El Gobierno italiano ha pedido una moratoria universal de las ejecuciones.
Esta petición ha sido apoyada por muchos gobiernos europeos. Como institución,
las Naciones Unidas están contra la pena de muerte, y sus órganos para los
derechos humanos han condenado con frecuencia el castigo capital como una
violación del derecho a la vida.
Cuando la pena de muerte es ejecutada tras un juicio injusto, se considera
tanto una violación del derecho a la vida como una violación de la prohibición
de castigos crueles, degradantes e inhumanos, incluso en países que no han
prohibido la pena de muerte. Es decir, la pena de muerte tras un proceso
injusto es ilegal en todas partes y bajo cualquier circunstancia.
En septiembre de 2006, tras la aparición de un artículo en el New York Times
en el que se revelaba la consumación de varias ejecuciones en Iraq, la
comunidad internacional cuestionó a las autoridades iraquíes por la presunta
ejecución de una docena de iraquíes tras un juicio injusto. Pero como se sabe
tan poco de los juicios que se están celebrando allí –los EEUU y las
autoridades iraquíes se afanan en asegurarse de que se haga pública la menor
información posible sobre esos juicios-, todo se redujo al silencio.
Después de –y no antes, ominosamente- la ejecución del Presidente iraquí Sadam
Husein el 30 de diciembre de 2006, numerosos gobiernos y funcionarios de NNUU
se cuestionaron esas ejecuciones que tenían lugar tras procesos que, en
niveles muy niveles, eran considerados injustos e ilegales. En esa ocasión,
varios abogados internacionales habían documentado un juicio que discurrió de
forma tan injusta que el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Detenciones
Arbitrarias lo había denominado como tal no una sino dos veces a lo largo de
un período de un año. El gobierno de los EEUU y las autoridades iraquíes se
quedaron impertérritos antes esta condena pública.
Esta condena fue de nuevo reiterada por varios estados y por funcionarios de
los derechos humanos de Naciones Unidas cuando las autoridades
colaboracionistas con el gobierno de EEUU ejecutaron a dos personas más tras
el mismo juicio injusto. Y de nuevo se reiteró, más recientemente, esta vez en
un informe legal dirigido a los tribunales iraquíes por el Alto Comisionado de
Naciones Unidas para los Derechos Humanos cuando las autoridades iraquíes, en
colaboración con los soldados estadounidenses que invadieron y ocuparon su
país, se prepararon para llevar a cabo la ejecución legal de un cuarto acusado
tras el mismo juicio injusto ante el Tribunal Especial Iraquí.
Frente a condenas tan fuertes, uno podría pensar que cualquier gobierno con
alguna gota de humanidad pararía de ejecutar a personas tras celebrar juicios
injustos. En lugar de eso, el gobierno estadounidense y sus colaboradores
iraquíes, conforme sus atroces hechos van saliendo a la luz, se muestran más
sedientos aún de sangre iraquí.
Parece que no ha sido suficiente con que la ilegal invasión y ocupación de
Iraq por EEUU haya matado hasta la fecha aproximadamente a un millón de
iraquíes. Parece que tampoco basta con que los escuadrones de la muerte,
supuestamente organizados por las autoridades iraquíes para eliminar sumaria y
extrajudicialmente a sus oponentes, hayan asesinado a cientos si no a miles de
iraquíes. Esos asesinatos de objetivos bien definidos son una curiosa
reminiscencia de la forma en que las autoridades israelíes han asesinado
cobardemente a miles de mujeres, minusválidos y niños palestinos durante
décadas, como si estuvieran llevando a cabo alguna limpieza perversa de las
comunidades que odian.
Efectivamente, las ejecuciones han sido desde siempre una forma brutal de
opresión que las sociedades con odios intensos han aplicado a quienes se
oponían a ellos. Los franceses llevaron a cabo esas ejecuciones de castigo
cuando los argelinos luchaban por su libertad. Los italianos hicieron lo mismo
en Libia en sus luchas de una década de duración para sofocar el movimiento de
liberación de Omar Muhktar.
En épocas modernas, EEUU es único, entre todos los países del mundo, en la
barbarie de sus ejecuciones. Aplica la pena de muerte, a través de las
modalidades más inhumanas, a niños, a personas discapacitadas física o
mentalmente y a mujeres. No sólo la pena de muerte que aplican los
estadounidenses ha sido condenada como una violación del derecho a la vida,
sino que también ha sido condenada como una violación de la prohibición de la
tortura y de los castigos crueles, inhumanos y degradantes en numerosas
ocasiones por el Tribunal Europeo para los Derechos Humanos, la Comisión
Interamericana para los Derechos Humanos y diversos tribunales de países
europeos. Incluso el Tribunal Internacional de Justicia ha condenado al
gobierno de EEUU por llevar a cabo ejecuciones después de juicios injustos en
los que a los acusados extranjeros no se les permitió los derechos consulares
que EEUU había acordado proporcionarles.
La historia de las ejecuciones en los EEUU concuerda con la actuación de los
colaboradores iraquíes en el poder emulando las más inhumanas prácticas de los
estadounidenses. Es duro ver cómo uno de los jefes de los colaboradores, el
Sr. Nuri Al Maliki, siente que obtendrá la alabanza de sus patrocinadores
cuanto más sangre derrame de su propio pueblo. Tal barbarie tiene el doble
efecto de distraer la atención del pueblo iraquí de la diaria carnicería y de
la carencia de servicios básicos que les asola. También desvía la atención del
creciente fracaso de los oficiales que colaboran con EEUU y sus aliados a la
hora de librar a Iraq de los árabes y musulmanes que tienen el suficiente
valor para resistir frente a EEUU. Esas gentes suponen una amenaza para la
autoridad de los colaboradores que no sienten remordimiento al derramar la
sangre de su propio pueblo.
