Entre los asuntos olvidados están la ocupación de Haití por
tropas de paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU),
bajo el liderazgo militar de Brasil y el liderazgo político de
Chile, y la presencia armada estadounidense, tanto con tropas
regulares como con agentes tercerizados (los famosos
"contratistas") en 10 de las 12 naciones de América del Sur, con
las excepciones brasileña y venezolana.
A pesar de la importancia de estos asuntos, la mayoría de los
gobiernos oscilan entre la mención vaga y la omisión abierta de
ellos.
Esa tónica se ha mantenido inclusive tras la llegada de
presidentes izquierdistas o progresistas en varios países,
iniciada en 1999 con Hugo Chávez en Venezuela y completada con
el triunfo el mes pasado de Rafael Correa en Ecuador.
Este último, que será investido en enero, informó que en 2009 su
país no renovará el acuerdo con Estados Unidos que permite a
Washington mantener en la occidental ciudad portuaria de Manta
su mayor base militar en América del Sur.
Durante las décadas de influencia neoliberal de 1980 y 1990,
Estados Unidos profundizó su tradicional estrategia de combinar
finanzas y diplomacia con expansión de poderío militar.
Mientras Washington utilizaba su hegemonía en instituciones
financieras como el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para
exigir la reducción de los aparatos estatales a cambio de
préstamos, aprovechaba su proximidad con los gobernantes
latinoamericanos y caribeños, a excepción de Cuba, para sembrar
bases militares en la región.
Ahora mismo, aun sin contar con apoyo unánime, Estados Unidos
mantiene diferentes formas de presencia militar, un fenómeno que
ni siquiera se discute en los foros regionales y no es
prioritario en los debates sobre integración.
La invisibilidad de esos dos problemas fue evidente durante la
II Cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones, realizada
los días 8 y 9 de diciembre en la ciudad boliviana de Cochabamba
y fuertemente estimulada por Brasil, país que responde por casi
40 por ciento de la economía regional.
Ningún mandatario habló de esos temas. Las declaraciones finales
del encuentro no registran ni una referencia.
Inclusive la declaración de la Cumbre Social por la Integración
de los Pueblos, celebrada por movimientos sociales y populares
en paralelo a la reunión de mandatarios, no se refirió a esos
problemas en su cuerpo principal, relegándolos a un subcapítulo.
"Entiendo la lógica de la posición brasileña, aunque no
concuerde con ella. Brasil no confronta con la política exterior
de Estados Unidos ni tiene una base extranjera en su territorio.
Por eso no se refiere al asunto", afirma la economista Sandra
Quintela, de la organización Políticas Alternativas para el Cono
Sur, con sede en Río de Janeiro.
Quintela forma parte de una campaña internacional por el retiro
de las tropas internacionales de Haití y por la cancelación de
la deuda externa de ese país.
En cambio, "no comprendo por qué (el presidente boliviano Evo)
Morales y Chávez no tocan el tema", cuestiona Quintela.
La profesora Maria Regina Lima, del Instituto Universitario de
Investigaciones de Río de Janeiro, concuerda en que "es muy
delicado para Brasil abordar la cuestión (de las bases
militares), toda vez que no se ve directamente afectado".
Pero en cuanto a Haití, el problema es diferente. Brasil
mantiene 1.200 soldados allí y comanda la Misión de
Estabilización de las Naciones Unidas en ese país (Minustah, por
sus siglas en francés), de 6.700 efectivos, desplegada desde
junio de 2004, meses después de que el mandatario constitucional
Jean-Bertrand Aristide fuera depuesto por un golpe de Estado en
el que tomó parte un comando franco-estadounidense.
La Minustah tiene un mandato hasta el 30 de junio de 2007, pero
en febrero las Naciones Unidas podrían prorrogarlo.
"De los 20 miembros del comando mayor de la Minustah, hay apenas
dos sudamericanos. Los demás son estadounidenses, franceses,
italianos y canadienses", afirma el activista Camille Chalmers,
de la red Plataforma Haitiana para un Desarrollo Alternativo (Papda
por sus siglas en francés), con sede en Puerto Príncipe.
"Estados Unidos controla la inteligencia militar y no comparte
informaciones ni siquiera con el comandante general" de la
misión, aseveró.
Entonces, ¿por qué Brasilia se desgasta políticamente para
mantener en el Caribe lo que el argentino y premio Nobel de la
Paz Adolfo Pérez Esquivel llama "intervención tercerizada por
Estados Unidos"?
"Si no estuviésemos allí, sería peor", acostumbra a decir el
diplomático Antônio Patriota, recién nombrado embajador
brasileño en Estados Unidos.
"La agenda de Brasil para el continente es esencialmente
económica. Por eso no trata sobre la militarización", explica la
brasileña Maria Luisa Mendonça, de la Red Social de
Organizaciones no Gubernamentales de Justicia y Derechos
Humanos.
Respecto de la diseminación de la presencia militar
estadounidense en América del Sur, la cancillería brasileña
considera que es un asunto interno de cada país. "Sólo existe
una base militar, Manta", replica el diplomático Joel Sampaio.
El Centro de Inteligencia del Ejército (CIE) de Brasil estima
que "cerca de 6.300 militares estadounidenses, sin contar los
soldados de agencias no gubernamentales contratados por el
gobierno de Estados Unidos, estuvieron destinados o realizaron
operaciones en la región de la Amazonia entre 2001 y 2002",
según divulgó la agencia de noticias del gobierno de Brasil.
Según el CIE, Estados Unidos mantiene una presencia bajo
diferentes formas, tanto a través de bases militares
convencionales como a través de una cantidad imprecisa de
oficiales, radares y pistas de aterrizaje. En total, esas
presencias suman 23. Sólo en Perú habría ocho puntos, y en
Colombia seis.
Ese último país lleva casi medio siglo de guerra civil, que hoy
involucra a dos grandes guerrillas de izquierda (las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación
Nacional), a paramilitares ultraderechistas envueltos en un
polémico proceso de desmovilización y al ejército regular, que
ha recibido varios miles de millones de dólares de Washington
bajo el paraguas del Plan Colombia antidrogas y
contrainsurgente.
Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003),
Washington intentó instalar una base en la ciudad de Alcântara,
en el estado nordestino de Maranhão, donde se localiza la base
de lanzamiento de satélites brasileños. Esa región está
considerada la mejor ubicada en todo el planeta para actividades
de ese tipo, por su proximidad con la línea del ecuador.
Pero debido al amplio rechazo social, el acuerdo entre los dos
países para construir la base nunca fue firmado.
De acuerdo con la economista Ana Esther Ceceña, profesora de la
Universidad Autónoma de México, el área de todos esos puntos de
presencia militar alcanzaría las regiones de mayor aparición de
recursos naturales estratégicos, como agua, diversidad
biológica, gas natural y petróleo.
IPS pudo comprobar que hay una coincidencia entre el mapa de los
recursos naturales, el de la presencia militar estadounidense y
el de los proyectos de la Iniciativa de Integración de la
Infraestructura de la Región Sudamericana (Iirsa), coordinada
técnica y económicamente por el BID.
La Iirsa pretende implantar normas legales comunes para el
comercio de los 12 países de la región y desarrollar más de 300
proyectos de hidrovías, centrales hidroeléctricas y carreteras,
principalmente en la región amazónica.