na vez concluido el proceso
electoral y a pesar de la importante votación alcanzada por la candidatura
de Álvaro Noboa (43%), caracterizada por un patético populismo, con
prácticas fetichistas muy propias de un charlatán de feria, la primera
lección es que una clara mayoría de ecuatorianos (57%) que eligió a Rafael
Correa en la segunda vuelta electoral, ha desechado lo que podría haber
sido el retorno a un grado cero de la democracia y de la construcción (aún
incipiente) de ciudadanía. Se corrió el peligro de la imposición de un
modelo de gobierno en el que se pierden todos los límites entre lo público
y lo privado, entre los intereses colectivos y los intereses de un
fragmento muy estrecho de la élite económica del país, por cuyas manos
habrían pasado, con Noboa de presidente, todos los negocios del Estado y
también los privados. Los antecedentes personales de Noboa pueden permitir
la suposición de que la tan cacareada inversión extranjera habría pasado
también por su rasero personal.
Definida la presidencia de la República el 26 de noviembre de 2006, han
quedado atrás las palabras de la campaña; y acudiendo a esa frase que se
aplica con frecuencia a mandatarios como Kirchner o Chávez, será mejor
atender a lo que el presidente Rafael Correa haga en el futuro, más que a
lo que diga, dada su notable "facilidad de palabra". Y a partir de allí,
se perfilan dos campos de posible acción: la reforma política y la reforma
económica.
Los dos campos prioritarios, presentan, por igual, un horizonte de
confrontación; y la posibilidad de alcanzar por parte del nuevo gobierno
algunos consensos y acuerdos políticos que avisoren cambios menos
conflictivos. Sin embargo, es difícil ponerle mayores esperanzas a esta
segunda posibilidad, si no es a través de un renunciamiento a ciertos
aspectos fundamentales de las reformas y que, suelta de huesos, la opinión
pública califica de "radicales". Tal vez sería oportuno pensar que la
radicalidad no reside en la propuesta de cambio sino en la resistencia al
cambio.
En cuanto a la reforma política, ésta aparece como un escenario
propicio para que aquellos sectores ciudadanos que no integraron la
Alianza País y la candidatura de Rafael Correa, pero que se movilizaron de
manera importante durante la segunda vuelta electoral, ya fuera para
impedir el triunfo de Álvaro Noboa o por sus simpatías por Correa (a veces
incluso rebasando las propias iniciativas de Alianza País), sostengan el
sentido de una Asamblea Constituyente que emprenda en las reformas,
asamblea ofrecida por el mandatario electo y que comenzará por la
aplicación de un estatuto electoral distinto al vigente.
Esto último, no necesariamente va a ser del gusto de los partidos
políticos que hoy expresan a regañadientes, unos más que otros, la
aceptación desde el Congreso de la convocatoria a la Asamblea -algo que
rechazaron tajantemente durante la campaña electoral-, pues el nuevo
estatuto lo que buscará es impedir que los asambleístas sean un reflejo
del dominio mafioso que los partidos tienen, desde el inicio del actual
período democrático iniciado en 1979, sobre la selección y elección de los
parlamentarios. Por otra parte, los partidos exigen, para dar su apoyo a
la convocatoria a una Asamblea Constituyente, la permanencia del actual
Congreso; por tanto, la convivencia entre la Asamblea y el actual Congreso
será, sin duda, una fuente de conflictos y de chantajes.
Ese ambiente navideño conciliatorio que aparece en los primeros días
post-electorales, en los que la mayoría de partidos han aceptado la
convocatoria a la Constituyente, es sólo un escenario posible y el menos
confiable. Por ello, la vigilancia de los sectores ciudadanos y su
participación en el proceso de elección de los miembros de la Asamblea,
será un factor fundamental para garantizar una representación renovada y
distinta en sus miembros y definir la estructuración de una nueva
Constitución.
Los partidos no querrán ir muy lejos en la reforma política; reducirán
su apoyo a dos reformas de Perogrullo, referidas a problemas que están en
la raíz de la desintitucionalización absoluta que vive el Ecuador: la
despolitización de los distintos poderes del Estado y la ausencia de
corresponsabilidad entre el poder Ejecutivo y el Legislativo. Una
desintitucionalización que tuvo, en el propio proceso electoral un ejemplo
insólito: la proclamación y el reconocimiento público del nuevo presidente
no surgió del Tribunal Electoral, que es la única fuente de legitimación
de los resultados electorales, sino de tres sondeos privados y del conteo
rápido de votos realizado por una ONG, Participación Ciudadana. Patética
paradoja: es tal la desintitucionalización del país, que en el momento de
proclamar resultados una organización no gubernamental reemplazó al
tribunal estatal.
