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Riesgo. Hay gente viviendo frente a un edificio a punto de caer, en Tiro. Foto: Clarín |
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Veneran la memoria de sus muertos, víctimas de los bombardeos de
Israel.
Jóvenes y ancianos, divididos en su lealtad a Hezbollah
Por
María Laura Avignolo
- enviada especial, Clarín
En el patio de la familia Hachen, Mariam, la matriarca, da
estrictas órdenes a su hiperactivo nieto, Hassan, en medio del polvo de la
reconstrucción de su casa, después de los bombardeos durante la guerra
contra Israel. Ella y el niño han vivido para contarlo: son sobrevivientes
de la masacre de Cana, en la que perecieron 11 de sus hijos, nietos y
nueras. Estaban refugiados en el edificio junto a otras 52 personas, donde
hoy sólo queda un inmenso agujero. "Ni Hezbollah ni nadie. Yo no pedí ni
una libra. Todo salió de aquí", dice la matriarca, señalando la inmensidad
de su bolsillo, bajo su estricto chador negro shiíta.
En el círculo de familiares, sentados en las sillas de plástico, no vuela
ni una mosca cuando ella habla. Salvo el grito furioso de Mona Kamal, la
joven viuda de su hijo "mártir", Mahmoud, que perdió a dos de sus cuatro
niños en el ataque aéreo que dejó 29 civiles muertos, cuando se desplomó
sobre ellos el muro de un edificio bombardeado en Cana.
"Mentira", acusa la joven viuda. "Usted no puede decir eso porque no es
cierto. Hezbollah nos ayudó", y se levanta, dando un portazo furioso a lo
que queda de la casa. Ella trabaja en la oficina de asistencia del
Hezbollah. Mariam ni se inmuta. Agita la mano despectivamente. "Hay 11 de
mi familia que ya no están. Todos mártires. Hezbollah vino, evaluó los
daños y me dio 1.600 dólares. ¿Qué hago yo con eso cuando hay que rehacer
la casa completa? se pregunta, mientras uno de sus hijos Prepara el piso
del salón para embaldosar.
El violento incidente familiar demuestra hasta donde las generaciones
están divididas por la guerra y el rol de Hezbollah en su vida cotidiana.
La vieja generación libanesa busca la paz después de 30 años de guerra
civil, una existencia normal mientras los jóvenes, nacidos después de la
guerra civil, sienten devoción por la milicia shiíta y están
dispuestos a morir por su causa.
Hasta ahora el estado libanés aún no ha llegado a las familias de los que
murieron masacrados en Cana. Ni compensación monetaria, ni ayuda
psicológica, ni medica, ni educativa. Hezbollah funciona como el
verdadero y único estado en el sur del Líbano, frente a un estado oficial
ausente.
Zaina (21) y Zana(14) son las únicas que sobrevivieron de la familia
Chatlub en Cana. Sus padres y todos sus hermanos murieron bajo las bombas
en una sola noche. Una tía se mudó a esa casa desolada para acompañarlas.
Pero el benefactor es Hezbollah, que no sólo se ocupa de la educación y la
salud de las jóvenes. Les da 400 dólares al mes para comidas y gastos
personales y supervisa las necesidades de la casa cada tres días.
"Gracias a Dios, mis padres y mis hermanos son mártires. Es una diferencia
entre ellos y los demás: murieron con honor. Tengo un nuevo padre: el
jeque Hassan Nasrallah" dice Zaina.
En la esquina donde se produjo la masacre, el nuevo cementerio de tumbas
de mármol grises y blancas simboliza la tragedia.Y una vez más, la
omnipresencia de Hezbollah. Los muertos no sólo tienen nombre y apellido:
sus fotos ilustran el lugar con un inmenso póster y 16 de ellos son niños.
Cada atardecer, Corán en mano, Zaina y Zana bajan a orar e inician el
ritual de visitar cada tumba de su familia. El zumbido de vuelos de los
aviones israelíes se escucha todo el tiempo, como si la guerra no hubiese
finalizado.
En el camino de Beirut a Cana, los puentes están siendo restaurados
aceleradamente. Durante la guerra, las estaciones de servicio fueron
bombardeadas una a una, para romper lo que los israelíes llamaban la
"logística de Hezbollah". Azulejadas y pintadas de blanco, han vuelto a
renacer de las cenizas. ¿El milagro? La mayoría de los concesionarios son
libaneses que viven en los países del Golfo o en Africa, que enviaron el
dinero a su familia inmediatamente para repararlas.
La economía esta parada, los locales siguen desiertos o cerrados. "Los
comerciantes somos muertos vivos. Nadie tiene dinero para comprar. El
desempleo es inmenso. Todos los políticos de este país son unos ladrones.
¿Quién va a pelear esta guerra civil de la que hablan? ¿Ellos? Los
libaneses no. Nosotros aprendimos. Queremos vivir en paz", reflexiona
Hassan, frente a su puesto de clementinas sin vender, en el mercado de
Tiro.
Con sus ruinas romanas, ubicada frente al Mediterráneo, Tiro fue duramente
bombardeada en la guerra contra Israel. Un edificio de 12 pisos en el
barrio de Arramael parece a borde de caerse. Los últimos tres pisos fueron
bombardeados por los israelíes durante la guerra porque en ese edificio de
civiles funcionaba una oficina social de Hezbollah. Todo esta idéntico a
ese día.
Frente a él, la vida, si así puede llamárselo. Más de cien familias viven
en el edificio de enfrente, en medio de una nube de polvo, depresión y
autos achicharrados por las bombas en el estacionamiento. El doctor
Abed Sharafden es uno de sus habitantes. Durante los bombardeos, atendía a
los heridos en el hospital Jabal Amel de Tiro. Ahora se ocupa de los
traumas de posguerra junto a su mujer médica, la rusa Olga Gonoskova.
El doctor Sharadden se olvida de la clínica para hacer un diagnóstico
menos científico: "Por primera vez creo que no va a haber guerra civil en
Líbano. Los políticos no la quieren. La gente tampoco. La crisis es
profunda, pero política".