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El paramilitarismo en Colombia, una herramienta del poder

 
 

(IAR-Noticias)  05-En-06

El paramilitarismo en Colombia, una herramienta del poder y formula a expandir en América Latina.

Por Lázaro Girardot - Adital

Es oportuno que el pueblo latinoamericano conozca, lo que han sido y representan los grupos paramilitares en Colombia, ahora que los EEUU, las oligarquias nacionales y sus fuerzas militares buscan extender este método represivo para contener los cambios políticos progresistas que se viven en América latina.

Muestra fehaciente de esos propósitos fue la detención hace algo más de un año, por parte de los servicios de seguridad de la república Bolivariana de Venezuela, de más de un centenar de paramilitares colombianos, que se aprestaban para ejecutar acciones criminales de desestabilización del poder popular dirigido por el coronel Hugo Chávez.

O la reedición del plan cóndor con el asesinato y secuestro de dirigentes populares e insurgentes en países vecinos a Colombia. Y las repintes revelaciones de la conspiración que dentro de las sedes de los servicios d seguridad colombianos se prepara contra el gobierno venezolano por parte de los sectores reaccionarios de las dos republicas hermanas.

Más ahora, que con afán los diferentes componentes del bloque de poder en Colombia, buscan darle "legitimidad" y legalidad a uno de los pilares en los que han sustentado el ejercicio de su poder en las últimas décadas; el paramilitarismo de Estado. En función de ello ponen todos sus recursos, incluidos los canales generadores de opinión, y pretenden ocultar y distorsionar la naturaleza de un fenómeno que les ha sido altamente útil.

El acuerdo firmado el 13 de mayo de 1994, entre los paramilitares y el gobierno de Uribe Vélez y la posterior aprobación de la mal llamada ley de "justicia y Paz", es una verdadera afrenta a la nación. Significa el otorgamiento de personería política a una banda de mafiosos narcotraficantes, que no son otra cosa que el brazo irregular del ejército regular colombiano.

En este mal llamado dialogo, que es en realidad, un monologo entre compadres, el gobierno de Colombia muestra su verdadero cobre y sienta las bases para la inserción a la vida institucional de los paramilitares. Les otorga una amplia zona del país, les garantiza su seguridad, desconoce la justicia al garantizar que ninguno de los jefes paramilitares será capturado o procesado por los crímenes cometidos contra la población. Se trata de la impunidad total.

El terror ha sido institucionalizado. Es estatuto antiterrorista y demás leyes represivas permiten que las Fuerzas Armadas del Estado ejecuten bajo el amparo de la ley las atrocidades que antes debían realizar a través de mecanismos extra-institucionales. Sus paramilitares, legalizados y perdonados, podrán ser dedicados a la exportación, para que reediten su macabra misión en contra de otros pueblos de América latina.

Esta claro, que los grupos paramilitares, si bien fueron engendrados por la oligarquía colombiana, obedece a una estrategia contrainsurgente determinada en los manuales de seguridad de los Estados Unidos. Por ello no es de extrañar, que una institución tan funcional a los interese norteamericanos, la OEA, haya avalado el vergonzoso acuerdo entre el estado Colombiano y sus mercenarios.

En función de una clase

El Estado colombiano, como todos los Estados, no es impersonal; su andamiaje institucional, jurídico, político y militar ha sido construido en función de los intereses de la clase social que representa, a saber, la oligarquía y la narco-oligarquía.(en el caso colombiano).

A lo largo de su historia ha sido "administrado" de manera monopólica y excluyente por una clase extraída políticamente de los partidos liberal y conservador, que son, a su vez, la expresión electoral de capas especificas de la población: terratenientes, comerciantes, industriales, financistas, narcotraficantes, clero y, en general, sectores dominantes.

El papel del Estado ha sido y continúa siendo el de desarrollar mecanismos e instrumentos (léase ejercicio de gobierno) que le permitan adquirir y preservar privilegios para los sectores que representa, o dicho de otra manera, para garantizar su dominación de clase.

Uno de esos mecanismos de gobierno a los que ha recurrido la oligarquía es el terrorismo de Estado, consistente en la utilización institucional y extrainstitucional de la violencia y el terror como método de control social. La columna vertebral de ese terrorismo de Estado es, junto a la guerra sucia, el paramilitarismo.

