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El presidente Evo Morales aseguró que el encuentro está garantizado (Foto
Telesur) |
Arranca hoy. Pero la oposición podría enturbiar el encuentro de
presidentes
Por
Pablo Stefanoni -
enviado especial Clarín
Un fuerte temporal de granizo que se desató anoche en Cochabamba
fue el escenario que recibió a centenares de participantes de la II Cumbre
Sudamericana y su contraparte social. La inclemencia del tiempo pareció
una representación de la crispación política en el país. Este año,
la verdadera "contracumbre" no es la de los movimientos sociales —que
apoyan a los presidentes nacionalistas y de izquierda que gobiernan gran
parte del continente— sino la de la derecha boliviana, que denuncia
el tránsito hacia una dictadura "tipo Chávez" y tiene en el cónclave una
base para irradiar su discurso hacia fuera de Bolivia.
Por eso, desde el Palacio Quemado se dedicaron a tranquilizar a los
mandatarios extranjeros y Evo Morales se trasladó a esta ciudad de medio
millón de habitantes para supervisar que esta vidriera de su "revolución
democrática y cultural" no sea empañada por grupos opositores.
Desde hace varias semanas, la pelea por la forma de votación en la
Asamblea Constituyente —el gobierno quiere la mayoría absoluta y la
oposición, los dos tercios— salió de los muros del Teatro Gran Mariscal de
Sucre, pero en los últimos días la pulseada derivó en una escalada de
acusaciones que amenazan con acabar en violencia pura y llana.
Mientras el "frente por los dos tercios" masificaba su huelga de hambre
con más de 800 ayunadores, grupos de jóvenes —liderados por la Unión
Juvenil Cruceñista— ocuparon violentamente las oficinas de Impuestos
Internos en Santa Cruz y llamaron a hacer lo propio con el conjunto de las
instituciones públicas. La sede de la ONG Alas, del actual ministro de
Desarrollo Rural, Hugo Salvatierra, fue baleada y oficinas de senadores y
dirigentes sindicales quedaron seriamente dañadas. Líderes de UJC
amenazaron ayer con escraches violentos a los legisladores locales
del gubernamental Movimiento al Socialismo hasta que "le pidan perdón a
Santa Cruz".
El miércoles, en La Paz, sectores oficialistas se concentraron frente a
canales opositores —como la cadena cruceña Unitel y PAT del ex presidente
Carlos Mesa— para protestar contra la "desinformación". Y el escritor Juan
Claudio Lechín —hijo del legendario sindicalista Juan Lechín Oquendo—
debió abandonar la sede de su piquete de huelga de hambre en la Iglesia
San Francisco luego de escaramuzas con militantes del MAS. El
gobernador de La Paz fue retenido 12 horas por los campesinos "para que
acepte la mayoría absoluta".
Los cuatro gobernadores de la denominada "media luna" autonomista —con el
43% del PBI— ya se encuentran ayunando y amenaza con hacer lo mismo el
gobernador de Cochabamba. La historia boliviana recuerda al presidente
izquierdista Hernán Siles Suazo como el ayunador de mayor rango, quien en
1984 dejó de comer contra el "boicot de la derecha" a su gobierno. Esta
semana se sumaron a la medida sectores de clase media moderados,
quienes ocuparon algunas plazas con velas para "defender la democracia",
lo que conforma un frente heterogéneo articulado en torno a un solo punto:
el rechazo al "autoritarismo" de Evo Morales. "Mintieron ayer y mienten
hoy, ellos siguen comiendo a costa del pueblo", decía a modo de respuesta
un spot gubernamental que mostraba imágenes de supuestas cajas de pollo y
gaseosas tomadas de lejos en los piquetes de huelga de hambre en el
Senado. La actual crisis política amenaza con dividir en dos a la
Cámara Alta: ayer sesionó por un lado la oposición y por otro el
oficialismo —que sumó a dos suplentes de la derecha—. Ambos tuvieron
quórum propio y aprobaron leyes.
En medio de discursos autonomistas que rayan amenazas de separatismo y
atemorizan a una gran parte de la población —incluso en el oriente del
país— el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, pidió a las Fuerzas
Armadas no responder al gobierno en caso de que éste intente militarizar a
esa región agroindustrial díscola a La Paz.
Hoy en Cochabamba unos intentarán agitar las aguas y mostrar un
país en caos, otros aquietarlas y exponer un "irreversible" proceso de cambio.
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