No hay silencio en Bagdad. Cuando dejan de oírse explosiones, disparos o
sirenas de ambulancias, las alarmas de la policía violan cualquier atisbo de
sosiego. Entremedias, el aire se llena con el estruendo de los helicópteros que
desplazan a los prebostes estadounidenses volando bajo, muy bajo, para evitar
ser objetivo de quienes les disputan su presencia.
A ras de tierra, el paisaje urbano resulta irreconocible. Enormes mamparas de
hormigón han troceado la ciudad en zonas de exclusión accesibles sólo para
quienes se han hecho dueños y señores de esas parcelas, en muchos casos sin otra
justificación que la fuerza de las armas. Reina entre ellas, la fortaleza
militar en la que viven los diplomáticos y contratistas norteamericanos y
británicos, y a su sombra, la mayoría de las instituciones de Gobierno del nuevo
Irak. Es la llamada Zona Verde por sus jardines sí, pero sobre todo, por
contraposición a la zona roja, sinónimo de peligro, donde viven los seis
millones de habitantes de esta capital maldita.
Una mirada atenta descubre enseguida las heridas de la última batalla, apenas
el preludio del laberinto de sangre en el que han desembocado cuatro años de
ocupación. Al otro lado del río, la central telefónica de Al Rashid sigue
agujereada como un queso gruyère. En éste, el antiguo Ministerio de
Planificación ni siquiera ha recuperado los cristales de las ventanas. Pero es
sobre todo en los sonidos donde se reconoce el trauma de esta ciudad un día
bautizada de la Paz.
Nadie se ocupa de regar las palmeras, y una capa de polvo ha envejecido cien
años los edificios y sus habitantes. Ya no hay parejas de novios haciéndose
fotos frente al Monumento a la Libertad en la plaza de Tahrir, ni artesanos
golpeando el cobre en el zoco de Al Rashid, a la sombra del palacio abasí y la
Universidad de Al Muntansiriya. Rusafa, la orilla oriental y el verdadero
corazón de la ciudad, es ahora un cadáver en descomposición que evitan la
mayoría de los bagdadíes. Los puestos de control policiales han convertido
Saadún, la Gran Vía de Bagdad, en una pista de obstáculos, y sus vecinos sufren
un atasco permanente durante las horas en que no hay toque de queda.
Pero en ningún lugar como en Mansur, en la orilla occidental, se hace visible
el deterioro acelerado de los últimos cuatro años. El barrio diplomático por
excelencia, lugar de residencia de las grandes familias, era hasta la víspera de
la invasión un distrito de villas ajardinadas que aún, tras una década de
sanciones, mantenía una presencia señorial. Hoy sus calles no sólo están
cortadas por barreras, obstáculos y puestos de control, sino que en muchos
lugares, sus ocupantes (políticos, embajadas extranjeras o grandes empresas) las
han cerrado completamente con muros de hasta ocho metros de altura cuyas puertas
de hierro sólo se abren ante la contraseña adecuada.
La Embajada de España, que hace cuatro años lucía orgullosa su bandera en una
esquina frente al hipódromo, se parapetó varias calles más adentro cuando
empezaron los atentados. Ahora planea su traslado a la casa contigua a la
residencia del embajador, a menos de 500 metros, porque las idas y venidas de
sus diplomáticos son un quebradero de cabeza logístico. El acceso hasta sus
muros requiere atravesar no menos de cuatro barreras, con el consiguiente riesgo
y pérdida de tiempo. Todo el barrio parece una trinchera.
