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(IAR-Noticias)
16-En-06
No importa lo que uno piense de la política de George W.
Bush, no hay duda de que, al inicio de 2005, había llegado al
pináculo de su autoridad. Se acababa de relegir y el Partido
Republicano controlaba ambas cámaras del Congreso.
Por
Immanuel Wallerstein - La Jornada
De hecho, los
republicanos habían podido derrotar al líder de la previa
mayoría demócrata en el Senado. Bush interpretó esto no sólo
como validación de su invasión a Irak, sino una autorización
para continuar con su muy conservador programa económico: la
renovación de los recortes fiscales que expiraban, un
destripamiento del programa de seguridad social, la perforación
en busca de crudo en Alaska y, en general, una reducción de las
medidas protectoras ambientales, para empezar. Afirmó que iba a
implementar el mandato que sentía había obtenido. La disciplina
republicana era muy fuerte y Bush controlaba las señales.
Más aún, los demócratas estaban profundamente divididos en torno
a si el resultado tan pobre para ellos en las elecciones debía a
que se habían movido muy a la izquierda o muy a la derecha.
El primer punto de vista era más fuerte entre los demócratas del
Congreso. Así que Bush sentía que podía contar cuando menos con
algunos votos demócratas para sumarlos a su sólido y unificado
bloque republicano, en el momento de aprobar cualquier
legislación que él favoreciera.
Un año después, todo esto ha cambiado y el cambio es radical.
Casi ninguna de las leyes que estaban en la lista de Bush fue
aprobada, y es muy poco probable que las aprueben el año
venidero. Su inquebrantable bloque republicano hoy está hecho
trizas. Los llamados moderados han roto la disciplina. Pero
también lo hicieron las dos alas derechas, los
ultraconservadores fiscales y la derecha cristiana. Los
demócratas tienen ahora la disciplina que anteriormente
mostraban los republicanos, de modo que los republicanos de
ruptura les han permitido ganar votaciones muy cruciales en una
de las cámaras del Congreso o en la otra, pero especialmente en
el Senado. Los índices de las encuestas de opinión para Bush
están muy bajos. Los republicanos que están en favor de la
relección le piden al mandatario que no haga campaña por ellos.
Y al final de 2005, algunos congresistas demócratas han
comenzado a hablar de impugnación. Aun Bush, por vez primera, ha
comenzado a admitir que podría haber cometido algunos errores
menores durante su presidencia.
Cuando miramos el corazón de su política mundial -Irak- lo vemos
luchando desde una posición de retaguardia contra la enorme
presión en pos de que haga recortes y se retire, presión que
viene del interior de Estados Unidos, de los iraquíes y, por
supuesto, del resto del mundo. El presidente del Joints Chiefs
of Staff estadunidense ha dicho que sabe que la mayoría de los
iraquíes quiere la retirada de las fuerzas estadunidenses.
Aunque Bush se niega neciamente a fijar un calendario para la
disminución de las tropas, ésta es una fachada que cubre el
hecho obvio de que Estados Unidos y todos sus aliados intentan
retirar números significativos de tropas en 2006, mucho antes de
que Bush fije la línea base, el punto en que las fuerzas del
gobierno iraquí puedan lidiar militarmente con las milicias de
la resistencia iraquí.
¿Qué ocurrió en 2005 que explica ese viraje en la fuerza
política de Bush? Casi todo lo que cambió ocurrió en el interior
de Estados Unidos, aunque contribuyeron sucesos del resto del
mundo. Hubo cinco cosas que transformaron la atmósfera política
en Estados Unidos. Ninguna de ellas habría sido así de dañina,
pero los sucesos se acumularon y se combinaron para formar una
piedra que rueda, que está juntando fuerza y que tendrá efectos
en 2006.
El primero y más obvio es el asunto de la cifra de bajas en
Irak, que crece constantemente, mientras que no hay indicio
alguno de que la resistencia se debilite. Un cartón político en
un periódico de Nueva Delhi hace eco de lo que todos sienten.
Muestra a un enorme cocodrilo rotulado "insurgencia" cuyas
fauces las abre con dificultad un soldado con el letrero "tropas
estadunidenses". Junto a él hay una persona pequeña rotulada
"fuerzas iraquíes". El soldado estadunidense dice al iraquí:
"Más vale que crezcas rápido y asumas el control". No mucha
gente en Estados Unidos pensaría ahora que esto es probable y
muchos piensan que Estados Unidos debería detener el sacrificio
de aún más vidas.
