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(IAR-Noticias)
07-En-06
En previsión de una realidad geopolítica totalmente adversa a sus
intereses hegemónicos en nuestra América, el imperialismo yanqui ha estado
moviendo sus piezas para una intervención militar generalizada en el Continente,
de modo que las ovejas descarriadas -comenzando por Venezuela- vuelvan a su
redil.
Por Homar Garcés -
Adital
Para ello ha
dispuesto una serie de bases militares, esparcidas en algunas regiones
estratégicas de América Latina que, vistas en conjunto, representaría el mayor
despliegue de fuerzas militares de Estados Unidos desde los tiempos de la Guerra
Fría, sólo equiparable al realizado en Europa en torno de la extinta Unión
Soviética.
Sin embargo, no puede pensarse que
todo esto responde al espíritu guerrerista y neocolonialista que anima a la
administración de George W. Bush, ya que ello supondría que la política exterior
de Estados Unidos obedece a coyunturas y no a planes deliberados, cocinados
fríamente en el Pentágono y el Departamento de Estado y proyectados a mediano y
a largo plazo.
En tal sentido, hay que recordar
con William Izarra "que, desde 1997, existe el compendio ideológico de lo que
sería, un par de años más tarde, la base filosófica de la política exterior de
EE.UU. Ese compendio o manual de orientación política de la corriente más
derechista de los republicanos ha sido denominado El Proyecto del Nuevo Siglo
Americano, convirtiéndose en la línea del gobierno para el dominio del espectro
mundial".
Por aquel entonces, el actual Vicepresidente estadounidense Richard Cheney
anticipó que "la primera misión política y militar de EE.UU., luego de la Guerra
Fría, consiste en asegurar que ningún poder rival emerja en Europa, Asia y la
desintegrada URSS", dando por descontado la pasividad y control de su patio
trasero, la América nuestra.
En la práctica, esta misión se
tradujo en la llamada guerra preventiva, cuyos efectos se sienten aún en
Afganistán y en Iraq, buscando abarcar a Siria e Irán, de modo que EE.UU. pase a
controlar directamente los principales yacimientos de hidrocarburos del planeta.
Para lograrlo, el gobierno de Bush
no escatima recursos y esfuerzos que le den a su país la superioridad militar y
el control estratégico, político y económico del mundo entero, en una visión
estratégica conjunta que apunta a aniquilar cualquier tipo de resistencia a sus
dictados imperialistas, por muy remota que ésta sea.
En el caso de América Latina, EE.UU. ha diseminado por la mayoría de sus
naciones planes y bases militares con la aviesa intención de contener
situaciones amenazantes que terminarían por desplazar a las oligarquías y grupos
políticos dominantes que, tradicionalmente, aceptaron de buena gana la tutela
imperial yanqui para preservar sus privilegios y mantenerlos a salvo de las
masas.
Por ello, ante lo inevitable del
proceso de transformación socio-política que tiene lugar en Venezuela y su
irradiación sobre la mayoría de los pueblos latinoamericanos y caribeños,
manifestándose -por ahora- en la conformación de gobiernos progresistas afines,
Washington trata de que no se produzca el temido efecto dominó en estos países
que marcaría el comienzo del fin de su papel secular de potencia imperialista.
Esto empuja al gobierno de Bush a
no descuidar el escenario sudamericano, a pesar de encontrarse empantanado en
Iraq y Afganistán, sin hallar una salida honorable e inmediata que aleje el
fantasma de Vietnam; en una combinación de presiones diplomáticas y económicas,
sumadas a la amenaza recurrente de una intervención armada de gran envergadura.
Por eso, situaciones como la
suscitada en Bolivia con la elección de Evo Morales como Presidente, unidas al
coro de voces antiimperialistas que se alza cada día en todas las latitudes,
llevará a la Casa Blanca a un grado mayor de intervencionismo y
desestabilización en la región, incluyendo el asesinato político, en una
reedición de experiencias ya probadas en Chile, El Salvador, Haití, Panamá y
Ecuador y, llegado el caso, aupando movimientos secesionistas que serían
reconocidos y protegidos inmediatamente por Estados Unidos, precisamente en
aquellas regiones que, como el Amazonas, el estado Zulia en Venezuela o la
provincia de Santa Cruz en Bolivia, tienen un vital interés para las
transnacionales estadounidenses; lo que encajaría en su doctrina de guerra
preventiva y global.-
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