"Es una zona de guerra", admite el político Ahmed Chalabi, también vecino de
Mansur, durante el trayecto desde la casa de su hermana hasta sus oficinas, a
apenas 200 metros, en un vehículo blindado y con escolta. Y desde esa burbuja de
aire acondicionado no se respira el hedor de las basuras que se queman en las
esquinas. No hay recogida, como no hay electricidad (apenas entre tres y cinco
horas al día), ni servicios públicos dignos de ese nombre. La inseguridad ha
matado la ciudad. En la calle Mansur, una amplia avenida en la que tiempo atrás
se encontraban algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, todo está
cerrado. Najwa, que resistió los bombardeos estadounidenses con una sonrisa
esperanzada, hace meses que ha cerrado su tienda de flores. La agencia de viajes
Delta también ha desaparecido y con ella el rastro de Jawad al Dalal y su
familia que, muy probablemente, forman parte de los dos millones de iraquíes
refugiados en los países vecinos. Otros dos millones se hallan desplazados
dentro de Irak.
La violencia sectaria desatada desde el atentado contra el santuario chií de
Samarra en febrero de 2006 ha sacudido todas las bases de convivencia de Bagdad.
La capital era la única ciudad verdaderamente iraquí de Irak, ya que no se
limitaba a albergar a representantes de todas sus comunidades religiosas y
étnicas, sino que lo hacía en barrios mixtos y mezclados, con algunas
excepciones como el chií Ciudad Sáder, un gueto de exclusión económica y social
ya en tiempos de Sadam.
Ese cambio a peor no es una mera percepción. Está cuantificado. En las
primeras semanas de 2007, antes del nuevo plan de seguridad puesto en marcha el
14 de febrero, Bagdad sufría una media de 1.047 atentados semanales frente a los
904 de la segunda mitad de 2006 o los 408 de mediados de 2004. Son datos del
Pentágono, que no contabiliza muertos iraquíes, pero las cifras de víctimas van
en proporción. De acuerdo con las más ponderadas, en 2006 murieron 34.500
civiles en todo el país de los 65.000 documentados desde el principio de la
invasión (a los que hay que sumar 6.500 agentes de las fuerzas de seguridad).
"No existe verdadero deseo de coexistencia", resume Mohamed Abu Baker, un
portavoz del Parlamento iraquí. Husein Abdulhadi se resiste a aceptarlo. Chií
originario de Basora, pero tempranamente trasplantado a la capital que siente
como suya, ha levantado su nuevo hogar en Al Qadisiya, un barrio
mayoritariamente suní donde ha establecido buenas relaciones con la mayoría de
los vecinos. "¿Cuál es la alternativa? ¿Encerrarnos cada uno en nuestra casa?
Eso es enterrarnos en vida. Todos somos iraquíes y este temor recíproco de las
comunidades sólo lleva a nuestra destrucción", subraya.
Pero reconoce que no se fía del segundo hijo de los Al Duleimi, que viven dos
casas más allá. "Anduvo preguntando a los amigos de mi hijo cómo respondería yo
si el Ejército del Mahdi nos atacara; le dije que no planteara cuestiones
hipotéticas, que llegado el momento vería mi respuesta". Pero la presencia de
los sadristas (seguidores de Múqtada al Sáder) no es hipotética. Los altavoces
de la vecina mezquita de Al Baya'eq, bajo su control, se encargan cada viernes
de recordar quién tiene el poder con un discurso que es cualquier cosa menos
conciliador. Esa retórica que hiere los oídos de Abdulhadi, un hombre religioso,
pero moderado, suena a provocación entre los suníes.
A las siete y media de la tarde, en un extraño momento de sosiego, entre el
paso de varios helicópteros y el tableteo de una ametralladora, se oye la
llamada del almuédano. Falta media hora para que el toque de queda vacíe la
ciudad. Un grupo de amigos nos reunimos frente a un masguf, la típica
carpa del Tigris, pero no podemos hacerlo a orillas del río, en la famosa calle
de Abu Nawas. Sus cafetines y restaurantes hace mucho que cerraron por falta de
clientes. Es Ammar, un colega iraquí, quien ha traído al hotel ese pescado
convertido en seña de identidad de los bagdadíes. Su sabor desata recuerdos. "Sadam
era un criminal, pero teníamos seguridad", concluyen los presentes.