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George W. Bush y Mahmud Ahmadineyad |
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La
Administración USA ha de tomar una decisión muy dolorosa y poco
agradable: invitar a Irán a tomar parte en el proceso de
estabilización en Oriente Próximo. Dicho con más exactitud, en
Irán.
Por Piotr
Gonhcarov - RIA Novosti
Es de señalar que en esta ocasión el tema fue planteado por la
parte norteamericana. Según se desprende del sonado informe
preparado por el ex secretario de Estado James Baker y el ex
congresista Lee Hamilton y entregado el pasado miércoles 6
de diciembre al
inquilino de la Casa Blanca, la situación en Irak puede
degenerar en un caos que tendrá como consecuencias no sólo "el
derrocamiento del Gobierno y la catástrofe humanitaria". Es alta
la probabilidad de que el derramamiento de sangre se extienda a
otros Estados del área y el conflicto adquiera proporciones
regionales.
El veredicto emitido por Baker-Hamilton es poco consolador: en
este caso la imagen de Estados Unidos a escala mundial sería
fuertemente deteriorada para una perspectiva visible, mientras
en el seno de la sociedad norteamericana la polaridad de
opiniones se acentuaría aun más.
¿Cómo enmendar esta situación? Para acabar con la violencia en
Irak, Baker y Hamilton proponen que tome cartas en el asunto
Irán. Es una propuesta lógica, pero, teniendo en cuenta las
"simpatías" recíprocas de las administraciones iraní y
norteamericana, su materialización práctica suscita.
La propuesta a las autoridades de Teherán de desarrollar
cooperación bilateral en Irak requerirá entablar negociaciones
directas, cosa que hasta hoy día se consideraba inconcebible
para la Casa Blanca.
Las causas son varias. Una de ellas es el tan mentado expediente
nuclear iraní. "Descartamos las negociaciones bilaterales (con
la parte iraní) hasta que Irán, bajo el control de otros países,
no cese los trabajos de enriquecimiento de uranio", en estos
términos comentó el portavoz de la Casa Blanca las
recomendaciones de la comisión Baker y Hamilton.
Otra causa es todavía más dolorosa para Washington. No se sabe
cómo se comportaría Irán que últimamente se empeña en
posicionarse como nueva potencia mesoriental. No cabe la menor
duda de que Teherán, en caso de acceder a las negociaciones,
presentará considerables exigencias.
Por si fuera poco, hoy por hoy, el propio Irán está menos
interesado que otros países del área en que EE.UU. se retire de
Irak. Las autoridades de Teherán se dan perfecta cuenta de la
responsabilidad que en tal caso recaería sobre Irán. ¿Dispondrá
Irán de suficientes fuerzas y medios para impedir que la
situación en el país vecino degenere en una guerra, sin olvidar
el Líbano y el conflicto palestino-israelí?
Desde luego que no. Más aun, debido a su programa nuclear, la
aspiración de Irán a ocupar posiciones cimeras es recibida a
punto de bayoneta por los Estados del Golfo Pérsico. Prueba de
ello es el rechazo por ellos de la iniciativa de Teherán
consistente en concluir un pacto de no agresión y no injerencia
en los asuntos internos de cada cual, documento llamado a
relajar la tensión en torno a su expediente nuclear.
De modo que si EE.UU. se retira, Irán bien podría enfrentarse a
solas con todos los problemas del área y también con una
coalición antiiraní. Ello no obstante, Irán sigue empeñado en
boicotear la presencia de EE.UU. en el área, sin cruzar "la
línea roja" que sólo sus dirigentes saben por donde pasa. Para
Teherán es una política a priori ventajosa en el "regateo" a
distancia con Washington, y no sólo en lo concerniente al
expediente nuclear sino también en la defensa de las prioridades
regionales.
Tampoco cabe olvidar el actual Gobierno de Irak que por razones
bien comprensibles elude tocar el tema de retirada de EE.UU.,
generando de este modo dificultades adicionales para Irán. Valga
como ejemplo la reciente cumbre Irán-Irak. La visita del
presidente iraquí Talabani a Irán fue presentada por Teherán
como una incipiente alianza estratégica en Oriente Próximo. La
declaración conjunta emitida por Talabani y Ahmadineyad aborda
varios problemas de importancia relativos al arreglo de las
relaciones bilaterales y de la situación en general, pero no
dice nada sobre las tropas de coalición estacionadas en Irak.
Altos cargos oficiales de la Casa Blanca no descartan que a
finales de diciembre el presidente George Bush anuncie los
cambios en la estrategia de Estados Unidos en Irak. Lo haría
después de confrontar las conclusiones contenidas en el informe
de la comisión Baker y Hamilton con las recomendaciones de otros
dos informes análogos sobre Irak. Uno ya está siendo preparado
para la Casa Blanca por el Consejo de Seguridad Nacional
subalterno de la Presidencia; otro, por la Junta de Jefes de
Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de EE.UU.
Mientras tanto, la Administración de George Bush debería
reconocer que en el momento actual, EE.UU. no tiene diseñada una
política más o menos clara sobre la evolución de la situación en
el área mesoriental. Esto se refiere tanto a las relaciones
entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina como a la
situación en el Líbano. La postura respecto a la situación en
Irak también necesita ser sustancialmente enmendada. La clave
para resolver muchos problemas podría ser encontrada en Irán,
pero, según se ve, tampoco es una tarea fácil.
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