Parece importante rescatar en toda su fuerza el éxito de la candidatura
de Rafael Correa al haber colocado en la preocupación del electorado la
reforma política, aunque para ello haya acudido a un estilo de campaña
cuestionado como populista por ciertos sectores de los movimientos y las
organizaciones sociales. Hoy parece imposible que el Congreso desconozca
ese éxito indudable, pero tratará de diluirlo y desvanecerlo, como ha
hecho con todas las exigencias de reforma política presentes durante los
últimos años.
Para impulsar la reforma, se hace necesario un encuentro entre los
sectores ciudadanos organizados y un gobierno que nació de una candidatura
que no arrancó como una empresa conjunta entre Alianza País y los
movimientos sociales; pero que aparecía, sin duda, como la más clara
posibilidad de generar un espacio en el que múltiples actores sociales que
se han visibilizado y crecido en la última década y media, continúen
consolidándose en el ambiente generado por el nuevo gobierno. Y es que el
liderazgo de Rafael Correa se constituyó de manera vertiginosa, en pocos
meses y apoyándose en una organización mínima compuesta de personas
provenientes de distintas historias y corrientes políticas; y aquello no
resultaba fácil de digerir para sectores interesados en la construcción
más pausada de nuevas organizaciones políticas estructuradas en torno a
acuerdos que vayan más allá de una coyuntura electoral.
En síntesis, es posible percibir que la reforma tendrá que alcanzarse
en medio del conflicto social y político. Y el proyecto político de Rafael
Correa va a necesitar de una constante movilización de los sectores
sociales para defender la posibilidad de la Asamblea Constituyente.
Vigilancia y movilización que se convierten en la principal tarea de los
movimientos sociales en el año 2007. Vigilancia y movilización no sólo
para asegurar la reforma política, sino para constituir formas de
participación en ella y consolidar procesos de construcción de ciudadanía.
No hay que descartar la posibilidad de que, dentro del mismo gobierno
de Correa, existan personas que prefieran avanzar la negociación con los
partidos políticos en el mejor estilo tradicional: a puerta cerrada,
haciendo concesiones que provoquen, a largo plazo, nuevas frustraciones.
Además, no podemos soslayar un hecho: los movimientos sociales pasan por
una crisis. Se han silenciado. Una recuperación en las actuales
circunstancias, podría alentar la posibilidad de que surja una nueva
fuerza política, un partido político de nuevo tipo, que le dé continuidad
a ese país político distinto que puede surgir de la Asamblea Constituyente
y ser el resultado de la gestión de gobierno de Rafael Correa.
En cuanto al segundo reto, la reforma económica, la dificultad mayor y
las confrontaciones pueden surgir, más que de la misma propuesta del nuevo
gobierno, de la militancia activa y vergonzosa de las cúpulas económicas y
financieras del país, habituadas a imponer el miedo, a construir futuras
apocalipsis en complicidad con algunos gurús internacionales dedicados al
oficio de diseñar fórmulas de riesgo, de ingobernabilidad y de
inviabilidad de los países que no se someten al modelo neoliberal. Serán
ellos un permanente factor de inestabilidad, son ellos, aupando la fuga de
capitales, los primeros enemigos de una dolarización que Rafael Correa ha
insistido que la mantendrá, a pesar de su objeción inicial a que el
Ecuador haya perdido su sistema monetario en el año 2000. Su resistencia a
adaptarse a nuevas reglas de juego, a renunciar a prebendas y a beneficios
de magnitudes insoportables, ya comenzaron a expresarse durante la campaña
electoral.
El nuevo gobierno, incluso antes de posesionarse, está buscando
minimizar el impacto de estas cábalas y encontrar posibles acuerdos con
sectores como el financiero y empresarial para neutralizar la oposición;
acuerdos que tendrán los límites de lo aceptable para un gobierno que
quiera combatir la corrupción, controlar el libertinaje con que el sector
financiero favorece la fuga de capitales y del ahorro ecuatorianos y
regular la existencia de altas tasas de interés acompañadas de un servicio
financiero ineficiente.
Está clara la intención del nuevo régimen de fortalecer el papel del
Estado, tanto como regulador como generador de procesos de redistribución
de la riqueza, de fortalecimiento de la infraestructura estatal en casos
como el petróleo, la electricidad, las comunicaciones y de la apertura de
recursos para la producción de los pequeños y medianos productores; y la
animación de una política selectiva y consecuente con las prioridades del
país en materia de gestión de la deuda externa.
