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(IAR-Noticias)
03-En-06
Cuando George W. Bush se apresta a dedicarse a la lectura, el mundo tiembla.
Pues bien: el presidente de Estados Unidos se puso a leer de nuevo. Y los libros
que eligió son motivo de preocupación.
Por Jim Lobe - IPS
La Casa Blanca informó que Bush se llevó consigo dos libros a su hacienda en
Texas, donde se dispone a pasar una breve licencia. Presumiblemente leerá en el
tiempo libre que le dejen sus actividades favoritas: remover malezas y andar en
bicicleta.
El primero de estos libros es "When Trumpets Call: Theodore Roosevelt After the
White House" ("El llamado de las trompetas: Theodore Roosevelt tras la Clasa
Blanca"), de Patricia O'Toole.
Se trata de una obra biográfica sobre el ídolo y modelo de Bush, Theodore
Roosevelt, quien fue presidente entre 1901-1909, uno de los periodos más
agresivos y expansionistas de la historia estadounidense, en especial en lo que
refiere a América Central, el Caribe y el Pacífico.
A Teddy Roosevelt pertenece la frase "hablemos suavemente pero con un gran
garrote en la mano", la cual sentó en materia de relaciones exteriores las bases
de la "política del gran garrote" ("big stick"), variante de "la diplomacia de
la cañonera" ("gunboat diplomacy").
A este presidente, que engrosa las filas de los republicanos "halcones",
pertenece también una peculiar interpretación de la Doctrina Monroe de 1823
(sintetizada en la frase "América para los americanos").
Según el "corolario" de Roosevelt, sólo Estados Unidos tiene derecho a
intervenir en América Latina, "su patio trasero".
El segundo libro que se dispone a leer Bush es una elegía de la acción del
ejército estadounidense en todo el mundo. Se titula "Imperial Grunts: The
American Military on the Ground" ("Los gruñidos del imperio: El ejército de
Estados Unidos en acción"), de Robert Kaplan.
Las preferencias literarias de Bush no son un asunto para nada menor. Todos
saben que el presidente lee muy poco, tanto en la oficina como en su casa. Por
escasas, sus lecturas resultan significativas.
También llama la atención que la Casa Blanca se preocupe por difundir a la
nación y al mundo qué tiene el presidente tiene en su mesa de noche, aquello que
moldea sus pensamientos cuando está a punto de atravesar el umbral de sus sueños
y dar rienda suelta a sus fantasías.
Cuando Estados Unidos se preparaba para la guerra en Iraq en 2002, por ejemplo,
los periodistas notaron que Bush se paseaba con un libro de porte bastante
académico bajo su brazo.
Se trataba de "Comando supremo: Soldados, estadistas y liderazgo en tiempo de
guerra", de Elliot Cohen, un historiador militar neoconservador muy amigo del
entonces subsecretario de Defensa y actual presidente del Banco Mundial, Paul
Wolfowitz.
En este libro, Cohen propone que los grandes líderes políticos, incluidos
Abraham Lincoln, Winston Churchill y Georges Clemenceau, fueron mucho mejores
comandantes en jefe que los generales que reclamaban la más absoluta libertad en
la conducción de la guerra.
El libro resultó muy oportuno para que Bush accediera a la recomendación de los
generales cinco estrellas de desplegar un número mucho mayor de soldados en la
invasión y ocupación de Iraq que lo sugerido por el secretario (ministro) de
Defensa, Donald Rumsfeld.
Bush también recibió el año pasado una edición de "The Case for Democracy: The
Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror" ("A favor de la democracia: El
poder de la libertad para triunfar sobre la tiranía y el terror"), del dirigente
derechista israelí Natan Sharansky, ex preso político en la hoy disuelta Unión
Soviética.
Este libro llegó apenas publicado a manos de Bush, que quedó tan impresionado
con sus argumentos en favor de una política agresiva por la democratización del
mundo árabe que le solicitó a Sharansky que interrumpiera una gira promocional
del libro para hablar con él en la Casa Blanca.
"Ya voy por la mitad de su libro", le dijo a Sharansky la secretaria de Estado
(canciller) Condoleezza Rice cuando el dirigente israelí visitó por la Casa
Blanca al día siguiente.
"¿Sabe porqué lo estoy leyendo? Porque el presidente lo está leyendo y mi
trabajo es saber qué el presidente está pensando exactamente", dijo Rice.
Pasajes enteros del libro fueron incorporados en el discurso con que Bush
inauguró su segunda presidencia, el 20 de enero de 2004.
Tal importancia política tienen los pocos libros que Bush lee, y por eso no es
en vano analizar los que escogió para disfrutar en sus vacaciones.
En lo que refiere al libro de Patricia O'Toole sobre Roosevelt, Bush comparte
claramente con su lejano antecesor la teoría según la cual la historia es obra
de los grandes hombres, concepción de moda hace un siglo.
Todo eso sugiere que el presidente prevé para sí mismo una agitado trayectoria
tras su pasaje por la Casa Blanca.
Teddy Roosevelt sostenía que, a principios del siglo XX, Estados Unidos ya era
una potencia mundial y por lo tanto tenía el derecho a intervenir
unilateralmente en cualquier lugar del continente americano.
