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(IAR-Noticias)
09-En-06

La enfermedad del líder israelí añade confusión a un conflicto que se ha
quedado sin Hoja de Ruta.El primer ministro israelí, Ariel Sharon, yace en coma en un hospital de
Jerusalén tras sufrir el miércoles pasado un masivo derrame cerebral. La supervivencia del dirigente israelí es una
incógnita, pero su porvenir político se ha esfumado. Los futuros gobernantes de
Israel difícilmente podrán adoptar decisiones tan polémicas como la evacuación
judía de la franja de Gaza, medida unilateral que, aunque acogida con agrado en
el mundo palestino, ha supuesto un frenazo cuando no la aniquilación del
moribundo proceso de paz en Oriente Próximo.
Por Juan Miguel
Muñoz - El País, España
"La verdadera formación de Ariel Sharon es militar. Sus tácticas fueron
brillantes. Pero nunca se ha sabido si tenía una visión estratégica. Ha
trasladado a la política su pensamiento militar y toma las decisiones para
que sus consecuencias siempre le sean favorables", explica el profesor de la
Universidad Hebrea de Jerusalén Mario Sznajder. En el campo de batalla no
cabe la negociación y el hoy convaleciente Sharon trasladó esta idea al
ámbito político. "No hay socio para la paz", repetía sin cesar durante los
años en que encerró a Yasir Arafat en la Mukata de Ramala, hasta su muerte
en noviembre de 2004. La letanía se escucha también hoy, pero ahora referida
al actual presidente palestino, Mahmud Abbas. Rechazado el proceso de paz,
el primer ministro optó por las medidas unilaterales. Primero levantó el
muro ilegal que se adentra en territorio cisjordano y que prefigura una
frontera inaceptable para el futuro Estado palestino. Después desmanteló las
colonias de Gaza y retiró a los soldados de la franja.
La historia del proceso de paz entre israelíes y palestinos es el relato
de un sinfín de desencuentros entre líderes carismáticos que se odiaban a
muerte y el recuento de todos los incumplimientos posibles. Los principales
gobernantes judíos y palestinos -Yasir Arafat e Isaac Rabin- que impulsaron
los Acuerdos de Oslo de 1993, después de la Conferencia de Madrid, han
muerto; quienes les siguieron (Ehud Barak) fracasaron en sus intentos por
solucionar un conflicto que ha hecho correr tanta sangre en el último siglo.
Y Sharon, al que muchos observan como el único dirigente capaz de hacer
comprender a sus ciudadanos la necesidad de abandonar tierras árabes,
languidece en un hospital de Jerusalén y deja un legado que se aleja del
modelo de sus predecesores.
Arik ha ido a su aire, contra la voluntad de los prebostes palestinos,
contra la derecha extremista judía e incluso contra muchos dirigentes del
que fue su partido, el Likud. "Sharon es sofisticado y no conoce el miedo.
No tiene la vena religiosa, es desconfiado, pragmático. La decisión que toma
se ejecuta", asegura Sznajder.
Tras el estallido de la segunda Intifada, cuya chispa el mismo Sharon
encendió con su visita a la Explanada de las Mezquitas en septiembre de
2000, el ex general decidió, ya convertido en primer ministro, cambiar el
rumbo. Drásticamente. Nada de paz por territorios. Y nada de firmar la paz
para que la seguridad de Israel quede garantizada. Sharon ha dado un vuelco
a la ecuación y durante sus cinco años de mandato ha insistido hasta la
saciedad en su nuevo propósito: sin seguridad no habrá paz, que traducido al
lenguaje que se plasmó en la Hoja de Ruta significa que el desmantelamiento
de las milicias palestinas es condición sine qua non para entablar
negociaciones sobre los territorios ocupados. Sharon logró convencer al
presidente de EE UU, George W. Bush, de su nueva tesis.
