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Flavio Sosa (segundo de la izq.) y otros lideres de la oposición en Oaxaca, detenidos ayer.
(Foto EFE) |
Arrestan a un líder opositor y denuncian detenciones y
desapariciones.
Por
Claudio Mario
Aliscioni -
Enviado especial de Clarín a Oaxaca
Irrumpió de golpe en la oficina, como empujado por la angustia.
"Secuestraron a mi sobrino", dijo en un grito, sin respirar, y
el director del diario local Noticias, Ismael San Martín, se
dejó caer pesadamente sobre su silla, resoplando.
El recién llegado, Luis Gutiérrez, con el temblor aún colgado de
los labios, jugueteaba nervioso con su par de lentes mientras
miraba con recelo al enviado de Clarín, casual testigo de la
escena. "No te preocupes; es argentino y los argentinos,
lamentablemente, saben de estas cosas. Cuéntame en detalle qué
pasó", lo tranquilizó el veterano periodista, lapicera en mano.
Ocurría que el sobrino, César Augusto Vázquez, de 28 años, venía
trabajando hasta días atrás como taxista de la Asamblea Popular
de los Pueblos de Oaxaca (APPO), una organización que agrupa a
más de 200 grupos sociales. Junto al sindicato de maestros de
este sureño estado mexicano reclama desde junio último la
renuncia del gobernador Ulises Ruiz, acusado de fraude y
corrupción. El día anterior, una camioneta ocupada por civiles
había interceptado el vehículo de Vázquez, en un barrio de
Oaxaca. El joven fue golpeado y vendado. Luego, grupos
paramilitares plantaron bombas molotov en el taxi como evidencia
policial para incriminarlo. Al final, apareció detenido en
Zimatlá, cerca de esta capital.
—¿Estará bien mi sobrino? —preguntó el tío a este enviado,
buscando complicidad y respuestas en la memoria histórica de un
argentino. Aún agitado, con los ojos trabajados por el miedo,
imploró enseguida al terminar su relato: "Esto es una guerra
sucia. Me tienen que ayudar".
El episodio no es aislado. Constituye uno de los cientos de
casos de detenciones y desapariciones que han sido denunciadas
por organismos de derechos humanos y la Iglesia local en los
últimos días. Marca asimismo el contorno más nefasto de un clima
de polarización política, zozobras hogareñas y crispación social
derivado de los violentos choques entre policías y manifestantes
sucedidos desde mayo último, cuando la APPO le bajó el pulgar al
gobernador. Hace dos semanas, en las refriegas más violentas de
la rebelión, grupos radicalizados quemaron el Palacio de
Justicia, un teatro y una docena más de edificios públicos y
privados. Hubo entonces 150 detenidos y, desde su inicio, la
protesta ya tiene un saldo de 17 muertos. Hoy, el habitante de
Oaxaca teme que la violencia empeore ante la "cacería de brujas"
contra opositores.
"El gobierno de Ruiz tiene problemas de miopía porque ha
confundido la inconformidad social con subversión", comentó el
padre Wilfredo Mayrén Peláez, apoderado de la arquidiócesis de
Oaxaca. "Soy testigo de graves violaciones a las garantías
individuales", dijo a Clarín. La prensa local denunció incluso
que Carlos Pérez Méndez, párroco de la Iglesia de los Siete
Príncipes, fue tiroteado días atrás por desconocidos. Pero, ante
las críticas, el gobernador respondió que "no habrá amnistía
para los líderes de APPO", reiteró que no renunciará y culpó del
clima de turbación a "grupos de inadaptados que buscan el caos".
Las calles de Oaxaca —habitualmente mansas, soleadas, llenas de
turistas— han recobrado poco a poco su vida normal tras los
disturbios y luego de que los maestros en huelga durante seis
meses reiniciaran las clases. Pero bajo esa campechanía de
provincia y la hospitalidad de sus habitantes, algo tenebroso
parece moverse bajo la superficie. "Muchos arrestos ilegales
ocurrieron en la noche, irrumpiendo en casas o en los trabajos",
comentó a Clarín Jéssica Sánchez Maya, presidenta de la Liga de
Derechos Humanos de Oaxaca. Esa organización ha registrado 208
detenidos desde los arrestos en masa tras los incendios y 30
desaparecidos.
Por cierto, las protestas no son obra de hordas de inadaptados.
Oaxaca carece de industrias y es el segundo estado más pobre del
país. Sin embargo, su turismo es rico porque aquí nacieron
algunas de las primeras culturas indígenas del país. Pero nada
parece bastar para aliviar la vida de sus gentes, esquilmadas
por el caciquismo político, la rapiña de las aristocracias del
barrio y la indiferencia del gobierno central. Por eso salieron
a la calle los 70.000 maestros del estado y la APPO.
Sin embargo, es difícil pronosticar cómo sigue la disputa. El
temor al arresto ha puesto en fuga a los líderes de la APPO,
muchos de los cuales huyeron de Oaxaca. Uno de ellos, Favio
Sosa, fue detenido ayer junto con otros dos dirigentes en Ciudad
de México, donde pensaban participar de un diálogo con el
gobierno de Felipe Calderón. Siempre de negro como las viudas
del campo y muy entrado en carnes, Sosa suele moverse con la
pesadez propia de los grandes barcos. Pero su labia fina y su
olfato mediático lo han instalado ya como símbolo de las
protestas. Ayer, antes de su arresto, lanzó un estiletazo al
gobierno que pone blanco sobre negro la estrategia de Calderón:
"El presidente —dijo— ofrece diálogo pero en los hechos aplica
mano dura". Por su detención, sus socios de APPO piensan ahora
en radicalizar sus protestas.