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(IAR-Noticias)
07-En-06
Las noticias sobre la vista en
tribunales de los casos de propaganda del extremismo religioso y el terrorismo
ya no se perciben como algo raro en Rusia.
Por
Marianna Belenkaya - RIA Novosti
Tales casos a menudo están relacionados con la actividad de las organizaciones
que se catalogan como islámicas. La geografía de tales procesos es muy extensa:
el Cáucaso del Norte, los Urales y la región del Volga. Su eco de hecho no llega
a Moscú, como tampoco el sentido auténtico de los debates que se sostienen en
las regiones: ¿qué es lo que se le imputa al acusado, se trata de un extremista
o de un individuo que ha sufrido por la fe?
Desde Moscú se vislumbran mal los matices de los debates políticos y económicos
que se sostienen en las regiones y es difícil discernir la esencia de los
choques de intereses que se producen entre diversas personas físicas y
jurídicas. Pero es que a menudo no unas materias finas de las doctrinas
religiosas, sino precisamente tales conflictos originan las manifestaciones del
extremismo religioso, las que luego se analizan en tribunales.
Svetlana Akkíeva, jefa del sector de estudios socio-políticos del Instituto de
Problemas Humanitarios, dependiente del Gobierno de Kabardia-Balkaria, señala
que son los factores sociales que determinan en primer lugar la situación que se
vive en las regiones. Mientras que a comienzos y mediados de la década del 90,
el factor étnico desempeñaba el principal papel en la confrontación entre la
población y las autoridades, actualmente ese factor se ha retirado del
escenario. No se puede menospreciar, desde luego, la posibilidad del surgimiento
de conflictos étnicos en el futuro, pues en todas las partes en que convive
gente de distintas nacionalidades la situación puede tornar explosiva. Pero los
sucesos que se operan hoy día son de otro orden.
El radicalismo religioso proviene antes que nada de la lucha social, pero no de
la religiosa. Desde el punto de vista de los jóvenes, la religión es el único
factor que puede igualar entre sí a las personas e imponer cierta justicia
social. Ellos utilizan consignas religiosas, pero en su inconsciente simplemente
exigen justicia social, sostiene Akkíeva.
De una ilustración de dónde están las fuentes y causas del extremismo religioso
pueden servir los acontecimientos que se desarrollaron en Nalchik en octubre de
2005. Allí confluyeron tanto las causas exteriores (actividad de las
organizaciones terroristas internacionales) como las luchas intestinas en la
comunidad musulmana y la situación socio-económica: corrupción en estructuras de
poder, desempleo y desnivel en los ingresos de la población, descontento ante el
proceder de los organismos judiciales, etc. Sin duda, hay fuerzas interesadas en
desestabilizar la situación en las regiones, pero las ideas extremistas que se
intenta imponer desde fuera no arraigan si no encuentran un suelo fértil, opinan
expertos por unanimidad.
Las recetas de lucha contra el extremismo también tienen que ser variadas. Hace
poco, parlamentarios de Kabardia–Balkaria propusieron introducir enmiendas en la
legislación de Rusia que supongan, en particular, mayores plazos de privación de
libertad por incitar la enemistad religiosa y organizar grupos extremistas.
También los sacerdotes hacen sus sugerencias: independientemente de las
confesiones que representan, ellos se manifiestan a favor de recrudecer el
control sobre la actividad misionera de los predicadores foráneos.
El primer vice del muftí de Tartaria, Valilulla Hazrat Yakupov, resume la
opinión que expresan muchas personalidades religiosas: una de las causas de los
ánimos extremistas que cunden entre los musulmanes es la baja instrucción
religiosa de la población, por lo que ésta fácilmente se deja influir por
misionarios foráneos.
Al aumento del extremismo contribuye el que en la URSS de hecho hayan sido
liquidadas las instituciones religiosas, las que, al renacer a comienzos de la
década del 90, no tenían fuerzas suficientes para controlar la situación y hacer
frente a los predicadores extranjeros.
