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Evo Morales |
Por el decreto del 1ª de Mayo el gobierno aumento la carga
impositiva a los dos yacimientos mas importantes al 82%, dejando
el 18% restante en manos de la empresa. En los contratos
recientes estos porcentajes se transformaron en muy “variables”
teniendo toda una serie de determinaciones, condicionamientos,
licencias, etc, que hay que ver en cada caso.
Por
José Luis Rojo - Socialismo o Barbarie
Sin
embargo, aunque significa un aumento real en los ingresos
fiscales del Estado, incluso esta limitadísima medida viene con
“trampa”
“Con estos contratos
queremos resolver los problemas del país, sentamos soberanía
sobre nuestros recursos sin expulsar a nadie, esa es la
nacionalización sin indemnización (...) Respetamos la seguridad
jurídica y jamás vamos a violar estos contratos transparentes”.
(Evo Morales)
En la declaración de Socialismo o Barbarie Bolivia publicada
poco después del 1° de Mayo del 2006, dimos una definición
precisa de la “nacionalización” de Evo Morales decretada ese
día: la definimos como una renegociación de los contratos SIN
expropiación de las multinacionales cuyos objetivos centrales
eran aumentar los ingresos fiscales del Estado y tener un mayor
control y/o regulación sobre el negocio gasífero. Es decir, de
ninguna manera una auténtica nacionalización como pretendió ser
vendida.
Esto ha sido confirmado totalmente el 29 de octubre pasado
cuando fueron firmados los nuevos contratos entre el gobierno de
Morales y multinacionales como Petrobras, Repsol, Shell, Amoco y
otras que monopolizan la producción del gas en el país andino.
En lo que sigue, presentaremos sintéticamente 5 claves para
entender el verdadero carácter de la “nacionalización” de
Morales y Linera.
No hay verdadera nacionalización
Contra viento y marea del impresionismo de casi todas las
corrientes de izquierda que definieron la puesta en escena del
gobierno del MAS como “un paso adelante”, un “triunfo
histórico”, una “auténtica nacionalización”, desde SoB Bolivia
tomamos desde el comienzo distancia esta medida [1] por lo que
de “parcial”, “ficticia” e incluso “tramposa” la misma tenía,
con más contenido de “concesión” y “trampa” que de conquista
como subproducto de la lucha popular.
Denunciamos que el objetivo central de Morales y Linera era
lograr un sustancial aumento de los ingresos fiscales del Estado
por la extracción y producción del gas; pero de ninguna manera
expropiar a las multinacionales y hacerse cargo del proceso
productivo que quedaría en manos de las multinacionales.
No es casual que ahora Morales haga alarde de que se trata de
una “nacionalización sin indemnización”, claro está con el
“pequeño detalle” de que no hay indemnización sencillamente
porque lo que ha ocurrido en Bolivia no es... ninguna verdadera
nacionalización. [2]
Por el contrario, lo que se ha hecho es forzar a las empresas a
una renegociación de los contratos con el objetivo de que el
Estado boliviano pueda obtener más recursos por la explotación
del gas. Y, en todo caso, que el gobierno pueda arrogarse un
mayor control político sobre la operación del negocio,
exigencias éstas inevitables si de lo que se trata es de afirmar
el gobierno sobre la base de un país que ha vivido una tremenda
rebelión popular.
En estas condiciones, la firma de los contratos petroleros el 29
de octubre pasado (fecha límite estipulada por dicho decreto
para la “migración” de los mismos) viene entonces a confirmar
completamente lo que dijimos seis meses antes (ver SoB periódico
N° 79 del 19/05/06): en síntesis, que no se trataba de ninguna
verdadera nacionalización, ni burguesa ni anticapitalista.
Los activos siguen en manos de las multinacionales
Como venimos señalando desde mayo afirmamos que la medida tomada
por Morales no significaba una verdadera expropiación. Esto era
muy sencillo visualizarlo (y los nuevos contratos lo vienen a
confirmar): los activos más importantes de las empresas
extranjeras de ninguna manera han pasado a manos del Estado.