Por otra parte, el gobierno parece decidido a impulsar un programa
social que se sustente en buena medida en el mantenimiento e incluso
profundización de algunos subsidios dirigidos a enfrentar situaciones de
pobreza que requieren programas de emergencia, procurando que funcionen en
un esquema de corresponsabilidad entre el Estado y el beneficiario; y este
asunto de los subsidios despierta urticarias entre los sectores de
analistas y empresarios que insisten en "sincerar" (sic) los precios de
los servicios de acuerdo a costos de mercado. Frente a las críticas, el
presidente electo ha jugado con un argumento a favor de los subsidios a
partir de las propias contradicciones del sector empresarial: el
mantenimiento de subsidios favorece la competitividad de la producción
nacional, ha dicho, pues eliminarlos sería trasladar costos al sector
privado. Pero más allá de ese argumento, mientras no provoquen resultados
las políticas de redistribución del ingreso, de desarrollo de la pequeña
producción rural y urbana, de extensión de servicios como educación y
salud, los subsidios sociales como la entrega de un bono económico mensual
sostienen a una población pobre en situación de emergencia, población que
al recibir el subsidio, asume a su vez una responsabilidad en los campos
de la educación y la salud. Además de que programas como el bono de la
vivienda, que tiene que ajustarse en su monto, generarán importantes
procesos de autoconstrucción y de organización popular.
Mucho se podría debatir en torno a los subsidios, a la necesidad de
establecer diferencias y matices y esto será materia de debates y
reflexiones dentro y fuera del régimen en los próximos años.
Es posible prever un nuevo gobierno que se sume y se apoye en la
corriente latinoamericana de independencia política frente a Estados
Unidos e instituciones como la banca multilateral y el FMI, lo que puede
significar nuevos escenarios de integración económica y social. La toma de
posición en ese sentido no coloca al gobierno de Correa en una disyuntiva
entre lo que está de moda llamar las dos formas de la izquierda en América
Latina: la izquierda "razonable" de los presidentes Bachelet y Lula o la
izquierda "populista" de Chávez y Kichner. Al igual que lo que ocurre en
sus respectivos países, el Ecuador presenta particularidades que matizan
la opción ideológica o política; un apoyo en este nuevo y creciente bloque
sudamericano le permitirá a Rafael Correa llevar al escenario regional sus
tesis en torno a temas como el Plan Colombia, la presencia de bases
militares estadounidenses en el país, los tratados de libre comercio, la
creación de infraestructura energética nacional sustentada en el respaldo
de países de la región como Venezuela.
De todos modos, también aquello será un nuevo motivo para que las
élites económicas se rasguen las vestiduras y nos anuncien colapsos. Al
miedo de los pobres por la ausencia de horizontes, le ha sustituido el
miedo de los ricos a la existencia de un horizonte distinto al confuso y
fangoso estado de cosas en el que medran, unos más que otros, unos a la
sombra de otros. Si bien el hecho simple de que estos sectores sientan
miedo a perder sus prebendas y pingües negocios que se relacionan de
alguna manera con el Estado o con la desde siempre famélica "inversión
extranjera", acaban convirtiéndose en el factor dominante en la llamada
"opinión pública" y en la conducta de esas élites.
El miedo determina las orientaciones con las que se informa o se
desinforma. Lo curioso del caso es que no existe miedo a continuar dentro
de una democracia y una república inciertas, sin horizonte, sin proyecto,
sin posibilidad de estabilidad política. No. El miedo se expresa frente a
la posibilidad del cambio. Parece que para los sectores que tejen,
destejen, manipulan y visten al mamotreto de la opinión pública, lo
importante es continuar en el estado de incertidumbre, habituados a
confiar en la estabilidad de lo incierto, de lo inestable, del corto
plazo. Que nada cambie mañana aunque no exista nada en pie para pasado
mañana.
Nos esperan, por tanto, días intensos en los que debe estar presente la
ciudadanía. Intensos por la inevitable confrontación con las mafias
políticas y económicas. Y en los que se deban abordar algunos tabúes
nacionales como el derecho concedido a las Fuerzas Armadas para definir
las coyunturas políticas, la posibilidad de vivir la globalización
minimizando sus efectos depredadores o de resistirse a una sumisión a la
"guerra caliente" contra el terrorismo que sucedió a la "guerra fría" del
pasado; temas que surgirán a la luz del espacio democrático que puede
abrirse tanto por la gestión del nuevo gobierno como por la Asamblea
Constituyente.