero lo que no dice Linera, es que en gran medida, este resultado es paradójico: capitaliza un ciclo político que tuvo como pico máximo dos rebeliones populares que realmente no tuvo al MAS de Evo como protagonista y en las que éste peleó a brazo partido por la vuelta al terreno de las “instituciones y el voto” abandonando el terreno mismo de la rebelión que ha sido –sin embargo– la que actuó como motor del cual han surgido estos resultados como subproducto e intento de encauzamiento de la misma.

Por otro lado, la mayoría absoluta que consiguió Evo es para él a la vez una gran ventaja y un serio problema. Por supuesto, tener control sobre el Parlamento y haber asumido con más del 50% de los votos le da una legitimidad que no esperaba tener. Pero al mismo tiempo pone sobre la mesa un hecho en el cual no se han detenido la mayoría de los comentaristas: le quita uno de los argumentos con los que especuló durante la campaña, clásico de muchos gobiernos “centroizquierdistas” y de “frente-popular”: a saber, que no iba a poder llevar adelante medidas “radicalizadas” debido a los condicionamientos institucionales y regionales.

La realidad es que todos los pasos que de ahora en adelante de o deje de dar el nuevo gobierno, serán de la entera y absoluta responsabilidad de Morales y el MAS. Las urnas le dieron una abrumadora mayoría electoral. Sin lugar a dudas, de una u otra manera, Evo se verá en graves apuros y contradicciones: tanto con las masas populares que lo votaron y han abierto enormes expectativas en él, como a la burguesía a la que el MAS le dio amplias garantías de no tener “nada que temer”, le exigirán que cumpla sus promesas. En la campaña, Evo trató de quedar bien con Dios y con el diablo... cosa difícil, como es sabido. A partir del 22 de enero, cuando asuma efectivamente, esta contradicción seguramente va a hacer crujir su gobierno. Comenzará la hora de la verdad, si bien de ninguna manera se puede descartar que haya un importante período donde dominen las ilusiones populares.

Respetando la propiedad privada

El nuevo gobierno del MAS es el hijo indirecto (“bastardo” podríamos decir) del proceso revolucionario iniciado en el 2000 que ha significado –en los hechos– un cuestionamiento profundo y en las calles de parte del movimiento de masas al orden establecido y que ha dejado en crisis al viejo régimen institucional y de partidos. El desvío electoral que sacó a las masas de las calles y canalizó las expectativas en el voto al MAS, no está exento de contradicciones. El proceso revolucionario no está cerrado, el topo de la historia va a seguir trabajando.

Luego de la victoria, Morales y García Linera han puesto en primer plano la cuestión de los cultivos de coca (como también otras cuestiones democráticas sentidas, pero generales), dándoles la misma jerarquía que la problemática del gas. Sin embargo, durante la campaña, el MAS tuvo que referirse a los temas centrales impuestos por la rebelión de octubre del 2003: la nacionalización y la Asamblea Constituyente. Ambos juraron y perjuraron que las dos cosas se llevarían a cabo bajo su gestión. Pero luego, post triunfo electoral, las declaraciones han bajado de tono y se han moderado notablemente. La prensa mundial, y sobre todo de la región, estampaba en primeras planas, “Evo Morales dijo que respetará la propiedad privada” (1).

Por supuesto que se deberá esperar para identificar y definir el rumbo preciso que tomará el nuevo gobierno. Pero ya lo hemos dicho y es necesario volver a repetirlo sobre todo en este periodo en que se han abierto expectativas e ilusiones populares. El gobierno de Evo Morales será un gobierno de frente popular: es decir uno donde una representación política con origen en sectores no capitalistas (en este caso de origen campesino) se hace cargo de gestionar el Estado y el régimen burgués. A decir verdad, propiamente un gobierno de Frente Popular hace décadas que no se ve en la región y –como ya lo hemos señalado– no hace más que reflejar el grado de radicalización general que se vive en la misma.

Es decir, se va a tratar de un gobierno de “conciliación de intereses” entre explotados y explotadores. En su programa de gobierno no incluye verdaderas transformaciones estructurales como las que se han planteado durante los levantamientos de octubre y mayo/junio. Por el contrario, se limitará a mínimas reformas, a la administración de una serie de concesiones que pueden impactar sobre un sector, pero que no cuestionaran –en el fondo- el carácter explotador y racista del país. A lo sumo y como ha dicho el propio Linera, se plantea un capitalismo con más “intervención estatal”, un “capitalismo andino/amazónico”, que nadie sabe bien que es... Es decir, se trataría de reabsorber los aires de rebelión popular mediante el asistencialismo, la limosna estatal, administrando un poco la miseria, y dejando contentas a las burguesías nacionales y a las transnacionales. Sólo se les pedirá a cambio algo más de lo que ya están dando en materia de regalías e impuestos por la explotación de los recursos hidrocarburíferos; lo que –sin embargo– no excluye que implique peleas y regateos en las alturas a la hora de la firma de los nuevos contratos con las transnacionales. Pero insistimos y alertamos: esto ocurrirá –en los hechos– sin afectar la propiedad privada actual y la convivencia con terratenientes, empresarios y petroleras.