La segunda fue la enorme catástrofe de Katrina, que reveló el
nivel de incompetencia y la indiferencia social del gobierno de
Bush, algo que hizo que la mayoría de las personas tragara aire.
Sintió que era necesario prometer que el gobierno haría algo
para reparar el daño y presionó al Congreso para que adoptara un
costoso programa. Esta fue la paja que molestó a los
conservadores republicanos en lo fiscal, que desde hace mucho
desfallecen ante el creciente nivel de gasto estadunidense con
un presidente que en teoría estaba comprometido a mantener chico
el tamaño del gobierno.
La tercera cuestión fue la ineptitud de Bush con respecto a lo
que podría ser su único logro, nombrar jueces conservadores en
la Suprema Corte de Justicia. El fiasco en el caso Harriet Miers
presionó a la derecha cristiana que retiró su respaldo
automático al régimen. Es seguro que no tiene más alternativa
que Bush, pero ahora que se halla en problemas, nadie se
apresura en apuntalar su posición. Ya no confían en él.
Luego vinieron las acusaciones a Lewis Libby por el intento de
dañar a Joseph Wilson por exhibir las mentiras flagrantes
asociadas con las supuestas armas de destrucción masiva en Irak
(la justificación principal de la invasión). De Tom DeLay, el
anterior líder de la mayoría de la Cámara, a quien se acusó de
violar leyes como parte de sus esfuerzos por garantizar una
mayoría republicana en la Cámara de Representantes. Y de Jack
Abramoff, el operador que era parte de la red de DeLay destinada
a comprar votos en el Congreso. Además, está pendiente la
posible acusación de Karl Rove, principal asesor político del
presidente, y de Bill Frist, líder de la mayoría republicana en
el Senado.
Todos los regímenes políticos se avergüenzan de esta clase de
acusaciones, pero ocurrieron muchas en un corto intervalo, e
implican a personas clave.
Finalmente, sin embargo, son los actos ilegales los que pueden
hacer que Bush caiga en lo personal. No es extraño que los
presidentes de Estados Unidos afirmen sus potestades
"inherentes". Sin embargo, la combinación de los instintos
personales de Bush y las intenciones deliberadas de Cheney de
inflar los poderes de la presidencia conducen a una forma
inusualmente exagerada de tales reivindicaciones. Bush empezó
dando órdenes secretas en 2001, que permitieron la tortura
(aunque él no le llame así) y la intervención telefónica de los
ciudadanos estadunidenses, en franca violación de leyes bastante
explícitas. Conforme esto salió a la luz, la defensa fue triple:
el presidente tiene tales poderes "inherentemente"; la Ley
Patriota de 2001 más la resolución del Congreso en la resaca del
11 de septiembre, las condonaron "implícitamente"; las "reglas"
cambiaron ante la nueva amenaza del "terrorismo".
Inicialmente tanto el Congreso como los medios aceptaron estos
argumentos negándose a hacer objeciones públicas. El escándalo
de Abu Ghraib causó un primer desasosiego público, que creció de
manera constante. En 2005, el senador McCain, quien sufrió como
prisionero de guerra durante cinco años y sabía las
consecuencias, condujo una revuelta abierta y logró que el
Congreso adoptara una resolución prohibiendo ese tipo de
tortura, por sobre la fuerte -pero a fin de cuentas ineficaz-
oposición del gobierno de Bush.
Luego alguien filtró la historia de las intervenciones
telefónicas, donde el gobierno no quiso siquiera usar el
bastante fácil camino legal de acudir ante una corte especial y
secreta para obtener autorización.
Lo que hay que resaltar no es que haya ocurrido, sino que
alguien se sintió inclinado a filtrarlo, y la prensa se aprestó
a informarlo. Así fue como cayó Richard Nixon.
Si las cosas fueran bien en otras partes, Bush podría
sobrevivir. Pero las cosas no van bien para Estados Unidos en
otras partes; ni en Medio Oriente ni América Latina ni en
Europa, y no van bien en Asia. Las elecciones se avecinan en
Estados Unidos y Bush no está contento para nada.
© Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
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