Yakupov hace constar asimismo que los jóvenes que profesan el islamismo en
territorio de la ex URSS son neófitos en su mayoría, que acaban de abrazar la
religión musulmana, y como todos neófitos tienen ánimos maximalistas y a menudo
se distancian de la variante del islamismo que por tradición se profesa en su
territorio, por lo que surgen conflictos entre diversas generaciones de
musulmanes.
Tales conflictos distan mucho de ser inofensivos. Muchos de los musulmanes
jóvenes se dirigieron a mediados o finales de los años 1990 a estudiar el Islam
a países árabes, y regresaron de allí teniendo otras nociones de la vida y la
religión. No se trata de aquellos que fueron enganchados por organizaciones
terroristas y, al regresar a Rusia, empuñaron armas. Sino de cuantos decidieron
seguir estrictamente las normas islámicas, pero no como ello se hacía por
tradición en Daguestán o Tartaria...
Es sabido que en todo país el Islam - o cualquier otra religión - se funde con
tradiciones locales. Ello no les gusta a los musulmanes jóvenes, a los que la
generación mayor de los imanes, formados en la época soviética, les parece
corrupta e insuficientemente instruida en el aspecto religioso. La nueva
generación de los creyentes a menudo quiere tener sus mezquitas, sus imanes y,
en general, la posibilidad de vivir su propia vida. Como resultado, tales
jóvenes entran en conflicto con las Direcciones Musulmanas oficiales.
Pero entre los sacerdotes viejos tampoco hay unanimidad. Se dan casos en que una
de las partes en conflicto intentan atraer al Estado a la solución de los
problemas de la comunidad musulmana, acusando a los rivales de wahhabismo y
extremismo. La policía reacciona en tales casos según su propia visión de lo que
pasa. Como resultado, la situación en regiones se pone al rojo vivo.
Por algo el muftí Yakupov en una de sus recientes entrevistas habló no del
peligro de la propagación en Rusia de la influencia de las estructuras como Hizb
ul Tahrir, sino precisamente del peligro que parte del wahhabismo. En cuanto a
la primera, aquí todo está claro, su actividad fue proclamada fuera de la ley.
Pero la noción de wahhabismo está bastante diluida. En opinión de Yakupov, ello
contribuye el aumento de la influencia de que gozan los núcleos wahhabitas, que
intentan atraer a su lado a los sacerdotes musulmanes.
Esta es una de las opiniones. Y la de aquellos que figuran en las listas de los
“sospechosos” en las regiones se reduce a que en éstas llaman “wahhabitas” a
todos los creyentes que están en oposición a las Direcciones Musulmanas
oficiales. Para comprender qué es lo que pasa en realidad, en cada caso concreto
se debe buscar no solamente intereses religiosos.
A menudo sucede que en las regiones es imposible encontrar jueces imparciales,
por estar éstos involucrados en una u otra medida en el conflicto, mientras que
los árbitros foráneos o no existen o no tienen posibilidad ni tiempo para llegar
a comprender la situación.
No se trata solamente del problema de relaciones entre las Direcciones
Religiosas y las comunidades no reconocidas. El conflicto - y, por ende,
sospechas y acusaciones del extremismo – pueden surgir también entre las
autoridades laicas y las religiosas. Un reciente ejemplo de ello son las
disputas que surgieron en torno a la Universidad Islámica de Tartaria.
El perfeccionamiento de la legislación permitiría definir más claramente las
nociones como el extremismo y el terrorismo. ¿Pero cómo se puede distinguir
entre un creyente demasiado asiduo y un extremista, así como averiguar si el
dinero extranjero se destina realmente a mejorar la enseñanza, incluida la
religiosa, y no a realizar una actividad subversiva, si los conflictos locales
lo enredan todo? Es que no existen criterios ni jueces ideales.