"Si yo fuera un dirigente árabe no negociaría con Israel. Es natural. Los
árabes sólo ven una cosa. Llegamos y les robamos su país. ¿Por qué habrían
de aceptarlo?", dijo en 1956 el propio Ben Gurión, fundador del Estado
judío. Medio siglo después, las tornas han cambiado y la Autoridad Nacional
Palestina (ANP) se empeña en una negociación con Israel que no rinde frutos
y que es sometida a continuas condiciones por una contraparte que decide a
su antojo.
Le llevó una década a Yasir Arafat convencer a sus correligionarios de la
Organización para la Liberación de Palestina de la necesidad de reconocer
las resoluciones de Naciones Unidas 242 y 338 y de renunciar a la
destrucción del Estado de Israel. Lo logró en 1988. Y fueron necesarios años
de negociaciones secretas para que Arafat y el primer ministro Isaac Rabin
se dieran la mano en la Casa Blanca, en septiembre de 1993, tras la firma de
los Acuerdos de Oslo, que establecieron una autonomía muy limitada para sólo
una parte de los territorios ocupados. No han funcionado. La irrupción de
los atentados suicidas, perpetrados desde 1996 por los grupos
fundamentalistas, es la coartada perfecta para que Israel rechace abordar
asuntos sustanciales.
La Hoja de Ruta -el plan patrocinado por EE UU, la Unión Europea, Rusia y
Naciones Unidas- fijaba un calendario que desembocaba en la creación de un
Estado palestino a finales de 2005. Ha caducado y hacerla revivir en los
próximos meses será imposible. La campaña electoral para las elecciones
israelíes del 28 de marzo está a punto de arrancar y la incertidumbre sobre
quién será el próximo primer ministro es absoluta. Tampoco importa
demasiado. Venza quien venza, no se vislumbra que ninguno de los líderes del
momento tenga capacidad para retomar el proceso de paz.
Todo indica que nadie conoce con detalle las intenciones que albergaba
Sharon sobre eventuales retiradas de Cisjordania. Hablaba el convaleciente
de un "Estado palestino", y así se expone en el programa de Kadima, el
partido que acaba de fundar tras su fuga del Likud. Se ignora cómo sería ese
Estado. Lo que sí se barrunta hace tiempo es que sus características no se
negociarían con la ANP. "La evacuación de Gaza nos servirá para congelar el
proceso de paz y evitar el establecimiento de un Estado palestino y la
discusión sobre el asunto de los refugiados, las fronteras y Jerusalén",
aseguró hace poco más de un año Dov Weissglas, el principal asesor de Sharon.
Mientras, la expansión ilegal de los asentamientos prosigue sin pausa. El
Gobierno de Sharon ha concedido licencias para construir miles de viviendas
en las colonias que circundan Jerusalén. Los hechos consumados se suceden
para configurar esas fronteras definitivas que Sharon dibujaba día a día.
Sólo Washington ha logrado arrancar al Gobierno israelí concesiones
nimias. Fueron necesarias 20 semanas de negociaciones para que el Ejecutivo
de Sharon aceptara traspasar a la ANP y a Egipto el control del cruce
fronterizo de Rafah, en el sur de Gaza. Y fue imprescindible la implicación
de la jefa de la diplomacia de EE UU, Condoleezza Rice, para que Israel se
plegara al acuerdo. Hoy, la amenaza sobre un posible cierre del paso pende
sobre la ANP, que no desarma las milicias palestinas consciente del riesgo
de guerra civil.
"Los cierres de los territorios, los controles militares, las detenciones
y asesinatos conllevan el colapso del Gobierno palestino. Pero en lugar de
enseñar la bandera blanca, la población ha sacado la bandera verde, la de
Hamás", escribía el viernes en el diario Haaretz el analista Akiva
Eldar. El miércoles, Yuval Diskin, jefe del Shin Bet, el servicio de
espionaje interno, alertaba sobre la anarquía reinante en Cisjordania y Gaza,
la debilidad de la ANP y el peligro de que Hamás reemplace a Al Fatah al
frente del Gobierno palestino. "¿Puede ser que el futuro del Estado de
Israel estuviera en manos de un ser mortal que no ha dejado nada tras de sí,
salvo el caos político interno y con los países vecinos?", se preguntaba el
viernes Eldar.
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