Razón por la cual, el núcleo básico del proceso productivo, es
decir, la extracción del gas y el petróleo ha quedado en manos
de las multinacionales, ahora legalizado con los nuevos
contratos. Por comparación (como ya hemos planteado en la nota
2) podemos decir que cuando se trata de una nacionalización
burguesa, las empresas sí pasan realmente a manos del Estado,
pero son indemnizadas. Cuando se trata de una auténtica
expropiación, no solo no hay indemnización, sino que además las
empresas son inmediatamente puestas bajo control y/o
administración obrera.
Pero nada de esto ha ocurrido en Bolivia. Lo único que se
declaró “nacionalizado” (que estaba ya contenido en la propia
Constitución Política del Estado de Sánchez de Losada), es que
el fluído gas como tal, el recurso natural, es de “propiedad
estatal”, lo que es propio de todas las constituciones burguesas
que en hay en el mundo (en nuestro país, los “dueños” del
recurso natural, son los estados provinciales). Pero claro está,
esto carece en realidad de todo efecto práctico en la medida que
el proceso productivo para extraer el gas del subsuelo... sigue
siendo propiedad (es decir, estando en manos) de las empresas
imperialistas.
No se llega siquiera a configurar elementos de un “capitalismo
de Estado”
Porque el “capitalismo de Estado” es sencillamente una cantidad
importante del PBI y las empresas en manos del estado
capitalista. Es el caso de PDVSA en Venezuela que produce el 80%
del PBI de ese país y está controlada por Chávez.
Es en este marco que se debe comparar con la pregonada
“refundación” de YPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales de
Bolivia) por parte del gobierno del MAS. Porque el gobierno de
Morales echó a rodar el proyecto de “refundar” esta empresa a
partir de la “reversión al estado” del 50% mas una de las
acciones de una serie de compañías llamadas “capitalizadas” (en
manos de Fondos de Pensión) que operan entre el 6 y el 12% de la
extracción del gas.
También planteó el traspaso al estado de “Transredes”, otra
empresa capitalizada bajo la misma modalidad que se ocupa de la
distribución del gas dentro de Bolivia (paso todavía no
consumado). Y Solís Rada (el echado Ministro de Hidrocarburos
que anunció junto con Evo la “nacionalización”) pretendió hacer
lo propio con las dos únicas empresas de refinación de petróleo
que hay en Bolivia (en manos de Petrobras) y que refina el
fluido destinado al consumo interno del país. [3]
Estas últimas medidas (para colmo no consumadas) parecerían
“contradecir” el subtítulo que encabeza este punto, pero no es
así. Se trata de una serie de medidas que tienen dos objetivos:
por un lado, darle al Estado un cierto terreno de intervención y
regulación (así sea con una porción muy menor de la producción
de gas) en el negocio; así como darle también un terreno de
control respecto de la distribución y comercialización del gas y
el petróleo en el mercado interno. Es decir, medidas más bien
políticas que realmente económicas (aunque tienen una cierta
base económica menor), pero que no llegan a transformar
realmente al Estado en un actor económico propiamente dicho.
En síntesis, se trata de medidas timoratas que oscilan entre una
cierta orientación de capitalismo de Estado y un contenido –si
se quiere mayor– de intervención política del Estado para
regular los precios del gas sobre todo en lo que hace al mercado
interno. Es decir, al efecto que puedan tener los precios sobre
la población.
No hay verdadera industrialización
Esta es otra cuestión de enorme importancia. Nuevamente como en
el caso del ciclo de la plata o el estaño, lo que se lleva a
cabo en el país es la extracción del recurso mineral: es decir,
la parte más “penosa” del proceso productivo como denunciaba
Zavaleta Mercado (esto es así sobre todo en la minería; aunque
no tanto en el gas y petróleo, pero sirve a modo “ilustrativo”).
