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LATINOAMERICA  

 

Los desafíos del presidente Chávez
Un modelo con signos de desgaste

 
 

(IAR-Noticias) 04-Diciembre-07

Chávez poco después de votar. (Foto.AFP)

Habrá que seguir con atención lo que surja de ahora en más en Venezuela, porque el resultado electoral de ayer parece adelantar tiempos de turbulencias. Las razones del cambio saltan a la vista. Es la historia reciente la que explica en gran medida lo que el mundo acaba de ver en este país. Y eso se resume en un diagnóstico: el modelo del chavismo venezolano ya muestra signos inocultables de desgaste

Por Claudio Mario Aliscioni - enviado especial, Clarín

La fragua común de este sistema hunde sus raíces 40 años atrás, cuando los partidos socialdemócrata y democristiano se alternaron para repartirse Venezuela, malgastando la enorme renta petrolera de la Arabia Saudita sudamericana. Entonces, como ocurre asimismo hoy, el precio del crudo estaba más allá de las nubes. Sin embargo, nadie sacó provecho de la bonanza para construir un modelo de producción alternativo, que no dependiera de las migas del petróleo. Al contrario, de aquella corrupción y de la inexcusable displicencia por las necesidades sociales del país quedaron los escombros de la Venezuela que estalló en el "Caracazo" de 1989, cuando el gobierno de Carlos Andrés Pérez impuso un brutal ajuste a cuenta del FMI que cerró aún más el estómago a la mitad de la población ya entonces abrumada por la pobreza.

Ese cuadro es la cuna de Hugo Chávez y su doctrina. Todavía hoy los opositores siguen sin entender que él es su propio engendro y que mucho bien le harían a Venezuela si se miraran en ése, su propio espejo. Es un dato indisputable que el presidente fue el primero en introducir la pobreza en el discurso político local. Basado en planes sociales, montó una red nacional de solidaridades que se expresó en casi una decena de triunfos electorales consecutivos. Un récord que -justo es reconocerlo- no todos pueden igualar. Pero el proyecto chavista está, no obstante, montado sobre cimientos endebles y eso es lo que ahora empieza a crujir.

La Venezuela de Chávez tampoco ha aprovechado la renta petrolera extraordinaria para armar una alternancia al crudo, debe importar bienes esenciales que le restan recursos propios, se enfrenta a niveles preocupantes de inflación, y el "socialismo bolivariano" -cualquiera sea su significado- está prohijando nichos de corrupción y negociados (el caso del mercado paralelo de cambios es un ejemplo) que ya despierta antipatías incluso entre muchos chavistas. A esto debe sumarse el hartazgo -perceptible en todo nivel social- por la crispación continua del presidente, que necesita crearse un enemigo para sobrevivir. Como lo escribió un comentarista español, mentando el horror del presidente al vacío mediático: si Chávez no se oye hablar, siente que deja de existir.

El enigma del problema político venezolano es, pues, que no se avizora una salida si persiste el odio como instrumento de mediación. Que la oposición cambie su torpeza habitual y encuentre un rumbo surgirá del hecho de que acepte a Chávez como lo que es: un producto de su propia ineficacia del pasado. Eso le permitirá dialogar sin buscar la desaparición del adversario. Pero nada de ello será posible si el presidente insiste en ignorar a la mitad del país. En el medio de estas dos posturas quizá se encuentre un escape a la violencia en ciernes que ya a muchos atemoriza.


 

Dos universos, tan contrapuestos y hostiles

Son dos universos contrapuestos y hostiles. Ella vive en el barrio de California Sur. Blonda, sensual, radiante. Buen apellido y mejor cuenta bancaria. Pongamos que se llama Yesica. Sus abuelos hicieron fortunas en el campo, hace siglos, cuando sólo valía aquí la ley de Dios. Ahora el Instituto Nacional de Tierras le reclama los papeles. "Oye —me dice dejando sentir su aliento a champaña francesa—, yo tengo todo anotadito. Pero quieren quitármelo."

En el aire suena "No es lo mismo" con la voz gastada de Alejandro Sanz. Y hay bulla, tintinear de copas, confraternidad entre españoles, venezolanos, colombianos y este argentino. "Tú tienes mucho", le dice este cronista, con un acento neutro que a estas horas ya suena estúpido. Yesica frunce el ceño. "Ese señor ha sembrado el odio. Lo detesto. Venezuela no es la misma desde que llegó él." No lo nombra. No se atreve. Cree que el silencio conjura ese hechizo que encarna Chávez. ¿Cómo hacerle entender el significado social del latifundio?

Todos salimos al jardín. Es noche de trópico y luciérnagas. Ahí afuera, sobre las colinas de Caracas, el otro universo. A lo lejos, como en otro confín, se ven las luces del barrio de Petare. Es el borde descosido de la ciudad. Está al lado, pero tan inhóspito como la cara oscura de la luna. En un sucucho, Winsor se desvela por su madre enferma. "¿Quién entraba antes aquí, en esta cueva de hampones? Ni la Policía." Ahora —me había dicho poco antes— Chávez puso una misión sanitaria. "Si hay una emergencia, alguien la atenderá en el barrio". Aparta una cortina de hule. "¿Los ricachones? Hundieron al país", concluye.

Son dos mundos enfrentados por el despecho. Los argentinos sabemos de qué se trata. También tuvimos familias divididas, cuñados que no se hablaban, una maldición sobre los tallarines del domingo. Aquí es mayor: hasta los taxistas suelen echar a sus clientes. Odio. Rechazo. Racismo. Es un mal augurio para esta querida Venezuela. Sorprende la crispación, el puño cerrado, el insulto asomando tras el balcón de los dientes.

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