Instrumento de acumulación

En Colombia, el papel de estos escuadrones de la muerte ha ido más allá de un "simple" mecanismo de represión y se ha convertido en instrumento de apropiación y conservación de la riqueza. Así lo demuestran la proporcionalidad entre las cifras de muertos y la redistribución (concentración) de la tierra durante los años cincuenta por la acción de los denominados "pájaros", "chulavitas" o "limpios", eufemismos utilizados por ese entonces para designar a los paramilitares.

Desde entonces, esta política ha continuado, llegando a la imposición por vía violenta de una verdadera contrarreforma agraria que ha expulsado de sus territorios a millones de campesinos, que han tenido que abandonar tierras, viviendas, empleos y proyectos de vida para beneficio de terratenientes, gamonales, empresarios nacionales y transnacionales, políticos, militares y narcotraficantes que se han adueñado de sus bienes.

Pero el instrumento paramilitar no sólo ha servido para modificar la propiedad de la tierra, también las negociaciones laborales entre patronos y sindicatos se saldan con el asesinato de dirigentes sindicales. La ecuación de los empresarios es simple: abaratar la mano de obra debilitando la organización de los trabajadores.

La propia Organización Internacional del trabajo (OIT), ha sido clara en señalar que Colombia es el país donde se asesina el mayor número de sindicalistas. Sin duda, el método principal de "desarrollo del capitalismo" en Colombia ha sido la violencia ejercida desde el poder.

Política contrainsurgente del Estado

Los grupos paramilitares, que son en realidad unos ejecutores de operaciones encubiertas de las Fuerzas Armadas, fungen como política contrainsurgente del Estado, inspirada en la famosa Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), que desde los años sesenta rige la conducta política de las FF AA colombianas.

Entre las premisas de la Doctrina de Seguridad Nacional, tres sustentan ideológicamente el paramilitarismo colombiano.

1.. El concepto del "enemigo interno", en el cual encuadran todo sujeto político o social que se oponga al estado de cosas existentes.

2.. La idea de "secarle el agua al pez", según la cual las organizaciones sociales y populares de la población constituyen el agua en la que se mueve el pez insurgente.

3.. La movilización y vinculación de la población para contener la amenaza a la "seguridad de la nación", es lo que en Colombia se define como "guerra integral".

La adopción por el Estado colombiano de todo ese ideario explica el exterminio de dirigentes y organizaciones populares colombianas. Los paramilitares se enfrentan a la población civil desarmada, no directamente a la guerrilla y cuando se ven amenazados por los destacamentos de combatientes revolucionarios corren a esconderse de manera cobarde en instalaciones militares y policiales.

Un caso de la memoria colectiva que este pueblo no olvidará es el exterminio físico del movimiento político Unión Patriótica, que demuestra claramente que por ahora en este país el ejercicio de la oposición política está penalizado legal y extrajudicialmente.

Abundante es la legislación a través de la cual el Estado ha buscado darle un marco jurídico legal a la existencia de los escuadrones de la muerte. Desde una ley de la republica en 1968, hasta los reglamentos y manuales de guerra y combate del Ejército que instruyen claramente a la fuerza pública sobre la creación y control de estos grupos, así como sobre la manera de involucrar a la población civil en la "defensa de la nación" o la "seguridad democrática", como la llaman los actuales personeros del régimen político.

Los actuales escuadrones de la muerte, que se autodenominan Autodefensas Unidas de Colombia AUC, tienen su origen a principios de los años ochenta, fueron creados como parte de ésta estrategia de Estado y financiados con los florecientes dineros del narcotráfico.

Una política represiva con dos rostros

Estamos, pues, ante una política que no es nueva ni extraña al poder, y que han aplicado los diferentes gobiernos para evitar que la nación que controlan se les salga de las manos: la institucionalización de la violencia y la creación simultánea de formas parainstitucionales de represión promovidas, organizadas y controladas por los mismos organismos del Estado.

El actual régimen fascista que se ha instalado en la Casa de Nariño busca por todos los medios otorgar un estatuto político a los paramilitares.

Unos meses antes de que se iniciara esa farsa, llamada diálogo entre los paramilitares y el gobierno colombiano, en una entrevista concedida a la revista Semana, el 14 de octubre del 2002 uno de los ejecutores operativos de la política paramilitar declaraba, "Queremos hacerles saber al gobierno y al país que si ya no consideran útil nuestra presencia, entonces no seremos un obstáculo".

