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(IAR-Noticias)
03-En-06
Si uno se pone a analizar las formas de resistencia política, ideológica y
cultural que ahora existen en el mundo, ubicándolas en el espacio del mercado,
se llega muy pronto a la conclusión de que prácticamente no existen
manifestaciones de resistencia visibles que se sitúen fuera de él.
Por Mario Roberto
Morales - A Fuego Lento
Esto, porque si son
formas visibles de resistencia, su misma visibilidad depende justamente del
mercadeo y la rentabilidad que comporten para la industria cultural, al mercado
político, al mercado académico de las modas intelectuales, y al de las múltiples
formas de solidaridad y caridad que las iglesias económicamente poderosas
despliegan desde el primer mundo hacia el tercero.
En otras palabras, si se desarrolla
una genuina forma de resistencia cultural frente a las formas hegemónicas y
dominantes de producción y consumo simbólicos, esa forma no se hace visible ya
que las posibilidades de visibilidad, difusión y transmisión culturales dependen
hoy día absolutamente de los circuitos de producción y distribución de las
mercancías simbólicas de la industria cultural, las cuales van desde la
literatura de entretenimiento hasta todas las formas de arte audiovisual,
pasando por las versiones domesticadas de las culturas llamadas primitivas,
exóticas o simplemente otras.
La resistencia cultural, para ser
visible, necesita, pues, desvirtuarse, prostituirse, renunciar a sus
posibilidades revolucionarias, de cambio, ya que si sostiene su oposición
radical se convierte en marginal y, por tanto, en invisible; es decir, en no
mercadeable, en inexistente. Quien quiera que su protesta se conozca, tiene
-triste paradoja- que convertir su disensso y su protesta en mercancía.
Esta parece ser la norma. Pero ¿es
del todo imposible alguna forma de genuina resistencia, de auténtica expresión
contrahegemónica en el espacio del mercado? No quisiera contestar a esta
pregunta apresuradamente ni ofrecer una solución principista al dilema que
plantea la realidad delineada. Lo que quisiera dejar asentado es el criterio de
la necesidad de analizar todas las formas de supuesta resistencia cultural y
contrahegemonía a la luz de esta verdad.
En otras palabras, frente a un
testimonio, frente a un movimiento étnico que pugna por el respeto a una
identidad supuestamente otra, frente a una forma musical, literaria, teatral,
etc., que supuestamente es contestataria, uno tendría que examinar su discurso y
objetivos en razón de las necesidades del mercado en el cual esa protesta
adquiere forma material, ya sea de libro, película, disco, movimiento social,
ONG, instituto de investigaciones, congreso académico, publicación periódica,
etc., etc., etc. Si pasa la prueba del mercado, le queda todavía el dilema de la
invisibilidad.
Claro que el mercado tiene una enorme capacidad de absorción de los discursos y
acciones que contradicen su hegemonía y dominación y, por ello, tiene un margen
bastante amplio para convertir en rentables las manifestaciones o discursos que
lo cuestionan.
En este vértice de negociación que
brota a veces entre el mercado y las acciones y discursos que lo contradicen, es
donde deberemos buscar la genuina resistencia cultural, política e ideológica.
Por tanto, preguntémonos: ¿qué tanto tienen de genuino y qué tanto de
mercadeable los movimientos etnicistas en la era de la globalización?
¿Quién o quiénes se benefician con la
agitación y la reivindicación de identidades binarias, planteadas como otredades:
el pueblo o las élites intelectuales que dicen representarlo? Sea cual fuere la
respuesta en cada caso específico, tendrá que ser ecuánime y desideologizada.
¿Empezamos a hacerlo?
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