Kinshasa es una ciudad que sus propios habitantes describen
generalmente como “un cadáver, un despojo” o a la que apodan “Kin-la-poubelle”(1).
“Actualmente -escribe el antropólogo René Devisch- se estima que menos del
5% de los habitantes de Kinshasa tiene un salario regular” (2). Los
pobladores sobreviven “gracias a sus huertas omnipresentes y a su habilidad
para comprar, vender, traficar y regatear”. “El artículo 15” (que castiga el
robo en el Código Penal) se convirtió en la carta magna de la ciudad, y
“arreglárselas” es el lema oficial (3).
De hecho, con su ostensible inversión de lo formal y lo informal, Kinshasa
reinventa casi las categorías de la economía política y el análisis urbano.
Tal como se pregunta el antropólogo Filip De Boeck, que estudió a los niños
del Congo, “¿Qué sentido tiene una ciudad con una población estimada en 6
millones de habitantes en la que casi no circula ningún automóvil ni ningún
transporte público por la sencilla razón de que a menudo resulta imposible
encontrar una gota de nafta durante semanas, incluso meses? ¿Para qué seguir
manteniendo la convención social que lleva a denominar ‘dinero’ a un billete
de banco cuando cotidianamente se enfrenta el hecho de que sólo se trata de
un pedazo de papel sin valor? (…) ¿De qué sirve distinguir lo formal y lo
informal o la economía paralela cuando lo informal se convirtió en norma y
lo formal prácticamente dejó de existir?”
La enfermedad de los blancos
Los kineses viven su ciudad en ruinas con un indefectible sentido del humor,
pero hasta la ironía jactanciosa termina cediendo ante el carácter siniestro
del terreno social: el ingreso promedio cayó a menos de 100 dólares por año;
dos tercios de la población padecen desnutrición; la clase media
desapareció; y uno de cada cinco adultos es seropositivo. Las tres cuartas
partes de los habitantes son demasiado pobres como para acceder a la
atención médica y deben recurrir a curanderos pentecostales o a morabitos
(4).
Al igual que el resto del Congo-Kinshasa, la capital fue arrasada por un
perfecto huracán de mezcla de cleptocracia, geopolítica de la Guerra Fría,
ajustes estructurales y guerra civil crónica. La dictadura de Mobutu, que
saqueó metódicamente el Congo durante treinta y dos años, era la criatura de
Frankenstein creada y apoyada por Washington, el FMI y el Banco Mundial, con
la complicidad de la cancillería francesa. (…)
Mobutu fue finalmente derrocado en 1997. Esta “liberación”, sin embargo,
sólo desembocó en intervenciones extranjeras y una interminable guerra civil
cuyo número de víctimas, según la USAID, ascendía a 3 millones (la mayoría
muertos de hambre o a causa de enfermedades) en 2004 (5). Los actos de
rapiña cometidos por los ejércitos que merodeaban el este del Congo -que
recuerda escenas de la Guerra de los Treinta Años en Europa- generaron
nuevos flujos de refugiados en las ya superpobladas villas miseria de
Kinshasa.
Frente a la muerte de la ciudad formal y sus instituciones, el común de los
kineses -y sobre todo las madres y las abuelas- lucharon por su
supervivencia “ruralizando” Kinshasa: restablecieron la agricultura de
subsistencia y las formas tradicionales de ayuda mutua rural. Cada metro
cuadrado de tierra libre -incluso las franjas que separan los carriles de
las rutas- se aprovechó para el cultivo de mandioca, mientras que las
mujeres que no poseían ninguna porción de tierra, las mamas miteke, iban a
la selva a recoger raíces y frutos. Tras los sucesivos desmoronamientos del
mundo del trabajo, y luego del universo fantasioso de los juegos por dinero,
la gente recurrió a la magia de las aldeas y a los cultos proféticos.
Buscaban curarse de “la enfermedad de los blancos”, “yimbeefu kya mboonu”:
la enfermedad mortal del dinero (6).
En las fábricas abandonadas y los negocios saqueados surgieron pequeñas
iglesias y grupos de oración, bajo letreros rudimentarios pero muy
coloridos. En las inmensas villas miseria como Masina (llamada localmente
“La República de China” debido a su densidad), el pentecostalismo se
desarrolló a la velocidad de un huracán tropical: a fines del año 2000, se
registraban en Kinshasa 2.177 sectas religiosas creadas recientemente, cuyos
miembros solían reunirse para orar durante noches enteras. (…)
Miseria y misticismo
Pero el talento de los kineses para la autogestión y “el sistema D” se topa
con límites materiales concretos, y tiene su lado oscuro. A pesar de los
heroicos esfuerzos, realizados especialmente por las mujeres, la estructura
tradicional se erosiona. En este contexto de miseria absoluta, los
antropólogos describen la disolución de las formas de intercambio gratuito y
la desaparición de las relaciones recíprocas equilibradas que regían la
sociedad zaireña: incapaces de pagar la dote a los padres de la futura
esposa, y ante la imposibilidad de ganarse la vida, los jóvenes abandonan
por ejemplo a las mujeres embarazadas y los padres se transforman en
desertores.
