"Con motivo del natalicio de Su Majestad el Emperador del Japón,
el Embajador Morihisa Aoki y la Señora de Aoki tienen el honor
de invitar a la recepción que ofrecerán el día martes 17 de
diciembre de 1996, de 19.30 a 21 horas", rezaba, solemne, la
tarjeta de invitación. El verano se había instalado en Lima, con
su calor agobiante. En el residencial barrio de San Isidro, en
donde la casona del embajador japonés estaba abierta de par en
par recibiendo a los invitados, todo era quietud, a la hora en
que la brisa fresca del Pacífico traía algo de alivio. Eran las
19.30 y todas las personalidades de la vida política, social,
económica, militar, eclesiástica y cultural del Perú lucían sus
mejores trajes y vestidos.
El aire olía a jazmín y a una mezcla de sabores típicamente
japoneses, que salían de la cocina y de las carpas instaladas en
los jardines. Morihisa Aoki y señora recibían uno a uno a los
invitados. Más de 600 personas ya habían llegado para las 20.19
a la casona construida en 1942 e inspirada en los suntuosos
palacios de las plantaciones de Carolina del Sur, en Estados
Unidos, en los años de la Guerra de Secesión estadounidense. La
casa perteneció a Graciela Basurco Gonzáles y a Atenor Rizo
Patrón, hasta que en 1974 fue comprada por la Embajada japonesa.
En sus dos plantas e inmensos jardines la alta sociedad limeña
de los años cincuenta y sesenta bailaba al compás de las
orquestas.
Ese escenario parecía reproducirse el martes 17 de diciembre de
1996 hasta las 20.19 de la noche: entre copa y copa, acompañadas
de tempuras, sashimis y sushis, los invitados aflojaban sus
lenguas en corrillos de toda especie. Sesenta segundos después,
ya nada sería igual.
Diecinueve minutos antes, una ambulancia había doblado por
Marconi, la primera calle paralela a la cuadra dos de Thomas
Alva Edison. Sus dos tripulantes saludaron a los policías que en
esa esquina hacían el primer control de las tarjetas de
invitación, y estacionaron frente a una casa, justo detrás de la
residencia de Aoki. Rápidamente dominaron a un guardia de
seguridad e ingresaron. Allí esperarían el momento para dar el
gran golpe. Aquellos policías del control nunca imaginaron que
dentro de esa falsa ambulancia había 14 guerrilleros del
Movimiento Revolucionario Túpac Amaru dispuestos a exigir la
liberación de sus compañeros presos en distintas redadas, a
humillar al presidente Alberto Fujimori y a poner a prueba el
temple, la paciencia y el sentido de oportunidad de los que
siempre se había vanagloriado el entonces jefe de Estado.
El MRTA nació en 1982 como consecuencia de la unión de varios
grupos de orientación marxista. Su mayor actividad guerrillera
fue a comienzos de los 90, pero el plan diseñado por Fujimori y
Vladimiro Montesinos para acabar con las organizaciones armadas
terminó con varios de sus líderes en la cárcel. Así, para 1996,
el MRTA estaba golpeada y eso explica que un alto cuadro como
Néstor Cerpa Cartolini participara de un operativo de riesgo.
A las 20.20, los 14 guerrilleros abrieron un boquete en el muro
que da a la casa del embajador e ingresaron a los jardines
disparando al aire ráfagas de fusil AKM. Varias mesas adornadas
prolijamente en el parque cayeron al suelo, empujadas por
decenas de invitados que corrían sin saber hacia dónde,
espantados por los disparos y los gritos. Los guardias de
seguridad intentaron repeler el ataque pero rápidamente quedaron
fuera de combate, tras un breve tiroteo.
En apenas 20 minutos los 600 invitados marcharon con las manos
entrelazadas en la nuca hacia los salones de la residencia, en
donde fueron obligados a tirarse al piso. Adentro había quedado
todo el poder político peruano —incluidas la madre y una hermana
de Fujimori— y gran parte del mundo diplomático.
Con todos los asistentes tirados en el piso, a excepción del
embajador Aoki, que se negó a hacerlo, se oyó la voz del
representante de la Cruz Roja Internacional, Michel Minnig,
quien se ofreció como mediador. El aire se cortaba con un
cuchillo en esos segundos que el jefe del comando guerrillero,
Cerpa Cartolini, se tomó para contestarle: lo tomó de un brazo y
le dijo que esperara a un lado. La primera negociación entre
Cerpa Cartolini y Minnig tuvo un efecto casi inmediato: una hora
y media después del copamiento un nutrido grupo de mujeres más
un hombre en silla de ruedas dejaron para siempre la residencia
del embajador Aoki. La hermana y la madre de Fujimori,
curiosamente, estaban en ese grupo: Cerpa Cartolini nunca supo
que tenía en sus manos semejante "tesoro".
Para las 10 de la noche, el presidente peruano mantenía una
reunión urgente del Consejo de Ministros, en los alrededores de
la casona ya estaban apostados varios centenares de policías y
militares, y los guerrilleros habían dado a conocer sus
demandas. Tenían en su poder a 379 personas, de las cuales 118
eran extranjeros y 261 peruanos: 14 miembros del gobierno, 26
altos jefes de las Fuerzas Armadas y Policía, además de 75
diplomáticos y 164 empresarios y profesionales, entre otros. Co
menzaba en ese momento una larga y tediosa espera cargada de
tensión, rumores y negociaciones que duraría 126 días.
Fueron tantas las negociaciones que para el 22 de abril de 1997
habían quedado 72 rehenes. Incluso se negoció —aunque muchos
creen que fue una estrategia de distracción de Fujimori— la
salida a Cuba o a República Dominicana de los 14 guerrilleros
más una jugosa suma de dinero. Pero nada de eso ocurriría.