El mensaje: "si ya no consideran útil nuestra presencia", permite intuir que el gobierno los ha considerado útiles, y quién más indicado para decirlo que uno de sus principales personeros. Pues bien, estos escuadrones de la muerte, que algunos han intentado eufemísticamente rebautizar, han sido y son útiles a éste y otros gobiernos, que justamente con ese objetivo los han creado.

Con mucha razón decía un periodista, que la cifra de soldados rurales o campesinos que el gobierno de Uribe Vélez propuso crear, coincidía con las cifras de crecimiento proyectadas a la época por los paramilitares. Y no puede ser de otra manera, puesto que es el mismo proyecto planteado desde dos vocerías distintas.

Al servicio de la expansión del imperio

La legislación y la política de seguridad planteada y comenzada a ejecutar por el actual gobierno sintetizan las diferentes estrategias de seguridad y modelos represivos que los "estrategas de seguridad del Pentágono" han recetado durante décadas.

Estado fuerte sólo en su acción coactiva: institucionalización de las medidas de fuerza, pago de recompensas por delación, administración de justicia por los militares, creación de zonas especiales bajo control castrense, estatuto antiterrorista, legalización del paramilitarismo, vinculación de la población civil a la guerra, etc. Los documentos instructivos abundan: Doctrina de la Seguridad Nacional, Documentos Santa Fe 1 y 2, Estrategia para las Américas, Lucha Antidrogas, Documentos Santa Fe 3 y 4, Lucha contra el Terrorismo, etc.

Todas esas medidas están dirigidas a decapitar las resistencias al modelo de dominación imperial sobre América latina y son aplicadas con especial sevicia criolla por la burguesía colombiana.

Una de las funciones que los gringos le han encomendado a este gobierno fascista y mafioso es la de acelerar las medidas neoliberales que pongan la economía colombiana a tono con las exigencias de la globalización neoliberal, que en América Latina se concreta a través de la imposición de la zona de libre comercio, ALCA.

Y así lo ha venido cumpliendo: entre las empresas insignias del patrimonio nacional, figuran TELECOM y ECOPETROL, las dos altamente rentables. Como otras, objeto del apetito voraz del capital transnacional. Desde 1989 los diferentes gobiernos han insistido en su privatización, pero tuvieron que aplazar su entrega ante la oposición de los trabajadores.

Sin embargo, el actual gobierno con "su mano fuerte" (contra los indefensos), ha logrado privatizar la primera y está en camino de regalar la segunda, y con ello los recursos naturales del país al capital privado. Y en esos procesos la mano asesina de los paramilitares ha estado presente, amedrentando y exterminando la valiente resistencia de los trabajadores.

En este país toda reforma política, social o laboral regresiva va acompañada de las medidas represivas y militares que la faciliten o impongan. Los ejemplos abundan; las reformas laboral y del régimen de pensiones fueron acompañadas de la intensificación de los asesinatos y amenazas contra líderes sindicales. Los autores, el escudo criminal del estado: los paramilitares.

Aunque el personaje que preside el país proceda de los círculos más atrasados del poder agrario, obedece a los intereses del gran capital financiero internacional y de la metrópoli gringa. Allí ha ido a recoger, servilmente, las fórmulas que debe aplicar y el dinero para una guerra que permita a los EE UU crear las condiciones militares para su proyecto de anexión de América Latina.

No es gratuito que las famosas zonas de rehabilitación o control militar, que al inicio de su gobierno, decretó Uribe Vélez coincidieran con el trazado del oleoducto Caño Limón-Coveñas, eso sí, excluyendo las zonas que previamente habían sido paramilitarizadas, entre otras cosas con la ayuda de los dineros que los EE UU habían destinado para proteger el tubo por donde succionan el petróleo.

Ese oleoducto es estratégico para los intereses energéticos de los gringos, teniendo en cuenta que desde los llanos orientales colombianos, muy cerca de los yacimientos petrolíferos venezolanos, conduce el crudo hasta el Caribe, lugar cercano a donde se planea construir, en el marco del plan Puebla-Panamá, un poliducto que atraviese Centroamérica con rumbo al norte.

El papel que EEUU ha encomendado a la genuflexa oligarquía colombiana, representada por Uribe Vélez, es el de verdugo del pueblo latinoamericano. Punta de lanza de su proyecto recolonizador, de sus ansias de apropiarse de de los recursos energéticos y genéticos de la región andina y amazónica.

