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El
presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad y el presidente de EEUU, George
W. Bush. |
Detrás de los fracasos en la guerra de Irak y las tensiones con el
régimen de Teherán hay un trasfondo de negocios e imperativos
estratégicos.
Por
Marcelo Cantelmi
- Clarín
Conviene no confundirse. Si el presidente George Bush se atreve a un duelo de
poderes con el Congreso que le demanda desde ambas cámaras el trago amargo de
un retiro con fecha fija el año próximo de sus tropas en Irak, no lo hace
porque no comprenda que toda esta campaña militar es un estropicio.
De lo que el agónico presidente norteamericano intenta hoy escapar es de que
apenas instantes antes de abandonar el Salón Oval (le quedan 21 meses de
gobierno) se consume ese acto que lo fijaría históricamente en la derrota.
Y que aplastaría en gran medida las posibilidades electorales de su partido
Republicano enredado de modo inevitable en ese debate de fracasados.
Es que en un barco que se hunde solo se trata de sobrevivientes. Y
desesperación. Pero es mucho más que espacios personales y prestigios lo que
está en juego. Toda la campaña militar contra Irak escondida en esa vidriosa
noción de la guerra antiterrorista ha tenido un trasfondo de negocios a
la par de un intento de extender el brazo imperial y crear un portaaviones
terrestre en pleno Oriente Medio para que EE.UU. se transfigure en un jugador
presente en el conflicto, incidiendo y mutando a su favor el escenario. No es
difícil advertir la profundidad de lo que se ha perdido y lo que esta
derrota cada vez más blanqueada y pública expresa. La estrategia demócrata es la
de colgar en una amplia vidriera a Bush y Dick Cheney y sus pocos seguidores
como los responsables de semejante derrape. Y obtener la consecuente cosecha
electoral. De ahí que es poco probable un impeachment contra la dupla ejecutiva.
No es, por lo tanto, solo un dividendo histórico que lo aleje del fracaso lo que
busca el presidente al amenazar con el veto a cualquier intento de obligarlo a
traer sus tropas a casa y dejar el legado explosivo a su sucesor, sino de
defender un proyecto que lo supera y que es el que se incendia irremediablemente
en Irak.
Es por ello que deben observarse con infinita atención los juegos sobre el
abismo que se libran actualmente con Irán frente a cuyas costas EE.UU.
desplegó un formidable poderío naval. El arresto reciente de 15 marinos
británicos sobre el río fronterizo Chatt el Arab, según los iraquíes o Arvandrud
para los iraníes, se convirtió en la espoleta de una crisis que replanteó el
peligro de una inminente guerra en la región. Así fue de modo especial percibido
en el negocio petrolero cuyos precios se dispararon. Hay que tener en cuenta que
por el Golfo de Ormuz salen a diario millones de barriles de crudo en
cisternas iraníes, iraquíes y árabes, casi el 40% del fluido que se comercia
cada jornada en el mundo. El impacto económico de una crisis allí seria
imprevisible.
El origen de este nuevo conflicto es confuso. Lo cierto es que muy pocos creen
hoy la versión británica de que sus tropas estaban en aguas territoriales
iraquíes. Sea cierto o no, la estrategia iraní logró que esa noción se decantara
y se impusiera su denuncia de que fueron invadidos lo que justificaría el
arresto. Ese giro se explica por la debilidad creciente de la dupla Tony Blair-Bush,
acompañada de la preocupación de que ambos --es evidente ese temor en Rusia y
China-- se lancen a una aventura bélica alimentada en la pelea contra Teherán por
su programa de enriquecimiento nuclear.
El lastre de Irak es relevante en este análisis. El Senado estadounidense en
manos de la oposición habla con un realismo sin ambigüedades de que lo que está
en marcha en ese país no es la confusa insurgencia de improbables milicias de la
difusa Al Qaeda sino una concreta guerra civil. Y hasta la revista
liberal británica The Economist, que acompañó con entusiasmo la invasión
de Bagdad, reconoce ahora también y con esas mismas palabras el alcance
verdadero de este desastre pese a lo que diga el dúo de Londres y Washington.
Esa crisis de liderazgo justifica tanto el temor de un zarpazo desesperado para
intentar variar el cuadrante como también explica porqué hoy es tan difícil
que estalle una nueva guerra en el Golfo, comparado con el escenario de
respaldo objetivo en EE.UU. que precedió a la de Irak cuatro años atrás.
El episodio con los soldados detenidos tiene también interesantes perfiles.
Fueron atrapados no por la marina regular iraní, sino por una patrulla
dependiente de los Guardianes de la Revolución, la fuerza de choque del
presidente fundamentalista Mahmud Ahmadinejad. El jefe de Estado iraní, un
halcón de factura semejante al norteamericano, está sufriendo su propio
desgaste interno y con buena practica maquiavélica parece entender que
cualquier conflicto externo es clave necesaria para fortalecerse internamente.
No es casual, en ese sentido, que la crisis haya mostrado algún detente las
últimas horas después que se hizo cargo completo del conflicto la cancillería
iraní manejada indirectamente por Ali Velayati, un asesor del líder supremo Ali
Jamenei que ha venido reduciendo su aval a Ahmadinejad.
Este nuevo episodio, si no se desbarranca, puede terminar con una victoria
iraní. Eso no debería sorprender. La misma revista británica advierte ahora
finalmente que el país persa "ha sido el gran ganador de la guerra de Bush",
algo que vale recordar Clarín ha venido sosteniendo en solitario los últimos
cuatro años.
Esa influencia creciente iraní en la región, tanto en Líbano como en el propio
Irak y sobre la organización palestina Hamas, explica también el revulsivo
interno en la nación persa. Los enemigos de Ahmadinejad, buscan usar ese enorme
poder con un criterio negociador y no de confrontación. El ex presidente y líder
de los moderados Ali Akbar Hashemi Rafsanjani describió recientemente a EE.UU. y
en un aparente llamado a la prudencia como "un tigre herido" debido al desastre
guerrero que debilitó a la potencia. La frase escandalizó al establishment. Otra
vez conviene ver cómo lo analizó The Economist: "Es realmente una debacle. Tales
han sido los errores de Bush que los autócratas de Oriente Medio afirman ahora
que ellos están tratando de rescatar Irak de EE.UU y a EE.UU. de sí mismo".