La genial jugada geoestratégica se gesta cuando los precios del
crudo rasguñan 80 dólares el barril, mientras las bolsas anglosajonas se
desploman.
Resucitada del cementerio geopolítico cuando estuvo a punto de
suicidarse con el veneno neoliberal que le administraron sus verdugos
anglosajones, mientras consolida su defensa, ahora Rusia pasa a la
contraofensiva después de contestar el despliegue misilístico balístico que el
régimen torturador bushiano intenta colocar en sus narices: optimiza su
capacidad de respuesta nuclear frente a las bravatas de Dick Cheney; congela el
tratado de armas convencionales en Europa; captura el corazón del Polo Norte
repleto de hidrocarburos y anuncia su expansión marítima en el Mar Mediterráneo
(¿en Siria y Argelia?), mientras aprieta las tuercas gaseras en la "periferia
inmediata" de Belarús e inicia ejercicios militares conjuntos con China, en
vísperas de la trascendental cumbre del Grupo de Shanghai en Kirguizia.
Es probable que los historiadores citen el inicio oficial de la
nueva "guerra gélida", dadas las coordenadas donde se desarrolla, el primer día
de agosto pasado, cuando la tripulación rusa de dos submarinos expedicionarios
colocó su bandera de un metro de altura y de material anticorrosivo de titanio a
una profundidad de 4 mil 200 metros.
Para la población rusa, humillada durante la fase derrotista de
Gorbachov y Yeltsin, la hazaña del Artico rememora medio siglo más tarde la
epopeya del satélite Sputnik. El zar geoenergético global quizá sea
todavía mejor sicólogo que genial geopolitólogo: ha resucitado a Rusia de entre
los muertos, en el más puro estilo dostoievskiano, y le ha devuelto el orgullo
perdido a su alma extraviada en las estepas.
Más allá de la dotación de armas nucleares y misiles
intercontinentales, imprescindibles para una potencia que desea ser respetada en
el mundo hobbesiano en el que pervive la mentalidad paranoide anglosajona, Rusia
constituye la primera reserva energética de hidrocarburos del planeta (cuando se
suman el gas y el petróleo, sin contar el Artico) y ahora posee la tercera
reserva de divisas (¡el equivalente de la zona euro!), habiendo desbancado a
Taiwán y a punto de desplazar a Japón del segundo lugar, gracias a su estupendo
manejo geoestratégico del oro negro: todo lo contrario de los ineptos
neoliberales "mexicanos", quienes han dilapidado la riqueza nacional.
No es momento de detenernos en las mediocridades neoliberales
"mexicanas" en plena deriva, sino en las genialidades rusas que reclaman 45 por
ciento del Artico, que no es fácilmente definible en sus fronteras y alberga 25
por ciento de los hidrocarburos del planeta. Nuestros cálculos arrojan que a la
cotización actual, las reclamadas reservas rusas en el Artico valdrían alrededor
de 5 billones de dólares, es decir, siete veces su PIB nominal.
Bien decía La Fontaine en sus célebres fábulas, un poco con
mentalidad contable o de "suma cero", como suelen espetar en Harvard, que "la
desgracia de unos es la fortuna de otros". Una de las consecuencias del
"calentamiento global" versa sobre el derretimiento del Polo Norte, que cambiará
en forma dramática la circulación marítima y permitirá un mejor acceso para
explotar sus fuentes energéticas. ¿Significa la degradación relativa del Canal
de Panamá, ya no se diga del istmo de Tehuantepec, cuando será mas corto
trasladar las mercancías entre Europa del Norte, la costa occidental de Estados
Unidos y el Norte Asiático (China, Japón y la península coreana) a través del
Artico descongelado durante los veranos?
La genial jugada geoestratégica rusa tomó desprevenidos a los otros
siete países ribereños: Canadá, Estados Unidos, Dinamarca, Islandia, Noruega,
Finlandia y Suecia. ¿Quién será el guapo en alcanzar las profundidades
exploradas por los submarinos rusos y luego atreverse a quitar la bandera
simbólica de titanio, a riesgo de una conflagración?
Mientras el gobierno bushiano mantiene un estruendoso silencio,
contrario a sus costumbres bélicas unilaterales, el primer ministro de Canadá,
Stephen Harper, ha reaccionado en forma contraria a la flema habitual de sus
gobernados mediante medidas militares que no corresponden a su naturaleza
pacífica, con el propósito de restablecer el control del Artico, pero en la
superficie (en el doble sentido de la palabra): "creación de un puerto en las
aguas profundas y un centro de entrenamiento militar permanente, así como el
refuerzo de patrullas soberanas en el Gran Norte", con un costo de 7 mil
millones de dólares (Le Monde, 11/08/07).
Harper, quizá azuzado por la banca anglosajona, cuya prensa en pleno
ataque epiléptico ha fustigado la "piratería rusa", ha hecho de la "soberanía
canadiense" en el Polo Norte un asunto de orgullo personal, y de facto
inició su inevitable militarización.
Quizá un poco tarde, el rotativo Le Monde (12/08/07),
considerado el portavoz de la cancillería francesa, aboga en forma precavida y
racional por "un Artico para todos" (al estilo de la Antártida) y sitúa los
recientes posicionamientos de Rusia y Canadá en el contexto de "tres apuestas
estratégicas mayores para la Unión Europea (UE)" en los ámbitos "militar,
económico y ambiental". El aspecto militar: la presencia de submarinos nucleares
de Estados Unidos y Rusia "amenaza las grandes urbes del hemisferio norte". El
aspecto económico: "la seguridad y el abastecimiento energético de la UE pasará
mañana por el Artico". El aspecto ecológico: "si Groenlandia (nota:
perteneciente a Dinamarca) constituye la mayor reserva de agua dulce del planeta
(nota: ¿no era la Antártida?), la explotación de Alaska como la contemplan los
países ribereños corre el riesgo de degradar aún más el medio ambiente".
La genial jugada geoestratégica rusa, que se incrusta en el corredor
marítimo polar en la cercanía de Estados Unidos, que aísla de paso a Gran
Bretaña, se inscribe en la lógica del derecho internacional que, por cierto, no
respetó la anglosfera en Irak con el fin de saquear su riqueza
petrolera.
Canadá, un país pacifista otrora ejemplar y miembro prominente de la
anglosfera que perdió su alma al colaborar militarmente con la
deleznable dupla Bush-Blair en la devastación de Afganistán, carece de la
disuasiva musculatura militar para confrontar a Rusia.
Más allá de la posesión de las 200 millas naúticas (320 kilómetros),
la Convención de la Ley Marítima de la ONU (UNCLOS, por sus siglas en inglés)
extiende la propiedad a las placas geológicas continentales.
La posesión del Artico se volvió un asunto meramente geológico: si
Rusia demuestra que 45 por ciento del Artico, donde se asientan las pletóricas
reservas de hidrocarburos, constituye la prolongación de las placas Lomonosov y
Mendeleyev, muy poco podrán discutir los otros siete países ribereños sobre el
contenido de la convención que Estados Unidos se arrepentirá toda su vida de no
haber ratificado.
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(*) "Bajo la Lupa" -Columna del autor en La Jornada, México