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Por TV. Libaneses prestan atención al mensaje del líder de Hezbollah. Foto: AP |
El movimiento chiíta Hezbollah y el Movimiento Patriótico Libre Cristiano
encabezado por el general Michel Aoun realizaron amplias movilizaciones de sus
partidarios exigiendo formar Gobierno de unidad nacional. De todas formas, Aoun
no descarta la posibilidad de que se llegue a una fórmula de compromiso entre la
oposición y la coalición gobernante (Movimiento 14 de Marzo). El ejército
libanés fue puesto en alerta.
Por Marianna Beleñkaya - RIA
Novosti
Hablando
en rigor, la situación semeja un atolladero, siendo evidente que
cualquier fórmula de compromiso no será otra cosa que un
paliativo. Aunque hasta ahora los políticos libaneses han
procurado hacer cuanto de ellos dependía por impedir que las
divergencias políticas se tradujeran en guerra civil y durante
casi un año han procurado llegar a fórmulas de compromiso sobre
todos los temas litigiosos. Pero ahora las posibilidades de
hacer concesiones recíprocas se han agotado.
La oposición exige la dimisión del
primer ministro, la redistribución de los cargos en el Gobierno y, posiblemente,
la convocatoria de nuevos comicios en los que, según espera, reúna la mayoría de
votos. A su vez, a la coalición gobernante no le conviene el presidente Emil
Lahoud a quien considera como testaferro de Siria. La oposición le paga con la
misma moneda al acusar el primer ministro en ejercicio de tramar confabulación
con Israel y Estados Unidos.
De un lado, parece que se puede llegar a una fórmula de compromiso: basta tan
sólo encontrar candidaturas de primer ministro y presidente que convengan tanto
a la coalición gobernante como a la oposición. Mas todo viene a indicar que en
el Líbano no hay tales candidaturas. Pero de todas formas sería una solución
temporal. Se trata del reparto del poder entre diversas comunidades libanesas.
Añádase a ello que el Líbano se convirtió en la arena de enfrentamiento entre
EE.UU. y Europa, de un lado, y Siria e Irán, de otro. Estas dos tendencias en
buena medida no dependen la una de la otra, pero al propio tiempo, los procesos
externos influyen en los internos.
En realidad, el Líbano tiene dos opciones: guerra civil con el inevitable
reparto del poder o cambio del sistema político. Las demás soluciones
intermedias o de compromiso no hacen sino aplazar el desenlace inevitable.
Todas las coaliciones gubernamentales y parlamentarias en este país se basan en
una combinación muy intrincada de los intereses de diversas comunidades, lo que
paraliza el Líbano. No es casual que los acuerdos de Taif de1989 que buscaban el
objetivo de poner fin a la guerra civil en el Líbano estipularan una paulatina
renuncia a la toma en consideración de la pertenencia confesional en la
estructura política del país. Pero hasta ahora este principio no ha sido llevado
a vías de hecho.
El sistema confesional se ha venido estructurando a lo largo de varios decenios,
pero en su versión actual se basa en el censo de la población realizado en 1932.
A la sazón, la comunidad de maronitas cristianos constituía el 28,3% de la
población; los sunitas, el 22,5%; los chiítas, el 18,4%; los griegos ortodoxos,
el 9,8%; los drusos, el 6,6%. Desde aquel entonces la situación ha cambiado
evidentemente a favor de la comunidad chiíta, pero por temor a las crisis
políticas nadie realizó empadronamientos.
Sin embargo, esto no ha salvado al Líbano. La crisis política deviene estado
permanente de este país. Las esperanzas de estabilizar la situación que
alimentaban los libaneses tras el término de la guerra civil a comienzos de los
años 90, resultaron ilusorias. Un relativo equilibrio de los últimos años es en
buena medida mérito de Rafik Hariri, político y hombre de negocios. Además,
todos los grupos políticos radicados en el Líbano y fuera de sus confines
necesitaban reagrupar sus fuerzas. Es otro factor importante. Téngase presente
que en los años 90 los cambios se operaron no sólo en el Líbano sino en todo
Oriente Próximo, lo que se reflejaba directamente en la situación libanesa. Fue
un período de esperanzas y expectativas para toda la región.
Pero el milagro no llegó a producirse. La región estalló. En 2000, en Palestina
comienza una nueva intifada; en 2003 comienza la guerra de Irak, EE.UU. refuerza
presiones sobre Damasco y Teherán, comienza a ponerse en práctica la doctrina de
democratización de Oriente Próximo, todo lo cual no deja de repercutir en el
Líbano. Y, por fin, en 2005, a raíz de las acciones de protesta en Beirut por el
asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, las tropas sirias abandonan el
país después de muchos años de presencia. Esta circunstancia de hecho hizo
posible alterar el equilibrio de fuerzas en el Líbano. Esta alteración podía
haberse producido mucho antes, pero se estaba conteniendo desde fuera. Las
tropas sirias se marcharon. Las israelíes lo hicieron aún antes, en 2000.
Durante este espacio de tiempo vio apreciablemente reforzadas sus posiciones
Hezbollah que hoy por hoy es la fuerza más eficaz y lo demostró durante la
reciente guerra entre Israel y el Líbano. La fuerza existente de facto ha de ser
legalizada de jure, es decir, estar representada en el Gobierno y en el
parlamento. Tampoco se pueden desestimar las ambiciones políticas del general
Aoun cuyos partidarios de la comunidad cristiana son mucho más numerosos que
aquellos que apoyan a la coalición gobernante.
¿Pero están dispuestos París y Washington a conformarse con la nueva correlación
de fuerzas en el Líbano? ¿Aceptarán el reforzamiento de Hezbollah y de la
comunidad chiíta en su conjunto? Respecto a ello hay serias dudas. Según
evidencia la historia del Líbano, cualquier cambio en la correlación de las
fuerzas políticas siempre era instrumentado por jugadores externos. De todas
formas, hoy, el movimiento Hezbollah es lo suficientemente fuerte para tomar el
poder sin pedir permiso a nadie, sobre todo si cuenta con el apoyo de los
partidarios de Aoun. Pero ni este general ni los líderes chiítas querrán
granjearse la dudosa fama de ser incendiarios de una guerra civil. Tal vez,
traten de llegar a fórmulas de compromiso después de amedrentar a la coalición
gobernante con masivas acciones de protesta. Pero nadie nunca sabe en qué pueden
desembocar las manifestaciones de masas. Los provocadores en el Líbano sobran.