Es decir: la que requiere más esfuerzos y tiene menor valor
incorporado. Siendo mas concretos: en el negocio del gas la
extracción del fluído significa la obtención de la mera materia
prima. Luego de este paso viene la separación de los distintos
gases, la refinación y otro tipo de procedimientos industriales
que dan lugar a los distintos productos que van al consumo.
Desde ya que es obvio que el gas extraído como tal es el más
barato y que los distintos procesos de industrialización van
agregando valor y precio.
Pero como en el caso de la minería en la revolución del ‘52, no
casualmente el levantamiento de Octubre del 2003 exigió la
industrialización del gas en manos bolivianas. Pero el gobierno
de Morales tampoco va a cumplir con esta elemental exigencia.
[4] En lo esencial, los contratos de venta de gas con Argentina
y Brasil (que se llevan la parte del león de la producción; el
resto es lo que queda para el mercado interno) es la venta de
gas en “bruto”; es decir, la venta de la materia prima. Siquiera
en el caso del mercado interno del propio país todavía está
garantizado de que las dos refinadoras ya señaladas pasen a
manos de YPFB.
Lo que queda: un mero aumento de los ingresos fiscales, pero muy
por debajo del alardeado 82%
Finalmente, incluso en el propio terreno del alardeado aumento
de los impuestos y regalías cobrados a las empresas por el
Estado, “no todo lo que reluce es oro”.
Se recordara que por el decreto del 1ª de Mayo el gobierno
aumento la carga impositiva a los dos yacimientos mas
importantes en manos de Petrobras (San Albano y San Alberto) al
82% de la producción bruta del fluido dejando el 18% restante en
manos de la empresa. En los contratos recientes estos
porcentajes se transformaron en muy “variables” teniendo toda
una serie de determinaciones, condicionamientos, licencias, etc,
que hay que ver en cada caso.
Sin embargo, si hay un dato certero: aunque significa un aumento
real en los ingresos fiscales del Estado, incluso esta
limitadísima medida viene con “trampa”.[5] Porque las regalías e
impuestos se cobran sobre el precio fijado del fluído (por una
unidad de medida llamada BTU). Y “sorprendentemente”, el precio
tope fijado en el caso argentino (Brasil quiere uno menor
todavía no establecido) para esta unidad de medida es de 5
dólares el BTU cuando en el mercado internacional un gas de la
pureza del extraído en Bolivia (es decir, sin azufre, como es el
caso del venezolano) oscila entre 9 y 10 dólares esa unidad de
medida. Desde este punto de vista, está claro que para las
multinacionales es pingüe negocio: porque al ser empresas como
Petrobras y Repsol exportadoras e importadoras a la vez del gas
(están de los dos lados de la frontera) es obvio que lo pueden
“comprar” (a sí mismas) al precio tope acordado con el Estado
boliviano y no tienen ningún límite para revenderlo al doble de
este valor (por no hablar de lo que pueden agregar de valor con
la industrialización)
¿Qué significa esto?, muy sencillo: no hace falta ser un
especialista en matemáticas para darse cuenta que incluso si
llegaran a pagar el impactante porcentaje del 82% de impuestos
sobre la producción bruta del gas... esa cifra se reduciría a la
mitad sólo con que las empresas revendan el gas al doble del
valor con que lo compraron (y, nuevamente, sin que agreguemos
aquí el aumento del valor por la industrialización). Esto último
es una de las tantas razones por las cuales las multinacionales
están que “bailan en una pata” luego de la firma de los nuevos
contratos.
En síntesis, la reivindicación y lucha por una auténtica
nacionalización del gas sigue siendo una tarea pendiente del
proceso revolucionario boliviano, la que no se podrá obtener de
la mano de ningún gobierno de conciliación de clases al frente
del estado burgués, sino de la mano del poder de los obreros y
campesinos.