En síntesis, respecto al tema del gas lo más probable es que la política del nuevo gobierno (que cuenta con la legitimidad dada por el voto) se centre en una “renegociación” de los contratos con las petroleras lo que implicará (como ya hemos señalado) solamente un aumento de las regalías e impuestos, con lo que el MAS busca tener un poco de aire financiero, o sea, más dinero para repartir. Pero de hecho, garantizando y dejando el colosal negocio del gas en manos de las transnacionales. Este es el tramposo sinónimo del reclamo de “nacionalización” para el MAS (que, evidentemente, no es tal). Esto ocurre cuando tanto en octubre del 2003 como en las recientes jornadas de mayo y junio (2005), los trabajadores y el pueblo bolivianos han exigido la nacionalización lisa y llana de las empresas petroleras y demás recursos naturales sin indemnización alguna y el paso de la operación de las mismas a manos del Estado.

Constituyente pactada

El segundo gran tema en la agenda del nuevo gobierno, es el de la Constituyente. Como producto y reflejo de la crisis desatada en cuanto al debilitamiento del régimen político, es que se ha impuesto desde las calles el reclamo de Asamblea Constituyente. Se trata de un reclamo muy sentido entre las masas (sobre todo por los sectores originarios) ante todo por el carácter opresor y racista del Estado boliviano. La mayoría de la población ve en la Constituyente la posibilidad y el ámbito donde se puedan resolver sus problemas imponiendo su mayoría numérica por la vía electoral. Es en este sentido que la Asamblea Constituyente podría –eventualmente– transformarse en una caja de resonancia frente a la fragmentación política, económica y social del país. Pues frente a ella se expresan intereses y posiciones contrapuestos, lo que puede significar una profundización de la crisis. O bien, producto de la política del MAS, un encauzamiento del proceso que lleve a una relegitimación del régimen y se logre la estabilización política. Es en este sentido que va a trabajar el nuevo gobierno. Ha sido categórico García Linera de que pretenden llevar adelante un “pacto” para salir de la crisis con los distintos sectores patronales y de las regiones.

En este marco, junto con la negociación de “autonomías” con las regiones petroleras (intimas aliadas de las multinacionales) habrá también concesiones menores de tipo democráticas a la población que busque dejar contentos a los sectores más excluidos. Pero que, lamentablemente, al no generarse las condiciones económico-sociales para poder aprovecharlas (y sí mucha confusión entre los sectores populares y originarios) pueden no terminar siendo más que papel mojado. Eventualmente, nada que incomode demasiado a los amos del Norte y a la burguesía local. Al principio, seguramente, Evo jugará con todo a la demagogia, a engañar a las amplias masas populares con la idea de que “las cosas pueden cambiar, porque por primera vez en la historia ha llegado un originario a la presidencia”.

Todavía no hay fecha segura para la realización de la misma, no se sabe cuales serán los criterios para determinar la representatividad y sobre todo no se sabe cuales serán los temas a tratar. Desde el punto de vista de la derecha y los sectores más reaccionarios, está claro que buscarán insistir en atenuar el carácter “unitario” del Estado para hacer valer el peso de las autonomías. Esto –por supuesto– guarda estrecha relación con el monopolio de los recursos naturales que buscan para sí. Por su parte, el MAS y la burguesía del altiplano, afirman la “unidad” del estado entre otras cosas porque necesitan del reparto de los ingresos por los recursos petroleros llegue a todas las regiones del país. Pero en todo caso lo que ningún sector patronal y el nuevo gobierno cuestionan es el carácter capitalista del Estado boliviano más allá de la pelea –con elementos reales– por el reparto de los recursos. Esto mismo explica que los reclamos democráticos (y la Constituyente) como la concibe el MAS, es sólo como una serie de reformas a nivel del régimen político (en la búsqueda de su relegitimación), pero sin plantearse un solo objetivo de transformación social real.

