anático inveterado de la globalización financiera, Stephens admite que los
dos gigantes asiáticos, China e India, le han arrebatado a Estados Unidos y a
las “cuatro grandes potencias europeas” (nota: se ha de referir a Alemania, Gran
Bretaña, Francia e Italia) el liderazgo de la globalización financiera cuando se
consideran las tendencias inexorables en el mundo económico con la medición del
PIB mediante el “poder de paridad de compra”, ya no se diga las tenencias
asombrosas de los fondos soberanos de riqueza (Sovereign Wealth Funds),
que, dicho sea con humildad de rigor, ya habíamos adelantado que “los cambios
reconfiguran el orden global a la imagen de Asia” (ver Bajo La Lupa, “¡La nueva
revolución capitalista estatal!” (08/08/07).
Sostiene juiciosamente que la “integración económica está dirigiendo el mayor
levantamiento en el equilibrio del poder global desde el siglo XIX. Los cambios
en influencia política y fuerzas militares estarán rezagados frente a los
cambios económicos”.
Alerta que advendrán “cambios profundos en la distribución del poder
económico y político en el mundo de la globalización”. No es nada optimista para
el año entrante, y en forma ominosa ostenta que los fantasmas de los Balcanes
pueden volver a perseguir a Europa, mientras la crisis de la “cruda”
inmobiliaria, debida a la sequía crediticia global, no será apta para cardiacos.
Refiere que después de una ausencia de dos siglos, “China ha redescubierto la
geopolítica”, mientras India permea su poder “software” por doquier. En forma
sorprendente confiesa que no estaba seguro de que “la globalización fuera
políticamente sustentable en Estados Unidos (EU). En el Congreso, la mayoría en
favor del libre comercio se ha fracturado y la deslocalización (outsourcing)
y su impacto percibido como real por la clase media ha ventilado las flamas del
proteccionismo”. Como si fuera poco lo anterior, “se ha agregado la generación
de temores tanto estratégicos como económicos debido a los billones de
dólares en fondos soberanos de riqueza que pululan en búsqueda de activos en
todo el mundo”.
Sin desparpajo filtra que “existen muchos en Washington que creen que la
estrategia de un conflicto con China es inevitable, tarde o temprano”. Asevera
que las “angustias” son extensivas no solamente a Francia, sino a toda la Unión
Europea. Asimismo, desnuda con crudeza cómo EU y la Unión Europea controlaban la
globalización financiera: “como consecuencia de la caída del Muro de Berlín, la
globalización formó parte de las economías desarrolladas. La apertura de bienes
y mercados financieros fue enmarcada en el llamado Consenso de Washington,
mientras la tecnología era proveída por Silicon Valley”.
Todo funcionaba de maravilla hasta que China e India irrumpieron y
arrebataron el liderazgo de la globalización a sus creadores anglosajones:
“repentinamente, pareciera que pertenece a Asia”. No lo dice Stephens, pero en
gran medida la pérdida de liderazgo del pernicioso modelo de la globalización
financiera neofeudal de EU y Gran Bretaña tuvo que ver con su estrepitosa
derrota militar en Eurasia.
Afirma que el “ascenso de estos poderes (asiáticos) se ha vuelto el
estereotipo geopolítico de nuestros tiempos. Por dicha razón, tales
cambios son más importantes que cualquier otra consideración para reconfigurar
la seguridad y la prosperidad global. Asistimos al despertar político y
económico de miles de millones de ciudadanos, quienes se encontraban fuera de la
arena global”. Las proyecciones del ascenso de China e India, que dejarán
sembrados a EU y a Europa, son demoledoras: “para 2015, China alcanzará al
primero con una producción de 20 por ciento (…) la tendencia es clara. China
fácilmente lo rebasará antes de 2025”.
Stephens se equivoca en referencia a China, que, a nuestro juicio,
prácticamente ya alcanzó a EU con cifras del año pasado, y que apostamos sin ver
que en éste seguramente ya lo habrá rebasado, cuando se toma en cuenta el
concepto creativo del “circuito étnico chino”: que ostenta un total de 12
billones 801 mil 210 millones de dólares (China: 11 billones 606 mil 336
millones de dólares; Hong Kong: 289 mil 748 millones de dólares; Taiwán: 749 mil
943 millones de dólares; Singapur: 145 mil 183 millones de dólares; Macao: 10
mil millones de dólares).
Existe un flagrante colonialismo de las estadísticas “oficiales” muy
tramposas. Si nos concentramos en el PIB acumulado del BRIC (Brasil: un billón
913 mil 893 millones de dólares; Rusia: un billón 908 mil 739 millones de
dólares; India: 4 billones 726 mil 537 millones de dólares;
China: 11 billones 606 mil 336 millones de dólares), éstas cuatro
potencias emergentes solas alcanzaron el año pasado, según cifras del FMI, lo
cual se abultarían todavía más este año, la azorante cifra de 20 billones 155
mil 505 millones millones de dólares del total global de 71
billones 228 mil 669 millones de dólares, y que superan tanto al PIB de
la Unión Europea (17 billones 881 mil 51 millones de dólares) y EU (13 billones
20 mil 861 millones de dólares).
Queda claro que el BRIC representa la primera potencia geoeconómica mundial,
con 28 por ciento del PIB global, cuando las tendencias de predominio van en
detrimento de EU (18 por ciento) y la Unión Europea (25 por ciento). Sin duda,
la contribución de China e India (23 por ciento) es sencillamente fenomenal.
Con cinismo incomensurable, característico de los turiferarios de los
imperios hipermilitares, acepta que la “globalización fue algo que los países
ricos impusieron por supuesto (sic) al resto del mundo, por el bien de todos
(¡súper sic!). Ahora se siente como si alguien diferente se lo estuviere
aplicando a ellos. Y no ayuda para nada, de nuevo y en especial a Washington,
que el principal hacedor sea China. Ahora los temores estratégicos se han
yuxtapuesto a los impulsos proteccionistas”.
Por razones de ultraideología neoliberal, Stephens desprecia con toda su alma
a Rusia, verdadero competidor nuclear y geoenergético global de EU, por lo que
su enfoque peca de reduccionismo economicista; más aún, no considera el ascenso
impresionante de Sudamérica, nuevo actor geoeconómico global.
Según Stephens, la globalización es “auto-sustentable” (¡súper sic!) debido a
las fuerzas del mercado, la producción y la tecnología de las comunicaciones,
por lo que considera difícil su descarrilamiento –lo que de hecho otorgaría el
triunfo económico global a China e India–, salvo dos situaciones
“catastróficas”: 1) una recesión que se profundice en depresión con su
subsecuente neoproteccionismo; 2) una guerra en Taiwán entre China y EU.
A nuestro juicio no se ve cómo en ninguno de estos tres escenarios (la
vigencia de la globalización, recesión/depresión y guerra en Taiwán) prevalezca
la unipolaridad de EU. Peor aún, no vemos, ni dice cómo (con la excepción de la
instrumentación de políticas globales nebulosas), su clamor por una “respuesta
global” pueda frenar el incipiente orden multipolar y, “sobre todo, el ascenso
real de BRIC”.