Un ejemplo destacado de la desvergonzada matanza de iraquíes es el caso de
tres mujeres iraquíes que se encuentran ya esperando una ejecución inminente
por las autoridades iraquíes tras juicios injustos. En la prisión de Al-Kadhimiya
de Bagdad, la Sra. Wasan Talib, de 31 años, la Sra. Zainab Fadhil, de 25, y la
Sra. Liqa Omar Muhammad, de 26, esperan ser ejecutadas tras un juicio que
Amnistía Internacional condenó por injusto.
Al parecer, ninguna de las tres mujeres dispuso de representación legal y
ninguna de ellas tuvo tiempo suficiente ni posibilidades de preparar su
defensa. Ni siquiera está claro que fueran sometidas a juicio. Como The New
York Times señaló en septiembre de 2006, algunos juicios que acabaron en pena
de muerte no duraron ni unas pocas horas, y no se llamó a testigo alguno ni se
examinó ninguna prueba significativa. Efectivamente, incluso en el juicio del
presidente iraquí, los EEUU crearon y controlaron un Tribunal Especial Iraquí
que rechazó admitir ninguna prueba exculpatoria, incluso aunque estuvieran en
posesión de tal prueba y que la defensa reclamó repetidamente que no fue
atendida. Uno puede sólo pensar en qué evidencia, si es que hubo alguna, se
ofreció contra esas mujeres.
Las tres mujeres fueron acusadas del vago delito de actuar contra el bienestar
público según el artículo 156 del Código Penal Iraquí. Esta provisión afirma
que “Cualquier persona que cometa deliberadamente un acto que implique un
intento de violar la independencia del país o su unidad o la seguridad de su
territorio, y ese acto, por su naturaleza, conduzca a una violación tal, es
punible con la muerte”.
Y mientras las tres jóvenes mujeres esperan su ejecución, dos de ella están
cuidando de dos niños pequeños; una está criando a una hija de un año de edad
que ha nacido en la prisión.
Esos espectáculos deleznables no se aproximan ni a la más mínima definición de
“juicio”; al contrario, no son más que meros ejemplos de “crímenes de guerra”
aplicados a prisioneros de guerra o a civiles a través de juicios injustos.
El caso de esas jóvenes mujeres refleja la clase de Iraq que las actuales
autoridades iraquíes están creando: un país en el que las mujeres iraquíes son
ejecutadas por los colaboradores iraquíes buscando ganarse la aprobación de
sus tesoreros, los estadounidenses y sus aliados; un Iraq en el cual se deja
huérfanos a los niños para ganarse la aprobación de estadounidenses que no
sólo han invadido Iraq sino que también han violado y asesinado a los iraquíes
con total inmunidad de persecución por parte de los tribunales iraquíes.
Irónicamente, mientras esas mujeres esperan su destino, un soldado
estadounidense ha sido sentenciado a ocho años de cárcel por matar a un
iraquí. Esa sentencia da a entender, sin duda alguna, a los colegas del
soldado que matar a un iraquí no es un delito grave, ya que el mismo soldado
podría fácilmente haber terminado con una sentencia a cadena perpetua en
prisión si hubiera matado a un estadounidense. Ni un solo soldado
estadounidense ha sido sentenciado a cadena perpetua por matar a un iraquí.
Aunque la comunidad internacional ha condenado constante y crecientemente las
ejecuciones en Iraq sólo a base de palabras, hasta la fecha no se ha
emprendido acción alguna. Ni se han utilizado los artículos de las
Convenciones de Ginebra que protegen a civiles y prisioneros de guerra de
juicios injustos. Esas provisiones requieren que todos los estados busquen y
lleven ante sus tribunales a cualquier persona implicada en un proceso
injusto.
Ni los EEUU, ni sus colaboradores locales iraquíes, ni la comunidad
internacional ignoran los procesos injustos que están precediendo regularmente
a las ejecuciones en Iraq. Los estadounidenses implicados en asegurar procesos
injustos se han jactado en ocasiones de sus roles ante la prensa. Sin embargo,
ningún estado de la comunidad internacional ha emitido una orden de arresto
contra ninguna de las personas implicadas en esos procesos. Además, ni un solo
órgano internacional, ni un solo estado, ha actuado para imponer sanciones
contra Iraq por sus ejecuciones ilegales, o contra EEUU por su papel al
orquestar algunos de los procesos injustos que precedieron a las ejecuciones.
Y mientras algunos tribunales federales de EEUU se han movilizado, en un
juicio reciente, para proteger a ciudadanos estadounidenses de las
consecuencias de procesos injustos, y en consecuencia de ejecuciones ilegales
en Iraq, ningún estado ha movido una mano para proteger a los iraquíes. Como
si estuviera atrapada en algún vacío intemporal y amoral, la comunidad
internacional se sirve de las palabras cuando ya se ha probado que las
palabras no valen para nada, observando con absoluta pasividad como iraquíes
matan a iraquíes a instancias de sus socios estadounidenses.
¿Significa esa inacción que la comunidad internacional es demasiado cobarde
para actuar contra quienes colaboran con el ejército de EEUU? ¿Significa que
la condena de la pena de muerte por más de la mitad de los países del mundo,
así como por las Naciones Unidas, no es más que un simple gesto vacío?
¿Significa que las vidas de los árabes y los musulmanes tienen menos valor que
las propias vidas de los estadounidenses y sus aliados?
Tres mujeres iraquíes están a punto de perder la vida para probar que la
respuesta a todas y cada una de esas tres preguntas es un rotundo “SÍ”.