A las regiones les queda, en esencia, una opción sencilla: cifrar esperanzas o
en la sabiduría de las autoridades locales, interesadas en mantener la
estabilidad, o en la justa injerencia del centro federal. Pero ¿guiándose por
qué criterios este último debe determinar quién tiene la razón?
Los expertos rusos opinan por unanimidad que de un importante elemento de la
estabilización de la situación en las regiones podría servir el mantenimiento
del diálogo con aquellos musulmanes que figuran en la lista de los
“sospechosos”. Los métodos de fuerza no son una panacea en tal situación. Por
supuesto, los organismos judiciales deben ampliar la red de sus agentes y reunir
mejor la información, pero en ningún caso pueden reducir su actividad a los
chequeos en masa, detenciones y el cierre de mezquitas.
Svetlana Akkíeva aduce a título de ejemplo la situación que existió en muchas
repúblicas del Cáucaso del Norte, donde a mediados de la década del 90 los
jóvenes que acababan de abrazar el islamismo empezaron a rechazar muchas
tradiciones locales y en esencia se pusieron al margen de la sociedad. En
algunas comunidades la gente mayor actuó con sabiduría, estableciendo diálogo
con ellos. Como resultado, dichos jóvenes se adaptaron a las condiciones en que
viven y dejaron de rechazar la cultura y los usos nacionales.
Pero hoy día el trabajo con los jóvenes es preocupación sólo de los organismos
judiciales, y entre todos los métodos conocidos se ha optado por el de “látigo”.
En ello está una de las causas de los acontecimientos que tuvieron lugar en
Nalchik y de la radicalización de la juventud en Daguestán. Quienes nunca
empuñaban armas e intervenían en contra de Basaev, actualmente se ponen del otro
lado de las barricadas.
Yuri Sidakov, jefe de la comisión para los derechos humanos, dependiente del
presidente de Osetia del Norte, señala que hace falta trabajar con la población.
Los miembros de su comisión (que no reciben ninguna retribución por su trabajo
de parte del Estado) visitan las comunidades musulmanas de los más lejanos
distritos de la república, desarrollando trabajo en el marco de la acción “El
islamismo sin armas”. “Hablamos con la población, explicamos a la gente sus
derechos y procuramos encontrar solución de sus problemas en el marco legal”,
dice Sidakov. Según él, lo sucedido en Nalchik no sólo fue fruto de la actividad
de los terroristas que lograron enganchar a unos jóvenes y lavarles el cerebro,
sino también resultado de un descuido de las autoridades, que tampoco dedican la
debida atención a la solución de los problemas económicos, sociales y políticos.
Sidakov señala que los terroristas tienen dos canales tradicionales de influir
sobre comunidades: por medio de crear una red de escuelas en que se enseña el
idioma árabe y los fundamentos de la religión y otra red de juzgados de chariat.
De un argumento a favor de la creación de éstos últimos sirve el convencimiento
de la población local de que es inútil buscar justicia en los tribunales laicos
rusos, donde reina la corrupción. Según Sidakov, podría servir de contrapeso a
los juzgados de chariat la recuperación de ciertas tradiciones judiciales
caucásicas, unidas a la legislación de Rusia (por ejemplo, de la práctica de
hacer paces entre dos familias sumidas en vendetta). “Se puede encontrar
solución de problemas hablando con gente dentro de las comunidades. Éstas acogen
muy mal las injerencias foráneas en sus asuntos internos, pero hablando de igual
a igual se logra evitar muchos problemas”, sostiene Sidakov.
Precisamente las comunidades pueden ejercer influencia sobre la situación que se
vive en la región, porque son capaces de controlar a sus miembros e impedir las
prédicas del extremismo. Si no se llega a comprenderlo, no ayudarán ni la
promulgación de nuevas leyes, ni menos aún los métodos de fuerza. En las
regiones no siempre se oye la voz de aquellos que se pronuncian a favor del
diálogo, ni la de los científicos que realizan allí a diario el monitoreo de la
situación. Pero sin ello no se logrará corregir la situación.
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