Ahora que el Consejo de Seguridad de la ONU se apresta a aplicar sanciones a
Irán, que su teocracia seguramente interpretará como otra "agresión" occidental,
y que más naves de guerra —estadounidenses e inglesas— arribarán en enero a
aguas internacionales cercanas a aquel país, la idea de una escalada que lleve a
un nuevo conflicto militar en el Asia está otra vez sobre la mesa, luciendo
saludable.
Los observadores más optimistas creyeron que la degradación de la situación en
Irak —acentuada en 2006— y el agotamiento del favor público en Estados Unidos
para con los manejos internacionales de George W. Bush habían sacado de pista
esa opción. Pero en Washington todo presidente, aun uno en condición de "pato
políticamente cojo" como Bush, tiene en materia de paz y de guerra un amplio
margen de maniobra para huir hacia adelante en encrucijadas como la iraquí. Un
antecedente relevante de esto es el que ofreció Lyndon Jonson en los 60 cuando
decidió suicidarse políticamente en Vietnam —ampliando el compromiso militar de
su país en el sudeste asiático— y llevándose consigo una agenda de
transformación doméstica que podría haberlo tenido hoy en un lugar de referencia
como los que ocupan Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy entre los próceres
demócratas.
Hay más antecedentes relevantes —y olvidados— del curso de acontecimientos
alrededor de Irán y su programa nuclear. En 2003, muy poco después de la caída
de Bagdad, un facsímil de asombroso contenido arribó a una dependencia de
Estado, transmitido desde Suiza —Berna es el canal por el cual los iraníes
mantienen contacto con Estados Unidos, desde que ambos países rompieran
relaciones en 1979—, cuyo gobierno autenticaba el contenido. La oferta tenía el
respaldo del presidente iraní de entonces, el moderado Mohammad Khatami, y del
principal líder religioso, el ayatolá Ali Khamenei.
Era una propuesta iraní para realizar una negociación amplia con Washington que
incluía casi todos los temas que hoy forman parte de la lista de regalos iraníes
que Bush no recibirá estas navidades de Teherán. El documento proponía acordar
el control internacional antiproliferación sobre el programa nuclear iraní -que
aún no enriquecía uranio—, tomar "acción decisiva" conjunta para combatir el
terrorismo, cooperar en la estabilización de Irak, detener la ayuda de Irán a la
resistencia armada palestina a la ocupación israelí y, aún más sorprendente,
aceptar una fórmula pacificadora saudita de breve vida que incluía un
reconocimiento explícito del Estado de Israel y de su derecho a existir.
Las demandas de contrapartida no eran irracionales. Los iraníes querían
seguridades sobre el respeto a su soberanía política (esto es, seguridad de que
Estados Unidos no persistiría en el intento de desestabilizar su régimen),
acceso a tecnología nuclear pacífica bajo salvaguardias y una interrupción de
las sanciones internacionales que ahora pueden aumentar.
El documento, citado frecuentemente desde entonces pero sólo recientemente
obtenido por fuentes académicas independientes, no sobrevivió ni unas horas en
una administración aún absorta en su triunfo militar convencional y en la
ilusión del agradecimiento cercano del pueblo iraquí a sus "libertadores" por la
invasión que estaban soportando. El consenso de la administración Bush de
entonces, recordó recientemente Flynt Leverett (un ex analista de la CIA
convertido en crítico de Bush y de sus políticas), era que el gobierno iraní
estaba muy debilitado y que casi cualquier acción agresiva, abierta o encubierta
de Estados Unidos lo arrastraría en caída libre. Los soldados estadounidenses
nunca conocieron las mieles de la veneración popular iraquí y Khatami, el
sensato, no sólo siguió gobernando sino que dio paso a su actual sucesor,
Mahmoud Ahmadinejad, un nacionalista de corte populista que se ha emplazado tan
lejos de aquel facsímil como para emplear como arma propagandística la negación
del Holocausto.
No sólo eso. Desde aquella propuesta Irán ha avanzado en la centrifugación de
material atómico, ha enriquecido uranio y —merced a las divisas que le ha traído
el crecimiento de los precios internacionales del petróleo— está hoy en mejores
condiciones que entonces de hacer frente a un conflicto de armas. El momento se
ha perdido: los observadores coinciden en que aquella propuesta iraní fue una
ampliación del síndrome que en 2001 llevó a Teherán a cooperar con Washington en
la provisión de inteligencia sobre Afganistán. En 2003 los iraníes no salían de
un asombro alarmado por la rapidez con que la fuerza invasora —estadounidense en
su grueso— había derrotado a los ejércitos de Saddam Hussein, con los que ellos
habían batallado sin éxito durante ocho años de la década del 80. Las fuerzas
militares de Washington, atrapadas hoy en una interminable batalla
contrainsurgente que está degenerando en una guerra civil entre musulmanes
sunnitas y chiítas no parecen hoy tan impresionantes. La ausencia siquiera de
unas pocas ideas claras en la conducción política hace que esas mismas tropas
aparezcan increíblemente huérfanas a pesar de su innegable poderío material.
Conviene detenerse un instante entre quienes desestiman, aun hoy, aquella
oportunidad perdida. No tiene sentido derramar lágrimas sobre aquella leche
racional derramada porque Irán nunca —entonces, ahora— tuvo la intención real de
negociar nada, ni qué hablar de un reconocimiento a Israel. Se aplicaría en este
caso la misma lógica que la administración Bush guarda para con Siria; con
Damasco no hay nada que hablar porque no escucha nada.
Aun sin entrar a debatir la verdad de estas premisas, cabe señalar que remiten a
un universo de ucronía, uno de historia que —sencillamente— no fue. Como nunca
se ensayó un diálogo serio con Irán (ni con Siria) es imposible decir con
certeza cuál hubiese sido su resultado. En todo caso es bueno saber que hubo —y
quizá haya aún— otra vía de cara a la escalada que se insinúa.