Simultáneamente, la hecatombe del sida deja tras de sí numerosos
huérfanos y niños seropositivos. Las familias urbanas pobres -despojadas de
sus redes de ayuda mutua rurales o, por el contrario, agobiadas por los
pedidos de solidaridad familiar- se ven sometidas a enormes presiones para
deshacerse de sus miembros más dependientes. Tal como lo señala amargamente
un investigador de Save the Children (Salven a los Niños): “La capacidad de
las familias y comunidades congoleñas de hacer frente a las necesidades
vitales y la protección de sus niños parece desmoronarse” (7).
Por otra parte, esta crisis de la familia coincidió a la vez con el boom del
pentecostalismo y un resurgimiento del miedo a la brujería. Según Devisch,
numerosos kineses interpretan su suerte en el contexto de la crisis urbana
generalizada como “un tipo de embrujo, o de hechizo” (8). Resultado:
Kinshasa es presa de una creencia literal y perversa en Harry Potter, que se
tradujo en la denuncia de miles de niños “brujos” por parte de multitudes
histéricas y su expulsión a las calles, incluso su asesinato. Estos niños, a
veces apenas más grandes que bebés, fueron acusados de todos los males
posibles, e incluso, al menos en la villa miseria de Ndjili, de volar por
las noches en escuadrillas sobre sus escobas mágicas.
Los trabajadores humanitarios insisten en el carácter radicalmente novedoso
del fenómeno: “Antes de 1990, no se escuchaba hablar de niños brujos en
Kinshasa. Estos niños a quienes hoy se acusa de brujería están en la misma
situación: se convirtieron en cargas para sus padres, que ya no son capaces
de alimentarlos. Los niños acusados de ser “brujos” pertenecen en general a
familias muy pobres” (9).
Las iglesias carismáticas desempeñaron un papel muy importante en la
difusión y legitimación de los temores ligados a los niños brujos: de hecho,
los pentecostales presentan su fe como una armadura divina contra la
brujería. La histeria de los adultos y niños (que desarrollaron violentas
fobias a los gatos, lagartos y a las largas noches oscuras provocadas por
los cortes de luz), fue exacerbada por la enorme difusión de sórdidos videos
cristianos que muestran las confesiones de “niños brujos” y los
subsiguientes exorcismos, efectuados con métodos que a veces incluyen la
privación de alimento y el uso de agua hirviendo. Investigadores de la USAID
acusan directamente a la industria de los “autoproclamados predicadores” que
“instalan su púlpito y reparten sus predicciones entre quienes buscan un
remedio simple a su dolor y a su desgracia”.
“Cuando las profecías fracasan, los predicadores atribuyen fácilmente la
continuación de la miseria a causas falaces, como la brujería, acusando a
los niños de provocarla porque son fáciles de acusar y menos capaces de
defenderse. Una familia que busca un consejo de su predicador puede por
ejemplo llegar a decir que su hijo minusválido es la causa de su prolongado
sufrimiento, siendo la minusvalía del niño la prueba indiscutible de que es
un brujo o una bruja” (10).
De Boeck afirma por otra parte que las sectas religiosas mantienen un orden
moral oficioso en el corazón del desmoronamiento general, y que “no son los
responsables religiosos los que originan estas acusaciones; ellos se limitan
a confirmarlas, y por ende a legitimarlas”. Los pastores organizan sesiones
públicas de confesión y exorcismo denominadas “curas de almas”: “Se coloca
al niño en medio de un círculo de mujeres que rezan, y a menudo en trance,
que caen regularmente en un estado de glosolali (11), señal de la presencia
del Espíritu Santo”. Pero las familias suelen negarse a recuperar a sus
hijos una vez que fueron acusados, y éstos terminan entonces en la calle.
“Me llamo Vany y tengo tres años, le dijo una niña a De Boeck. Estuve
enferma. Se me hincharon las piernas. Y empezaron a decir que era una bruja.
Era verdad. El pastor lo confirmó” (12). Los niños brujos, como las vírgenes
poseídas de Salem en el siglo XVII, parecen internalizar de manera
fantasiosa las acusaciones que reciben, y aceptan su papel de culpables
sacrificiales de la miseria de su familia y la anomia urbana. Así, un niño
le dijo al fotógrafo Vencen Beeckman: “Me comí a 800 hombres. Les causé
accidentes automovilísticos o aéreos. Incluso fui a Bélgica gracias a una
sirena que me llevó hasta el puerto de Amberes. A veces, viajo volando sobre
mi escoba, a veces volando sobre una cáscara de palta. Por la noche, tengo
treinta años y cien hijos. Mi padre perdió su puesto de ingeniero por mi
culpa, y luego lo maté con la ayuda de la sirena. También maté a mi hermano
y a mi hermana. Los enterré vivos. También maté a todos los hijos de mi
madre que todavía no nacieron” (13).