La reciente edición de los textos de geografía, para estudiantes de sexto grado en las escuelas estadounidenses, habla con elocuencia; muestran la amazonía como protectorado gringo, salvado según ellos de las garras de "ocho países diferentes y extraños, los cuales son en su mayoría, reinos de la violencia, tráfico de drogas, ignorancia y de pueblos sin inteligencia y primitivos".

Diversas son las resistencias que los pueblos latinoamericanos oponen a la voracidad gringa, dentro de ellas, la avenencia en Venezuela, de un gobierno que rompe con el tradicional sometimiento a las políticas estadounidenses, reivindica la soberanía, ejerce la democracia participativa e intenta una vía de desarrollo económico, distinta a la ortodoxia neoliberal, se constituye en un obstáculo mayor a los interese estratégicos de los EEUU en la región.

Por ello utilizan, a su dócil instrumento el gobierno colombiano y sus paramilitares, para alimentar la conspiración contra el legítimo gobierno venezolano, cual sanguinario José Tomás Boves (1782-1814), Álvaro Uribe Vélez, pone sus sicarios al servicio de los intereses del imperio.

La participación de los sectores de poder colombiano, en la conspiración gringo-escuálida contra el legítimo gobierno venezolano, tiene antecedentes bien claros; el inmediato reconocimiento del gobierno colombiano al breve gobierno golpista del 11 de abril de 2002 y la protección que brindan actualmente a su principal agente, son pruebas fehacientes de su complicidad con los conspiradores venezolanos.

La propuesta hecha por algunos miembros del senado colombiano, encabezada por el hijo del siniestro personaje que avoco a Colombia a una guerra que le costo 300.000 muertos, en el sentido de pedir a la OEA la aplicación de la carta democrática en contra de Venezuela es un hecho más que demuestra el espíritu intervensionista de la oligarquía colombiana en contra del gobierno del hermano país.

La anterior propuesta surgió de un miembro de un congreso, que según el jefe de turno de la mafia narcoparamilitar, obedece en un 35% a sus intereses. La complicidad consciente y activa de las fuerzas Armadas colombianas, en la paramilitarización de las zonas de frontera colombo-venezolanas, complementa el cuadro de la participación del reaccionario poder colombiano en contra de Venezuela.

No se necesita de mucha suspicacia, para entender las razones de la reunión del jefe de las Fuerzas armadas colombianas con empresarios y terratenientes venezolanos en la ciudad de Cúcuta. La misma casta, que en Colombia parió sus asesinas criaturas, ahora las pone al servicio de sus hermanos de clase.

El complot tiene más agentes: los medios masivos de "información", que con la mentira y la calumnia, prestan obesos servicios al imperio. En Colombia como en Venezuela, los detentadores del monopolio de la comunicación, se han convertido en voceros oficiosos del antibolivarianismo.

La guerra civil pretensión imperial, el paramilitarismo política útil

Los EEUU quieren avocar a las naciones de nuestra América por el sendero de la guerra civil, que nos destruyamos de manera fraticida al interior de nuestras fronteras o entre latinoamericanos, utilizando a un pueblo en contra de otro, mientras ellos venden las armas, cuentan los muertos e imparten instrucciones y métodos perversos de ejercitar la guerra.

Buscan que la población se involucre en la guerra, que se sacie de ella, que nos distraigamos, que no respondamos a la confiscación de nuestras riquezas. Cansarnos de la guerra, para que inquiramos una paz vacía, sin contenido, donde el poder tradicional se perpetué y todo siga como siempre. Colombia es un laboratorio, y sus elaboraciones las expedirán por la América latina, como ya lo están haciendo.

En un reciente informe el Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos plantea que "el problema contrainsurgente de Colombia radica en que los ciudadanos no están involucrados en la guerra" y sugiere como solución la creación de "fuerzas locales" con "civiles que puedan asegurar el terreno que el Ejército deba abandonar para concentrarse en otras zonas", "movilizando y organizando al pueblo para que sea su auxiliador en la contrainsurgencia".

La obediencia a esta política se evidencia en la creación de la milicia rural y en la perversa política de instrumentalizar la precariedad a la que han llevado a la población, convirtiendo en un negocio la delación. ¡Qué vergüenza para la patria!

 

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