El motivo de tales intervenciones era combatir "las malas conductas crónicas, y
la impotencia que conduce a un relajamiento general de los lazos con las
sociedades civilizadas".
No resulta muy probable que Bush emule a Roosevelt en sus safaris africanos o su
expedición científica en la Amazonia, dado el disgusto que causan los viajes al
presidente y a su falta de curiosidad por lo que sucede fuera de Estados Unidos.
Pero es posible que sí lo emule en su aspiración a convertirse en una figura de
referencia permanente del Partido Republicano, como encarnación del nacionalismo
agresivo (o imperialismo) que tanto él como su modelo presidencial han
promovido.
La lectura del libro de Robert Kaplan sobre el ejército estadounidense es quizás
todavía más preocupante por las implicaciones que conlleva para los tres años
que faltan para que concluya la presidencia de Bush.
Kaplan, que comenzó su carrera periodística en los años 80 como redactor de
crónicas de viaje, se convirtió en un pensador político con una vocación
explícitamente imperialista. Es más: usa, abusa y aprueba ese término sin ningún
tipo de resquemor o vergüenza.
Según el punto de vista de Kaplan (muy parecido al del Roosevelt, que en 1898
asoló Cuba con sus "Rough Riders", también conocidos como los "Teddy's Terrors"),
la llamada "guerra contra el terror" y sus conflictos asociados son una eterna
repetición de la guerra colonial del ejército de Estados Unidos contra los
nativos de América, sólo que a escala planetaria.
El escenario de la primera campaña expansionista estadounidense después de la
Independencia --el "territorio Injun" (indígena), como llama Kaplan a la cuenca
de los ríos Ohio y Mississippi, la región de Florida o las Grandes Llanuras del
Medio Oeste-- se despliega hoy por todo el planeta.
Para Kaplan "el territorio Injun" abarca todo el mundo musulmán en su totalidad,
desde el sur de Filipinas hasta Mauritania, así como otras regiones sin gobierno
o mal gobernadas que, según él, necesitan urgentemente orden y civilización.
Y quién mejor para civilizar estos pueblos bárbaros y desordenados que los
soldados de Estados Unidos (los "gruñidos del imperio"), con quienes Kaplan
convivió semanas enteras en varios conflictos en tres continentes, para
beneplácito del Pentágono y del mismísimo Rumsfeld.
Son los mismos soldados que, casualmente, parecen un calco del propio Bush,
alejados de las elites y los cosmopolitas que dominan los medios de
comunicación, los centros privados de análisis político, el Departamento de
Estado, el Partido Demócrata y las universidades.
Los soldados son, para Kaplan, gente común "a quienes les gusta cazar, manejar
sus camionetas todo terreno, que utilizan un lenguaje procaz y profano como
ingrediente natural de su dialecto, pero que, pese a ello, tienen una indudable
fe en el Todopoderoso".
Kaplan elogia sin matices las tradiciones guerreras de "los relucientes cuerpos
de oficiales de la Confederación", el brazo armado durante la Guerra Civil
Estadounidense (1861-1864) de los estados esclavistas del sudeste, entre ellos
la Texas de Bush.
Los elogios se extienden al actual "evangelismo marcial del sur".
En un mundo "hobbesiano" (donde los seres humanos, si se los deja, se devorarían
unos a otros, por lo que es preciso que exista un poder fagocitador de
individualidades que proteja a la humanidad), el imperialismo de Estados Unidos,
materializado en el despliegue mundial de bases y tropas, no es una opción sino
una necesidad, dijo Kaplan, del mismo modo que lo fue para los ingleses durante
el siglo XIX.
Es la obligación moral y la "carga del hombre blanco", en los términos del
inglés Rudyard Kipling.
Para Kaplan "la obligación (de Washington) es expandir las fronteras del mundo
libre y el buen gobierno a todas las zonas que han sucumbido al más absoluto
desorden y caos".
En un pasaje por demás elocuente y revelador de su propia psiquis, al autor dice
pensar en un personaje filipino de Zamboanga, presumiblemente descendiente de
los mismos moros que resistieron, al costo de centenares de miles de vidas, la
invasión estadounidense 100 años atrás.
"Se muestra sonriente. Su mirada ingenua pide a gritos lo que nosotros en
Occidente llamamos colonialismo", escribe Kaplan.
Con un mensaje así, no es muy dificil imaginar en lo que estará pensando Bush,
quien ya se ha reunido una vez en la Casa Blanca con el autor.
El presidente le ha pedido a Kaplan una nueva visita. Entonces, sería provechoso
repasar las recomendaciones en materia de política exterior que el escritor le
formularía a Bush.
Por ejemplo, la retirada de las tropas de Estados Unidos de Iraq desataría ahora
"un baño de sangre" y "significaría un retroceso en la liberalización del mundo
árabe, y hasta causaría la reorganización del Líbano a imagen del totalitarismo
sirio", según Kaplan.
El periodista devenido en consejero imperial también ha advertido acerca del
peligro que representa el creciente peso económico y político de China en el
mundo.
"A menos que empecemos a cooperar militarmente con Indonesia, por ejemplo,
llegará el día en que el ejército indonesio será capturado de una forma u otra
por los chinos", predijo.
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