Nada más sobrevivir
Beeckman sostiene que como en Kinshasa no existe un sistema de protección de
la niñez, la expulsión por parte de su familia de los niños acusados de
brujería no es simplemente una manera de justificar su abandono, sino
también “la posibilidad de ubicarlos en una comunidad religiosa, donde
recibirán algún tipo de educación y serán alimentados, o de hacer que
ingresen a uno de los centros dirigidos por una ONG internacional”. Pero la
mayoría de los niños brujos, especialmente los niños enfermos y
seropositivos, terminan sencillamente en la calle, engrosando las filas del
ejército urbano, que cuenta con al menos 30.000 efectivos, integrado por
“niños que se fugaron, niños víctimas del maltrato, niños desplazados por la
guerra, niños soldados que desertaron, huérfanos y solteros” (14). (…)
En una desgarradora reflexión aunque impregnada de acentos líricos al estilo
Walt Whitman (“las villas miseria también cantan Kinshasa…”), Thierry
Mayamba Nlandu, kinés de pura cepa, se pregunta: “¿Cómo hacen estos millones
de personas para sobrevivir a la vida incoherente y miserable de Kinshasa?”.
Su respuesta es que “Kinshasa es una ciudad muerta. Pero no una ciudad de
muertos”. El sector informal no es un deus ex machina, sino “un desierto sin
alma” al mismo tiempo sin embargo que una “economía de resistencia” que
confiere cierta dignidad a los pobres “mientras que la lógica del mercado
sólo conduce a la desesperanza absoluta ” (15).
Los kineses, al igual que los habitantes de la villa miseria “Texaco” en la
célebre novela epónima de Patrick Chamoiseau, se aferran a la ciudad “a
través de miles de formas de supervivencia” y se niegan obstinadamente a
ceder (16).
******
1 N. del T.: en español, “Kin la basura”. Juego de palabras a partir del
apodo con que se conoce a Kinshasa: “Kin-la-belle” (Kin la bella).
2 René Devisch, “Parody in Matricentered Christian Healing Communes of the
Sacred Spirit in Kinshasa”, Contours, University of Illionois, otoño de
2003.
3 Michela Wrong, In the Footsteps of Mr. Kurtz, Paperback, Londres, 2000.
4 Lynne Cripe et al., “Abandonment and Separation of Children in the
Democratic Republic of the Congo”, Informe de evaluación de la Agencia de
Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) dirigido por el
Fondo Leahy para las víctimas de guerra, abril de 2002.
5 Actualmente, según estimaciones de Anthony Gambino, ex director (jubilado)
de la misión Congo de la USAID, el número de muertos asciende a 3,8
millones. Véase Mvemba Dizolele, “Eye on Africa: SOS Congo”, United Press
International (UPI), 28-2-04.
6 René Devisch, “Frenzy, Violence and Ethical Renewal in Kinshasa”, Public
Culture, 7:3, Nueva York, 1995.
7- Mahimbo Mooe, citado en James Astill, “Congo Casts out its Child Witches”,
The Observer, Londres, 11-5-03.
8 René Devisch, “Frenzy, Violence and Ethical Renewal in Kinshasa”, art. cit.,
pág. 608.
9 Democratic Republic of Congo: Torture and Death of an Eigth-Year-Old Child,
Federación Internacional de la Acción de los Cristianos para la Abolición de
la Tortura (FIACAT), París, octubre de 2003.
10 Lynne Cripe et al., “Abandonment and Separation of Children in the
Democratic Republic of the Congo”, op. cit.
11 Fenómeno de éxtasis en el cual la persona emite sonidos que sólo un
“iniciado” puede comprender.
12 Filip de Boeck, “Geographies of Exclusion: Churches and Child-Witches in
Kinshasa”, Beople, N° 6, Nueva York, marzo-agosto de 2003.
13 Vincen Beeckman, “Growing Up on the Streets of Kinshasa”, The Courrier
ACP EU, Bruselas, septiembre-octubre de 2001, págs. 63-64.
14 Ibid.
15 Thierry Mayamba Nlandu, “Kinshasa: Beyond Chaos”, Okwui Envezor et al.
(bajo la dirección de), Under Siege: Four African Cities. Freetown,
Johannesburg, Kinshasa, Lagos, Ostfildern-Ruit (Alemania), 2002.
16- Patrick Chamoiseau, Texaco, Gallimard, París, 1994.