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Irán-EE.UU.: nadie habla, todos prefieren no escuchar

 
 

(IAR-Noticias) 24-Diciembre-06

Si la escalada militar ocurre, será el costo desmesurado de no haber podido entablar nunca una seria negociación política.

Por
Oscar R. Cardoso
- Clarín

Ahora que el Consejo de Seguridad de la ONU se apresta a aplicar sanciones a Irán, que su teocracia seguramente interpretará como otra "agresión" occidental, y que más naves de guerra —estadounidenses e inglesas— arribarán en enero a aguas internacionales cercanas a aquel país, la idea de una escalada que lleve a un nuevo conflicto militar en el Asia está otra vez sobre la mesa, luciendo saludable.

Los observadores más optimistas creyeron que la degradación de la situación en Irak —acentuada en 2006— y el agotamiento del favor público en Estados Unidos para con los manejos internacionales de George W. Bush habían sacado de pista esa opción. Pero en Washington todo presidente, aun uno en condición de "pato políticamente cojo" como Bush, tiene en materia de paz y de guerra un amplio margen de maniobra para huir hacia adelante en encrucijadas como la iraquí. Un antecedente relevante de esto es el que ofreció Lyndon Jonson en los 60 cuando decidió suicidarse políticamente en Vietnam —ampliando el compromiso militar de su país en el sudeste asiático— y llevándose consigo una agenda de transformación doméstica que podría haberlo tenido hoy en un lugar de referencia como los que ocupan Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy entre los próceres demócratas.

Hay más antecedentes relevantes —y olvidados— del curso de acontecimientos alrededor de Irán y su programa nuclear. En 2003, muy poco después de la caída de Bagdad, un facsímil de asombroso contenido arribó a una dependencia de Estado, transmitido desde Suiza —Berna es el canal por el cual los iraníes mantienen contacto con Estados Unidos, desde que ambos países rompieran relaciones en 1979—, cuyo gobierno autenticaba el contenido. La oferta tenía el respaldo del presidente iraní de entonces, el moderado Mohammad Khatami, y del principal líder religioso, el ayatolá Ali Khamenei.

Era una propuesta iraní para realizar una negociación amplia con Washington que incluía casi todos los temas que hoy forman parte de la lista de regalos iraníes que Bush no recibirá estas navidades de Teherán. El documento proponía acordar el control internacional antiproliferación sobre el programa nuclear iraní -que aún no enriquecía uranio—, tomar "acción decisiva" conjunta para combatir el terrorismo, cooperar en la estabilización de Irak, detener la ayuda de Irán a la resistencia armada palestina a la ocupación israelí y, aún más sorprendente, aceptar una fórmula pacificadora saudita de breve vida que incluía un reconocimiento explícito del Estado de Israel y de su derecho a existir.

Las demandas de contrapartida no eran irracionales. Los iraníes querían seguridades sobre el respeto a su soberanía política (esto es, seguridad de que Estados Unidos no persistiría en el intento de desestabilizar su régimen), acceso a tecnología nuclear pacífica bajo salvaguardias y una interrupción de las sanciones internacionales que ahora pueden aumentar.

El documento, citado frecuentemente desde entonces pero sólo recientemente obtenido por fuentes académicas independientes, no sobrevivió ni unas horas en una administración aún absorta en su triunfo militar convencional y en la ilusión del agradecimiento cercano del pueblo iraquí a sus "libertadores" por la invasión que estaban soportando. El consenso de la administración Bush de entonces, recordó recientemente Flynt Leverett (un ex analista de la CIA convertido en crítico de Bush y de sus políticas), era que el gobierno iraní estaba muy debilitado y que casi cualquier acción agresiva, abierta o encubierta de Estados Unidos lo arrastraría en caída libre. Los soldados estadounidenses nunca conocieron las mieles de la veneración popular iraquí y Khatami, el sensato, no sólo siguió gobernando sino que dio paso a su actual sucesor, Mahmoud Ahmadinejad, un nacionalista de corte populista que se ha emplazado tan lejos de aquel facsímil como para emplear como arma propagandística la negación del Holocausto.

No sólo eso. Desde aquella propuesta Irán ha avanzado en la centrifugación de material atómico, ha enriquecido uranio y —merced a las divisas que le ha traído el crecimiento de los precios internacionales del petróleo— está hoy en mejores condiciones que entonces de hacer frente a un conflicto de armas. El momento se ha perdido: los observadores coinciden en que aquella propuesta iraní fue una ampliación del síndrome que en 2001 llevó a Teherán a cooperar con Washington en la provisión de inteligencia sobre Afganistán. En 2003 los iraníes no salían de un asombro alarmado por la rapidez con que la fuerza invasora —estadounidense en su grueso— había derrotado a los ejércitos de Saddam Hussein, con los que ellos habían batallado sin éxito durante ocho años de la década del 80. Las fuerzas militares de Washington, atrapadas hoy en una interminable batalla contrainsurgente que está degenerando en una guerra civil entre musulmanes sunnitas y chiítas no parecen hoy tan impresionantes. La ausencia siquiera de unas pocas ideas claras en la conducción política hace que esas mismas tropas aparezcan increíblemente huérfanas a pesar de su innegable poderío material.

Conviene detenerse un instante entre quienes desestiman, aun hoy, aquella oportunidad perdida. No tiene sentido derramar lágrimas sobre aquella leche racional derramada porque Irán nunca —entonces, ahora— tuvo la intención real de negociar nada, ni qué hablar de un reconocimiento a Israel. Se aplicaría en este caso la misma lógica que la administración Bush guarda para con Siria; con Damasco no hay nada que hablar porque no escucha nada.

Aun sin entrar a debatir la verdad de estas premisas, cabe señalar que remiten a un universo de ucronía, uno de historia que —sencillamente— no fue. Como nunca se ensayó un diálogo serio con Irán (ni con Siria) es imposible decir con certeza cuál hubiese sido su resultado. En todo caso es bueno saber que hubo —y quizá haya aún— otra vía de cara a la escalada que se insinúa.
 

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