Ahora bien, el problema es, lo reiteramos, que la Asamblea Constituyente por sí misma no resuelve las tareas colocadas en las calles por las masas populares. Se podrá discutir de todos los temas, se podrán votar una serie de reformas o derechos democráticos, pero si no cambian radicalmente las condiciones materiales y de vida de las mayorías explotadas y oprimidas, estas medidas serán solo formales. Esta y no otra es la trampa de la Constituyente pactada de Morales y Linera. Porque no será de la mano de ellos que vendrá la verdadera Constituyente Revolucionaria que se exigió en los levantamientos populares. Y que aunque declare formalmente el carácter multiétnico y multicultural del país no podrá acabar realmente con el racismo imperante en Bolivia.

Hace falta un instrumento político de los trabajadores

A partir de ahora se abre una etapa en la cual el movimiento de masas deberá hacer su experiencia con el gobierno del MAS. En este contexto, los obreros, campesinos y sectores populares, no debemos dejarnos engañar ni chantajear por el nuevo gobierno. Desde el primer momento se deberá poner bien en alto las reivindicaciones planteadas en la Agenda de Octubre, una y otra vez postergadas. No podrá haber justificaciones de que “hace falta tiempo” o “que si se ataca al gobierno popular, se le estaría haciendo el juego a la derecha”. Estas no serán más que maniobras para garantizar que el gas continúe en manos de las transnacionales o que se convoque a una Asamblea Constituyente pactada y amañada que sólo sirva para salvar al régimen con pequeños cambios o retoques cosméticos aquí y allá. Queremos ser categóricos aunque suene hoy poco “popular”: el reformismo capitalista del MAS de Morales y Linera no traerá soluciones de fondo a los explotados y oprimidos del país. Tarde o temprano vendrán nuevos choques de clases, ahora contra el nuevo gobierno. Pues el gobierno del MAS no es nuestro gobierno ni el de las masas: es un gobierno burgués “atípico”, sólo posible en condiciones de procesos de crisis muy agudas, que –en última instancia– se asienta sobre la base del Estado capitalista y sus instituciones “representativas” y represivas y gobierna para mantener esto. O sea, el poder continuará en manos de la burguesía y las propias multinacionales.

En la pelea por la verdadera nacionalización del gas y por una asamblea constituyente auténticamente democrática, se deberá ir construyendo la verdadera alternativa independiente. Los trabajadores y el pueblo bolivianos deberemos construir nuestro propio instrumento político independiente (del Estado, sus partidos, instituciones y agentes reformistas) que hace falta para acabar realmente con el imperialismo y el capitalismo en Bolivia y abrir camino a una Bolivia socialista, obrera, originaria, campesina y popular por la vía de un auténtico gobierno de los trabajadores y no el falso engaño del frente popular. Pues si no se cambian las condiciones materiales de vida de la mayoría de los bolivianos, “cuando se acaba la fiesta , vuelve el rico a disfrutar de su riqueza y vuelve el pobre a padecer su pobreza”.

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El PO y el MES a la derecha

Una nota de color han sido las posiciones del Partido Obrero de la Argentina (a través de una nota de su dirigente Altamira) y el MES (Movimiento de Izquierda Socialista) integrante de la dirección del PSOL del Brasil (vía las declaraciones de una de sus dirigentes, Luciana Genro) respecto de las elecciones en Bolivia. Estas dos organizaciones al contrario de lo que se debería hacer, se han terminado sumando al coro de aquellos que en lugar de alertar respecto del carácter del futuro gobierno del MAS han salido sin tapujos a atacar a aquellos sectores que aún siendo inconsecuentes (y muchas veces poco serios) como la dirección de la COB de Solares, correctamente alertaron y por tanto no dieron su voto a Evo Morales dado que éste no se había comprometido a nacionalizar el gas.

Es verdad que en las tradiciones del marxismo revolucionario el voto es una cuestión mayormente táctica. Pero no se trata aquí solo de esto: se trata del caso de haber salido a apoyar políticamente al nuevo gobierno atacando al único sector relativamente visible de la vanguardia boliviana que ha correctamente alertado acerca de que el nuevo gobierno del MAS va a frustrar las reivindicaciones y expectativas populares.

Sumarse hoy al coro de ilusiones del nuevo gobierno de frente popular, es decir del nuevo gobierno burgués, es una posición política de derecha que no se puede dejar pasar.

La tarea es la contraria: no subirse a las “mieles” del triunfo masista, sino alertar a los trabajadores y demás sectores populares que más temprano que tarde deberán seguramente salir a enfrentar al nuevo gobierno. Esto no es más que retomar las mayores tradiciones de las corrientes que nos consideramos marxistas revolucionarias siempre independientes de todo gobierno patronal.

 

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